Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo21
29%

Capítulo21

Aurora cargó la caja con el contenido del escritorio en el asiento del copiloto de su coche y condujo hasta el edificio que, a partir del día siguiente, albergaría, de nuevo, a la comisaría.

Al entrar en la gran sala donde se habían instalado las mesas del personal, tuvo que admitir que se había hecho un gran trabajo de renovación del edificio tras el incendio que lo había afectado. El aire seguía saturado de olor a yeso, pintura y flamantes accesorios de madera.

Algunos compañeros se afanaban en colocar los últimos muebles para preparar la reapertura de las oficinas. Un técnico informático restablecía las conexiones de red, yendo de un puesto de trabajo a otro para comprobar que los ordenadores estaban correctamente configurados.

Aunque solo fuera por un momento, la memoria de Aurora la llevó de vuelta a sus primeros días de servicio en Sparvara, cuando estaba destinada en ese distrito provincial donde podría —en palabras de su antiguo subcomisario— completar su período de rehabilitación tras el tiroteo en el que había resultado herida.

Un periódico abandonado en una estantería llamó su atención. En la portada había un artículo sobre el asesinato de la Cartuja. La fotografía que lo acompañaba solo mostraba a unos pocos policías implicados en la investigación, mientras que la víctima apenas se veía al fondo.

Echó un rápido vistazo al texto, buscando su nombre, pero el periodista no lo mencionaba.

En cambio, el siniestro apodo de El Segador con el que habían bautizado al asesino se repetía varias veces, tal y como De Robertis había previsto.

Por suerte, los colegas boloñeses habían conseguido contener la filtración. Pero ¿por cuánto tiempo más?

—¿Alguien puede echarme una mano con una caja? —preguntó en voz alta. Era bastante pesada y le vendría bien ayuda para llevarla del coche hasta allí.

Fue Bruno quien respondió.

—Yo me encargo. —Dejó de ordenar los expedientes en el gran archivador de la pared y la siguió. Mientras recogía el gran contenedor del asiento del copiloto, le preguntó—: ¿Has encontrado a esa niña que preguntaba por ti?

—¿Camilla?

Bruno se limitó a asentir.

—No me digas que tú también la has visto. —Aurora no pudo contener un tono impaciente.

—Ha llegado poco después de que te fueras. Estaba ocupado en ese momento y la he mandado a la sala de espera.

—¿No has pensado en llamarme y decírmelo?

Bruno subió las escaleras con la caja en las manos.

—Si te digo la verdad, no. Ha sido más tarde cuando Carboni me ha dicho que la pequeña quería hablar contigo y me ha preguntado si sabía dónde encontrarte. Le he dicho que volverías enseguida, no tenía ni idea de que estarías fuera toda la mañana. ¿Hay algún problema?

—Ninguno, excepto que la niña parece haberse desvanecido en el aire.

—Habrá vuelto a casa.

—Quiero pensar que sí.

Bruno depositó la caja en el suelo de la gran sala.

—No te lo tomes a pecho. Ya verás como era una tontería. Quizá quería denunciar la desaparición de su peluche favorito.

Aurora lo miró de reojo.

—¿Y no se te ha ocurrido que tal vez se haya escapado de casa? ¿Tienes idea de lo que nos caería encima si se corre la voz de que se ha pasado la mañana en comisaría, ignorada por todos?

Bruno se puso delante de Aurora.

—Entiendo que estés disgustada por lo ocurrido en Bolonia, pero no puedes ver una tragedia a la vuelta de cada esquina.

Aurora respiró hondo. Deseaba que Bruno estuviera del lado de la razón y que la provincia fuera realmente el típico mundillo tranquilizador lleno de lugares comunes. Pero había aprendido en carne propia que bajo la aparente calma se escondían colmillos afilados y monstruos voraces.

Reconocer a los monstruos formaba parte de su naturaleza, y tenía cierto instinto para hacerlo. Incluso Piovani lo había admitido. Pero ¿seguía siendo capaz de distinguir los reales de los imaginarios?

El Segador, por ejemplo, pertenecía a la primera categoría.

Pero ¿podría haber dicho lo mismo de sus colegas boloñeses, o estaba echando a volar la imaginación?

Fuera lo que fuese, ella tendría las primeras respuestas por la tarde.

Aunque la reunión con el fiscal adjunto la estaba poniendo nerviosa.

Dirigió su mirada hacia Bruno.

—He estado con Tom esta mañana.

—El equipo fue desmantelado —le recordó—. ¿Cuándo dejarás atrás el pasado?

Aurora empezó a juguetear nerviosamente con el anillo que llevaba en el pulgar.

—Lo sé muy bien. No necesito que me lo recuerdes. Pero estoy convencida de que podría ayudarme a identificar a la víctima de la Cartuja sin levantar demasiadas sospechas.

Bruno dejó escapar un largo suspiro.

—¿Por qué no dejas que el inspector De Robertis haga su trabajo? Por lo que me has contado, no parece un principiante.

—Simplemente, porque no me fío de ellos —siseó Aurora.

—Es esta actitud la que ahuyenta a todo el mundo. ¿Puede ser que no lo entiendas? —Los compañeros que estaban en la sala se volvieron hacia él y Bruno se dio cuenta de que había hablado demasiado alto—. Mierda —dijo entre dientes, y cogió a Aurora del brazo.

Ella forcejeó para soltarse.

—¡Déjame!

—No es apropiado discutir esto aquí, delante de todos —siseó Bruno.

Se dirigió hacia la salida con paso rápido, deteniéndose un momento antes de bajar las escaleras.

Se volvió hacia Aurora, que había permanecido obstinadamente en la misma posición.

Luego sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta de cuero y salió del edificio.

Una vez fuera, Bruno encendió un cigarrillo y aspiró nervioso una bocanada de humo.

La voz de Aurora le llegó por detrás.

—El hombre de la Cartuja es un forastero, Bruno.

—Así que es verdad. Has empezado una investigación por tu cuenta, a pesar de que te ordenaron expresamente que no lo hicieras —replicó sin mirarla—. Y no has dudado en implicar también a Tom.

—¿Qué más opciones tenía? —dijo Aurora enfadada—. Mi nombre está tatuado en ese cadáver.

Bruno la miró a los ojos con expresión de reproche.

—Esto no ha hecho más que empezar y ya te está atormentando. No puedes tomártelo todo tan a pecho, corres el riesgo de angustiarte.

—¿Te das cuenta de lo que estoy pasando? —gruñó Aurora.

—Vale —dijo Bruno, tiró el cigarrillo por el desagüe a sus pies, se dio la vuelta para entrar y añadió—. Como quieras. Yo me rindo.

—No te atrevas a irte —siseó Aurora.

—¿Por qué no? Discutir contigo es una pérdida de tiempo.

Aurora echó la cabeza hacia atrás como si la hubieran abofeteado.

—¿Es eso lo que piensas? ¿Que soy una causa perdida? Bueno, nada que no haya oído mil veces antes.

—No, no lo pienso —suspiró Bruno.

—¿Y entones qué piensas? Dímelo a la cara, estoy harta de tus medias palabras, de tus subtextos...

—Dios, ¿por qué siempre tiene que ser tan difícil hablar contigo? Cada discusión es un asunto personal, me obligas a sopesar cada palabra.

—Tal vez porque me gustaría que fueras sincero de una vez por todas. Empezando por el motivo por el que me has evitado todo este tiempo.

—Estás perdiendo el control —murmuró Bruno—. Ya tengo bastante con Elena, que solo me echa la culpa de todo lo malo.

—Al menos cuando llegas a casa hay alguien que te recibe, alguien con quien hablar, con quien desahogarte. Yo... ¡solo tengo a mis fantasmas!

Bruno frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—De nada —murmuró con voz apenas audible. Por un instante, el ojo de su mente le presentó la imagen de Curzi, tal como se le había aparecido aquella noche, tras el marco de la puerta, bañado en la oscuridad, observándola.

Bruno le acaricio la mejilla a Aurora.

—Dime que te estás cuidando. Que estás haciendo algo para mantener a raya a esos fantasmas.

—Odio la medicación y cómo me hace sentir.

—No hablo solo de medicación. ¿Has pensado en acudir a un especialista? No habría nada malo en ello.

—¿Con mis antecedentes? —se mofó Aurora—. Pensarían que he tenido una recaída.

—¿Y es así? —instó Bruno.

Aurora apartó la mirada. Con los dedos fue a por el habitual mechón de pelo para recolocárselo detrás de la oreja, pero se encontró rozando la cicatriz que tenía a un lado de la sien y lo retiró de inmediato.

—Estoy bien. Solo necesito llegar al fondo de esto.

—El tuyo es un juego peligroso. ¿Te das cuenta de que te enfrentarás a la jefatura de policía de Bolonia? ¿No te pareció suficiente lo que pasaste en Turín? Esta vez no tendrán ninguna piedad. La comisión disciplinar te hará pedazos.

—Ya estoy hecha pedazos —señaló Aurora, con amargura.

Bruno se volvió hacia ella y, de nuevo, la miró a los ojos.

—No quiero que acabes como Elena.

Aurora guardó silencio un momento.

—¿Qué quieres decir?

Bruno miró un momento al cielo. Estaba despejado, pero se acercaban algunas nubes que anunciaban la llegada de una tormenta.

—Me has preguntado varias veces por qué tuve que alejarme de ti. Bueno, creo que ha llegado el momento de contártelo todo.