Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo14
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Capítulo14

Una vez terminado el discurso, la mayoría de los presentes se trasladaron a la sala de conferencias, donde les esperaba un bufé. Nada del otro mundo, pero lleno de especialidades emilianas.

Para celebrar la jubilación de Piovani, se había hecho una colecta entre todos los empleados de la comisaría.

Durante semanas, los buzones de correo electrónico habían sido un continuo cruce de cadenas de mensajes acumulados con propuestas de menús y estimaciones de costes.

Al final, tras largas discusiones con los proveedores, participaron las dos pastelerías más famosas de la ciudad, que suministraron cada una diez bandejas con canapés, lonchas de embutidos, empanadillas, focaccia rellena y pizzetas .

Pretendía ser una sorpresa, pero era obvio que Piovani lo sabía todo desde el principio.

Las bebidas, estrictamente sin alcohol, habían llegado del cercano centro comercial en dos cajas que habían sido transportadas en el coche de un joven superintendente.

Sin embargo, un par de botellas de prosecco habían aparecido misteriosamente junto al bufé.

Aunque no se pudiera beber estando de servicio, ¿cómo renunciar a un brindis por el antiguo jefe?

Mientras los asistentes llenaban sus platos y copas y charlaban animadamente, Aurora y Silvia se sentaron aparte, en un par de taburetes al fondo de la sala.

Aurora le relató los acontecimientos de la noche anterior, desde la primera llamada telefónica del inspector jefe de Bolonia hasta el descubrimiento de la escena del crimen, y luego le dio detalles del interrogatorio informal que había seguido.

Concluyó describiendo a grandes rasgos las hipótesis iniciales que había formulado a partir de su análisis sumario de la escena.

—Pero ¡qué imbécil es ese De Robertis! —estalló Silvia.

Aurora se encogió de hombros.

—Desde luego, no utilizó guantes de seda. Pero creo que cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo.

—Tú no, estoy segura. Si los nombres de los culpables estuvieran escritos en las escenas del crimen, o en los cuerpos, nuestro trabajo sería mucho más fácil.

—Creo que, razonablemente, no llegaron a incluirme en la lista de sospechosos. Es decir, si es que hay una lista en este momento. —Hizo una breve pausa—. Hace un momento, De Robertis me ha llamado, pero no me ha dado la gana de contestarle.

Silvia frunció el ceño, pensativa.

—Quizá quería decirte que han identificado a la víctima.

—Lo dudo —suspiró la otra—. Puedo sentir su aliento en mi nuca, me temo que trama algo. Necesito más tiempo para organizar una línea de defensa.

—¿Línea de defensa? Hablas como si ya hubieran hecho acusaciones.

—De momento, no puedo descartar nada.

—Tienes que dejar de pensar siempre en el peor escenario posible. —Antes de que Aurora pudiera replicar, Piovani apareció frente a ella.

—Scalviati —dijo—. Tenemos que hablar.

—Buenos días a usted también, comisario.

—Hum… —gruñó Piovani, y luego desvió la mirada hacia Silvia—. Oficial Silvia Sassi, sin duda es usted la última persona que habría esperado ver en mi despedida. ¿Qué, el uniforme del Ejército le queda demasiado ajustado?

—No, yo... quería estar aquí —murmuró Silvia—. Si le sirve de algo, quería expresarle mi agradecimiento. Ha sido un honor colaborar con usted, aunque fuera por poco tiempo.

Una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Piovani.

—A mí también me ha complacido. Me cuesta admitirlo, pero la intuición del juez Torrese de formar un equipo con los elementos más inverosímiles de las fuerzas del orden resultó acertada.

—¿Inverosímiles? —protestó Aurora.

—Es mi último día, bien puedo permitirme una confidencia.

Al principio era escéptico, ya lo saben.

Estaba convencido de que Torrese cometía un gran error.

Quiero decir, juntar a una agente forestal, a una especie de maniático de la informática y a ese cabeza dura de Bruno bajo la dirección de una mujer policía de indudable capacidad, pero tan problemática...

Con todo el cariño posible, claro. ¿Quién iba a pensar que funcionaría?

—¿Con cariño? Menos mal —dijo Aurora con sarcasmo—. De todos modos, el maníaco informático tiene un nombre, se llama Tom Carelli.

—Carelli, claro. El hacker que se arriesgó a ir a la cárcel por hackear el servidor de la fiscalía.

—Desde que lo trasladaron a Módena, a la policía de delitos cibernéticos, lo echo de menos —intervino Silvia.

—Sea como fuere, no es ningún secreto que no eran muy populares en la comisaría.

¿Quieren saber cómo les llamaban? La brigada de los parias.

—Piovani extendió los brazos como para distanciarse de los rumores—.

Los últimos, los parias. Contratados para atrapar al asesino más peligroso jamás visto en esta zona.

A Aurora no le sorprendió aquel apodo. Por poco halagador que fuera, tenía que admitir que era del todo apropiado.

Porque era cierto, cada uno de ellos tenía una buena razón para ser relegado al banquillo.

En vísperas de un partido decisivo, siempre había un elemento mejor que poner en el campo para que todos lo vieran.

Pero Piovani tenía razón, juntos habían formado un grupo muy unido.

Silvia, Tom, Bruno… Se había creado un vínculo tan fuerte entre ellos que Aurora ya los consideraba casi de la familia.

Y, como suele ocurrir en las familias, con el tiempo cada uno había seguido adelante con su propia vida, sin olvidar a los demás, aunque las ocasiones de verse fueran cada vez más escasas.

—Visto así, en realidad parece una locura —tuvo que admitir.

—Usted es una entre un millón, Scalviati. En treinta y cinco años de servicio, nunca he conocido a nadie con una afinidad como la suya por las mentes criminales.

—Me lo tomaré como un cumplido —balbuceó Aurora.

Antes de responder, Piovani miró unos instantes a su alrededor, como buscando las palabras adecuadas.

—Lo es. Y por eso no permitiré que esos tiburones de la jefatura de policía de Bolonia pongan en duda su lealtad y su integridad profesional.

Aurora se mordió el labio inferior. Al parecer, Piovani ya lo sabía todo sobre lo que había ocurrido la noche anterior.

—No pensé que la noticia se extendería tan rápido.

—He sido informado esta mañana por la jefatura de policía de Bolonia.

Aunque no por mucho tiempo, esta sigue siendo mi comisaría, maldita sea.

Ha sido una llamada informal, por supuesto, en la que me han puesto al día del estado de la investigación, que, a pesar de todo, le implica a usted.

Todavía está en una fase embrionaria, y los datos recogidos hasta ahora no han sido de mucha ayuda.

Ni que decir tiene que expresé de manera muy enérgica mi decepción por haberme mantenido a oscuras todo el día de ayer.

—Comprendo. Es solo que esperaba tener unas horas más antes de...

—Antes que nada —la interrumpió Piovani—.

De Robertis es un exaltado. Un viejo amigo me informó sobre él, el suboficial Graziani, que trabaja en la jefatura de policía.

Ese tipo de tercer grado al que fue sometida es una inadmisible violación del protocolo, una franca intimidación.

Estoy seguro de que actuó por iniciativa propia, y no dudaré en informar de su conducta al fiscal adjunto encargado de la investigación. A gente como él hay que atarla corta.

Aurora frunció los labios en una pequeña mueca.

—Yo no llegaría a llamarlo intimidación. No apostó por la sutileza, es cierto, pero me dio la impresión de que solo trataba de ver claro un caso que desde el principio parece muy complicado.

—Es la monda, Scalviati. A veces ve enemigos por todas partes, a veces no se da cuenta de que está a punto de ahogarse en una avalancha de mierda.

—Quizá ya me haya acostumbrado a tener que justificarme ante mis propios colegas.

—Debería haberme llamado. Si lo hubiera sabido antes, habría cortado esa farsa de raíz.

—¿Farsa? Puede que De Robertis exagerase con sus maneras de sheriff , pero le aseguro que el cadáver con los huesos rotos y mi nombre tatuado en el pecho era muy real.

—Me doy cuenta de lo desestabilizador que puede ser.

Yo mismo no me explico qué pudo llevar a un asesino a actuar así.

Lo cierto es que en esta investigación usted no debería estar implicada, sino protegida.

—Hizo una breve pausa, en la que la miró fijamente—.

Usted no tiene nada que temer, no mientras yo esté al frente de esta comisaría.

—Veinticuatro horas —suspiró Aurora.

—La conozco lo suficiente, Scalviati, para saber que hará buen uso de estas veinticuatro horas.

—Sí. El problema es cómo las utilizarán nuestros colegas boloñeses.

—Quiero pensar que, para empezar, cambiarán su actitud hacia usted.

Puede que sea un viejo funcionario a punto de jubilarse, pero están muy equivocados si creen que no moveré un dedo para proteger a uno de los míos.

—En el fondo de los ojos del comisario brillaba una luz que Aurora nunca había visto.

No era ira, era más bien algo parecido a la mirada de un lobo que observa a sus cachorros moverse por el bosque.

Sabe que el peligro acecha en cada rincón, pero también es consciente de que, mientras no los pierda de vista, estarán a salvo.

—Se lo agradezco, de verdad —dijo Aurora, sonrojada. Por mucho que Piovani y ella hubieran enterrado el hacha de guerra hacía tiempo, no estaba preparada para semejante expresión de estima. Ni por un momento su comisario había pensado que pudiera estar implicada.

Fue en ese instante cuando Aurora se dio cuenta de que, en efecto, Piovani la había aceptado en la manada.

Porque para los hombres como él se trataba de eso.

Con sus maneras directas, a veces bruscas, lograba establecer con sus colaboradores un vínculo que tenía algo de animal.

Un vínculo en el que la lealtad era lo único que no se cuestionaba. Nunca.

Y como un lobo, Piovani no había dudado en abalanzarse sobre ella cuando Aurora había irrumpido en su territorio, con una precipitación que la hacía parecer hosca y con una reputación que era cualquier cosa menos ejemplar.

La había acusado de ser un peligro para sí misma y para los demás. Y en cierto modo había tenido razón. Pero ahora él mismo se interponía delante de ella para protegerla.

—Si esa es su manera de dar las gracias, de nada —gruñó Piovani—. Y ahora vamos a comer algo, antes de que esa plaga de langostas no nos deje más que migajas.