Capítulo50
—No hay nada que hacer. No contesta —dijo Ettore De Robertis, comprobando por enésima vez la placa del interfono con el nombre Bonetti estampado.
—Habrá salido a desayunar —sugirió Aurora.
De Robertis se miró nervioso el reloj, luego dio un paso atrás y echó un vistazo a las ventanas del edificio ante el que se encontraban.
—¡Maldita sea! No podemos esperar mucho más si no queremos arriesgarnos a perder el tren a Múnich.
—Serán veinte minutos como mucho, hay tiempo de sobra. Además, no tenemos que coger un avión y facturar. ¿Eres uno de esos locos que llegan a la estación horas antes?
—No hay nada malo en llegar a tiempo. Pero qué quieres que te diga, se te nota en la cara que eres una impuntual crónica. —De Robertis cogió el móvil y volvió a marcar el número de Giulio Bonetti—. Vamos, contesta... pero seguía saltando el contestador.
—¿Nada?
—Todavía no. —De Robertis dejó escapar un amplio suspiro. Luego señaló la gran tienda de electrónica situada un poco más allá—. Esa es la tienda frente a la que estaba aparcado el coche de Bonetti la noche que afirmó que se lo habían robado.
—Aún no me has dicho por qué quieres hablar con él.
—Porque, según las cámaras de vigilancia de la tienda, no hay ninguna prueba de que fuera robado.
—Explícate mejor.
—He analizado las imágenes y puedo asegurarle que el coche utilizado para tu secuestro nunca se movió del aparcamiento hasta la mañana siguiente, cuando el propietario legítimo se subió en él.
Aurora sacudió la cabeza, desconcertada.
—Así que Bonetti mintió.
—Sí. Pero ¿por qué?
—Tal vez esté cubriendo a alguien —sugirió Aurora.
De Robertis extendió los brazos.
—En la entrevista se mostró bastante tranquilo, no me dio la impresión de que ocultara nada. Hay que tener en cuenta que es un delincuente primerizo sin más antecedentes que algunas multas de aparcamiento. De gente así se espera cierto temor a los agentes de la ley.
Aurora dio la vuelta al anillo que llevaba en el pulgar, pensativa. Podría ser un mentiroso compulsivo. O le robaron el coche en... llamémoslas circunstancias ambiguas, y temía las consecuencias si contaba cómo eran las cosas en realidad.
—Te recuerdo que durante nuestra charla fue él quien me habló de las cámaras de vigilancia.
Podía haberse callado este detalle o haberme dicho que el coche estaba aparcado en otro sitio.
¿Por qué dirigirme a las imágenes, sabiendo que al verlas descubriría que mentía?
En cualquier caso, voy a averiguarlo —dijo De Robertis.
En ese momento, la puerta principal se abrió desde dentro y apareció en el umbral una chica con un voluminoso bolso en bandolera.
—Disculpa —dijo Aurora mientras mantenía abierta la puerta para facilitarle la salida—. ¿Por casualidad has visto a Giulio? Habíamos quedado esta mañana, pero me ha dejado plantada.
La chica le dedicó una gran sonrisa.
—¿Qué Giulio?
—Giulio Bonetti.
—No sé... con todos los estudiantes que viven en este edificio nunca me acuerdo de los nombres de los vecinos. —Se le notaba en la cara que era una estudiante de fuera.
—No es un estudiante, trabajamos juntos en la agencia de publicidad —mintió Aurora, mientras De Robertis observaba la escena en silencio—.
Hay un proyecto que deberíamos presentar esta mañana, y todos los archivos están en su ordenador.
Tiene el móvil desconectado, ¡creo que se ha quedado en la cama!
La chica se lo pensó un momento, vagamente aturdida.
—¿Dices Giulio?
—No muy alto, pelo rubio ceniza, piel algo picada de viruela —añadió Aurora.
—¡Ah! —exclamó la chica—. El tipo raro que vive en el ático. Lo siento, no lo sé. La verdad es que hace unos días que no le veo. Aunque ten en cuenta que no paso mucho tiempo en casa, si no estoy en clase estoy en la 38 estudiando.
—¿La 38? —preguntó Aurora, desconcertada.
—La biblioteca del Departamento de Filosofía y Comunicación. Calle Zamboni 38, ¿no?
—Por supuesto —se escudó Aurora, que no tenía ni idea de que las bibliotecas de Bolonia se indicaban por el número de la casa en la que estaban situadas—. Bueno, gracias de todos modos.
La chica asintió con la cabeza y caminó en dirección a la parada del autobús.
Aurora bloqueó la puerta con un pie y azuzó a De Robertis.
—Venga, vamos. No tenemos toda la mañana.
Le lanzó una mirada de reojo y evitó replicarle.
La siguió al interior del edificio y juntos subieron las escaleras.
Una vez subido el último tramo, se detuvieron frente a la puerta del piso de Bonetti.
Era más pequeña que las demás, parecía más bien una puerta trasera.
Probablemente, el ático había sido convertido en vivienda por el propietario del edificio con cierta creatividad en la interpretación de las normas de construcción.
—Policía —dijo Aurora en voz alta—. ¡Abra la puerta, señor Bonetti! —Al no recibir respuesta, escuchó durante unos instantes. Ningún ruido. En cambio, fue otra cosa lo que la alarmó—. ¿Tú también hueles ese hedor? —preguntó a su colega boloñés.
—Parece que algo se está pudriendo ahí dentro —respondió.
Aurora entrecerró los ojos y en su rostro se encendió la luz de la determinación. Rebuscó en el bolsillo de su abrigo. Unos instantes después, tenía un par de horquillas en la mano.
—No lo hagas.
—¿Qué te apuestas? —Aurora dobló la primera horquilla en ángulo recto con los dientes y la introdujo en la cerradura. Luego abrió la segunda haciendo una especie de gancho.
—¿Tienes idea de lo que dirá Gandolfi si se entera de que hemos forzado la cerradura de un posible testigo?
—No hay tiempo para una orden. No si quieres coger el tren a Alemania y encontrar las respuestas que buscamos.
Así que cállate y déjame trabajar. —Aurora se agachó para introducir la segunda horquilla en la cerradura.
Luego, con una serie de movimientos calibrados, empezó a accionar los émbolos que formaban su mecanismo.
Tardó un par de minutos, hasta que la cerradura cedió con un chasquido.
Aurora empujó la puerta, que crujió al abrirse.
—¿Señor Bonetti? —llamó. Luego entró en el piso.
Era una habitación amueblada con muebles de segunda mano, casi tan viejos como el edificio.
A la derecha había una cocina americana, con una nevera llena de imanes de las formas más dispares y un fregadero con varios platos sucios.
Sobre la mesa estaba abandonado un plato con restos de comida y una botella de 66 con un dedo de cerveza en su interior.
En el espacio situado a su izquierda había un pequeño sofá cubierto con una manta de estilo étnico, colocado frente a una mesa baja con un ordenador portátil enchufado.
En una estantería había ordenados varios volúmenes de fotografía y gráficos publicitarios.
La calefacción estaba al máximo y el aire impregnado de un olor nauseabundo, espeso y húmedo, a carne podrida.
—Tengo un mal presentimiento —dijo De Robertis.
En respuesta, Aurora tragó saliva para evitar una arcada. Se tapó la boca con la manga, se acercó al dormitorio y empujó la puerta con el codo.
—Joder. Ese debe de ser Bonetti —comentó De Robertis, que la seguía a paso ligero.
Junto a la cama, en posición desaliñada, estaba el mismo hombre con el que Aurora se había cruzado cuando había ido a la oficina Anticrimen de Boloña.
Pero su piel era de un color grisáceo antinatural.
Tenía los ojos muy abiertos y la boca entrecerrada, rodeada de algo que parecía espuma de afeitar congelada.
La camisa que llevaba estaba rota por varios sitios.
El caos que reinaba en la habitación sugería que se había producido una refriega, en la que aquel hombre se había llevado la peor parte.
—Estrangulado —dijo Aurora, señalando las marcas moradas alrededor de su cuello—. Pero no es posible... El estado de descomposición...
—Este pobre hombre llevará muerto al menos tres días —la interrumpió De Robertis—. Pero ayer mismo hablé con él en mi despacho y estaba vivito y coleando.
—Si Bonetti estuvo aquí todo el tiempo, ¿quién demonios era ese hombre?
De Robertis negó con la cabeza.
—No lo sé. ¿Su gemelo? —Miró de nuevo el rostro de Bonetti, sus rasgos transfigurados por la muerte. El pelo rubio, la piel picada de viruela, tal como lo recordaba.
—No tiene ningún sentido —suspiró Aurora.
De Robertis se sacó el cogió móvil del bolsillo.
—Pediré refuerzos. Me temo que tendremos que cambiar de planes.
—Mierda —gruñó Aurora—. ¿Qué pasa con el tren a Múnich?
De Robertis negó con la cabeza.
—Tendré que quedarme aquí y ocuparme de la contención de la escena del crimen, al menos hasta que lleguen mis colegas. Por no hablar del papeleo que tendré que rellenar en cuanto vuelva a la oficina.
—Puedo quedarme yo —propuso Aurora—. Diré que he venido aquí por voluntad propia.
—No seas ridícula —la amonestó—. Solo empeoraría tu situación con la fiscalía. — Le lanzó una mirada intensa—. No tenemos otra opción. Te toca ir a Alemania.
Sintió una oleada de fastidio.
—¿Y cómo crees que reaccionará el fiscal adjunto cuando se entere de que fui sola a hablar con Maier?
—Yo me ocuparé de Gandolfi —replicó De Robertis—. Ahora vete. La situación se complica por momentos y necesitamos respuestas. Quizá el único hombre que pueda dárnoslas sea el propio Werner Maier.