Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo34
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Capítulo34

—Prepárate. Tengo noticias sobre lo que me pediste.

—La voz de Tom Carelli al otro lado de la línea sonó excitada.

Siempre era así cuando se trataba de exponer el resultado de sus investigaciones.

No es que presumiera de sus conocimientos informáticos, era en general un tipo tímido y reservado.

Pero siempre que se le presentaba un reto, estaba imbuido del mismo entusiasmo genuino de un adolescente—.

Creo que he descubierto la identidad de la víctima de la Cartuja.

A Aurora le dio un vuelco el corazón. Sabía que Tom era un as, pero no esperaba que lo consiguiera tan rápido.

—¿Estás seguro?

—Yo diría que sí. He hecho comprobaciones cruzadas y los resultados del algoritmo se han confirmado. Por supuesto, no tendrán valor ante un tribunal, pero pueden ser un buen punto de partida para las investigaciones.

—Te escucho.

—He introducido la fotografía que me pasaste en el sistema de reconocimiento facial del que te hablé —dijo Tom—.

Al principio, lo he reducido a las imágenes de las cámaras de seguridad del aeropuerto y de la estación de Bolonia, en el período de dos semanas antes del asesinato.

Parece poco, pero hay cientos de cámaras y solo eso son decenas de miles de horas de grabación.

Por eso no era muy optimista al principio.

—Y el tiempo no juega precisamente a nuestro favor.

—Así es. He llevado a cabo la búsqueda empezando el día anterior al asesinato y trabajando hacia atrás.

La clave del éxito de una búsqueda es poder acotar el campo, ya que el procesamiento es muy exigente incluso para los potentes ordenadores centrales de que dispone el proyecto.

En este sentido, mi hipótesis ha resultado ser correcta: la primera coincidencia procede de un vídeo de vigilancia ferroviaria, de dos días antes del crimen.

El sistema lo ha reconocido bajándose de un tren Eurocity procedente de Alemania.

—¿Alemania, dices?

—Era un italiano que llevaba varios años viviendo en el extranjero —señala Tom.

Aurora sintió la emoción de cuando una corazonada es confirmada por investigaciones de campo.

—Continúa.

—Me he basado en tu hipótesis de que tenía antecedentes, pero no aparecía en la base de datos nacional de delincuentes condenados porque no vivía en Italia.

He buscado otros planos de su cara entre las imágenes de la cámara hasta que he encontrado una adecuada para buscar en la base de datos de la Interpol.

—Tom se aclaró la garganta—. Llegados a este punto, le he cobrado un favor a un amigo que trabaja en la fiscalía.

Cuando se trata de investigaciones internacionales, siempre hay alguien que levanta una ceja si no hay una solicitud firmada por un ayudante del fiscal.

La coincidencia sobre su identidad ha llegado de Alemania.

—No me mantendrás en vilo ahora...

—No, claro que no —sonrió Tom—. Se trata de Alfredo Serrano, treinta y ocho años, nacido en Calabria, pero residente en Múnich desde 1988, cuando se trasladó con su familia. Por lo que sabemos, fue detenido por tráfico de drogas.

Aurora repitió mentalmente el nombre para asegurarse de que no lo olvidaba. No podía creerlo, por fin la víctima de la Cartuja tenía un nombre, además de un rostro. Era la primera pieza de la investigación, el primer paso para descubrir los motivos del Segador.

—¡Has estado genial! —afirmó—. Suena a tópico, pero no sé cómo lo habría hecho sin ti.

—De nada —se escudó Tom.

—Lo digo en serio —replicó Aurora con énfasis—. No tenías por qué ayudarme y, sin embargo, lo has dado todo, y además has demostrado unas dotes de investigación poco comunes.

—Bueno, tuve al mejor como profesor. Además, fue una buena oportunidad para probar el nuevo sistema de reconocimiento facial con una investigación de campo real. Una prueba así será muy valiosa para el desarrollo del proyecto.

—Te invitaré a una copa de buen vino en cuanto te vea —le propuso Aurora.

—Será un placer.

—Y, por supuesto, te debo un favor.

—Olvídalo, soy yo quien te lo debe. Me salvaste la vida durante el incendio en la comisaría. —Eso ocurrió durante la investigación del caso del Lobo Feroz. Aurora no había dudado en entrar en el edificio en llamas sabiendo que Tom seguía atrapado allí dentro.

Hubo un momento de silencio, luego la voz de Tom se volvió vacilante.

—Ah, Aurora, hay una última cosa... Tal vez no sea nada, pero pensé que debía decírtelo.

—Dime.

Tom se aclaró la garganta.

—Aunque seguro que acaba siendo una tontería... Anoche, cuando estaba a punto de entrar en el coche para volver a casa, tuve la sensación de que me observaban.

Aurora sintió que se le formaba un nudo en la boca del estómago.

¿Y si el asesino la había seguido hasta Módena y había presenciado su encuentro con Tom?

¿Y los vigilaba desde ese momento? Se llamó a sí misma estúpida por no haber tenido más cuidado.

Podría haberse dado cuenta de que alguien la seguía, pero estaba demasiado alterada por lo que había visto en la escena del crimen.

Sin embargo, sabía que nunca debía bajar la guardia.

«No dejes de moverte». El riesgo era convertirse en un objetivo. O convertir a uno de tus amigos en un objetivo.

—¿Has visto a alguien sospechoso?

—No... fue más bien una impresión. Miré a mi alrededor, había algunos transeúntes.

Todos parecían ocuparse de sus asuntos. —Tom se quedó pensativo unos instantes—.

Había una mujer paseando a un recién nacido, un hombre con un gracioso perrito que se paraba en cada parterre y un tipo que empujaba una bicicleta mientras jugueteaba con su smartphone.

—No es mala memoria fotográfica —comentó Aurora.

—Mi profesora del curso de Redes Neuronales la llamaba «memoria eidética». Explicó que está muy desarrollada en la infancia, pero que tiende a perderse durante el desarrollo por una cuestión evolutiva. Al parecer mantengo una manera de pensar un poco… infantil.

—No creo que sea un defecto, Tom.

—De todos modos, pensándolo bien, tal vez haya algo más.

Recuerdo que había una furgoneta aparcada al otro lado de la calle, pero no había nadie dentro.

Supuse que se trataba de un servicio de mensajería urgente.

La comisaría de delitos cibernéticos está cerca de la zona industrial, así que en aquel momento no me pareció raro.

Ahora me doy cuenta de que debería haberlo comprobado, era un poco tarde para una entrega de empresa.

—¿Llevaba alguna marca distintiva?

—Era de color azul, pero no podría decirte más.

Era más bien anónima. —Hizo una pausa, como para ordenar sus pensamientos, y luego añadió—: Lo extraño es que la sensación de que me seguían no me abandonó hasta que llegué a casa.

No le presté demasiada atención, pensé que dejaría de afectarme enseguida, pero ahora me doy cuenta de que me descuidé. ¿Crees que debo preocuparme?

Aurora permaneció en silencio unos instantes.

Reflexionó sobre si debía contarle a Tom lo que le había sucedido en las últimas horas.

El hombre del parque, el secuestro, la huida del maletero.

La muerte de Elena. Había demasiado de lo que hablar, y ella no quería asustar a Tom más de lo que ya estaba.

Decidió que solo abordaría el tema después de hablar con De Robertis.

Tenía que volver a Bolonia y hacer balance de la situación con sus colegas encargados de la investigación del Segador.

—Hablaremos de ello, Tom —dijo—. Se han producido acontecimientos que me hacen pensar que lo tuyo no era solo un presentimiento. Así que, por favor, ten mucho cuidado. Y no dudes en llamarme si ves a alguien sospechoso.