Capítulo58
La casa se alzaba solitaria en medio de una zona de tierra sin cultivar, rodeada de vegetación salvaje, con zarzas y arbustos que brotaban del suelo amontonados.
La zona estaba vallada con alambre de espino, sostenido por postes mucho más altos que los utilizados habitualmente en las construcciones rurales.
A pesar de la sensación de abandono que flotaba en el entorno, la casa tenía paredes de ladrillo en excelente estado y puertas y ventanas sólidas.
El largo sendero de entrada estaba flanqueado por árboles de hoja perenne y terminaba en un pequeño jardín de guijarros con algunas islas de hierba bien cuidadas.
El lugar estaba vigilado por unas cuantas cámaras colocadas en zonas estratégicas para cubrir tanto la parte delantera como la trasera.
Bruno Colasanti hizo señas a Tom Carelli para que se colocara al lado de la puerta del garaje y pulsó el botón del mando a distancia.
Ambos llevaban guantes de látex para no contaminar la escena.
La casa de Otta era un lugar de interés desde el punto de vista de la investigación, y si las cosas se torcían, Bruno no tenía intención de caer en el mismo error que había cometido al dejar sus huellas dactilares en la cinta que había utilizado para inmovilizarlo.
Mientras la puerta se elevaba con un movimiento constante e indolente, Bruno se inclinó para comprobar si había alguien, y luego retrocedió enseguida para no perder la cobertura. Hizo un gesto con la cabeza a Tom para indicarle que la zona estaba despejada.
Los dos contuvieron la respiración durante unos instantes. La persiana se detuvo con un estruendo. Después, silencio.
El primero en entrar fue Bruno, con la Beretta en la mano.
La dirigía con firmeza frente a él, como una prolongación de su mirada, aferrando la culata con las dos manos.
Ignoró las estanterías en las que había ordenadas cajas de piezas electrónicas y todo tipo de equipos para reparar y modificar los motores y las piezas mecánicas del coche, casi un taller en miniatura, y siguió adelante hasta toparse con una puerta cortafuegos que daba al interior de la casa.
Bruno apoyó la espalda contra la pared sin bajar el arma. Con el dedo preparado a un centímetro del gatillo, listo para disparar si se presentaba una amenaza, abrió la puerta. Pero, una vez más, no había nadie.
Recorrió el pequeño pasillo y, una vez dentro de la casa, inspeccionó con cuidado la planta baja: vestíbulo, salón, cocina. Luego subió las escaleras hasta el piso superior.
Poco después, bajó a la planta baja y abrió la puerta principal.
—Despejado —dijo en dirección a Tom.
Este entró en la casa.
—¿Puedes decirme qué buscamos?
—Ordenadores, teléfonos móviles, dispositivos de red — respondió Bruno—.
Has visto las cámaras de ahí fuera, ¿verdad?
Deben de estar conectadas a monitores de vigilancia, pero hasta ahora lo único que he encontrado son unos estúpidos recuerdos de la época nazi.
—Con un gesto instintivo, apartó un lado de la bandera con la esvástica que colgaba a un lado de la escalera.
—Bingo —sonrió Tom.
—¡Vaya! —Bruno arrancó la bandera, y reveló una pequeña puerta de seguridad.
—Supongo que tampoco tenemos un mando a distancia para esto.
—Quizá no... —Bruno levantó ligeramente los hombros y le mostró el manojo de llaves que había cogido del coche de Otta. Eligió la más larga, la de dientes más gruesos—. Pero creo que tengo la llave.
Unos instantes después, los dos bajaron por unas escaleras que conducían al sótano. Solo tuvieron que pulsar un interruptor en la pared y todos los focos sujetos a un armazón del techo se encendieron al mismo tiempo.
Ante ellos se presentó una escena surrealista.
A ambos lados de la pared del fondo colgaban dos pancartas nazis rojas y con la esvástica negra inscrita en un círculo blanco.
En el centro había una estación de trabajo con unos cuantos ordenadores, y una docena de monitores sujetos a soportes de pared, que emitían imágenes captadas por cámaras externas.
Apiladas contra las paredes laterales había varias cajas metálicas identificadas con códigos militares.
Un vistazo bastó para darse cuenta de que en su interior se almacenaban las armas que Otta vendía en el mercado negro en la red oscura.
—Un búnker subterráneo —suspiró Tom mientras miraba a su alrededor—. Está claro que el tal Otta hacía las cosas a lo grande.
—A partir de este momento comienza tu trabajo —replicó Bruno—. En la memoria de estos ordenadores está encerrada toda su red de distribución de armas. De ti depende recopilar los datos que permitan identificar a los clientes. Quiero los nombres de todos los implicados.
—Vale, será divertido —dijo Tom mientras se sentaba frente al escritorio.
—Ni que decir tiene que en estos momentos estamos actuando al margen de la normativa.
—Bruno sabía que solo era cuestión de tiempo que sus colegas identificaran el cadáver de Otta y su muerte se hiciera pública.
En cuanto se corriera la voz del descubrimiento, los de su grupo o alguien del clan Santini intervendrían para limpiarlo todo.
En sus años de servicio, alguna vez ya había llegado demasiado tarde con una orden de búsqueda, se había encontrado una escena completamente limpia de pistas útiles y eso le había provocado una gran frustración por la oportunidad perdida.
Esta vez no iba a suceder. Porque esa era su única oportunidad de esclarecer la muerte de Elena. Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para llegar al fondo del asunto.
Tom tenía razón, estaba actuando exactamente como lo habría hecho Aurora. De manera impulsiva, sin evaluar el peso de las consecuencias de cada acción. Como si buscar la verdad con desesperación fuera la única manera de no volverse loco ante el peso de las propias responsabilidades.
Bruno también sabía que, tal y como estaban las cosas, podía acabar en el banquillo por el asesinato de Otta.
Lo había secuestrado. Lo había torturado para que confesara ante los ojos de un testigo.
Pero no había nadie que pudiera probar que no había vuelto para terminar el trabajo.
Aunque explicara cómo habían ido realmente las cosas, ¿habrían creído en su inocencia?
Alguien intentaba tenderle una trampa. Tenía que ser la misma persona cuya presencia había sentido la noche anterior, en la cantera abandonada. Y desde una celda, en prisión, no podría buscar la verdad para Elena.
Tenía que moverse lo más rápido posible, aunque eso significara no seguir los procedimientos. Asumir riesgos.
Mientras su colega iniciaba las operaciones preliminares para superar los cortafuegos de los ordenadores, empezó a examinar el contenido de las cajas. Encontró armas cortas, cuchillos de supervivencia, fusiles de asalto, granadas, paquetes de explosivos, incluso un lanzacohetes.
—Aquí hay material suficiente para empezar la Tercera Guerra Mundial.
—Esa ya está en marcha, ¿no lo sabías? —se hizo eco Tom.
—Olvida las teorías conspirativas y ponte a trabajar con esos ordenadores. No tenemos todo el día.
De repente, le llamó la atención un congelador horizontal situado junto a la entrada del búnker. Se acercó y levantó la tapa.
—Mierda —gruñó.
—¿Qué? —preguntó Tom, sin levantar la vista del teclado.
—Ven y compruébalo tú mismo —le dijo Bruno.
Aunque de mala gana, Tom se levantó y se unió a él.
—Mierda —soltó—. ¿Quién es?
Dentro del congelador estaba el cadáver de un hombre, con las extremidades rotas para que cupiera en aquel espacio reducido.
En la cabeza tenía las marcas de una agresión con un objeto contundente.
La sangre se había coagulado en el pelo y solidificado como clara de huevo debido a la baja temperatura.
La piel tenía una tez cianótica, los labios estaban azules.
Alrededor de los ojos se habían formado algunos cristales de hielo.
Le habían arrancado las uñas. Lo habían torturado antes de matarlo.
—Se llama... llamaba… Domenico D’Ambrosio.
Era uno de los hombres de confianza del Santo.
—Bruno lo recordaba bien. Era el hombre de la chaqueta naranja, el que supervisaba las carreras fantasma.
La última vez que lo había visto había sido en la fiesta en la casa de campo después de la última carrera.
Como en un flash , revivió el momento en que D’Ambrosio le había entregado el sobre con el porcentaje de las apuestas.
—¡Tenemos que salir de aquí ahora mismo! —exclamó Tom. Se puso pálido.
—No. Seguiremos con el plan. —Bruno se pasó las manos por el pelo, despeinándoselo un poco.
Tenía que hacer alarde de confianza, tranquilizar a Tom, pero la situación se estaba complicando cada vez más.
Tenía la sensación de que ya no era capaz de controlarla.
¿Qué hacía aquel cadáver allí, dentro de una zona secreta de la fortaleza de Otta?
¿Y por qué el joven skinhead no lo había mencionado al interrogarlo?
Tratar de averiguar cuándo se produjo la muerte era imposible, dadas las condiciones. Podían haber pasado días, o podían haber sido horas. ¿Era posible que Otta no supiera nada? Si era así, solo significaba una cosa: alguien más había entrado allí antes que ellos.
—Maldita sea, Bruno, no sé si... —Tom no pudo terminar la frase. Su mirada fue catalizada por los monitores colocados en la pared. De repente, las imágenes enviadas por las cámaras de vigilancia habían desaparecido.
En su lugar, ahora había cifras escritas en verde sobre fondo negro.
Figuras marcando una cuenta atrás.
La misma cuenta atrás había aparecido en su ordenador hacía dos días. Y no había dejado de funcionar mientras tanto.
El tiempo se deslizaba inexorablemente hacia el final.
Quedaba una hora.