Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo15
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Capítulo15

Aurora acompañó a Silvia hasta la salida.

—Se hace tarde, tengo que volver al cuartel —dijo la joven carabinera—. Pero ¿qué te parece si quedamos para vernos, quizá en la pausa del almuerzo, uno de estos días?

—Con mucho gusto —respondió Aurora.

—Tienes mi número. —Silvia se acercó a Aurora y la abrazó con fuerza—. Todo saldrá bien, ya verás —le susurró al oído.

Aurora, torpe, intentó devolverle el abrazo, y le dio una palmada en la espalda a su amiga.

—Por supuesto —replicó con poca convicción.

—Y llama a ese tipo, De Robertis. Por lo que me dijiste, no es de los que se rinden con facilidad. Será mejor que te desahogues.

—Lo haré.

Cuando Silvia se marchó, Aurora volvió a pensar en las palabras de Piovani.

Tanto él como Silvia habían demostrado que no solo creían en ella, sino que estaban de su lado.

Saber que podía contar con alguien, por primera vez en mucho tiempo, le llegó al corazón.

La invadió un sentimiento de pertenencia que aún no podía definir, pero la palabra «familia» volvió a su mente.

¿Por fin había cambiado algo? Tal vez, con el tiempo, Sparvara se convirtiera de verdad en su hogar.

La visión del coche de Bruno embocando la calle la sacó de sus pensamientos.

Cuando lo encontró frente a ella, por un momento no supo qué decirle.

¿Cómo debía actuar? ¿Debería saludarle como si nada hubiera pasado, como si le pareciera bien ser ignorada de manera sistemática por el mismo hombre al que había revelado sus secretos y admitido sus inseguridades? ¿Qué derecho tenía él a apartarla por completo de su vida?

—Subinspectora Scalviati —se anticipó él mientras inclinaba la cabeza a modo de saludo. Sin aminorar el paso, se dirigió hacia la puerta principal, de la que entretanto salían dos agentes, cada uno con una caja en las manos.

Aurora lo miró asombrada cuando Bruno pasó confiado por su lado.

—Superintendente Colasanti —lo imitó—. Deja de hacer el gilipollas.

Bruno se detuvo de repente. Permaneció inmóvil unos instantes y luego se volvió despacio hacia Aurora. Tenía los labios curvados en una sonrisa torcida.

—Veo que estás de un humor inusualmente bueno esta mañana.

—Tú, en cambio, eres el capullo de siempre.

Bruno se acercó a ella con cautela, como si forcejeara con un perro callejero.

—¿Me he perdido algo?

—¿Aparte del discurso de Piovani, quieres decir? —Bruno la miró con expresión inquisitiva—. ¿Te acuerdas de tu jefe —prosiguió ella—, ese con el que has trabajado mano a mano durante los últimos diez años? —continuó Aurora—. Pues hoy es su último día de trabajo.

Bruno se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo.

—El mundo no dejará de girar ahora que ese viejo oso se jubila.

—¡Esa no es la cuestión! No habrá sido fácil para él decidir dejarlo todo. En circunstancias así, es bueno contar con el apoyo de la gente que te rodea.

—¿Qué quieres que te diga, Aurora? —soltó Bruno—. Siento haberme perdido el discurso de despedida de Piovani, pero ya se me pasará. He estado ocupado, el juez Torrese me ha tenido en el juzgado hasta ahora.

—¿Qué tiene que ver Torrese ahora? El equipo ha sido desmantelado. ¿Qué tenía que decirte que era tan confidencial?

—No seas paranoica. Es un procedimiento de administración ordinario. Y ahora, si me disculpas, voy a echar una mano con la mudanza.

Aurora estaba acostumbrada a reconocer cuando Bruno no estaba dispuesto a ocuparse de un asunto. «Procedimiento de administración ordinario» podía significar cualquier cosa y su contrario. ¿Qué le ocultaba?

Estaba tan frustrada por su comportamiento que tenía ganas de gritar. Bruno la había encerrado en una caja olvidada en el fondo de un cajón.

—No, no te disculpo —resolvió replicar—.

¿Qué te pasa? Apenas me diriges la palabra.

Si nos encontramos en la máquina de café encuentras cualquier excusa para desviar la conversación, como si fuera una apestada.

Y cuando nos encontramos en el pasillo, miras hacia otro lado y ni me saludas.

Al menos dime qué te he hecho para merecer este trato.

Bruno bajó la mirada, posándola en las muñecas de Aurora.

Eran delgadas como ramas de fresno a punto de quebrarse, en marcado contraste con la fortaleza de la muchacha, tan valiente y testaruda.

La chica de la que había acabado enamorándose pero de la que, ahora más que nunca, debía mantener una distancia prudencial.

Esa dolorosa decisión tenía su origen en una noche de hacía dos meses.

La noche en que una luna roja como la sangre brilló en el cielo.

—Nada —suspiró—. No has hecho nada.

—¿Ya está? ¿Así que esta es nuestra nueva... normalidad?

—¿Debemos tener esta conversación ahora precisamente? He tenido una noche infernal.

—Eso explica tu cara. La barba de tres días, el aspecto desaliñado. Parece que acabas de salir de la lavadora.

—Bueno, tú tampoco tienes muy buen aspecto. ¿Te has peleado con la almohada?

Nerviosa, Aurora se acomodó un mechón detrás de la oreja. Casi de inmediato, el pelo volvió a rozarle el pómulo.

—Apenas he pegado ojo esta noche.

—Bueno, ya somos dos.

Aurora guardó silencio durante unos segundos de más.

De repente, su mente la llevó de vuelta a la escena del crimen, al cuerpo horriblemente mutilado de aquel cadáver con la boca cosida.

Volvió a verse a sí misma sentada en la habitación contigua a la morgue mientras De Robertis la acosaba con preguntas cuya respuesta desconocía.

—¿Puedo irme ya? —instó Bruno.

Aurora dejó escapar un largo suspiro. Se debatía entre querer confesarse o simplemente dejarlo pasar.

Era obvio que Bruno no quería saber nada más de ella.

Después de todo, cuando se trataba de obstinación, él también tenía pocos rivales.

Parecía un juego perdido, pero ella decidió darle una última oportunidad.

—Ha habido un asesinato —dijo con decisión.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Ha sido en Bolonia. Han encontrado el cuerpo en el Cementerio Monumental de la Cartuja. Prepárate, porque pronto todo el mundo hablará de ello.

Bruno se rascó la cabeza, desconcertado.

—No veo en qué te concierne eso. La comisaría local se encargará de ello, imagino.

—Me preocupa. El asesino trazó un tatuaje En el pecho de la víctima. Un tatuaje con mi nombre.

—Pero... es una auténtica locura.

Bruno y Aurora se hicieron a un lado. A su alrededor, continuaban las idas y venidas del personal implicado en el traslado.

Mientras le explicaba lo sucedido la noche anterior, Aurora no prestó atención a la niña de cara redonda tachonada de pecas y largo pelo castaño, vestida con una camiseta azul, que sostenía en la mano derecha una hoja de papel pulcramente doblada y que hacía su tímida entrada en la comisaría.