Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo23
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Capítulo23

Cuando Bruno terminó de explicarlo, permaneció unos instantes en silencio, con los ojos enrojecidos. Solo recordar los acontecimientos de aquella noche le producía un sufrimiento indecible.

—Conseguí salvarla justo a tiempo —añadió—. Pero no puedo evitar pensar en lo que habría pasado si hubiera llegado unos minutos más tarde.

—Oh, Dios —suspiró Aurora—. Si lo hubiera sabido... Podría haber estado allí, contigo. Podría haber...

—No —la interrumpió Bruno—. ¿Es posible que no lo entiendas? Lo único que necesitaba era mantenerte lo más lejos posible. Sobre todo, lejos de Elena y de sus inseguridades. ¿Crees que no sospechaba de nosotros?

Sin demasiada convicción, Aurora negó con la cabeza.

—Nunca hubo un nosotros. Debes concederme eso.

—Sabes muy bien a qué me refiero. —Tenso, Bruno se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo.

El día en que había hecho el amor con Aurora seguía vivo en su memoria.

Se habían aferrado el uno al otro con pasión, se habían unido con deleite, pero también con desesperación.

Había sido hermoso y devastador a la vez.

Era la primera vez que Bruno había traicionado a su pareja.

Y nunca se lo había perdonado. Porque había puesto en peligro el equilibrio de su frágil relación con Elena.

Un equilibrio minuciosamente construido, día tras día, que tal vez solo se parecía al amor, pero que para él tenía el sabor de una promesa. Una promesa que no había podido cumplir.

—No fue casualidad que eligiera esa misma noche para hacerlo —prosiguió—. Fue necesario ese gesto extremo para que por fin yo encontrara sentido a sus silencios, a sus alusiones. Las señales de su dolor estaban todas frente a mí, pero durante demasiado tiempo preferí fingir que no las veía.

Aurora bajó la mirada, abatida.

—Vaya donde vaya, soy capaz de arruinar todo lo que toco. Soy un desastre...

—No digas eso. La responsabilidad es solo mía.

—Bruno hizo una breve pausa—. Desde que llegaste, no he hecho otra cosa que pensar en ti.

He descuidado a Elena, a Chia y el compromiso que había contraído con ellas.

Un compromiso que no tiene nada que ver con un trozo de papel o una ceremonia ante las autoridades.

Prometí que la protegería. Sin saber que debería haber aprendido también a protegerla de mí mismo.

Aurora se sentó en las escaleras de la comisaría, como si de repente la invadiera un peso insoportable. El peso de todas sus decisiones equivocadas.

—Pero yo fui el elemento perturbador —dijo—. Me entrometí entre vosotros dos sin tener ningún derecho a hacerlo.

Bruno suspiró.

—No fue solo eso lo que arrastró a Elena a una depresión cada vez más profunda.

Lo que le ocurrió a Chia durante el caso del Lobo Feroz la sacudió hasta lo más profundo.

Las horas que siguieron al secuestro, el miedo a que su hija nunca volviera a casa...

Son cosas que no se olvidan con facilidad.

Para alguien como ella, ya muy maltratada por la vida, fue el golpe de gracia.

Y yo fui tan egoísta y tan estúpido... La dejé sola, cuando debería haberla apoyado.

—Tampoco debió de ser fácil para ti —señaló Aurora.

—Para mí fue diferente. En las semanas que siguieron a la resolución del caso, descargué mis ansiedades en el trabajo, al igual que tú, después de todo.

Trabajamos sin descanso hasta que desmantelaron el equipo, buscando la pieza que faltaba y que pondría fin de una vez a aquella fea historia.

Yo estaba convencido de que capturando a Curzi las cosas volverían a ser como antes.

El hecho de que lograra escapar no hizo más que exacerbar los conflictos.

—Las cosas nunca vuelven a ser como antes. Sé algo sobre eso.

—Tienes razón —convino Bruno—. Pero eso no me impide intentarlo, día tras día.

Hay veces en que Elena se aferra a mí como si no pudiera respirar si no estoy a su lado.

Otras, solo quiere dormir y necesita silencio y, entonces, en un susurro, me pide que la deje en paz, porque mi presencia es suficiente para hacer ruido.

Luego están las veces en que la ira se apodera de ella, cuando grita, llora, y temo que vuelva a hacerse daño. Las peleas parecen no acabar nunca.

—Lo siento.

—No soy un compañero perfecto. Sigo equivocándome.

De hecho, tal vez solo sea yo el que está equivocado.

Pero Elena me necesita ahora. Más que nunca.

—Hizo una breve pausa—. Por eso te he mantenido a distancia.

Aunque ha sido lo más difícil que he hecho en toda mi vida.

Y no solo porque compartimos lugar de trabajo.

Siempre que no estás conmigo tengo la tentación de ir a buscarte.

—Bueno, pues lo has disimulado bastante bien.

El cielo se había nublado. Bajo aquella luz lívida, los ojos verdes de Bruno parecían más oscuros.

—No tenía elección.

Aurora se levantó y, sin mediar palabra, entró en la comisaría.

Llevó la caja con los efectos personales hasta el escritorio que le habían asignado y comenzó a ordenarlos en la estantería y en los cajones.

Sintió que le ardía el pecho, como si por sus venas corriera un veneno del que tenía que deshacerse.

Cuando terminó, saludó con la cabeza a Bruno que, mientras tanto, había entrado también. Luego se marchó.

Necesitaba un tiempo a solas para procesar las revelaciones de su colega.

¿Cómo no se había dado cuenta de lo que estaba pasando?

Estaba inquieto, era cierto, y apenas le dirigía la palabra.

Pero Aurora le había echado la culpa a lo que había sucedido entre ellos.

¿Se podía seguir siendo amigo después de haber tenido una historia tan íntima?

Ahora se sentía fatal, y no se perdonaba haber sido una de las causantes del colapso psicológico de Elena.

Cuando la conoció le dio la impresión de una gran fragilidad, su mirada era tan insegura que ensombrecía su belleza.

En el fondo de sus ojos reconoció la misma sombría resignación que había visto a menudo en su madre. Su madre, que un día, ocho años antes, mientras ella estaba en una clase de la universidad, decidió acabar con todo. De la misma manera que Elena.

Pero a ella nadie la había librado del abrazo de la muerte en el último momento. No, su madre había muerto en soledad, se había abandonado para siempre a la oscuridad que la devoraba desde hacía demasiado tiempo.

Ahora Aurora estaba tan alterada que apenas podía respirar.

En los terribles días que siguieron a la tragedia, no había dejado de hacerse una pregunta, que resultó tan insistente como inútil: ¿podría haberlo evitado? ¿Habría podido encontrar las palabras adecuadas para arrancarla del mal silencioso que la había hecho prisionera?

Pero ella conocía la respuesta. Era la misma que daba a cualquiera que se ofreciera a ayudarla cada vez que se hundía en una crisis.

Mucha gente está convencida de que una persona deprimida puede repararse, como si fuera una máquina defectuosa.

Sin embargo, por mucho que cueste aceptarlo, no existen fórmulas mágicas que te ayuden a mejorar, ni curas milagrosas que te hagan dejar de sufrir.

La propia Aurora, para curar el trastorno bipolar que padecía, había probado innumerables tratamientos, desde análisis a fármacos, pasando por la terapia electroconvulsiva, una práctica antaño conocida como electroshock .

Sin embargo, cada vez que parecía alcanzar el equilibrio, tenía la impresión de volver al punto de partida.

Subió al coche y puso la llave en el contacto.

Condujo hasta el parque cercano a su casa.

Durante el invierno, cuando el tiempo y los compromisos se lo permitían, había adquirido la costumbre de pasar allí su tiempo libre, inmersa en la naturaleza.

Aunque estaba a un paseo del centro de la ciudad, la vegetación era exuberante y el follaje de los árboles la protegía del ruido del tráfico.

Aurora lo consideraba un refugio seguro, un refugio contra los malos pensamientos.

En aquel prado salpicado de árboles centenarios, a menudo podía concentrarse mejor que en el ajetreo de la comisaría.

Un poco como cuando estaba en Turín y caminaba por el puente Umberto I hasta el parque Valentino.

Allí, a orillas del gran río, con el perezoso sonido del agua fluyendo de fondo, podía despejar la mente.

Miró la hora en la pantalla de su móvil y se dio cuenta de casi no tenía batería.

Eran las cuatro y media. Aún no había comido nada y, aunque no sentía hambre, decidió comprar algo en el local de comida para llevar regentado por un joven indio donde solía aprovisionarse.

Pidió un trozo de roscón de arroz y el habitual café americano para llevar, estrictamente amargo.

Poco a poco se había acostumbrado al sabor algo aguado de aquella bebida, considerada aberrante en un país como Italia, donde la cultura del espresso está tan arraigada.

Al principio lo bebía para calentarse en las tardes de invierno, cuando la niebla parecía penetrar hasta los huesos, y luego se convirtió en una agradable costumbre.

Se sentó en su banco favorito, el que estaba junto al gran magnolio en medio del césped.

Las nubes habían tapado el sol por completo, lo que había desanimado a muchos de los visitantes habituales del parque.

Dos niños se bajaron de los columpios bajo la atenta mirada de sus padres, y luego caminaron todos juntos hacia la salida.

Aurora mordió el trozo de roscón y tomó un sorbo de café, luego lo dejó en el asiento del banco.

Se encontró pensando en los acontecimientos de las últimas horas, en la forma en que De Robertis le había hablado del macabro paquete que había recibido en la comisaría.

El hecho de que la hubiera puesto al corriente del asunto era una buena señal.

Podía significar que, aunque habían empezado con mal pie, empezaba a confiar en ella.

Un caballero con chaqueta de tweed y bolso de cuero se sentó a su lado, en el mismo banco, colocando su vaso junto al de Aurora. Esto la molestó un poco, con todo el espacio disponible ¿qué necesidad había de invadir su intimidad?

Como si percibiera sus pensamientos, el hombre le sonrió con calidez.

Debía de rondar los cincuenta, tenía el pelo castaño rojizo, unas muy notables entradas en la frente, la nariz aguileña y una barba incipiente en el mentón.

Llevaba una bufanda a rayas verdes y naranjas que desentonaba con el resto de su atuendo.

Aurora tuvo la impresión de haberlo visto antes; probablemente era uno de los habituales del parque.

El hombre sacó de su cartera un buen pliego de hojas manuscritas y empezó a examinarlas.

Debía de ser un profesor que aprovechaba los primeros calores de la primavera para corregir trabajos al aire libre.

Por supuesto, el momento no era el mejor, la temperatura era agradable pero las nubes negras que cubrían el cielo anunciaban lluvia.

Aurora hizo un esfuerzo por ignorar al desconocido.

Por muy intrusa que considerara su presencia, pronto tendría que regresar a Bolonia, donde la esperaban De Robertis y el fiscal adjunto Gandolfi, a cargo de la investigación del Segador.

La escena del crimen volvió ante sus ojos y, un instante después, la imagen de Elena abandonada en la bañera.

Aurora recordó la expresión de Bruno cuando le contó el intento de suicidio de su pareja. Había algo que no la convencía del todo. No es que pensara que no había sido sincero. Más bien le parecía que faltaba algún detalle.

Ya lo conocía lo suficiente como para saber cuándo le ocultaba algo. Sabía que Bruno era reacio a abrirse por completo, y no solo a ella. En cualquier caso, estaba decidida a no forzarlo demasiado. Tal vez solo había omitido algunos detalles para no disgustarla más de lo que ya estaba.

Una vez terminado el café, Aurora se levantó. Aunque no le apetecía en absoluto, ya era hora de volver al coche. Después de todo, se acercaba la hora punta y no quería arriesgarse a llegar tarde a su cita por culpa del tráfico.

Al levantarse, un mareo la hizo tambalearse.

Por instinto, se agarró al respaldo del banco para mantener el equilibrio.

Debía de haberse levantado demasiado deprisa, por no mencionar el hecho de que, aparte de ese trozo de pastel de arroz, había estado prácticamente en ayunas durante veinticuatro horas.

—¿Se encuentra bien, señorita? —dijo una voz apagada.

Se volvió hacia el desconocido y se dio cuenta de que le tendía la mano, como si quisiera ofrecerle su apoyo.

—S… sí —murmuró.

La vista se le nubló y Aurora se estiró la piel alrededor de los ojos con una mano en un intento de evitar el mareo.

A su alrededor todo empezó a girar. Los árboles, el quiosco, el banco y aquel hombre al que no conocía pero que tenía la impresión de haberlo visto antes.

—Pero qué... —dijo con voz apenas audible. Y se hizo la oscuridad.