Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo7 #2
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Capítulo7 #2

—De acuerdo. Primero, las cosas que ya sabes: el tatuaje se hizo post mortem , y el hombre fue colocado aquí por el asesino cuando ya estaba muerto.

En primer lugar, me gustaría saber cómo consiguió colarse en el cementerio, ya que no creo que entrara por la puerta principal en mitad de la noche.

¿Sobornó a algún vigilante? Yo los interrogaría a todos y vería si alguno da la impresión de ocultar algo.

De Robertis asintió.

—Debe de haber una entrada secundaria que el sujeto NN utilizó para irrumpir en el cementerio —continuó Aurora—. ¿Estaba solo o actuó con un cómplice? Transportar un cadáver no es un paseo por el parque, y tampoco lo es realizar un tatuaje con esa precisión.

—¿Sujeto NN… qué?

—Sujeto no identificado. Así los llamábamos en Turín.

—Supongamos que actuó solo.

Aurora recordaba tan bien las enseñanzas de Isaak Stoner en los seminarios del FBI que ahora casi podía oír su voz.

Analizar la escena de un crimen es un viaje a la mente del asesino, dijo más de una vez. Un camino oscuro que te obliga a pensar como él piensa, si quieres entender cómo opera.

—Hay tres elementos que nos dicen cómo piensa —declaró—. La forma del delito, las circunstancias del hallazgo y la presencia del tatuaje.

—Continúa.

—Le abrió la espalda a un hombre y extendió las costillas para que parecieran alas.

Eso no es algo anecdótico que se oiga en el bar.

El sujeto podría formar parte de una secta o congregación que atribuya un significado específico a este tipo de procedimientos.

La colocación del cadáver en el cementerio junto a un ángel podría apuntar hacia el entorno religioso, pero creo que es una pista falsa.

Mira el dedo del ángel señalando al cielo.

No creo que apunte a una supuesta redención, sino a un juicio superior al que ha sido sometida la víctima.

El añadido del tatuaje, en esta perspectiva, es solo una contradicción aparente.

—Explícate mejor.

—El tatuaje es una tradición pagana, a tal punto que, en la Edad Media, en pleno poder de la Iglesia, estaba prohibido, aunque era costumbre entre los templarios tatuarse la cruz de Jerusalén para ser reconocidos como cristianos en caso de muerte.

El tatuaje, en la mayoría de las culturas del pasado, es un símbolo vinculado a la guerra.

—Aurora reflexionó un instante—. Creo que el sujeto está convencido de que libra una batalla personal contra algo o alguien.

El juicio al que ha sido sometida la víctima es el suyo propio.

Es típico de los psicópatas creer que trabajan por un bien mayor y en este caso no hay duda de que estamos ante un sujeto con una patología psiquiátrica severa.

»No se trata necesariamente de un asesino en serie, aunque no excluyo esa posibilidad, pero desde luego sí de alguien familiarizado con el asesinato.

Se nota en la precisión con la que realizó el ritual.

Sin dudas. Sin manchas. Es un individuo muy peligroso, imparable, indiferente al sufrimiento ajeno.

La flagrante escena que ha construido es una expresión de su narcisismo.

Se siente invencible, por encima de la justicia, de las reglas.

Es probable que en las próximas horas encuentre otras maneras de mostrarse.

Esto, te lo garantizo, es solo el principio.

—¿Qué quieres decir?

—No sé... en el pasado habrían sido cartas dirigidas a la prensa o a la comisaría, como las que Jack el Destripador enviaba «desde el infierno» para burlarse de los investigadores, o las que enviaba el monstruo de Florencia al Palacio de Justicia.

Pero hoy estamos en la era digital. Internet, las redes sociales, las plataformas para compartir vídeos.

Cualquier herramienta puede convertirse en el vehículo de un mensaje relacionado con su delirio asesino. Y hay una última cosa...

—Te escucho.

—La víctima tiene la boca cosida. Con eso el sujeto aporta una prueba crucial para la identificación de la víctima.

Tiene que ser alguien que hablara demasiado...

o alguien que hablara con la gente equivocada.

Búscalo entre informantes o testigos de juicios antiguos.

Yo empezaría por un horizonte temporal de diez años.

—Será un trabajo enorme.

—¿De verdad creías que iba a ser fácil? —dijo Aurora tensando los hombros.

—Debo admitir que estoy impresionado —suspiró De Robertis—. Parece que es verdad lo que dicen de ti, realmente eras la mejor en tu campo. Sin embargo, cada vez que te mencionaban, era como hablar de alguien... marginado.

Aurora hizo una mueca de decepción.

—Estoy acostumbrada.

—Me pregunto dónde estarías ahora si ese tiroteo nunca hubiera ocurrido.

—Seguro que no aquí hablando contigo.

—No soy tu enemigo, Scalviati —afirmó De Robertis—. Pero tengo superiores ante los que responder.

Aurora lo miró con un deje de desaprobación.

—¿Te das cuenta, al menos, de lo hipócrita que eres?

Una expresión amenazadora apareció en el rostro de De Robertis.

—Ahora lo entiendo todo. No es la bala que tienes en la cabeza lo que ha hecho que todos te den la espalda. Es tu actitud hostil, esa forma de actuar como si siempre lo supieras todo. Eres engreída, obstinada. Pero, créeme, no quieres meterte conmigo.

—Ya se me pasará —gruñó Aurora, dándole la espalda.

Mientras caminaba en dirección a la salida, se le unió la voz de De Robertis.

—¡Scalviati! —Aurora lo oyó, pero no aminoró el paso—. Esto no cambia nada entre nosotros. Sigues siendo una persona relevante para la investigación. —Hizo una breve pausa—. Te estamos vigilando. Asegúrate de no cagarla.