Capítulo47
Con un firme movimiento de muñeca, Bruno aceleró. El motor respondió con un rugido que resonó en el aire claro del atardecer. A medida que la moto avanzaba a gran velocidad por la larga recta, las luces de la calle parpadeaban a su lado como relámpagos durante una tormenta.
Bruno esperaba alcanzar la furgoneta antes de que se perdiera definitivamente en el laberinto de calles secundarias que salían del barrio residencial.
En cada cruce, aflojaba el acelerador lo justo para comprobar que no se había desviado hacia alguna calle lateral, y luego volvía a acelerar en un intento de cubrir el mayor espacio posible.
«¿Dónde estás, cabrón?», se dijo entre dientes. Bruno no había tenido tiempo de ponerse el casco, y con el aire abofeteándole la cara, mantener los ojos abiertos era una proeza. Sentía que le ardían, y de vez en cuando se le escapaba una lágrima que se dispersaba tragada por las turbulencias.
A esa velocidad, era como atravesar un vórtice de cuchillas listas para cortarle la piel, pero no le importaba el dolor. No pararía hasta dar con la furgoneta.
Reconstruyó mentalmente las vías que delimitaban aquella parte de la ciudad. La conocía lo bastante bien como para predecir por dónde podría haberse colado para escapar de la persecución.
La chispa de una intuición se abrió paso entre sus pensamientos. La furgoneta debía de haber tomado la calle lateral que conducía al centro, con la esperanza de perderse entre el tráfico.
Era una apuesta, por supuesto. Cabía la posibilidad de que el conductor hubiera optado por salir de la ciudad, y la carretera más cercana hacia el campo era un camino serpenteante sin cruces, lo que le habría facilitado el acceso.
Adelantó a dos coches que vagaban por la carretera y en el siguiente cruce giró a la izquierda, inclinando la moto casi hasta el punto de rozar el asfalto con la rodilla. Después, una serie de curvas y otro cruce.
Bruno aceleró para mantener la mayor velocidad posible, hasta incorporarse al eje principal que conducía al centro de la ciudad.
A lo lejos vio la luz roja de un semáforo, con una pequeña columna de coches esperando para reanudar la marcha.
Y allí estaba, la furgoneta azul que había visto frente a la casa de Tom Carelli.
En tercera fila, a pocos metros del cruce.
Bruno aceleró de nuevo para adelantar al coche que le precedía, solo para encontrarse de frente con los faros de otro vehículo que entraba en la carretera desde una vía lateral.
El sonido del claxon le golpeó con estrépito, Bruno llegó a tiempo de corregir su trayectoria, pero golpeó con el manillar el espejo retrovisor del coche, que salió por los aires en el mismo instante.
El hombre abrió la portezuela del coche, salió y lo increpó repetidas veces.
Bruno ignoró aquellos gritos y se concentró en alcanzar su objetivo.
Fue en ese momento cuando el conductor de la furgoneta azul se fijó en él.
Las luces blancas de marcha atrás se encendieron.
La furgoneta retrocedió de manera brusca y golpeó con un ruido sordo el parachoques del coche que la seguía.
Las ruedas chirriaron en el asfalto, y se desviaron completamente a la izquierda.
Después, la furgoneta volvió a acelerar bruscamente, rozó el lateral del vehículo al que adelantaba y atravesó el cruce con el semáforo en rojo.
El coche que venía se clavó en medio de la intersección para evitar la furgoneta, perdió la estabilidad e hizo un trompo que lo dejó mirando en dirección contraria.
Bruno agarró con firmeza el manillar y se preparó para una maniobra de emergencia en caso necesario.
Pasó a toda velocidad entre los coches atascados en el semáforo, sin perder de vista la parte trasera de la furgoneta.
No se le podía escapar, no ahora que había conseguido acortar distancias.
A partir de allí había unos cuantos cruces que podía tomar, y el riesgo de que se le escapara era mucho mayor.
Zigzagueó para evitar a los coches parados y atajó por el cruce a pesar de que el semáforo seguía en rojo. Todo sucedió en unos pocos instantes.
Bruno se sintió arrollado por una fuerza que lo empujaba hacia el arcén. Apenas tuvo tiempo de ver los faros del coche que le había impactado desde la izquierda, antes de perder el agarre del manillar y caer al suelo con estrépito.
Rodó por el duro pavimento de la carretera mientras la moto se le escapaba de las manos, y se deslizaba por el asfalto varios metros. A su alrededor, chirridos de frenos pisados con fuerza. Olor a neumáticos recalentados por la fricción.
Aturdido, Bruno, no sintió dolor. Su percepción estaba amortiguada porque la cantidad de adrenalina en su organismo era tal que embotaba sus sentidos. Cayó de rodillas mientras un caos de bocinazos y gritos estallaba a su alrededor.
—¿En qué demonios estabas pensando? —oyó gritar desde cerca—. ¿No has visto el rojo?
Bruno levantó la mirada y se encontró con la de un hombre que se alzaba sobre él y gesticulaba exageradamente, con expresión asustada y furiosa al mismo tiempo. Debía de conducir el coche que acababa de atropellarlo. No tuvo tiempo de replicar porque el hombre palideció de repente.
—¡Mamá, mira, lleva una pistola! —dijo un niño que estaba a unos metros. Bruno suavizó su expresión, en un esfuerzo por parecer tranquilizador, pero la consternada madre cogió al pequeño de la mano y se lo llevó a rastras.
Bruno se gateó por el asfalto hasta donde estaba la pistola. Debió de perderla en el impacto. La recogió enseguida, pero una punzada en el hombro le cortó la respiración.
—Soy po… policía —gimió, metiéndosela de nuevo en el cinturón.
Luchó por levantarse. Al parecer, no se había roto nada.
Solo entonces se dio cuenta de que estaba rodeado por varias personas que, mientras tanto, habían bajado de sus coches.
En cada dirección se habían formado atascos, mientras que un par de coches estaban amontonados en el cruce, como si hubieran sido lanzados al otro lado de la carretera por un gigante.
Dejó escapar un amplio suspiro y volvió a mirar hacia delante. Ya no había rastro de la furgoneta. Pero aún no estaba dispuesto a tirar la toalla.
Caminó a paso ligero, aunque cojeando, hasta el lugar donde había quedado la moto.
Comprobó que no hubiera fuga de gasolina ni de aceite y que las partes mecánicas más expuestas no estuvieran dañadas.
Por fortuna, la moto era bastante robusta y solo tenía algunas abolladuras en el depósito. Con dificultad, la levantó y se subió.
—¡Eh! —le persiguió una voz—. ¿Dónde te crees que vas?
En respuesta, Bruno pulsó el botón de encendido y arrancó con estrépito.