Capítulo48
Aurora levantó la cabeza con un gesto brusco y miró a su alrededor con aprensión. En el pecho, el corazón le latía desbocado. ¿Había oído un ruido o era solo una impresión?
Tardó unos instantes en darse cuenta de dónde estaba.
Una vez más, se había quedado dormida en el sofá del salón.
Levantó el torso, apoyó los codos en la superficie del asiento, y no pudo evitar reflexionar sobre el hecho de que hacía días que no entraba en el dormitorio más que para cambiarse de ropa.
Desde que había comenzado la historia del Segador, había perdido todos los hábitos que había cultivado con esmero durante los últimos meses.
Por las noches siempre acababa desplomándose agotada delante del diagrama con las pistas para construir su perfil psicológico-conductual, y cada vez que se despertaba se sentía más cansada que antes, con el cuello y los músculos doloridos.
En parte era culpa del persistente estado de ansiedad que la invadía, sobre todo desde que la habían secuestrado.
Por otra parte, ¿cómo podía abandonarse al sueño sabiendo que estaba en el punto de mira de una mente perversa, capaz de matar a otro ser humano según un ritual vicioso de mil años de antigüedad?
Vivir en un estado de incertidumbre constante era devastador, y la hacía sentirse impotente.
Su mejor baza siempre había sido su capacidad para interpretar las mentes criminales a partir de sus acciones.
Sin embargo, ahora se sentía confusa, enfrentada a un patrón que nunca surgía en su claridad.
Ese ruido otra vez.
Como si arrastraran algo por el suelo. Venía de la cocina.
Aurora se levantó y por instinto corrió hacia la entrada. Del cajón del armario sacó su pistola reglamentaria y la desenfundó.
«El Segador está aquí por mí», se dijo. Justo ahora, en vísperas del viaje a Alemania donde podría descubrir más sobre su identidad. O al menos sobre sus motivos.
Caminó de puntillas hacia la puerta de la cocina. En ese momento se dio cuenta de que la ventana del salón estaba abierta. Luchó por mantener la lucidez necesaria como para recordar si la había cerrado después de colgar la llamada que había mantenido con De Robertis.
Tenía la mente como una hoja en blanco. Vacía.
Por el contrario, tenía los sentidos en alerta máxima.
Aquello que la había dejado sin aliento era el estado emocional más puro, primario y feroz. El miedo.
Y solo conocía una manera de enfrentarse a ello. Arrojarse a sus brazos.
Aurora se apoyó en el marco de la puerta y contuvo la respiración, antes de asomarse lo suficiente para echar un vistazo al interior.
Sombras. Y la luz de una farola, desde el exterior, que iluminaba la habitación de un amarillo tenue. Pero nadie a la vista.
Retrocedió enseguida. Sintió una gota de sudor resbalar por su sien. Las manos le temblaban un poco. Sabía muy bien que, para asegurarse de que no había ningún intruso, debía entrar en la habitación.
Le habría gustado llegar hasta la cocina para encender la luz, después de todo el interruptor estaba a solo unos centímetros de la entrada, pero temía que los dedos del desconocido que la esperaba en la oscuridad se cerraran en torno a su muñeca, que tirasen de ella, y que luego la arrastraran hacia el interior antes de que tuviera tiempo de reaccionar.
Aurora sacudió la cabeza y se llamó a sí misma estúpida por aquel pensamiento, que después de todo era incluso infantil.
También de niña, cuando se despertaba de repente en mitad de la noche tras una pesadilla, optaba por quedarse a oscuras para no tener que levantarse y buscar a tientas el interruptor de la luz.
Ya entonces temía que la oscuridad escondiera monstruos. Sombras que la atraparían y la succionarían hacia su mundo de ciénagas ponzoñosas y árboles marchitos, desiertos de arena negra y noches interminables.
Los imaginaba con grandes bocas llenas de dientes afilados y ojos tan profundos que si los mirabas durante demasiado tiempo podías perderte en ellos.
Pero ahora había una diferencia. Porque el monstruo que cazaba no era producto de su imaginación y no desaparecería a la luz del sol. El monstruo al que estaba dando caza había conseguido darle la vuelta a la tortilla y hacerle creer que ahora era ella la presa.
El sonido de algo estrellándose contra el suelo la sobresaltó. Ya no había tiempo para pensar. Debía actuar.
Aurora se agachó y entró en la cocina con la pistola desenfundada.
—Detente o disparo —insinuó.
«Miau» fue la respuesta.
Sobre la mesa, en el centro de la habitación, estaba la gata tricolor de siempre. Debió de gustarle mucho el atún que le había dejado Aurora, tanto como para colarse en la casa en busca de más comida.
Esparcidos por el suelo estaban los fragmentos de la que había sido su taza favorita, o, mejor dicho, la única taza que aún no había roto desde que se había trasladado allí.
Aurora respiró aliviada y dejó la pistola sobre la mesa. El gato se frotó contra ella, agitando sinuosamente la cola, y empezó a ronronear.
—Voy a tener que ponerte un nombre —dijo Aurora, rascándole el pelaje entre sus puntiagudas orejas.