Capítulo11
Un leve ruido, como un golpeteo, sacó a Aurora de su estupor.
Sin darse cuenta, se había sumido en la inconsciencia mientras estudiaba las fotos recogidas en la escena del crimen.
Un estado turbio, brumoso y viscoso la había hecho perderse en un laberinto de visiones opacas que se sucedían sin descanso.
Estaba deshidratada: tenía los labios y el cielo del paladar tan secos como si se hubiera tragado un puñado de sal.
En el fondo de la garganta sintió un desagradable regusto amargo.
Abrió los ojos con dificultad, mientras fragmentos de las imágenes inconexas de su estado de somnolencia se disolvían en su mente.
Estaba aturdida, no percibía bien su cuerpo ni era capaz de orientarse, como si flotara suspendida en un espacio indefinido, inmersa en un fluido denso que la sostenía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
Deslizó una mano por la superficie de tela del sofá en el que estaba acurrucada, buscaba un asidero que la anclara a la realidad.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado, pero aún debía de ser plena noche.
El silencio se acentuaba por la penumbra espesa.
La vaga luz de luna penetraba por la ventana, dibujando los contornos de los objetos con líneas ahumadas.
Todas las luces estaban apagadas. Sin embargo, Aurora no recordaba haber tocado los interruptores.
Sentía una extraña inquietud en su interior. Una sensación indefinible pero persistente de que algo estaba mal dentro de aquella habitación. Y no tenía nada que ver con las macabras fotografías que había colocado en las paredes para estudiar el crimen.
Tampoco tenía nada que ver con la sensación de frustración que había sentido cuando De Robertis y su colega habían intentado acorralarla, ni con la inexplicable presencia del tatuaje que la implicaba en la muerte violenta de un desconocido.
No, era otra cosa.
La sensación de no estar sola.
—¿Quién está ahí? —dijo con voz apenas audible.
Nadie respondió.
Su mirada vagó inquieta, exploró el espacio a su alrededor. Respiró hondo. Tenía que ser esa medicación para la migraña, que además de noquearla había distorsionado completamente sus percepciones. Se prometió a sí misma ser más cuidadosa con las dosis.
Entonces, lo vio.
Había un hombre en el pasillo, de pie a un paso de la puerta. Era corpulento, con una barriga prominente y los brazos colgando a los lados.
La sangre se le heló en las venas. Aurora sintió una pequeña descarga eléctrica en la nuca que se descargó con un escalofrío por todo el cuerpo, a través de la columna vertebral, hasta la punta de los dedos de los pies.
El rostro del hombre estaba completamente en sombras, pero ella no necesitaba una fuente de luz para reconocerlo. Aurora ya sabía quién era.
Frente a ella estaba la encarnación de un mal que la había atormentado durante meses como un intruso en sus pensamientos.
Curzi, el exneurocirujano que durante veinte años había vivido aislado en un psiquiátrico, ocultando el más terrible de los secretos.
Su voz se había colado en el cerebro de Aurora como las raíces de la mala hierba.
Se había topado con él mientras investigaba el caso del Lobo Feroz.
Desde su primer encuentro, Aurora se dio cuenta de que no era un paciente corriente.
Durante su internamiento en Villa Clara, Curzi se había negado obstinadamente a hablar con nadie.
Nunca había articulado una sola palabra frente a psiquiatras, enfermeras o voluntarios.
Nunca asistía a las sesiones de terapia de grupo, nunca iba a la cantina ni a la sala de recreo, y finalmente el personal se resignó a llevarle la comida a su habitación, donde vivía constantemente en penumbra.
Pero esta terrible apatía no se debía solo al peso de la culpa por no haber podido salvar a su hijo, que murió bajo el bisturí en el quirófano mientras él intentaba salvarlo con sus propias manos. La verdad era aún más terrible.
El día que Aurora lo había conocido, Curzi había mostrado una extraña fascinación por ella, casi como si... quisiera estudiarla. Como un caso raro, el espécimen de una variedad aún sin clasificar.
Aquel día, por primera vez en veinte años, Curzi había hablado con otro ser humano. Y había elegido a Aurora para hacerlo.
Habían hablado durante un buen rato, y había sido extremadamente desestabilizador.
Curzi fue capaz de hurgar en los pensamientos de Aurora, en sus miedos y obsesiones, iluminando debilidades o deseos que ni siquiera ella misma admitía.
Ahora, una vez más, podía sentir aquellos ojos clavados en ella, una mirada viscosa e imposible de ignorar. Y, a pesar de la oscuridad, podía ver las cicatrices que surcaban su cráneo afeitado.
No necesitaba nada más para reconocerlo. Aquellas cicatrices eran la prueba de su intento de practicarse una lobotomía para dejar de sufrir tras la muerte de su hijo.
Hubo un tiempo en que el hombre había sido una lumbrera, un verdadero genio en su campo. Pero un trauma le había arrancado su humanidad y provocado una feroz sed de sangre.
Curzi era culpable de un crimen despreciable. Veinte años antes, en Sparvara, había descuartizado a toda una familia con un hacha. La masacre había sacudido conciencias y plantado las raíces de un mal que muchos habían intentado ignorar hasta la aparición del asesino apodado el Lobo Feroz.
En un instante, la mente de Aurora volvió a cuatro meses atrás, a la noche en que había visto a Curzi desplomarse bajo los disparos de Bruno. En ese momento lo creyó muerto, pero pocos minutos después su cuerpo había desaparecido.
Nunca se había perdonado que se le hubiera escapado de las manos.
Durante semanas, ella y los demás miembros del equipo lo habían perseguido, intentando reconstruir sus movimientos, identificando una red de posibles escondites en la Baja Emilia y sus alrededores.
Habían interrogado a cientos de posibles testigos, buscando un rastro que condujera a su escondite.
Pero todo había sido en vano.
Era como si Curzi hubiera sido engullido por las brumas del invierno que acababa de pasar, entre los campos hasta donde alcanzaba la vista, entre las ruinas de las granjas abandonadas a orillas del Po.
Los recursos para buscarlo se fueron reasignando a otros casos, como asuntos de tráfico de drogas, una cadena de robos en chalés aislados y la sospechosa muerte del dueño de un vivero de plantas, hasta que su rostro se convirtió en uno de los muchos retratos de delincuentes buscados colgados en la pared de la comisaría.
Solo para reaparecer ahora. En su casa. A un paso de ella.
—Tú... no puedes estar aquí. —La voz de Aurora era poco más que un gemido.
Era incapaz de moverse. Se sentía aplastada en la cama, sin fuerzas, paralizada por aquella presencia inesperada, como si tuviera las muñecas y los tobillos atados con cuerdas.
—Pero yo vivo aquí —fue la respuesta.
«En la oscuridad», pensó Aurora.
Como los malos pensamientos, como los malos sueños.
Aunque estaba aturdida, intentó aferrarse a la racionalidad. Curzi no podía haberse colado en su casa. Nadie podía. Se había asegurado de cerrar bien la puerta, con doble cerradura. Todas las ventanas estaban selladas. Tal como las había dejado.
Curzi vivía en su cabeza.
Y era el único lugar del que nunca escaparía. La mente de Aurora era un cómodo refugio para monstruos, fantasmas y obsesiones.
—No eres real —dijo.
El hombre de las sombras se quedó quieto en el umbral, como un pensamiento que no puedes ignorar, como el residuo de una pesadilla de la que no puedes librarte ni siquiera después de abrir los ojos, al despertarte un día cualquiera.
—¿Y esos cuadros que tienes colgados en la pared? —respondió—. ¿Son de verdad? —Aurora se negó a responder.
«No permitas que las voces de tu cabeza te hagan creer que son reales». Su psiquiatra se lo había repetido a menudo durante su rehabilitación en Turín.
Y no era la primera vez que la bala en su cabeza le jugaba una mala pasada. En el pasado hubo momentos en los que no podía confiar en sus percepciones. Ella, que había hecho de la concreción y de la capacidad deductiva sus mayores bazas, se había encontrado dudando de su propia psique.
Pero ahora no, ahora había cambiado. Había trabajado mucho para restablecer su equilibrio interior, para parecerse a la persona que había sido, aquella policía astuta y testaruda que una vez fue considerada una de las más brillantes del lugar.
La redada de Nochevieja en el antiguo matadero solo había sido el principio; el caso del Lobo Feroz la había llevado a un lugar oscuro en el que había corrido el riesgo de perderse a sí misma.
Tuvo que empatizar con él hasta un punto sin retorno.
Había creído que ya no podría salir de la oscuridad que vivía en su interior.
Pero, con tenacidad y determinación, lo había conseguido.
¿Cuánto tiempo hacía que había perdido el control de sus pensamientos? ¿Cuánto hacía que no se encontraba entre la depresión y la euforia?
La clave era restablecer una férrea rutina diaria. El trastorno bipolar tiende a manifestar sus síntomas con mayor intensidad debido a la privación de sueño o en presencia de un estilo de vida poco saludable.
Por supuesto, controlar el sueño era a menudo un reto. A veces, el insomnio era causado por el mismo miedo de no poder conciliar el sueño. ¿Cuántas veces había apagado la luz y mirado a su alrededor con el temor de encontrarse con otros ojos?
Para regularizar sus ciclos de sueño había recurrido a una serie de rituales.
«Un buen hábito puede ser más eficaz que un fármaco», le había dicho su psiquiatra.
Una cena frugal pero nutritiva, una buena lectura sin pensar en el trabajo.
Una bebida caliente antes de acostarse y quizá algún producto facial para aplicarse en la piel frente al espejo.
«Una forma de cuidarte», le dijo. Un pequeño gesto para subir la autoestima, incluso, pero que para Aurora sonaba a pérdida de tiempo.
De niña, cuando sus compañeras se reunían en casa de una amiga y jugaban con los cosméticos de sus madres, se limitaba a observar su comportamiento con desapego. Observar: una actitud que le resultaría útil durante su especialización en perfiladora criminal.
¿Era posible que de la noche a la mañana todo se hubiera derrumbado?
Le ardían los ojos y luchaba por mantenerlos abiertos. Mientras su visión se volvía más y más borrosa y aquella presencia más y más evanescente, parpadeó un par de veces, solo para hundirse de nuevo en aquel estado de semi vigilia.