Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo22
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Capítulo22

Dos meses antes. La noche de la Luna Roja

Bruno cogió el móvil y se dio cuenta de que había cuatro llamadas perdidas de Elena. Estaba en modo silencio y no había notado la vibración.

Había estado trabajando hasta tarde con Aurora en una serie de robos recientes en casas aisladas, ordenando los testimonios y buscando elementos de correlación entre los casos que pudieran conducir a una banda organizada.

Podrían haberlo hecho al día siguiente, al fin y al cabo no era una verdadera urgencia, pero era una forma tan buena como cualquier otra de estar juntos sin sentirse culpables.

Ambos lo sabían, pero nunca lo habrían admitido en voz alta.

Aurora acababa de irse. En el momento de despedirse, en el aparcamiento ahora desierto de la comisaría, hubo un momento de vergüenza. Era así desde que ella le había dicho que no podía haber nada entre ellos.

Eran colegas. Eran amigos, tal vez. Definiciones que no podían describir lo que Bruno sentía por Aurora. ¿Podría ser que cada vez que ella estaba cerca de él, acababa olvidando todo lo demás?

Elena. Su cena.

Bruno recordó de repente la promesa que le había hecho a su pareja. Le había asegurado que volvería pronto a casa y que cenarían juntos. Esa noche, Chia dormiría en casa de su mejor amiga, Letizia. De ese modo, se habían dicho, podrían dedicarse algo de tiempo a ellos dos solos.

¿Cómo se le había podido olvidar? Habían planeado aquella velada con una semana de antelación, estudiando los detalles con la sutil excitación de transgredir, por primera vez en mucho tiempo, una rutina diaria que se estaba volviendo opresiva.

Golpeó con la palma de la mano la carrocería de su coche y se maldijo entre dientes. Luego pulsó el botón para volver a llamar a Elena.

Llamó durante un buen rato, pero no obtuvo respuesta. Volvió a intentarlo enseguida, pero el resultado fue el mismo.

Elena siempre había respondido a sus llamadas, incluso cuando estaba furiosa con él.

Era una mujer que buscaba constantemente la manera de comunicarse.

A veces, cuando discutían, lo acribillaba a preguntas, aunque tal vez no quisiera saber la respuesta a todas ellas.

Otras, simplemente se quedaba callada. Pero Bruno sabía que lo hacía para contener las lágrimas.

Esas eran las situaciones más difíciles. Bruno se encontraba en largos monólogos buscando la frase adecuada para hacerla sentir mejor, esa palabra mágica que por sí sola bastara para disolver los contrastes.

No soportaba verla llorar, había visto llorar a su madre demasiadas veces. Entonces era solo un niño, incapaz de encontrar las palabras adecuadas.

Pero entonces se dio cuenta de que nunca sería capaz de encontrar las palabras adecuadas, ni siquiera aunque llegara a los cien años de edad. Porque nunca se le habían dado bien las palabras. Así que, al final, se limitaría a abrazar a Elena en silencio.

En cuanto llegara a casa la abrazaría, se dijo a sí mismo. Le pediría perdón. No importaba si la cena se había enfriado, la llevaría a su restaurante favorito, Carlo’s. ¿Cuánto hacía que no comían fuera?

Tal vez un año, tal vez más.

¿Podría ser que la hubiera dejado tanto de lado como para no recordarlo?

Bruno se subió al coche y arrancó el motor. Pisó a fondo el acelerador, haciendo chirriar los neumáticos sobre el asfalto, como para alejarse de la culpa que lo había acorralado en un instante.

No le gustaba la situación en la que se había metido.

Pensó que estaría bien poder apretar un botón para dejar de pensar en Aurora.

Pero era imposible, porque aquel pensamiento era como un tumor que crecía cerca de su corazón, alimentándose de deseos no realizados, hasta hacerse tan grande que ocupaba todo el espacio disponible.

Lo absurdo era que cada noche, al volver con Elena, era a Aurora a quien sentía que traicionaba.

Por eso hacía meses que no tocaba a su pareja.

Un beso en la frente al llegar a casa. Una caricia por la mañana sobre los cabellos alborotados aún esparcidos sobre la almohada.

Gestos de afecto, claro. Pero no de amor.

El amor. Siempre le había parecido un sentimiento sobrevalorado.

La primera vez que había visto a Elena, en comisaría, con las marcas de los golpes de su exmarido en la cara, había sentido una necesidad instintiva de protegerla.

Una proyección, tal vez, que le convertía en un perfecto sujeto de pruebas para un psiquiatra.

Bruno había sido incapaz de proteger a su madre y por eso había decidido salvar a Elena.

Había cuidado de ella, con dulzura y dedicación.

Había curado sus heridas más profundas, le había dado estabilidad y un techo bajo el que vivir con su hija.

Se habían convertido en una familia y Bruno había creído que aquello era amor.

Pero entonces llegó Aurora.

Y comprendió el significado de los celos, la carencia y la obsesión. Había comprendido que el amor no se parece a una rosa, sino a la espina que se clava en tu carne, y si te la arrancas es solo para llevar la cicatriz para siempre.

Hubo momentos en los que Bruno lamentó la vida anterior a la llegada de Aurora a la ciudad. Sin embargo, por ella habría estado dispuesto a entregar su alma, si ella se lo hubiera pedido.

Giró en el cruce y tomó la vía de circunvalación. Fue entonces cuando la vio.

Una enorme luna roja se alzaba en el horizonte como un sol nocturno recortado contra el cielo negro. Una poderosa presencia ancestral le observaba desde la distancia.

En unos diez minutos estaba frente a la casa. Llamó a la ventana como solía hacer. No hubo respuesta. Sin embargo, las luces del vestíbulo estaban encendidas.

Sacó las llaves del bolsillo y entró.

—¿Elena? —llamó desde el pasillo. De nuevo, solo el silencio le respondió.

Pero ella debería haber estado allí esperándole, tal vez con ojos furtivos, como había sucedido otras veces en que él se había retrasado sin avisarla.

Cuando estaba enfadada o decepcionada, se le formaba una pequeña arruga en el centro de la frente.

En los primeros días en que estaban juntos, Bruno ponía el dedo sobre ella y fingía borrarla, como si eso bastara para hacer desaparecer incluso el mal humor.

Ante aquel gesto un tanto infantil pero cariñoso, Elena no podía evitar soltar una carcajada.

¿Cuánto hacía que no se reía? ¿Cuánto hacía que Bruno había dejado de preguntarse por qué no lo hacía?

En el salón, la mesa estaba cuidadosamente puesta.

Elena había sacado el servicio de porcelana de las grandes ocasiones, el que había comprado en una liquidación en la tiendecita del pueblo.

En el centro había una bandeja alargada con filetes de ternera con salsa de atún, alcaparras y anchoas.

Por puro instinto, cogió uno con los dedos y se lo llevó a la boca.

Extrañamente, no sintió ningún sabor. Como si la anomalía de encontrar la casa vacía a su llegada borrara todas las demás sensaciones.

La botella de vino estaba abierta, faltaba más de la mitad. Pero el vaso de Elena no estaba sobre la mesa. No solía beber, se limitaba a un máximo de apenas dos dedos por comida.

Bruno sintió que la ansiedad le subía al pecho, como una repentina marea alta que le oprimía la garganta y le hacía palpitar las sienes.

Entró en la cocina. Sobre la encimera había una fuente de horno con lasaña que hacía tiempo que se había enfriado. En uno de los fogones había una olla con roscos a la salvia y la botella de vino blanco que había utilizado para desglasarlos.

Quién sabe cuánto tiempo había tardado en preparar una cena así. Una cena que él había olvidado. Bruno miró el reloj de pared. Llevaba tres horas de retraso sobre la hora acordada. Sintió un desgarrador sentimiento de vergüenza.

—¡Elena! —volvió a llamar, esta vez con más fuerza.

Intentó razonar. No era la primera vez que llegaba tarde y la encontraba ya en la cama, la mayoría de las veces tras ingerir una dosis de ansiolítico, con la que su pareja mantenía a raya sus frecuentes ataques de ansiedad.

Bruno subió corriendo los escalones y se precipitó al dormitorio. Estaba vacío. La cama estaba intacta.

Un vértigo. El corazón le latía tan deprisa que por un momento pensó que lo vomitaría junto con la carne que había probado antes.

Dio un paso atrás que le costó esfuerzo. De repente le pesaron los pies, como si estuviera empantanado en un charco de barro espeso.

Volvió al pasillo. Solo entonces se dio cuenta de que la puerta del cuarto de baño estaba entreabierta y una tenue brizna de luz se deslizaba desde el interior.

Bruno se acercó despacio. Contuvo la respiración y empujó la puerta.

Plink. Plink.

Un ruido intermitente. Húmedo, de gotas que se estrellan contra las baldosas del suelo.

La luz parpadeante de una docena de velas iluminaba la escena. Era como estar en una cita romántica, pero Elena no se había puesto guapa para él, no mostraba su sonrisa triste, no le tendía la mano para invitarlo a acompañarla.

Elena estaba en la bañera, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Un brazo le colgaba. Su piel era nívea, en marcado contraste con el color denso del agua mezclada con sangre en la que estaba sumergida.

Plink. Plink.

La sangre se deslizaba fuera de su cuerpo. Una gota de vida cada vez.

Tras un momento de desconcierto, Bruno se precipitó al pie de la bañera. Sacudió el cuerpo de Elena, llamándola varias veces por su nombre. Le puso dos dedos en el cuello para tomarle el pulso.

—Quédate conmigo, quédate conmigo.

En un instante contempló todos los detalles de aquella terrible escena. Nunca más los olvidaría. El rostro de Elena estaba antinaturalmente pálido. Sus labios tenían un color azulado. Miró sus muñecas cortadas y luego la cuchilla en el suelo. A un lado había un vaso manchado de vino tinto.

Rojo como la sangre. Como la luna que lo observaba desde el cielo justo antes.

Cogió una toalla, la rasgó en dos tiras con las que ató las muñecas de su pareja. Le levantó los brazos por encima de la cabeza y presionó con firmeza sobre las heridas para detener la hemorragia.

Con mano temblorosa cogió su teléfono móvil. Se le cayó al suelo, lo recuperó con dificultad y marcó el número de emergencias.

—Por favor, deprisa —suplicó.