Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo10
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Capítulo10

Bruno abrió la puerta con dificultad por la multitud de espectadores que se había congregado en torno a su coche.

La euforia era palpable. Todos estaban aún excitados por el acalorado duelo final con Otta, que había caldeado los ánimos al menos tanto como los ríos de alcohol que habían circulado durante toda la noche.

—Abran paso —gritó Laerte para superar el estruendo de la multitud jubilosa.

Bruno se bajó del coche e, ignorando a los presentes, se colocó delante de un joven con un teléfono móvil en la mano que estaba grabando un vídeo.

—Vale ya —le espetó.

—¿Qué? —el chico esbozó una sonrisa avergonzada.

—Dame tu teléfono móvil.

—Eh, ¿qué te pasa? —fue la respuesta del otro.

—Tienes que borrar las fotos. —Bruno no tenía intención de acabar en YouTube u otras plataformas de intercambio de vídeos. El riesgo de ser reconocido era demasiado alto.

—No lo creo.

—No te preocupes, lo conozco bien —intervino Laerte—. Es un tío guay y, sobre todo, no tiene intención de compartir estas cosas. ¿Estoy en lo cierto, Massimo?

El chico asintió con la cabeza.

—No estoy loco.

Bruno hizo un esfuerzo por mantener la calma.

—Lo siento, pero no confío en ti.

Laerte le dio una palmada en el hombro y se lo llevó aparte.

—Comprendo la adrenalina de la carrera, pero puedes estar tranquilo. Todos los presentes saben quién es el organizador de las carreras fantasma y son conscientes de que esas cosas no se hacen.

—Escúchame... —gruñó Bruno, pero Laerte lo interrumpió con un gesto de la mano y luego esbozó una gran sonrisa.

—Hazme caso, olvídalo —dijo en tono conciliador—.

Hay cosas mucho más interesantes que hacer.

Los chicos han organizado una fiesta en una casa de campo, no muy lejos de aquí.

¿Qué tal si vamos a tomar una cerveza y celebramos tu victoria dignamente?

Si los demás de la banda no han perdido sus instrumentos, también podríamos tocar un par de canciones.

Bruno se quedó pensativo unos instantes. La adrenalina de su organismo se agotaría pronto, y lo dejaría exhausto, con los músculos doloridos y muchas ganas de cerrar los ojos durante al menos un par de horas.

¿Cuánto hacía que no dormía bien? Tal vez era el momento adecuado, tal vez se derrumbara en la cama.

Sería capaz de poner sus pensamientos a descansar, al menos durante un rato.

¿Podría ser que echara tanto de menos a Aurora?

Después de todo, solo se habían dejado llevar una vez, sin promesas, solo una imperiosa o, mejor dicho, desesperada necesidad de juntar piel, boca y corazón.

Pero ¿a quién quería engañar? En cuanto se habían abrazado se había sentido como en casa.

En casa... La idea de volver a casa y quizá encontrar a Elena despierta esperándolo le aterraba.

Ella y sus ojos llenos de aprensión o, peor, de preguntas de las que él no hubiera querido saber la respuesta antes.

Ella, que le recordaba sus errores y se había convertido en el emblema viviente de una culpa que Bruno luchaba por mantener a raya.

—De acuerdo —dijo entonces—. Me tomaré esa cerveza. Te llevaré, para que me enseñes el camino.

Antes de subirse al coche, Bruno se volvió hacia Massimo y le dirigió una mirada inequívoca.

Siguiendo las indicaciones de Laerte, tardó unos veinte minutos en llegar a su destino. La ruta era un laberinto de pequeñas carreteras secundarias, algunas ni siquiera asfaltadas, y la mayoría de ellas mucho más sinuosas de lo habitual.

La casa de campo estaba entre manchas diseminada de vegetación silvestre y rodeada de tierras cultivadas en las que brotaban densas redes de retoños.

En el gran patio había numerosos coches aparcados de forma más o menos ordenada, algunos de los cuales habían participado en el concurso.

Esparcidos por el césped había pequeños grupos de chicos que hablaban animados, sosteniendo vasos de plástico y latas.

—Otta estará furioso por la derrota —dijo Laerte, bajando del coche—. Se había gastado una fortuna en modificar su Volkswagen.

—Podría haber invertido mejor sus ahorros —sonrió Bruno.

—Amigo mío, hazme caso, que no se te escape algo así delante de él —replicó el otro.

La puerta de la casa de campo estaba abierta y desde el interior llegaba un estruendo de música rock a todo volumen.

Los dos entraron en un gran salón escasamente amueblado, con suelo de terracota, una chimenea a un lado y un par de viejos sofás contra las paredes.

A un lado había una gran mesa de madera con todo tipo de bebidas alcohólicas, flanqueada por un cubo de hielo y una pila de vasos de plástico.

Como improvisada camarera había una chica con unas medias holgadas de rejilla sobre unas botas de motorista y el pelo decolorado rapado a un lado.

Junto a un sistema de megafonía había dos tipos con camisetas, tirantes tricolores y vaqueros desgastados que tocaban la batería y el contrabajo respectivamente, dándolo todo, tejiendo una improvisada alfombra sonora.

Laerte les dio un silbido y la música se detuvo de repente.

Todos los presentes se volvieron hacia él.

Habiendo captado la atención del público, Laerte levantó el brazo de Bruno como si fuera un boxeador que acabara de noquear a su oponente por el título mundial de los pesos pesados.

Antes de soltarlo, le puso algo en el puño.

Estallaron aplausos atronadores, acompañados de silbidos de incitación. La camarera se acercó a Bruno y le estampó un beso en los labios, luego volvió de nuevo a su lugar.

Cuando la música volvió a sonar, Bruno, bastante avergonzado, se separó de su compañero, se dirigió a la barra y repasó las diversas botellas de licores con poca convicción. Al abrir el puño, se dio cuenta de que Laerte le había puesto en la mano un par de anfetaminas.

—¿Qué te pongo? —preguntó la camarera, mascando chicle.

—Una cerveza me sentará bien.

—Menos mal. Los cócteles no son lo mío. —La chica se agachó para abrir la puerta de una mini nevera rebosante de latas.

Antes de que pudiera coger una, un chico que apareció de repente detrás de ella introdujo la mano y le arrebató un par de ellas, luego se escabulló, trotando hacia el centro de la habitación.

—¡Eh, qué modales! —gritó ella.

El chico se limitó a levantar el brazo en señal de disculpa y se unió a un grupo de jóvenes que se empujaban y saltaban al ritmo de la música.

—Menudo gilipollas —dijo Bruno.

La chica encogió los hombros.

—Todo el mundo está colocado esta noche. Más de lo habitual, quiero decir.

Bruno le mostró las pastillas que Laerte le había dado.

—Creo que circulan demasiadas de estas.

—Interesante. ¿Tienes más?

Bruno dejó caer las dos pastillas sobre la barra.

—No me sirven para nada. Puedes incluso tirarlas si quieres.

La chica los recogió y le devolvió una sonrisa.

—Sí que eres raro.

Un hombre con chaqueta naranja se acercó a la barra y pidió una grappa . Luego, mientras la camarera cogía la botella, dirigió su atención a Bruno.

—Enhorabuena por tu victoria. El Santo te manda recuerdos —y le entregó un sobre de papel bastante abultado.

Fernando Santini, conocido como el Santo, era el organizador de las carreras fantasma.

Bruno nunca lo había conocido en persona.

Su pertenencia a una familia famosa por sus actividades delictivas le imponía cierta discreción; además, su padre era un fugitivo de la ley.

Santini prefería seguir las carreras desde lejos, a través del circuito de cámaras web instaladas en los cruces más importantes del recorrido, que sus matones hacían desaparecer al final de la competición.

Bruno sopesó el sobre y luego echó un vistazo al contenido. Estaba lleno de billetes de cincuenta euros.

—No está mal —murmuró, y se lo metió en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero.

—Digamos que las apuestas han ido bien —comentó con sorna el hombre de la chaqueta naranja—. Contamos con tenerte de nuevo entre nosotros en la próxima. —Levantó el vaso de plástico con la grappa e hizo un brindis.

Bruno se limitó a asentir, y bebió un tragó un trago de cerveza directamente de la lata.

Nuevos asistentes a la fiesta entraban por la puerta incesantemente.

Casi todos parecían vástagos de buenas familias recién salidos de un aula universitaria, pero no faltaban exponentes de las más variadas subculturas musicales, reconocibles por su atuendo, así como, por supuesto, una importante presencia de cabezas rapadas.

La media de edad rondaba los veinte años, y Bruno se dio cuenta de que, para algunos de ellos, si no su padre, al menos podría haber sido un tío joven, de esos que no se deciden a crecer y quizá viven en un ático y tienen una novia distinta para cada día de la semana.

«Si al menos fuera verdad», pensó con una nota de amargura. ¿Qué hacía él allí?

Tenía una familia. Y con ella, tenía deberes.

Era un hombre, joder. Y un hombre debe ser capaz de dejar sus sueños a un lado cuando la realidad lo exige.

Si no era a Elena, con quien la situación se había complicado aún más después de la noche de la Luna Roja, la noche en que todo había cambiado, se lo debía a Chia.

Amaba a aquella niña, que había madurado demasiado deprisa, como ocurre cuando los padres se quiebran y los hijos tienen que recomponer los pedazos, intentando no cortarse demasiado.

Chia, Chiara en el registro civil, era un apodo que ahora sentía más propio que su nombre de pila. Elena la había concebido con su exmarido, periodista de una cadena de televisión local, ese tal Longhi con el que Bruno mantenía una relación que llamar conflictiva era quedarse corto.

Longhi siempre conseguía sacar lo peor de él y el hecho de que hubiera sido un marido violento evocaba demasiados recuerdos de su padre en Bruno como para permanecer neutral ante él.