Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo10 #2
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Capítulo10 #2

Bruno nunca había pretendido ser un padre para Chia, más bien el apoyo que no había tenido a su edad. Pensó que, tal vez, con una figura positiva a su lado, no habría cometido tantos errores. Fue en ese momento cuando se preguntó si realmente podía considerarse una figura positiva para Chia.

Pero estaba demasiado cansado para encontrar una respuesta.

Miró a la camarera, ocupada en preparar brebajes para dos chicas de pelo fluorescente que parecían haber escapado a la vigilancia de la niñera por primera vez en su vida. Sin pedir permiso, cogió otra cerveza de la mini nevera y miró el reloj.

Se estaba haciendo tarde, definitivamente era hora de volver a casa. ¿Cuánto tiempo podía contarle a Elena lo de los turnos de noche y las sustituciones repentinas antes de que ella empezara a sospechar algo?

Un ensordecedor sonido de guitarra eléctrica distorsionada resonó en la sala, seguido de la voz de Laerte que salía del sistema de megafonía.

—Veo que hay muchos buenos chicos por aquí. —Laerte se colocó frente al pie del micrófono con la guitarra colgada del hombro. Tocó unas notas, antes de añadir—: ¡Espero que hayáis cancelado vuestras citas, porque esta fiesta no acabará hasta que el sol borre la noche!

El público lanzó un rugido de aprobación.

El pulso palpitante del contrabajo anticipó un agresivo paseo armónico de guitarra, marcando el inicio del concierto de Hostile Nation.

Bruno se dirigía hacia la salida cuando oyó un grito que se elevaba por encima del estruendo de la música: —¡Basta ya!

Se volvió en dirección a la voz.

Era alguien que llevaba una sudadera negra con la capucha bajada sobre la cara.

Llevaba unos vaqueros desgastados y ajustados con vuelta en el tobillo que dejaban ver los cordones apretados de unas botas de cuero brillante.

Había atado una cadena a una trabilla que terminaba en su cartera, que sobresalía del bolsillo trasero.

Se acercó a Laerte y se quedó escrutándolo, inmóvil.

Luego, con un gesto brusco, se echó hacia atrás la capucha. La música se detuvo de repente.

—Otta... —suspiró Laerte.

Todos los participantes se volvieron en dirección a ellos, con la respiración contenida.

Otta no era más alto que la media, debía de rondar el metro setenta, pero su lenguaje corporal era muy agresivo. Tenía unos penetrantes ojos azules, en cuyo fondo brillaba una luz gélida.

—Ese tiene que irse —gruñó mientras señalaba al batería.

Este último se quedó paralizado, con las baquetas en las manos y el pie clavado en el pedal del bombo.

—Mira, Otta, ya hemos hablado de esto. ¡Es mi banda y Arturo es uno de nosotros!

Otta dio un paso adelante. Laerte permaneció inmóvil, sin dejar de observarlo. Era como contemplar los preliminares con los que dos bestias se preparasen para luchar por la supremacía sobre la manada.

El hombre de la chaqueta naranja apareció junto a Otta y le tiró del brazo.

—Déjalos en paz, estás borracho.

Otta se apartó con tal ímpetu que estuvo a punto de perder el equilibrio.

Se tambaleó unos instantes, luego recuperó la estabilidad agarrándose a la repisa de la chimenea.

Por fin, salió disparado como un toro en dirección a Arturo, que seguía inmóvil junto a la batería, arrasando platillos y tambores en tropel, que se estrellaron contra el suelo provocando un estruendo que pareció una explosión.

El hombre de la chaqueta naranja y Laerte corrieron en defensa del baterista, pero Otta parecía imparable. Los empujó violentamente, los derribó y se los llevó por delante casi como si no pesaran más que una pluma.

Agarró a Arturo por las solapas de la camisa y lo estampó contra la pared. Le propinó un puñetazo, pero no acertó. Sintió que lo arrastraban con fuerza de la muñeca y acabó en el suelo.

Fue Bruno quien intervino.

—Estás cabreado por lo de tu coche, lo entiendo —dijo con voz firme—. Pero eso no te da derecho a desquitarte con el primero que encuentres.

—¿Y tú quién coño eres? —gruñó Otta desde el suelo. Levantó la vista hasta encontrarse con los ojos decididos de Bruno. Solo entonces lo reconoció.

—Hijo de puta... tú... —e hizo ademán de levantarse.

Bruno lo agarró por la mandíbula y lo inmovilizó contra el suelo.

—Sí, soy yo quien te ha ganado. Y si de verdad quieres terminar lo que has empezado en la pista, no seré yo quien se eche atrás.

Una sonrisa siniestra apareció en el rostro de Otta. Un instante después, Bruno se encontró con dos brazos alrededor de su pecho que le sujetaban y lo arrastraban hacia atrás.

—¿Pero qué...? —gruñó, intentando zafarse. Sus esfuerzos fueron inútiles: el agarre era férreo.

Quien lo sujetaba era uno de los cabezas rapadas de la fiesta, un tipo fornido con el cuello lleno de tatuajes y rasgos graníticos. Otro cabeza rapada, un tipo flaco y larguirucho, apareció a su lado, dispuesto a intervenir.

—No tienes ni idea de con quién te has metido —gruñó Otta mientras se levantaba.

—Tampoco es que fuéramos precisamente buenos amigos —le retó Bruno.

Otta sacó de su bolsillo una navaja.

—Será mejor que ahorres aliento, lo necesitarás cuando te estés ahogando en tu propia sangre.

—He visto a tipos que no sabían perder, pero tú, créeme, eres de lejos el más patético.

Mientras el compañero seguía sujetando a Bruno, Otta lo agarró de los cabellos con una mano y se colocó a un palmo de su cara.

—Para empezar, voy a hacerte escupir los dientes, uno a uno.

Los asistentes a la fiesta se habían dispuesto a su alrededor, como una tribu frente al fuego. Parecían salvajes a la espera de un ritual de sangre para convertir el aburrimiento de una semana de estudio o trabajo en una anécdota que recordar a la espera del próximo fin de semana.

—¡Ya basta! ¡Parad, he dicho! —intervino el hombre de la chaqueta naranja—. Estoy harto de esta mierda de parvulario. —Se volvió hacia Otta, plantándole el dedo índice en el pecho—. Deja que se vaya. Ya os veréis en la pista en la próxima carrera.

—¿Y en qué coche? —protestó Otta—. El mío se lo acaba de llevar la grúa. Me he pasado meses poniéndolo a punto, y ahora es poco más que un montón de chatarra. Solo sirve para repuestos.

—El Santo te conseguirá un coche nuevo. Seguro que llegáis a un acuerdo. Entonces podrás vengarte. Eso si no acabas cagándola demasiado como para que te echen del circuito.

Otta permaneció inmóvil unos instantes, sin apartar la mirada de Bruno, como si reflexionara sobre qué hacer.

Luego le escupió descaradamente a los pies y le hizo señas al energúmeno para que lo soltara.

—Esto no se acaba aquí —gruñó mientras salía de la sala a paso marcial, seguido por los suyos.