Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo33
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Capítulo33

El sonido del timbre anunció el comienzo de la clase. La pequeña Camilla entró en el aula y fue a sentarse. Sacó el estuche y el libro de texto de la mochila y los alineó sobre la superficie del pupitre.

Sabía que le resultaría difícil mantener la concentración mientras sus pensamientos corrían hacia otra parte, fuera del aula, pero no porque le apeteciera jugar al aire libre. Aunque había dejado de llover, el cielo estaba encapotado y el viento soplaba con fuerza.

No, Camilla reflexionaba sobre cómo encontrar la manera de reunirse con Aurora Scalviati.

No podía negar que el día anterior se había sentido decepcionada al haber esperado en vano su llegada en la sala de la comisaría, con todos aquellos policías yendo y viniendo, tan ocupados que no le habían prestado atención.

No es que le importara captar su atención.

Lo que tenía que decir solo se lo diría a Aurora, había sido muy clara al respecto.

Solo que ahora la cosa se estaba complicando.

El día anterior había estudiado el plan hasta el último detalle.

La habían acompañado a la enfermería de la escuela por un malestar repentino y luego, en lugar de volver de nuevo a su clase, se había escabullido por la salida de emergencia, la del fondo, que debía permanecer abierta en todo momento por si se daba urgencia.

Después de salir de la comisaría había entrado a la escuela por la misma puerta, que había tenido cuidado de mantener abierta.

Si la hubiera encontrado cerrada, conocía al menos otras tres maneras de volver a la escuela sin ser vista.

Al fin y al cabo, las fugas se habían convertido en su fuerte, gracias a los videojuegos con los que se entrenaba para escapar de los monstruos más peligrosos y de las situaciones más desesperadas.

Últimamente también se había convertido en una experta en cómo decir mentiras sin que parecieran mentiras, algo de lo que no estaba orgullosa. En su defensa, podía decir que mamá se había vuelto muy aprensiva últimamente.

Los problemas surgían sobre todo cuando se trataba de salir a ver a los amigos o de ir al centro comercial.

En esos casos, tenía que ir acompañada de un adulto en todo momento, no dar ni un paso sin permiso y cumplir el horario al pie de la letra.

Las normas se habían vuelto mucho más estrictas desde que el Lobo Feroz había secuestrado a Aprile.

Y aunque todo había salido bien, Camilla ya no podía pasar la noche en casa de su mejor amiga, Annalisa, por ejemplo.

Mamá quería estar siempre informada de su paradero y a la menor señal de retraso cogía el teléfono.

Camilla sabía que si le decía que quería hablar con una mujer policía le daría, como mínimo, un ataque de nervios.

Su madre estaba un poco angustiada. Se había dado cuenta de que había cambiado desde que se había separado de papá.

¿Por qué, entonces, no volvían a estar juntos? Cada vez era más difícil entender a los adultos. Se las arreglan para complicarse la vida incluso cuando los problemas tienen soluciones sencillas.

Así que, por el momento, ese sería su secreto.

Un secreto que ni siquiera le había contado a Annalisa, a pesar de que era una clara transgresión del pacto que habían hecho el día que se hicieron mejores amigas: nunca habría secretos entre las dos.

Pero no le preocupaba: en este caso Annalisa comprendería que no podía hacer otra cosa.

Camilla se sentía protagonista de una misión importante, un poco como un personaje de un juego de rol, que de hecho era el tipo de videojuego que más le gustaba.

Con motivo de su cumpleaños, cuando había ido a visitar a papá, había encontrado una misteriosa caja sobre la mesa.

Tras rasgar el papel de regalo, descubrió que se trataba de la Switch, la consola de última generación que tanto ansiaba desde que tuvo la oportunidad de probarla durante toda una tarde en casa de una amiga.

Después de conectarla —había sido fácil, incluso su padre lo había conseguido—, Camilla había podido por fin emprender los largos desafíos contra los monstruos del reino de Hyrule, en busca de la princesa Zelda, derrotándolos uno tras otro gracias a las armas y habilidades especiales que adquiría a lo largo del juego.

Y así era como se sentía ahora. Solo debía encontrar la manera de escapar de la vigilancia de su madre sin llamar la atención. Esta vez lo haría fuera del horario escolar, no podía arriesgarse a que la pillaran.

Camilla abrió la agenda y sacó el papel que había llevado a comisaría para echarle un último vistazo.

—¿Qué es? ¿Me lo enseñas? —fue la pregunta intrigada su compañera.

En respuesta, Camilla frunció los labios, dobló el papel y lo deslizó de nuevo entre las páginas del diario.