Capítulo12
La mayoría de la gente había abandonado la casa. Bruno y Laerte estaban sentados en un pequeño muro junto a la entrada, cada uno con una cerveza en la mano y un número indefinido de latas vacías esparcidas por el suelo.
—Perdón por este lío —dijo Laerte.
Bruno se encendió un cigarrillo. Aspiró una calada y dejó que de sus labios salieran remolinos de humo.
—Déjalo. Otta es un fanático.
—Eso puedes decirlo bien alto. Gente como él nos persigue desde siempre. El mundo está convencido de que basta con afeitarse la cabeza y llevar un par de botas para ser tachado de neonazi, pero nosotros no tenemos nada que ver con su propaganda.
—Lo sé bien.
Laerte bajó la mirada.
—Arturo no es mal tipo. Crecimos en la misma calle, somos amigos desde niños.
Sus padres son de origen cubano, ¿y qué?
Cree en los mismos valores que yo y daría su vida por mí, estoy seguro.
Sin embargo, según Otta, no tiene derecho a vestirse como nosotros, ni a ir a los mismos bares que nosotros.
—Bruno sacó un cigarrillo del paquete y se lo ofreció a Laerte—.
Por no decir que es muy buen batería —intentó bromear.
»Tenía dieciséis años cuando mis padres murieron en un accidente de coche.
En aquel momento tenía tanta rabia en el cuerpo que pensé que me comería por dentro.
Era como tener las tripas llenas de peces de plata, ¿sabes?
—Laerte esbozó una sonrisa amarga e imitó algo diminuto y escurridizo con los dedos—.
Son esos pequeños insectos que salen por las rendijas o huyen cuando sacas un libro de una estantería.
Odian la luz y devoran todo lo que encuentran, desde sellos hasta cabellos muertos, desde azúcar hasta recuerdos.
Sí, porque les encantan las fotografías...
Piensa que la hembra pone cien huevos a la vez, entre las grietas de las paredes.
Cuando era niño y estaba solo en casa y me acercaba a las paredes de mi habitación, creía oírlas respirar.
—Sé de qué insectos hablas, pero no tenía ni idea de cómo se llamaban —dijo Bruno con un deje de asombro en la voz.
—En realidad, el verdadero nombre es Lepisma saccharina .
Pero no te dejes engañar por esas palabras pomposas, solo soy un ignorante con buena memoria.
Dejé la escuela en décimo curso... Verás, cuando tenía seis años mi madre me regaló un libro sobre insectos, arañas y mariposas.
Lo hizo porque me aterrorizaban. Pensó que tal vez si leía sobre el tema aprendería a convivir con ellos.
—Hizo una pausa, antes de añadir—: Y tenía razón.
—La echas de menos, ¿verdad?
—Cada maldito día. Después de la muerte de mis padres estaba muy inquieto.
Créeme, no tenía perspectivas ni buenas intenciones.
Por aquel entonces, Arturo acababa de mudarse a Módena, donde había encontrado trabajo de carpintero.
Me acogió en su apartamento de una habitación, sin pedirme nada a cambio.
Me ayudó a recuperarme e incluso consiguió que me contrataran en la obra donde trabajaba él.
Fue idea suya montar una banda inspirada en el espíritu del primer movimiento.
—No te preocupes por Arturo. Encontraremos una manera de detener a Otta, lo prometo.
—¿Y cómo? Tiene las espaldas demasiado cubiertas —suspiró Laerte—. Sabe Dios qué negocios tiene con el Santo y su gente.
—¿Hablas del comercio de armas?
—Las armas —dijo Laerte mientras asentía—, las carreras, los acuerdos para vigilar las obras de construcción controladas por el hampa.
La primera vez que vi a Otta fue en una obra, una mañana de septiembre de hace tres años.
Él y esos dos con los que te enfrentaste antes estaban allí.
Mientras los demás deambulaban de una manera muy sospechosa, Otta subió al despacho del jefe de obra.
Hablaron durante unos minutos, la discusión era tan acalorada que se oían los gritos incluso a distancia.
Dos días después, un incendio destruyó parte del material y dañó los andamios.
—¿Crees que el jefe de obra se negó a aceptar la protección del Santo?
—No tengo ni idea, a los trabajadores nunca nos cuentan nada. Lo que sí sé es que, tras el incendio, casi todos los trabajadores fueron sustituidos por gente que no había visto nunca. El jefe de obra no volvió a aparecer.
—Un buen chanchullo.
—Sí, pero ¿a quién le importa? No a los altos mandos que empujan a este país cada vez más hacia el abismo.
—¿Y Arturo? ¿También estaba implicado?
Laerte negó con la cabeza.
—En ese momento aún no sabían nada de sus orígenes.
Salió a la luz después de un concierto, hace cosa de un mes.
Otta y su gente querían meternos en una especie de expedición de castigo para ahuyentar a unos okupas que habían ocupado un antiguo almacén ferroviario.
Nos negamos y hubo una discusión. Estábamos bastante borrachos, y Arturo dijo alguna que otra palabra de más.
—Ya veo. —Bruno aplastó el cigarrillo con la punta del zapato—. ¿Crees que Otta también está implicado en el tráfico de drogas? No es ningún secreto que la mayor parte de los ingresos de la banda del Santo provienen de eso.
—No. Lo descarto. Al menos en esto Otta y yo pensamos igual.
Las drogas duras son una herramienta de control mental en manos de los capitalistas.
Son un cáncer para la sociedad, reducen a nuestros hijos a autómatas incapaces de pensar y reaccionar cuando las cosas van mal.
Pero la mayoría de la gente parece llevar anteojeras.
—Laerte bebió la última gota de la lata que sostenía, luego la aplastó y la tiró al suelo, junto con las demás—.
Eso no se aplica a las anfetaminas, por supuesto.
Las pastillas azules son un caso aparte.
Nos ayudan a mantener la cordura, a soportar los agotadores turnos de trabajo y, a veces, incluso a pasar la noche.
—Esa cosa te volará los sesos. Y lo mires como lo mires, Otta está confabulado con los traficantes de drogas. Un comportamiento bastante hipócrita, me parece.
—Creo que tiene una manera distorsionada de ver las cosas, y tolera el narcotráfico siempre que la droga acabe en manos de inmigrantes y de hijos de papá que no son buenos. No excluyo que lo considere un método de selección de razas.
—Escuchar esta mierda me está poniendo enfermo.
—Por un momento, Bruno estuvo tentado de admitir que era policía, y que con su ayuda sí que se podría hacer algo para detener a ese exaltado de Otta, pero se contuvo; sabía que Laerte no se lo tomaría bien, dos de sus mejores amigos habían acabado en la cárcel por reyertas en el estadio, y desde luego no veía con buenos ojos a las fuerzas del orden.
Para la gente como él, la policía no es más que el brazo armado del sistema.
Arturo salió de la casa con dos pesadas maletas en las manos.
—Ya hemos desmontado los instrumentos —le dijo a Laerte. Detrás de él venía el contrabajista, también cargado como una mula.
Laerte se levantó, sacó un juego de llaves del bolsillo y se dirigió hacia una furgoneta blanca con el lateral un poco abollado, aparcada a un lado del patio.
—Os echaré una mano para cargar —propuso Bruno. Poco después, mientras ayudaba a los tres músicos a colocar las cajas de los instrumentos en la parte trasera de la furgoneta, oyó una voz femenina que lo llamaba.
Al darse la vuelta, se encontró frente a la camarera. Llevaba una chaqueta de piel sintética de un color indefinido y los brazos cruzados, casi como si se abrazara a sí misma. No era de extrañar que tuviera frío, ya que llevaba las piernas cubiertas solo por unas medias de rejilla.
La camarera levantó una mano un poco torpe en señal de saludo.
—¿Hay alguna posibilidad de que me lleves a casa?
Mis amigos ya se han ido. —Era menuda, de piernas delgadas y rostro de rasgos delicados, en marcado contraste con su excéntrico peinado.
Llevaba los labios carnosos pintados con un carmín rojo fuego, tenía la nariz respingona y unos grandes ojos azules.
—Lo siento, estoy terminando de ayudar a los chicos con sus instrumentos.
Laerte le dio una palmada en el hombro.
—No te preocupes, Bruno. Lo haremos muy bien sin ti.
Bruno se rascó la cabeza y miró el reloj.
—Mira... se está haciendo un poco tarde y tengo que estar en el trabajo temprano. Esperaba dormir al menos un par de horas.
La chica se encogió de hombros.
—Vale, llamaré a un taxi —bromeó—. Después de todo, hay muchos taxis en esta desolación, sobre todo a estas horas. —Mientras hablaba, no dejaba de mascar chicle.
—¿Puedo al menos saber cómo te llamas?
—Iris. —Lo dijo con voz suave, como si estuviera revelando un secreto.
—¿Dónde vives, Iris?
—A cinco kilómetros de aquí. —Lo miró impaciente—. Entonces, qué ¿me llevas o no?
—Ya la has oído, Bruno —intervino Laerte—. Nos habríamos ocupado nosotros, pero ya no hay sitio en la furgoneta. No vas a dejar que se vaya andando, ¿verdad?
Bruno se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo.
—No, claro que no.
Sacó las llaves y se dirigió a su Alfa Romeo.
—No me lo puedo creer —exclamo ella una vez dentro—, estoy en el coche más rápido de las carreras fantasma.
—No te acostumbres —dijo Bruno, arrancando el motor.
Condujeron por el campo, con Iris como navegante, por carreteras que parecían todas iguales.
En un momento dado, la chica hizo una señal para que giraran a la derecha, en un claro frente a un edificio industrial con grandes silos que se alzaban hacia el cielo como pálidos guardianes de la frontera de la noche.
—¿Vives... en la fábrica de pienso? —preguntó Bruno, con sarcasmo.
—No exactamente. —Bruno la miró, interrogante. Iris sonrió con picardía—. Eres muy rápido cuando corres con el coche, pero en todo lo demás... —dejó la frase colgada, antes de añadir—: Me imaginé que con la adrenalina de la carrera y lo que ha pasado con Otta necesitarías algo para tranquilizarte.
El cielo empezaba a clarear, urgido por las primeras luces del alba. Iris se abrió la chaqueta y se levantó la camiseta, dejando sus pechos al descubierto. Eran pequeños y firmes, con los pezones rosados resaltando sobre la pálida piel.
Se acercó a Bruno y, con unos dedos de uñas lacadas de azul oscuro, le acarició la barba desaliñada.
—Yo... no creo que... —balbuceó él.
La mano de Iris se deslizó sobre los vaqueros de Bruno a la altura de la entrepierna.
—Shh.
Le desabrochó el cinturón y abrió el primer botón. Le metió una mano en los calzoncillos y empezó a rebuscar. Luego, con un movimiento casi descarado, se quitó el chicle de la boca, lo tiró al cenicero y se inclinó sobre él.
El contacto íntimo con los labios de Iris arrancó un gemido a Bruno. Enredó los dedos en el pelo de la chica, sorprendiéndose de lo suaves y agradables que eran al tacto.
Y por aquellos labios se dejó llevar.