Capítulo24
Imágenes inconexas. Como en un sueño.
Aurora abrió los ojos, pero solo había oscuridad a su alrededor.
Le dolía la cabeza, las extremidades, y respiraba con dificultad. Aún más difícil era deshacer el nudo que ataba sus pensamientos.
Estaba tumbada sobre una superficie plana. Por un momento pensó que seguía en el sofá de su casa, en mitad de la noche, con Curzi mirándola desde lejos, más allá del marco de la puerta.
Sin embargo... recordaba haberse levantado por la mañana. Llegaba tarde y había corrido a la comisaría. La mudanza, la despedida de Piovani. Su mente le devolvió la imagen de Silvia susurrándole algo.
«Todo saldrá bien».
Aurora se lo había dicho a su madre innumerables veces, pero eso no había servido para hacerlo realidad. Bruno debía de habérselo dicho a su compañera cada vez que se dejaba vencer por el abatimiento, y sin embargo no le había impedido llevar a cabo aquel gesto casi definitivo.
Elena sumergida en el baño, en un lago de sangre.
Aquella imagen desencadenó un mecanismo en cadena, una visión distorsionada en la que los trazos de tinta de un tatuaje empezaron a surgir en el pecho de Elena.
Letra a letra, hasta componer el nombre de Aurora Scalviati, en caracteres similares a los utilizados en los antiguos manuscritos iluminados.
Aurora sabía que no era posible. Y, sin embargo, era como si Elena estuviera allí, a su lado, con los ojos abiertos como una condena.
La mujer intentó decir algo. Pero no pudo: le habían cosido los labios. Le habían rajado la espalda y abierto las costillas, que parecían alas.
Las alas de un ángel de la muerte.
«¡No!», gritó Aurora para desterrar la visión.
Estaba a oscuras. Incapaz de moverse.
Poco a poco sus sentidos despertaron del letargo. Aurora percibió sonidos a su alrededor. Un repiqueteo insistente que parecía provenir de encima de ella.
Lluvia.
Fragmentos de imágenes inconexas emergieron de la nube gris que oscurecía su mente. El café del restaurante indio del parque, la tormenta que se avecinaba. Y luego... algo que aún no podía comprender.
Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, se concentró en el espacio que la rodeaba. Estrecho, no, angosto.
El aire estaba saturado de olores, hierba, quizá tierra y plásticos.
Se dio cuenta de que estaba acurrucada contra una superficie dura. Intentó mover un brazo, pero lo tenía tan dormido y le hormigueaba tanto que era como si tratara de arrastrar un bloque de cemento. Consiguió ponerse de lado para liberarlo.
«Una caja. No. Estoy en una caja», pensó.
Quiso gritar pidiendo ayuda, pero se le ahogó la voz en el fondo de la garganta.
Sintió que el corazón le latía deprisa. Demasiado deprisa.
El aviso de un ataque de pánico.
«No, ahora no, por favor».
Las respiraciones se convirtieron en jadeos desordenados, en un intento de inspirar todo el aire posible. Pero era como si no hubiera suficiente, como si no hubiera sitio para el oxígeno en aquel espacio reducido.
Aurora se sentía perdida.
Desamparada, como aquel día de hace mucho tiempo, cuando era niña —tendría ocho años— y su madre estaba tan distante que parecía la luna en las noches de verano.
Su madre había sido actriz de teatro antes de que su marido la convenciera para que dejara los escenarios «por el bien de la familia».
Desde entonces, sin embargo, nunca había vuelto a ser la misma.
Aquel día se había quedado dormida en el sofá y la pequeña Aurora había aprovechado para interrumpir sus deberes y colarse en su habitación privada.
Había entrado, a pesar de su asombro ante el gran espejo con una hilera de lámparas a cada lado, como los de los camerinos de los teatros, y de su miedo ante los dos maniquíes perfectamente vestidos que parecían fantasmas de una época pasada.
Había cruzado aquel umbral con el corazón en un puño, palpitante, porque la entrada, era consciente, estaba prohibida.
Aquella habitación era territorio sagrado de la madre y de la mujer que había sido.
La niña había avanzado de puntillas hasta el baúl de patas de león donde su madre guardaba sus viejos vestidos de escena. Eran tan elaborados que Aurora había pensado que eran dignos de una reina.
Había perdido la noción del tiempo, hasta que un ruido de pasos en el pasillo la sobresaltó. En el momento en que su madre se disponía a abrir la puerta, la niña, para no ser descubierta, se había deslizado dentro del arcón.
Desde aquel refugio, con el temor constante a ser descubierta, había mirado por el ojo de la cerradura, esperando el momento oportuno para escabullirse.
Había visto a su madre sentarse frente al espejo, pulsar el interruptor de la luz y, por fin, empezar a maquillarse cuidadosamente.
Máscara de pestañas, sombra de ojos, maquillaje, pintalabios, un pincel de colorete en las mejillas.
Aurora había intentado no hacer ruido, respirar superficialmente, mientras observaba a mamá improvisar curiosas expresiones en el espejo. La sonrisa más triste que había visto en su vida fue barrida en un instante por una mirada resentida, y luego por una expresión seductora.
Por fin, la mujer había adoptado una expresión de enfado y había empezado a frotarse la cara con las manos, tratando de quitarse el maquillaje sin conseguirlo. Había acabado pareciendo la máscara deformada de un payaso.
El payaso que había ocupado el lugar de su madre había empezado a llorar, primero débilmente, luego con sollozos ahogados. En un ataque de rabia, había barrido los objetos del tocador.
La pequeña Aurora se quedó helada del susto. «¡Mamá, mamá!», quiso gritar. Pero solo salió de ella un grito parecido al maullido de un gato.
Le había parecido que su refugio se volvía de pronto más estrecho, opresivo, su respiración más corta, hasta que, vencida por la angustia, se había desmayado.
Ahora no, no podía permitirse volver a perder el sentido, eso Aurora lo sabía bien. Fue entonces cuando un pensamiento comenzó a martillear en su cabeza.
«Me han enterrado, y nadie me va a encontrar».
Se preguntó si habría alguien buscándola.
«Mi familia: Silvia, Tom, Bruno», se respondió.
«El equipo de los excluidos», pensó, recordando las palabras de Piovani.
¡Pero Bruno no dejaba de recordarle que el equipo había sido desmantelado!
Además, acababa de decirle que tenía que mantenerse alejado de él, por el bien de Elena.
Silvia y Tom estaban demasiado ocupados con sus nuevos trabajos…
¿Y si nadie había notado su ausencia?
Aurora apeló al último atisbo de racionalidad. Pensó que, si podía controlar su respiración, sería capaz de defenderse del pánico. No podía perder el control, no ahora.
El suelo sobre el que descansaba dio una sacudida. Más ruidos del exterior, la rotación de piezas mecánicas, el estruendo de un acelerador. Salpicaduras de agua en la carrocería levantadas por los neumáticos sobre el asfalto mojado.
«No es una jaula. Estoy en el maletero de un coche».
En un instante, la comprensión de lo que le había ocurrido golpeó a Aurora como un disparo a quemarropa.
Había sido secuestrada.
Recordó el parque, al desconocido preguntándole si se encontraba bien. El mareo, luego la oscuridad. ¿Cuánto tiempo había pasado?
Sabía que debía estar en Bolonia, reunida con De Robertis y el juez Gandolfi. ¿Qué habrían pensado de su ausencia?
Nada bueno, eso seguro.
En su mente se abrió camino la idea de que fuera el asesino de la Cartuja quien la había secuestrado. O, mejor dicho, El Segador, como lo había apodado la prensa. Había atraído su atención y había venido a por ella. A matarla.
Aquel día, tantos años atrás, fue su padre quien la había encontrado, aún dentro del baúl, al volver del trabajo.
Estaba desconcertado e incrédulo ante lo ocurrido.
Su madre estaba profundamente dormida, tumbada en la cama, con restos de maquillaje emborronado aún en la cara.
Entonces Aurora se había acurrucado a su lado, moviéndose despacio por miedo a despertarla, y había insistido en quedarse con ella toda la noche, como si fuera la única manera de reducir la distancia que las separaba.
Ahora no podía contar con nadie para salir de allí.
Estaba sola. Pero ya no era aquella niña asustada.
Apretó los puños, se clavó las uñas en las palmas de las manos hasta que sintió punzadas de dolor.
A cada segundo que pasaba, recuperaba más la lucidez. Se sintió invadida por una nueva energía: la primitiva reacción del mecanismo de supervivencia ante el peligro, comúnmente denominada de «lucha o huida».
No, se dijo a sí misma. No se rendiría tan fácilmente.
Todo lo que tenía que hacer era encontrar una manera de salir del maletero, y podría escapar, sí, pero esperaba dar con una buena estrategia para luchar.