Capítulo8
Bruno Colasanti echó un rápido vistazo por el retrovisor. El coche del adversario había acelerado de manera muy brusca y se acercaba cada vez más.
«Óxido nitroso», pensó Bruno. Su rival había activado el sistema químico de sobrealimentación popularizado por una famosa serie de películas, generando un pico de par motor. Ganaba terreno como si estuviera a punto de despegar. Su remontada parecía imparable.
Era la recta final de la última carrera, a lo lejos se veía la luz de meta que parpadeaba intermitente.
Ganar los desafíos anteriores no había sido demasiado difícil para Bruno, los pilotos carecían de experiencia y quizá estaban allí más por la emoción de participar en una carrera ilegal que por la competición en sí.
Pero ahora se enfrentaba a un adversario mucho más feroz y preparado. Ottaviano Otta Bargellini era alguien que corría para ganar. Bruno lo conocía por su reputación, aunque nunca se había enfrentado a él. Lo que sabía se lo había contado Laerte.
Otta era el carismático líder de un grupo de skinheads , chavales de los barrios bajos con la cabeza llena de odio racial, retórica supremacista y nacionalismo, para quienes las reyertas y el vandalismo estaban a la orden del día.
Se habían adherido al movimiento Skin88, en el que el número 8 representaba la octava letra del alfabeto, sugiriendo la doble H de «Heil Hitler».
Sin embargo, entre quienes, como Laerte, seguían la escena musical y rechazaban las ideologías neonazis, se les llamaba despectivamente «calaveras».
Otta trabajaba de mecánico en un taller de la zona de Mantua, donde en su tiempo libre realizaba personalmente modificaciones en su Volkswagen.
Su Fräulein era un verdadero cohete, le gustaba repetir, hinchándose de orgullo.
Era tan rápida como una bala del calibre nueve, decía.
Y quizá no era solo una manera de hablar, su afición por las armas de fuego era bien conocida.
Se rumoreaba que la casa de Otta contenía un auténtico arsenal de fusiles de asalto, acumulados gracias a sus contactos con grupos supremacistas estadounidenses y almacenados en una habitación oculta tras una bandera nazi.
Según algunos, era un hombre clave en el comercio internacional de armas en el que participaba el hampa organizada.
Con Fräulein pisándole los talones, Bruno pisó a fondo el acelerador, pero el motor ya iba al máximo.
Era como intentar exprimir una fruta de la que se hubiera extraído la última gota.
El habitáculo estaba completamente invadido por la luz que proyectaban los faros del bólido de Otta, dispuesto a adelantar.
En unos instantes, Bruno se encontró flanqueado por su oponente. La distancia hasta la línea de meta se hacía cada vez más corta a medida que los dos coches se alineaban, mordiendo el asfalto como bestias que se abalanzan sobre su presa.
Adelantar a Bruno resultó más difícil de lo esperado. Sintiendo que los efectos del sobrealimentador estaban desapareciendo, Otta decidió jugar sucio. Con un movimiento brusco, desvió el morro de Fräulein hacia un lado para embestir el coche de Bruno.
El impacto contra el lateral resonó como el chillido de un ave rapaz y soltó un enjambre de chispas.
Bruno consiguió sujetar el volante con fuerza para no acabar fuera de la carretera.
Ambos circularon uno al lado del otro durante unos metros, y luego los dos coches volvieron a separarse.
Bruno echó un vistazo a la cabina de su adversario y vio que Otta estaba listo para una nueva ofensiva.
Bruno no era de los que se echaban atrás cuando las cosas iban mal.
Nunca lo fue, ni siquiera cuando era un niño enclenque, muy diferente del hombre en que se convertiría, con hombros anchos y brazos de jugador de rugby, un rostro de rasgos fuertes resaltado por un corte de pelo corto, de estilo militar.
En la escuela primaria era el más delgado de la clase, y en las fotos del anuario no destacaba por sus proezas físicas. Sin embargo, siempre tuvo la mirada de un luchador. Sus ojos eran dos rendijas, con iris verde petróleo, inquietos, vivos.
Cuando tenía diez años, con el dinero que reunió para su cumpleaños pudo comprarse una bicicleta nueva.
Desde luego, no era el último modelo, ni tampoco una de las caras de las que presumían algunos de los niños bien nacidos que conoció en el colegio.
Sin embargo, gracias a las pegatinas que había pegado en el cuadro y a las modificaciones en la pintura, parecía un prototipo de carreras.
Tuvo que comprarla él mismo porque su padre nunca le había perdonado que le robaran la bicicleta que le había regalado el año anterior.
Le había bastado dejarla sin el candado puesto una tarde, mientras visitaba a un amigo, para que se la robaran.
Se había defendido ante su padre, había insistido en que solo la había perdido de vista unos minutos, pero al final le había dado tal bofetada que le había dolido la mandíbula durante días.
Claro que no era nada comparado con lo que había sufrido su madre.
Bruno se prometió a sí mismo que no cometería el mismo error, que esta vez tendría cuidado.
Pero hacía tiempo que un grupo de chicos mayores lo tenía en el punto de mira.
Eran cuatro. Al verle pasear por el pueblo en su nuevo vehículo de dos ruedas, empezaron a pedirle con insistencia que se la dejara probar y a amenazarle cuando se negaba.
Bruno se dio cuenta enseguida de que tenían malas intenciones.
Y no tenía ningunas ganas de saber hasta dónde podían llegar.
Había huido sin siquiera mirarlos. Los cuatro se habían subido a sus bicis y habían salido en su persecución. Igual que ahora, no había dudado en impulsarse a toda velocidad para evitar que lo atraparan.
Pedaleó como si su vida dependiera de ello, acelerando en el cruce con la carretera provincial 35, ignorando la señal de stop a pesar del tráfico. Se había colado delante de una furgoneta que circulaba a toda velocidad, esquivándola por los pelos.
Corrió tanto que su corazón parecía ir al mismo ritmo que su respiración agitada.
Corrió tanto porque lo estaba haciendo contra los tremendos golpes de su padre, contra el ardor de los moratones, contra los gritos de su madre que resonaban en su cabeza, como si tuviera que dejar atrás la culpa de no haber sido capaz de protegerla.
Aquella fue su primera carrera. Una carrera contra sí mismo.
Al cruzar aquel concurrido cruce, zigzagueando entre los coches en movimiento, se le pasó por la cabeza la idea de que podía morir.
Pero era demasiado rápido para morir.
Estaba seguro de que no iba a suceder. Así, sin más. No con las venas inundadas de adrenalina y ese escalofrío que le cosquilleaba en la piel, hasta la punta de los cabellos. Aquel día sintió por primera vez las caricias de la velocidad. Y supo que sería la diosa a la que adoraría.
Recorrió kilómetros antes de detenerse, y se había adentrado tanto en el campo que ya no reconocía el paisaje. Había ido más allá de los campos de trigo recién cosechados, pasando por las arboledas de robles y álamos, y llegó a la vieja cantera de arena abandonada, cerca de la orilla del gran río.
No había nadie. Reinaba un silencio irreal. Bruno dejó caer la bicicleta en el claro y se tumbó en el suelo, agotado. Levantó la mirada y siguió el vuelo de una libélula que se recortaba contra el fondo azul del cielo estival. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
Se sintió libre, lejos de las amenazas de los matones y del ambiente lúgubre que flotaba entre las paredes de su casa.
A pesar de que Otta se disponía a golpearle de nuevo, Bruno, decido a dejarle fuera de la competición, no se iba a echar atrás a falta de pocos metros.
Fue en ese momento cuando ocurrió lo imprevisible.
Del radiador de Fräulein empezaron a salir remolinos de humo gris.
Uno de los inconvenientes de los compuestos químicos de sobrealimentación es que someten al motor a una tensión extrema, provocando su rápido desgaste. Algo se había roto bajo el capó.
Bruno no pudo ver la reacción de Otta mientras despotricaba y maldecía dentro del habitáculo, golpeando el volante con el puño varias veces. Lo único que vio por el retrovisor fue el coche de su adversario, con el capó en llamas, girando y estrellándose contra una valla que bordeaba la carretera.
Bajó la ventanilla y extendió un brazo, saboreando el aire frío de la noche entre sus dedos mientras cruzaba la línea de meta de su última carrera como ganador.