Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo36
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Capítulo36

Bruno levantó la puerta del garaje y miró durante un largo rato la lona que cubría su moto.

Llevaba un par de años parada. En el pasado, sobre todo durante los meses de verano, alguno de sus colegas amantes de las dos ruedas le había invitado a una concentración de moteros o a una excursión por las sinuosas carreteras de los Apeninos.

Nunca había aceptado. Le gustaba repetir que era demasiado viejo para esas cosas. Pero la verdad era otra.

Su mayor temor era que, tras experimentar de nuevo la emoción de la velocidad, nunca más podría volver a su antigua vida, a su rutina diaria con Elena, a sus responsabilidades con Chia.

Tenía una familia. Y hacía todo lo posible por protegerla, incluso por complacerla.

Una pequeña renuncia recompensada por el calor de la costumbre.

Qué iluso había sido. Como si tratar de negar la propia naturaleza también tuviera el poder de mantener realmente a raya la inquietud y esa avidez de emociones que solo podía saciar empujándose a sí mismo hasta el límite.

Era correr sobre el filo de la navaja, donde cualquier error podía resultar fatal.

Igual que cuando eras militar y estabas en una zona de guerra, ya fuera Bosnia, Irak o Afganistán, y lo que te impedía ver el amanecer al día siguiente podía ser una simple falta de atención. O un capricho del destino.

Ahora que Elena se había ido y que la posibilidad de volver a vivir con su padre se vislumbraba en el horizonte de Chia, el único refugio de Bruno eran los brazos de los mismos demonios de los que había intentado escapar.

Volver a competir en un circuito de carreras clandestino, ante la perspectiva de los últimos acontecimientos, había sido una especie de anticipo de lo que sería su vida a partir de entonces.

No importaba por qué había empezado de nuevo.

Al principio lo había considerado una última concesión al hombre que había sido, antes de sentar definitivamente la cabeza.

Pero la adrenalina no era diferente de cualquier otra droga.

Lo que importaba era consumir cada vez más.

Se había mentido a sí mismo pensando que podría conciliar el lado razonable con el temerario.

A Bruno nunca se le había dado bien el compromiso.

Por un momento, casi tuvo la impresión de oír la voz de Elena mientras lo abrazaba con suavidad por detrás y le pedía que se olvidara de su Ducati. Apretó los puños con fuerza y repelió una oleada de ira.

Elena nunca le había ocultado su miedo a las motos, las consideraba peligrosas, hasta el punto de que para ella bastaba arrancarlas para poner en riesgo la vida.

La única vez que había conseguido subirla, ella se había agarrado a él con tanta fuerza que lo había dejado sin aliento.

A cada acelerón soltaba un grito de sobresalto, y a cada frenazo sus cascos acababan chocando.

Su primer (y único) paseo había terminado antes de salir de la ciudad.

Se bajaron de la moto y se echaron a reír a carcajadas, después se fueron andando a casa.

Con un rápido movimiento, Bruno retiró la funda protectora.

Luego rebuscó en los estantes en busca de la batería.

Tenía la costumbre de sacarla con la llegada de cada invierno para evitar que se deteriorara.

No la encontró, y de una patada volcó una caja que había en su camino.

Una avalancha de trastos se derramó por el suelo.

Recogió una regadera del suelo y la arrojó contra la pared.

La idea de haber sido el causante de la muerte de Elena le hacía hervir la sangre en las venas.

La victima tendría que haber sido él. Debería haber muerto él, sentado por última vez al volante de su Alfa Romeo.

Las sienes le palpitaban bajo el pulso de una rabia cegadora e implacable.

Con una mano barrió los objetos almacenados en una estantería, luego sacó un cajón del armario de herramientas y lo lanzó contra una bicicleta que golpeó contra el suelo entre el tintineo de los engranajes y el ruido de destornilladores, llaves Allen y llaves inglesas al caer.

Cogió una caña de pescar del perchero de la pared y la partió en dos apoyándola en la rodilla.

Luego golpeó con los puños las puertas de los armarios donde se guardaba el material de acampada, hasta destrozar la madera.

Ni siquiera se dio cuenta de que le habían empezado a sangrar los nudillos: había perdido toda sensibilidad al dolor.

Porque el dolor que lo encendía por dentro era tal que anulaba cualquier otra sensación.

Sus ojos estaban iluminados por una furia que parecía insaciable. Siguió destruyendo lo que se le ponía por delante, implacable, y luego se dejó caer al suelo con la respiración agitada como la de un toro dispuesto a embestir de nuevo. Una burbuja irreal de silencio se materializó a su alrededor.

Un silencio que lo dejó abrumado.

Estaba solo. Solo ante sus responsabilidades. Ante sus errores.

No, no se dejaría vencer. Canalizaría la ira. Haría lo necesario.

Buscó la placa de policía que llevaba en el bolsillo. La sopesó entre los dedos durante unos instantes y luego la arrojó contra los trastos esparcidos por el suelo.

Miró a su alrededor. La batería de la moto estaba allí, debajo de una estantería. Se levantó con una lentitud exasperante. Esforzándose por mantener la calma, volvió a montarla en el cuadro de la Ducati. Esperaba que quedara carga suficiente para arrancar el motor.

Se subió a la moto. Pasó la palma de la mano por el salpicadero, para limpiar el poco polvo que había logrado infiltrarse. Introdujo la llave.

Los LED se encendieron sin incertidumbre. Pulsó el botón de encendido. La Ducati rugió como una bestia feroz.

Bruno desenfundó la pistola y comprobó el cargador. Luego tiró la funda y se metió el arma en la cintura de los vaqueros, en la espalda.

Se reajustó la chaqueta de cuero. Se puso los guantes con protecciones en los nudillos. Se puso el casco y se bajó la visera.

No se lo pensaría dos veces. No esta vez.

En esta ocasión llegaría hasta el final. Costara lo que costara.