Capítulo46
Bruno dejó atrás la puesta de sol y aparcó la moto delante de la gran villa. Tras comprobar la placa del interfono, pulsó el botón y esperó la respuesta.
—¿Sí? —dijo una voz femenina a través del altavoz.
—Soy Bruno Colasanti, un colega de Tom. ¿Puede decirle que he llegado?
—Por supuesto. Le está esperando, Sr. Colasanti.
Un instante después, la puerta automática se desbloqueó con un clic.
Bruno recorrió el camino de entrada hasta la puerta principal.
—Puede llamarme Bruno —le dijo a la señora de unos cincuenta años, elegantemente vestida, que lo esperaba en el umbral.
La señora se protegió con la mano.
—Solo si nos llamamos de tú. Soy Gabriella, la madre de Tom.
—Acepto.
Un momento después apareció ante él un espléndido labrador, que empezó a olisquearle los zapatos y a mover la cola con entusiasmo.
—Este es Yoda. Como puedes ver, nunca pierde la oportunidad de acosar a los invitados —dijo la mujer, conduciéndolo a una gran sala.
Bruno despeinó la gran cabeza de Yoda. Para demostrarle su agrado, el perro se abalanzó sobre él y apoyó las patas en su chaqueta de cuero.
—No pasa nada. Crecí en el campo, entre perros, gatos e incluso un par de gansos romanos.
Gabriella sonrió.
—Dicen que son buenos vigilantes. 1
—Te confieso que estar frente a ellos, con sus alas desplegadas y ese grito amenazador, es bastante sobrecogedor.
—Bruno —lo llamó Tom desde el rellano de la escalera. En sus manos sostenía un extraño casco negro que parecía sacado de una película de ciencia ficción—. ¿Te importaría subir? Hoy he recibido un nuevo dispositivo de realidad virtual y estoy haciendo algunas pruebas.
—Como quieras, siempre que no me utilices de conejillo de indias. —Seguido por Yoda, Bruno subió los escalones que conducían a un largo pasillo bordeado de esculturas de arte contemporáneo.
Tom los precedió hasta cruzar la puerta de su habitación.
Estaba amueblada como el cuarto de un quinceañero: posters de dragones y robots en las paredes y un par de vitrinas rebosantes de miniaturas de personajes fantásticos.
Sobre el escritorio, frente a la cama, había una estación de trabajo informática de última generación, con dos enormes monitores alineados uno al lado del otro, junto a un gran ordenador con marco transparente del que emergía un leve zumbido procedente de la rotación de los ventiladores.
—Bienvenido al búnker —sonrió Tom, mientras quitaba un portátil de una de las dos sillas del despacho para hacer sitio al recién llegado.
—Parece el centro de control de la NASA —comentó Bruno.
—Un antiguo compañero mío se fue a trabajar a la NASA —dijo Tom—. Enviar sondas al espacio no está mal, pero es mucho mejor detener a los malos.
—Sí, aunque no siempre es fácil reconocerlos —replicó Bruno, con una nota de amargura en la voz. Mientras tanto, Yoda se había agazapado a sus pies, con una pata encima de su bota.
—Me enteré de lo de Elena. Lo siento muchísimo. Sé que es una pregunta estúpida, pero... ¿cómo estás?
Bruno extendió los brazos.
—Como me ves. —Tenía profundas ojeras, acentuadas por su tez pálida y un ligero temblor en las manos—. Pero intento mantener el ritmo.
Con un gesto vagamente torpe, Tom le puso una mano en el hombro. Las expresiones de afecto no eran su fuerte, pero quería expresarle su apoyo.
—Eres una roca, Bruno, aunque no debe ser fácil volver al trabajo.
—Lo hago por Elena. Debes haberte enterado de cómo fueron las cosas —dijo Bruno—. Mi coche... alguien conectó explosivos al motor de arranque.
Tom se pasó una mano por el pelo rizado.
—Un verdadero atentado —suspiró.
—Alguien quería volarme en pedazos. Pero fue ella la que se interpuso.
—Dios mío, es absurdo. ¿Quién pudo haber hecho algo así?
—Estoy intentando averiguarlo. He hecho algunas investigaciones, y... —Bruno hizo una breve pausa para reagrupar sus pensamientos. No quería revelar a Tom cómo había obtenido la información—. Surgió un nombre. O, mejor dicho, un apodo. De alguien que compraba explosivos en la web oscura.
—¿En la web oscura? —preguntó Tom—. El infame nivel cuatro de la web oscura —añadió a continuación, como si reflexionara en voz alta—.
La mayoría de la gente desconoce la existencia de la parte no indexada de Internet, y sin embargo constituye más del noventa por ciento de los movimientos que se realizan en la red.
Los motores de búsqueda solo muestran lo que hay en la superficie, pero es como la punta de un iceberg.
»Es debajo donde se esconde la mayor parte del contenido...
—Tom se quitó las gafas y se puso a frotarlas con la tela de la camisa.
Las miró a contraluz y luego, satisfecho, volvió a ponérselas.
Solo entonces empezó a hablar de nuevo—.
Hablamos de una infinidad de páginas secretas donde no hay límites ni jurisdicciones, y donde prolifera un mercado negro de material ilegal al alcance de cualquiera.
»Drogas, tarjetas de crédito robadas, armas de origen militar, todo es de libre acceso.
Incluso se puede contratar a un sicario.
Lo más loco es que no se puede hacer nada para contrarrestar ese fenómeno, porque los protocolos de seguridad en juego hacen casi imposible localizar los servidores que lo controlan.
Bruno se acarició la barbilla, pensativo.
—Y pensar que hasta esta mañana no tenía ni idea de todo eso. Por supuesto, la informática no es mi fuerte. No puedo creer que esté aquí, ahora, hablando de esto contigo.
—Dime lo que has averiguado —lo instó Tom.
—Está ese tal Naziskin, todo el mundo lo conoce como Otta —respondió Bruno—. Según mis fuentes, es el elemento clave de un negocio de armas en el que está implicado el hampa organizada, en concreto la familia criminal de alguien que se hace llamar el Santo.
—La ‘Ndrangheta —soltó Tom, agrandando los ojos—. ¿Crees que están implicados en la muerte de Elena?
Bruno sacudió ligeramente la cabeza.
—Ahora mismo no estoy seguro de nada. Esperaba que pudieras ayudarme a aclarar mis ideas.
Tom tecleó durante unos instantes en el ordenador, hizo aparecer una serie de ventanas en la pantalla, y luego seleccionó unas y cerró otras en rápida sucesión. Sus dedos se movían tan rápido que seguir sus movimientos en el teclado era como intentar seguir el batir de las alas de un colibrí.
—He iniciado un sistema operativo en una máquina virtual para eludir cualquier protocolo de vigilancia —explicó—.
Si vamos a explorar el lado oscuro de la red, nosotros también debemos protegernos.
Puede parecerte una tontería, pero sin precauciones corremos el riesgo de atraer hacia nosotros la atención de las agencias internacionales de investigación.
—Haz lo que debas. Todo esto es chino para mí.
—Sabes, ayer vi a Aurora —dijo Tom sin apartar los ojos de la pantalla.
—Me mencionó algo al respecto. ¿Cómo la viste?
Tom se encogió de hombros.
—Sigue siendo la misma bala perdida de siempre. En el buen sentido, claro. Le estoy echando una mano en una investigación poco ortodoxa.
—Sí, se ha visto envuelta en una historia turbia —comentó Bruno—, pero con lo que estoy pasando apenas soy capaz de pensar ni en mí mismo.
—Además, no es muy buena cuando se trata de pedir ayuda. —Los labios de Tom se curvaron en una sonrisa—. Aun así, ya sabes... teneros a Aurora y a ti cerca estos días sienta bien. Va a sonar tonto, pero es como volver a los viejos tiempos, cuando éramos un equipo.
—Solo han pasado unos meses, Tom —refunfuñó Bruno—. ¿No es un poco pronto para llamarlos «viejos tiempos»?
—Lo sé, pero los echo muchísimo de menos —admitió el joven—. Si miro atrás, parece que fue hace toda una vida. A veces, todavía me pregunto si podríamos haber hecho más para localizar a ese psiquiatra, al tal Curzi. ¿Has pensado alguna vez dónde podría haberse escondido?
—Lo dimos todo —lo tranquilizó Bruno—. A veces, las cosas no salen como queremos.
Siguieron unos instantes en los que solo se intercaló el silencio entre el golpeteo de Tom sobre las teclas.
—Hecho —exultó por fin, levantando las manos del teclado—. He preparado un script para ejecutar una búsqueda en el nivel cuatro de la red oscura, que es donde se concentran los intercambios de armas. Todo lo que tenemos que hacer es introducir una palabra clave para iniciarlo.
—Valraven —sugirió Bruno—. Es el apodo tras el que se esconde el comprador al que Otta suministró los explosivos.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Tom cuando introdujo la clave de búsqueda.
Antes de entrar en la policía, siempre había pensado que la red era un lugar aséptico, gobernado por ordenadores y su férrea lógica binaria.
Sin embargo, alguien podía aprovecharse para hacer daño a otras personas. Incluso para matar.
Una vez pulsada la tecla «Enter», Tom se reclinó en la silla y se quedó esperando, con los ojos pegados al monitor del ordenador. En una ventana lateral, empezaron a aparecer rápidamente una serie de entradas.
—Creo que he encontrado algo.
—Déjame ver —le pidió Bruno.
—Ahí lo tienes. —Tom señaló unas líneas en la pantalla—. Es el rastro de un intercambio de mensajes entre Valraven y un tal Skin88.
—Otta —dijo Bruno—. Forma parte de un movimiento de neonazis que se autodenominan así; es una forma de recordar el saludo nazi. ¿Puedes rastrear el contenido de la conversación?
—No será fácil, los intercambios están protegidos por un sistema de encriptación. Pero puedo intentarlo.
Tom volvió a escribir frenéticamente en el teclado. En el centro de una ventana con fondo negro aparecía una secuencia de números en verde que cambiaban sin parar.
—¿Qué es eso?
Tom se rascó la nuca.
—Parece... una cuenta atrás. Mira, el último dígito cambia cada segundo.
—¿Una cuenta atrás para qué?
—No sé... —Tom hizo una rápida operación con la calculadora del sistema—. El final está fijado para pasado mañana. A la una.
—No lo entiendo —objetó Bruno—. No tiene ningún sentido. ¿No deberíamos haber encontrado algún rastro del intercambio de armas?
—Eso es lo que yo esperaba... —replicó Tom, desconcertado. Su mirada se posó en la pequeña cámara montada en el marco del monitor—. ¡Dios mío, Bruno! Alguien nos está espiando.
—¿Qué? —soltó Bruno, desconcertado.
—La webcam —balbuceó el otro—. Siempre la mantengo desactivada por motivos de seguridad, pero ahora el LED está encendido. Alguien ha accedido a mi ordenador a distancia.
La lucecita amarilla era como un pequeño ojo que les observaba en silencio. Instintivamente, Tom colocó el pulgar sobre la lente de la cámara para taparla, y con la otra mano empezó a golpear el botón para salir de la sesión.
—¡Los controles ya no responden, maldita sea! —Con un rápido movimiento, alargó la mano hacia el marco del ordenador y pulsó el botón de apagado. Pero la pantalla seguía obstinadamente activa—. ¡Tira del enchufe, Bruno! Ahora mismo.
Bruno buscó a su alrededor la toma de corriente y sacó el enchufe, soltando una pequeña chispa. Yoda se puso en pie de un salto, sobresaltado por aquel movimiento brusco.
El monitor se apagó de repente, y durante unos instantes en la habitación los únicos ruidos fueron el zumbido del ventilador del ordenador que disminuía gradualmente de intensidad y la respiración agitada de los dos policías.
Bruno y Tom se miraron a los ojos durante unos segundos. Antes de que ninguno de los dos pudiera comentar el incidente, Yoda empezó a ladrar.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Tom. El labrador ladró de nuevo, salió corriendo de la habitación y se precipitó escaleras abajo.
Bruno se dirigió al rellano e hizo bocina con las manos para que le oyeran abajo.
—¿Todo bien?
Gabriella estaba sentada en el gran sofá peninsular del centro del salón. Apartó la vista del televisor.
—Aparte de que Yoda parece haber visto un fantasma, sí. ¿Qué hacéis ahí arriba con esa realidad virtual?
Bruno no respondió. Bajó las escaleras con cautela, prestando atención a cada ruido. Yoda estaba delante de la puerta principal. Agitaba la cola con nerviosismo y no paraba de ladrar.
Con los dedos, Bruno rozó la culata de la Beretta. Estaba allí, en su cinturón, presionándole la espalda. Ese contacto bastó para tranquilizarlo.
—¡Yoda, vale ya! —protestó Gabriella.
Afuera, unos neumáticos chirriaron sobre el asfalto.
Bruno corrió hacia la ventana y descorrió la cortina. Llegó justo a tiempo para vislumbrar una furgoneta azul oscuro que salía de su campo de visión.
Al darse la vuelta, se encontró con la mirada de Tom, que mientras tanto también había bajado y se había detenido detrás de él.
—Esa furgoneta... la he visto antes —dijo Tom con voz temblorosa.
—Mierda —gruñó Bruno mientras abría la puerta. Corrió por el camino de entrada y cruzó la puerta exterior. Se sentó a horcajadas sobre la moto, introdujo la llave en el contacto y pulsó el botón de arranque con el pulgar.
Luego arrancó con un fuerte acelerón hacia la dirección en la que había visto desaparecer la furgoneta.
1 Cuenta la leyenda que durante el saqueo de Roma por parte de los galos en el año 390 o 387 a.C., los gansos del templo de Juno salvaron con sus gritos a los últimos defensores de la ciudad de caer en manos de los asaltantes. (N. del T.).