Capítulo51
Bruno se arrastró, exhausto, más allá del perímetro de contención que delimitaba la zona de la explosión de su coche.
Lo que quedaba del Alfa Romeo había sido retirado por la grúa tras la intervención de los compañeros y los bomberos.
En el suelo quedaban algunos trozos de chapa y cristales de vidrio que parecían montones de sal.
El sol de la mañana hacía brillar como roca volcánica el asfalto ennegrecido por las llamas, resaltando las marcas hechas con tiza para identificar las trayectorias de los fragmentos proyectados por la onda expansiva de la deflagración.
Entró en la casa, cerró la puerta tras de sí y exhaló un largo suspiro.
Colgó su chaqueta de cuero en el perchero, luego se quitó la pistola y la colocó sobre la mesa del salón.
Se sentó en el sofá, con los ojos fijos en el arma. Por su mente pasaron recuerdos inconexos de la noche que acababa de pasar. No había sido muy diferente de correr una carrera desesperada hacia una línea de meta más allá de la cual solo había derrota.
Solo tuvo que cerrar los ojos un momento para adormecerse y despertarse de golpe unos instantes después, como si tuviera una locomotora en la caja torácica en lugar de un corazón.
En el interior de la casa no se oía ningún ruido. Su respiración era la única grieta en el silencio.
Bruno se levantó, permaneció inmóvil y miró a su alrededor durante un tiempo que le pareció interminable. Esperando, con el absurdo anhelo de que en cualquier momento oiría la voz de Elena que lo llamaba para desayunar.
No ocurrió. No habría sucedido aunque se hubiera quedado allí durante días o semanas, cultivando ese sueño imposible como una flor que nunca habría florecido. Porque Elena estaba...
«Muerta. Por mi culpa».
Así que se dirigió a la cocina. Abrió la nevera y empezó a reunir ingredientes sobre la encimera.
Huevos, leche de soja porque Elena era intolerante a la lactosa, lo que quedaba de una barra de mantequilla…
Rebuscó en la despensa en busca de harina.
Al no encontrarla, le invadió un ataque de rabia y dio una patada a la puerta, arriesgándose a desencajarla.
Entonces recordó haber visto a Elena, una mañana, colocándola junto a las cajas de cereales.
Tardó un rato en encontrar el cuenco, después de todo hacía tiempo que no probaba suerte en la cocina.
Para ser exactos, desde aquel domingo de verano en que había preparado tortitas para desayunar.
Aquella mañana se levantó temprano y pensó en darles una sorpresa a Elena y Chia, despertándolas con el aroma del postre que se extendía por las habitaciones de arriba.
Cuando bajaron, tenía la mesa perfectamente puesta, con una jarra en la que había vertido el zumo de arándanos que había comprado en el supermercado junto con una selección de mermeladas.
Chia, por supuesto, se había lanzado sobre el inevitable tarro de Nutella que tanto le gustaba.
Había sido uno de los momentos más felices de su vida. Aquella sencilla mañana de un día cualquiera, se habían sentido como una familia normal. Por una vez, se habían olvidado de roces, discusiones y desacuerdos, y se habían reunido en torno a la mesa con el deseo de estar juntos.
Recordar aquello le produjo una punzada en el pecho. Bruno decidió concentrarse en la ejecución de la receta. Rompió todos los huevos en el bol y, tras verter la leche, los batió con el tenedor. Solo se detuvo cuando el hombro le dolió demasiado para continuar.
Luego añadió harina, pensando que Elena seguramente se habría molestado en tamizarla.
Pero ella no estaba allí. Así que empezó a remover la mezcla con energía, con el mismo tenedor, con cuidado de que no se formaran grumos.
Al menos, no demasiados. Después de cubrir el cuenco con film transparente, lo metió en el frigorífico.
Mientras la mezcla reposaba, puso la mesa en el salón. Lo hizo con cuidado. Colocó los manteles individuales en sus lugares habituales, los platos, los cubiertos y los vasos.
Solo entonces se dio cuenta de que había puesto la mesa para tres. El sitio de Elena parecía estar esperando a un invitado que nunca llegaría.
Estaba allí gritando sus errores, sus fallos. Estaba allí gritando que una mujer inocente, la mujer a la que más debería haber protegido en el mundo, había muerto por su culpa.
Bruno tuvo que resistir la tentación de coger el plato y golpearlo contra el suelo.
Quería romperlo todo, volcar la mesa, incluso dar un puñetazo a la pared.
Pero se obligó a mantener la calma. Inhaló y exhaló despacio, imaginó que junto con el aire expulsaba también la rabia que le carcomía por dentro.
En ese momento le sorprendió el ruido de la puerta principal al abrirse.
Bruno se quedó quieto, frente a la silla de Elena, hasta que Chia apareció en el umbral.
Tenía la mirada perdida, los ojos y la nariz enrojecidos.
En otra circunstancia, se habría burlado de ella diciéndole que tenía un aspecto raro y habría intentado restarle importancia a por qué estaba tan alterada. Pero ahora no.
Ahora el dolor de la pérdida transfiguraba sus rostros y aniquilaba todas las demás emociones.
Permanecieron inmóviles, uno frente al otro, sin decir palabra. Era como si la ausencia de Elena les impidiera comunicarse.
Fue Bruno quien rompió el silencio.
—Espero que aún no hayas desayunado.
Chia negó con la cabeza.
Bruno volvió a la cocina y puso la sartén al fuego.
Sacó de la nevera la mezcla para las tortitas y la vertió con un cucharón sobre la superficie caliente.
Las primeras eran demasiado finas y acabó quemándolas, pero tras unos cuantos intentos empezaron a tener un aspecto presentable.
Tal vez no fueran dignas de un chef, pero sabía que había hecho lo que había podido.
Llevó el plato rebosante de tortitas a la habitación. Había demasiadas para dos personas. Por no hablar de que él tenía el estómago cerrado.
La larga noche y el cansancio se hacían sentir.
El cuerpo hubiera querido desconectar, y sin embargo allí estaba, improvisándose como cocinero.
Como aquella vez, aquel domingo de verano en el que se habían sentido como cualquier otra familia.
Aquel domingo que quedaría como un hecho aislado. Un episodio único en sus recuerdos.
Encontró a Chia sentada en su asiento. Le dirigió una mirada llena de nostalgia. Nostalgia de lo que había sido y nunca podría volver.
Antes de sentarse frente a ella, Bruno se preocupó de poner sobre la mesa el tarro de Nutella y el de mermelada de cereza.
—La preferida de mamá —dijo Chia con una insinuación en la voz. Cogió una de las tortitas y, tras untarla con un poco de Nutella, la dobló y le dio el primer mordisco.
Desayunaron en silencio, ella comiendo con las manos y él con tenedor y cuchillo.
Entonces, de repente, Chia tuvo una expresión extraña y se levantó. Corrió hacia el cuarto de baño, pero apenas consiguió cruzar el umbral. Se agarró al borde del lavabo para apoyarse y vomitó en el suelo lo que acababa de comer.
Cuando se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se dio cuenta de que Bruno estaba a su lado.
—Lo siento —murmuró Chia.
—No te preocupes —dijo—. Yo me ocupo.
—No —Chia cogió un trapo del armario que había debajo del lavabo, lo empapó en agua y se arrodilló para limpiar. Pero tuvo que levantarse de nuevo por culpa de una arcada.
—Déjamelo a mí —insistió Bruno—. Vuelve a la mesa, ahora voy.
Después de limpiar el cuarto de baño, Bruno fue al salón. Chia estaba sentada en el borde del sofá, tapándose la cara con las manos.
—Eh —le dijo.
Ella no se movió.
Bruno cogió la colcha que descansaba sobre el respaldo y se la puso alrededor de los hombros. Le hubiera gustado decir algo para hacerla sentir mejor, pero sabía que no había palabras con ese poder. Así que simplemente se sentó a su lado para, al menos, hacerle sentir su cercanía.
De repente, Chia le cogió la mano y la estrechó entre las suyas.
—Debes prometerme algo.
—Dime —asintió Bruno.
—Pase lo que pase... No dejes que se me lleve.
No necesitaba decir nada más. Bruno entendió muy bien a quién se refería. Longhi, o, mejor dicho, como le llamaba Chia, su expadre, el que había convertido la vida de su madre en un infierno antes de que ella encontrara fuerzas para denunciarlo tras otra discusión que acabó en pelea.
—No depende de mí, ¿sabes? —murmuró.
—Dime que lucharás por nosotros —insistió Chia—. Ahora que mamá se ha ido, solo nos tenemos el uno al otro.
Los ojos de Bruno se humedecieron. Quería hablar, pero sabía que, si lo hacía, las lágrimas saldrían junto con las palabras.
No, no lloraría. Porque ahora Chia necesitaba verlo fuerte. Porque solo ella tenía derecho a llorar por Elena. Había perdido ese derecho en el momento en que había fallado en protegerla.
—Necesito que me lo prometas —dijo la chica—.
Necesito que lo hagas ahora. ¡Prométemelo, Bruno!
O juro por Dios que me iré de casa y me perderás el rastro, porque con mi expadre no vuelvo.
Ahora eres mi familia. Aunque mamá no esté.
—Emitió un sollozo—. Somos familia... —dijo en un susurro antes de echarse a llorar.
—Te lo prometo —dijo Bruno. Luego la abrazó con fuerza. Y en ese abrazo estaban todas las palabras que nunca sería capaz de decir.
No permitiría que nadie los separara. Y si no había podido defender a Elena, defendería a Chia, a costa de su propia vida.