Capítulo56
—¿Qué demonios haces aquí? —gruñó Laerte, mientras caminaba decidido hacia la puerta de entrada de la obra—. Te dije que te alejaras de mí.
Bruno se puso a su lado, bajó la ventanilla del acompañante y ralentizó la velocidad del coche. Había conseguido convencer a Bianca para que le prestara el suyo: al fin y al cabo, era ella quien le había dicho que no dudara en pedirle lo que necesitara.
—Estoy aquí para ayudarte.
Laerte abrió los ojos como platos.
—¿Ayudarme? ¿Has perdido el juicio completamente?
—No sabes lo que ha pasado —replicó Bruno con voz sentida—. Entra, tenemos que hablar.
—¿Por quién me tomas? Que no vaya por ahí pegando a inmigrantes no significa que me guste meterme en un coche con un policía.
—Te pido disculpas por mentirte, Laerte. No quería traicionar tu confianza. Solo quería correr.
—Mentira —gruñó Laerte—. Ahora quítate de mi camino que tengo que ir a trabajar, o acabarán echándome.
—¡Es importante, maldita sea! Se trata de Otta.
—Encárgate tú. No quiero tener nada más que ver con él.
—Ya no es posible. Otta está muerto. Ambos estamos metidos en esto hasta el cuello.
—¿Qué has hecho, Bruno...? —soltó Laerte, consternado.
—¡No he sido yo! —protestó—. Mis colegas lo encontraron anoche, abandonado en una zanja como el cadáver de un animal. Lo habían matado a golpes. Creo que fueron los matones del Santo.
—¡¿Q… qué?!
—Lo hicieron para silenciarlo, ¿no lo ves? Me estaba acercando demasiado a la verdad, y no podían permitirlo.
Laerte lo señaló con el dedo.
—Vi de lo que eres capaz. La tortura psicológica, la frialdad con la que le pusiste la pistola en la cabeza. Y ahora quítate de en medio.
—No tenía otra opción —dijo Bruno—. Lo odiaba, es cierto. Pero nunca habría llegado tan lejos como para matarlo, aunque hubiera admitido que era responsable de la muerte de Elena.
—¿Estás seguro de eso? —lo inquirió Laerte mientras apoyaba los codos en la ventanilla del coche en señal de desafío.
—Escúchame, si llegaron a Otta significa que ya lo saben todo. Saben que soy policía, y desde luego no se les ha escapado que fuiste tú quien me ayudó a... interrogarlo.
—No está mal. Un policía menos —Laerte hizo un amago de gesto para darle la espalda.
—¿Es posible que no lo entiendas? Es solo cuestión de tiempo que lleguen hasta ti.
Laerte se quedó helado. No podía negarlo, el discurso de Bruno tenía sentido.
—Pedazo de mierda —dijo entre dientes—. Confié en ti, incluso te hablé de mis padres. No puedo creer que estuvieras cavando mi tumba mientras tanto.
—Aún no es demasiado tarde —dijo Bruno—. Todavía podemos salir de esta. Los dos. Yo me ocuparé de los hombres del Santo. Sé lo suficiente de ellos como para que se pasen media vida en el trullo. Solo te pido que confíes en mí.
—¿Y por qué debería hacerlo? —dijo Laerte mientras exhalaba un largo suspiro.
—¡Porque me conoces, cabezota! Olvida el hecho de que trabajo en la policía. Sabes muy bien quién soy. Eres el único que sabe lo que pasa por mi cabeza cuando corro. Sabes cosas que nunca le he contado a nadie. —Laerte permaneció inmóvil unos instantes, indeciso sobre qué hacer.
Bruno le abrió la portezuela desde dentro.
—Vamos, entra. No me hagas rogártelo.
El otro se sentó en el asiento del copiloto.
—Vaya situación de mierda... Sé que me voy a arrepentir de esto.
—Solo intento salvarte la vida —le reprochó Bruno, y aceleró con un chirrido de los neumáticos.
—¿Y por qué harías algo así? ¿Qué te importa alguien como yo?
Bruno lo miró de reojo.
—Porque me importa una mierda si has tomado malas decisiones o has acabado en un círculo de amigos peligroso.
Eres una buena persona, te guste o no. Más que algunas que tras la fachada de la respetabilidad se aprovechan de los demás.
Y cuando una buena persona arriesga su vida por mi culpa, lo menos que puedo hacer es ayudarle.
Permanecieron en silencio durante varios minutos.
Mientras el coche avanzaba a toda velocidad por la carretera y los campos se alternaban con los bosques de arbustos de la Baja Emilia, Bruno pensó en todo lo que había salido mal en las últimas horas.
Había actuado por impulso, enfadado por lo que le había ocurrido a Elena.
No había pensado con claridad, y ahora estaba pagando las consecuencias.
Secuestrar al que consideraba responsable no había sido una buena idea, pero ¿cómo podía saber que acabaría así?
Bruno nunca olvidaría el rostro de Otta, desfigurado por los golpes. Quienquiera que lo hubiera reducido a ese estado seguía ahí fuera.
Casi dio un respingo al oír la voz de Laerte romper el silencio.
—¿A dónde vamos?
—Te llevo a casa de un viejo amigo —respondió Bruno—. Es de confianza. Se ocupó de mí cuando estaba demasiado roto como para resolver mis problemas por mí mismo. Te quedarás con él hasta que se calmen los ánimos.
—Podría haber pasado por casa a recoger algunas camisas de repuesto.
—Lo siento, pero no hay tiempo para esas tonterías.
El reloj avanzaba de forma inexorable, tal y como parecía sugerir la misteriosa cuenta atrás que había aparecido en la pantalla del ordenador de Tom Carelli.
Bruno se dio cuenta de que faltaban pocas horas para que venciera el plazo.
No saber qué significaba le sumía en un torbellino de incertidumbre en el que le resultaba difícil mantener la calma.
¿Qué pasaría una vez que se llegara a cero?
Tardaron unos cuarenta minutos en coche en llegar a su destino. Tras bajarse, Bruno recorrió el camino de entrada y se acercó a la puerta principal de la casa unifamiliar. Pulsó el botón del timbre y esperó.
Al cabo de un rato, Piovani apareció en el umbral. Llevaba unos pantalones holgados y un jersey de lana por encima. Tenía cara de sueño y barba de dos días.
—¿Qué demonios haces aquí a estas horas de la mañana, Colasanti?
—Te lo explicaré todo, Gianfranco, te lo prometo —replicó Bruno—. Pero ahora necesito que te ocupes de alguien. —Señaló a Laerte, que mientras tanto se había acercado.
—Que me aspen —soltó el excomisario—. ¿Has traído a un nazi a mi casa?
Bruno apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Botas militares y cabeza rapada no significan necesariamente adhesión a ciertas ideas.
—No tengo nada que ver con esa gente —intervino Laerte—. Toco en una banda. Canciones de la vieja escuela.
—Me importa una mierda de qué escuela seas — refunfuñó Piovani—. A los de tu calaña los encerraba aunque solo fuera por principios.
Laerte saltó hacia atrás como si hubiera pisado un cable de alta tensión.
—¿Tú también eres policía?
—¿Qué te esperabas, al Ratoncito Pérez? —gruñó Piovani.
—¡Cálmate! —estalló Bruno. Luego, volviéndose hacia Laerte, dijo—: Piovani está jubilado, si eso te ayuda a sentirte mejor.
En cuanto a ti... —y plantó la mirada en la del excomisario—, procura tratarle como es debido.
Es el testigo clave en un caso de asesinato en el que está implicado el crimen organizado.
—¡Eh, que nadie ha hablado de testigos! —protestó Laerte—. ¡Ni que yo fuera un chivato!
—¿Y por qué no está bajo custodia del tribunal? —objetó Piovani.
—Es complicado —suspiró Bruno—. Maldita sea, Gianfranco, ¿por una vez en tu vida puedes escucharme sin hacer preguntas?
—No cuando huelo problemas como ahora. ¿En qué clase de mierda te has metido? ¿No te basta con lo que le ha pasado a Elena?
Bruno apretó los puños.
—Escúchame... —Se mordió la lengua antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse.
—Venir aquí ha sido un error. —Laerte sacudió la cabeza y caminó hacia la calle—. Hasta luego, polis —dijo, y levantó el dedo corazón.
Bruno corrió tras él y lo agarró por los hombros.
—Déjate de tonterías. Piovani es así, un poco brusco, pero no pasa nada. No digo que te vayas a acostumbrar, porque yo mismo después de años sigo teniendo broncas con él. Pero al menos tendrás alguna oportunidad de escapar sin acabar apaleado como Otta en cualquier cuneta.
—Eh, guapito —les sorprendió la voz de Piovani—. Te diré una cosa. Te pondré a prueba un par de días. Pero a la primera cagada, a la primera frase sobre inmigrantes o supremacía blanca, te vas a la calle.
—Ya te he dicho que yo no... —soltó Laerte, pero Bruno le lanzó una mirada inequívoca. Tendría que ocuparse de los prejuicios de Piovani en otra ocasión—. De acuerdo —concluyó—. Pero que sepas que el que está metiendo la pata eres tú, viejo.
Bruno les dio la espalda y se dirigió hacia el coche.
—¡Eh! —La voz de Laerte llegó hasta él—. ¿Y a dónde vas?
Bruno sacó del bolsillo un manojo de llaves, unido a un pequeño mando a distancia negro con la imagen en miniatura de una cruz gamada estampada en el reverso. Lo había cogido del coche de Otta antes de salir de la cantera abandonada.
—Voy a hacer una visita a domicilio —dijo sin darse la vuelta.