Capítulo35
Aurora caminó a paso ligero hacia el parque para recuperar su coche, aparcado allí desde el día anterior.
Sabía que debería haber preparado el informe para Venturoli, pero los acontecimientos de las últimas horas habían sido demasiado agitados para que pudiera pensar con claridad.
Caminar la ayudaba a pensar. Por muy agotada que estuviera, necesitaba un rato a solas para reagrupar sus pensamientos.
Estaba preocupada por Bruno, temía que hiciera alguna locura.
Todavía estaba conmocionada al descubrir que había vuelto a competir en un circuito clandestino.
Pero lo que más la abrumaba de todo era el flujo de razonamientos relacionados con el caso que su mente le devolvía de forma continua y agotadora.
Luchó por controlar sus pensamientos, por darles forma.
Todo iba muy deprisa, pero ahora que había descubierto la identidad de la víctima, se sentía preparada, por fin, para cooperar con la jefatura de policía de Bolonia.
Decidió que lo mejor que podía hacer era reunirse de inmediato con el fiscal Gandolfi e informarle de lo que Tom había descubierto.
Eso significaba también admitir que había actuado por iniciativa propia, que había ignorado las directrices que le habían impuesto.
Tal vez, si hubiera empezado por confiar en sus colegas boloñeses, podría haber contado con el apoyo de De Robertis, que había demostrado que no era tan hostil como ella lo había juzgado en un principio.
Porque, por mucho que lo prefiriese, Aurora no podía hacerlo sola. La investigación empezaba ahora a tomar forma, revelaba ramificaciones inesperadas que se extendían más allá de las fronteras nacionales.
El asesino de Alfredo Serrano estaba ahí fuera, en algún lugar, dispuesto a matar de nuevo. Solo era cuestión de tiempo. De eso estaba segura.
Hasta ahora se había limitado a burlarse de ella, como para demostrarle lo inútiles que eran sus intentos de forcejear en la red en la que la había atrapado.
Aurora tenía la impresión de que la acechaba como un depredador, listo para dar el golpe decisivo.
¿Por qué, si no, la había mantenido cautiva justo cuando se suponía que iba a presentarse al comisario?
«Para evitar que los demás investigadores confiaran en mí, minando mi credibilidad hasta el punto de aislarla», pensó. El hombre intentaba relegarla a la oscuridad de la duda, vigilaba todos sus movimientos, alimentaba sus obsesiones, alteraba sus prioridades, agitaba las aguas.
No, no estaba dispuesta a hacer el papel de presa. Era hora de invertir los papeles. Aurora sabía que, si podía anticipar el siguiente movimiento del asesino, tendría una oportunidad de detenerlo.
Una vez llegó a su destino, subió al coche sin dudarlo. Pero al introducir la llave en el contacto, apareció ante ella el rostro angustiado de Elena, justo antes de la tragedia.
Aquella mirada de resentimiento y tristeza la había alcanzado como una flecha. Volvió a ver la expresión angustiada de Chia, acurrucada en la parte trasera de la ambulancia, abatida por lo que le había ocurrido a su madre.
¿Cómo sería la vida de aquella niña a partir de entonces?
Aurora se demoró demasiado con la llave entre los dedos, incapaz de arrancar el motor.
Le empezó a temblar la mano. Sintió que el corazón se le aceleraba de repente, como si quisiera salirse de la caja torácica.
Sus respiraciones se hicieron cada vez más cortas y un cúmulo de escalofríos le recorrió la espalda.
Por instinto, se tocó la cicatriz de la sien.
Lo que le había ocurrido a Elena la había sacudido hasta la médula, mucho más de lo que era capaz de admitir. No solo por la forma brutal y sin sentido en que su vida había sido interrumpida. Sino porque sabía que, a partir de ese momento, Bruno nunca volvería a ser el mismo.
Lo que la aterrorizaba era una confirmación más de que una vida puede desaparecer en un instante, tal como le había ocurrido a su padre, que un día simplemente no había vuelto a casa.
Ciertas experiencias son capaces de moldearnos en lo más profundo de nuestro ser.
Chia tendría que vivir con el vacío que le dejó la pérdida de su madre durante el resto de su existencia.
¿En qué tipo de persona se convertiría? ¿Abriría el dolor una grieta perenne en su corazón que borraría su hermosa sonrisa?
Aurora no era el tipo de persona que se concedía tiempo para curarse las heridas. Pero debía admitir algo: algunas de sus cicatrices nunca llegarían a cerrarse.
Salió del coche como una furia, se apoyó en la carrocería y ahogó un grito. El cuerpo, agotado más allá de lo soportable, se volvía contra ella de la peor manera: negándole la posibilidad de actuar.
Se sentía invadida por un dolor sin fondo, las dudas la atormentaban, estaba atada de pies y manos por el miedo, rodeada de obsesiones que no le pertenecían. ¿O quizá sí?
«Ahora no», se dijo entre dientes.
Dejó pasar unos instantes, se esforzó por llenar los pulmones de profundas inspiraciones, y luego expulsó el aire despacio. Tenía que recuperar la compostura. No podía dejarse abrumar por la ansiedad. No ahora que sabía que se le acababa el tiempo.
Era como si las arenas de un reloj de arena invisible cayeran implacablemente hacia el fondo y marcaran cuánto faltaba para el siguiente movimiento del asesino.
Miró el salpicadero del coche, todavía con la llave puesta.
Por irracional que fuera, no quería girarla.
Así que abrió el capó para comprobar que no había nada anormal.
Pero ¿cómo podía saberlo? Cuanto más miraba el contenido del compartimento del motor y los distintos componentes, sus ojos perdidos en los manguitos, los cables, las correas, más confusa se sentía.
—¿Necesitas ayuda? —dijo una voz detrás de ella.
Aurora se dio la vuelta y se encontró de frente con un chico de rasgos apacibles vestido con vaqueros y sudadera.
—Sí, quiero decir... no —murmuró. Luego se corrigió—: Lo que pasa es que no entiendo mucho del tema.
El coche no arranca, pero nunca ha dado problemas.
—Desde luego, no podía decir la verdad. No podía decirle a aquel chico de rostro inocente que acababa de ver explotar un coche, y con él una mujer.
No podía confiarle que temía que ahora le tocara a ella.
—Podría ser la batería —replicó el chico, dando un paso adelante—. ¿Puedo...?
Aurora se apartó a un lado.
—Todo tuyo.
—No soy mecánico, pero me apaño bien con el mantenimiento de rutina. —El chico palpó algunos de los componentes y se detuvo a observar las distintas partes del motor. Parecía en su salsa—. ¿Por casualidad tienes algo con lo que limpiarme las manos? —preguntó.
—Sí, por supuesto. —Aurora entró en el coche y sacó un pañuelo de papel de la guantera. Cuando estaba a punto de dárselo al chico, se paralizó y retiró la mano. ¿Realmente podía confiar en él? Al fin y al cabo, era un completo desconocido.
Al notar que Aurora no estaba segura, él la miró con cierta vergüenza.
—Todo parece estar bien. La batería es reciente, no debería dar problemas. ¿Te importaría intentar arrancarlo?
Aurora sintió que las piernas apenas la sostenían. Era como si su mente estuviera encerrada en una tenaza que le impedía razonar. Responder a la pregunta le costó esfuerzo.
—Sí… Sí, claro, lo haré... ahora mismo.
—¿Va todo bien? Aparte del coche, quiero decir. Estás pálida. —La voz del chico le llegó mientras abría la puerta.
—¡No me pasa nada! —dijo con un tono un poco brusco.
Aurora se mordió el labio inferior—. Lo siento.
He sido grosera. Lo que pasa es que... —La paranoia la estaba volviendo loca.
Puede que no tuviera mano para las relaciones sociales, pero tenía que dejar de considerar a cada desconocido una amenaza. Respiró hondo—. Olvídalo.
El chico la miró con expresión interrogante.
Aurora se sentó en el asiento del conductor. Cerró los ojos, tragó una bocanada de aire. Luego giró la llave.
El motor de arranque chirrió un momento. Siguió el traqueteo regular de los engranajes.
Aurora se dejó caer sobre el respaldo y respiró aliviada. Desde la ventana, el chico la saludó con el pulgar de la mano derecha. Luego hizo ademán de marcharse.
—Espera —dijo Aurora—. Gracias.
El chico se encogió los hombros.
—De nada.
Cuando se hubo marchado, Aurora permaneció inmóvil unos instantes en el asiento del conductor y con el volante entre las manos.
Tuvo que admitir que no estaba en condiciones de viajar. La crisis de un momento antes era señal de que necesitaba recuperar el aliento. Así que decidió volver primero a casa.
Poco después, al cruzar el umbral, recordó el esquema que había empezado a rellenar en el salón, con las observaciones preliminares sobre el caso. Lo miró con un atisbo de satisfacción: ya podía escribir el nombre de la víctima.
En el campo del sujeto no identificado, sin embargo, añadió la descripción del hombre del parque, con un gran signo de interrogación al final.
¿Podría tratarse efectivamente del Segador? ¿Podría ser que hubiera sido tan osado como para mostrarse a cara descubierta sin miedo a ser reconocido? Aurora se comprometió a hacer pronto un retrato robot para enviarlo a todas las comisarías y carabineros de la zona.
Se volvió hacia el pasillo para ir al baño. Necesitaba una ducha, tenía restos de la explosión del coche de Bruno aún en el pelo y debajo de las uñas. A la derecha, la puerta del sótano llamó su atención. Estaba entreabierta, pero no recordaba haberla abierto.
Nunca iba al sótano, la hacía sentir incómoda.
El casero había intentado convencerla de que lo utilizara como lavadero o cobertizo para herramientas, argumentando que la entrada independiente era una comodidad añadida.
Elementos que, a Aurora, acostumbrada a vivir con lo mínimo y sin especial interés por el bricolaje, no le servían de nada.
Ella había preferido poner la lavadora en el cuarto de baño, con tal de no tener que bajar hasta allí por unas escaleras empinadas y estrechas, para encontrarse en un sótano oscuro y húmedo.
Agarró el picaporte mientras una bocanada de aire fresco del interior le acariciaba la piel. Cerró la puerta con el mismo cuidado con el que hubiera manejado un arma cargada. Luego se deslizó hasta el cuarto de baño. Se desnudó y abrió el grifo del agua caliente.
Bajo el chorro hirviente, observó los riachuelos grisáceos de hollín que se filtraban por el desagüe y que creaban pequeños remolinos.
En ese momento, en la soledad del hogar, el peso de los últimos acontecimientos se hizo insoportable. Se desplomó sobre el plato de cerámica y se cubrió la cara con las manos, como si ese gesto pudiera evitar que las lágrimas fluyeran junto con el agua que las enjuagaba.
Sollozando, recordó a Elena, a Chia, que nunca volvería a ver, como le ocurrió a ella misma aquel día de marzo de hacía doce años cuando se despidió de su padre por última vez. Aurora también tenía entonces diecisiete años.
Y por mucho que se esforzara en fingir que no era nada, cada año, con la llegada de la primavera, sentía que aumentaba su desánimo, un tormento silencioso y obstinado que reaparecía de manera cíclica cuando se acercaba el aniversario de la muerte de su progenitor y que afectaba a su estado de ánimo.
Un sentimiento que ahora la envolvía por completo con sus alas negras.
Negras como el ángel de la muerte.