Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo7
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Capítulo7

Los dos hombres intercambiaron un gesto de comprensión y la dejaron sola. Aurora los oía murmurar en la habitación contigua. En un momento dado, el hombre del maletín levantó la voz y las palabras «sospecha» y «custodia» surgieron del murmullo.

Así que habían llegado hasta ese punto. Obtener una solicitud de detención del fiscal adjunto solo era cuestión de minutos; el tiempo de una llamada telefónica.

Aurora esperaba no llegar a eso, aunque ante un asesinato tan sangriento era obvio que los investigadores se aferrarían a la única pista.

Se quedó esperando, trató de disipar la inquietud. Sintió que se le aceleraban los latidos y un resuello repentino le cortó la respiración. Se sentía aplastada, incluso las paredes de la habitación parecían estar cada vez más cerca de ella.

Se tocó la cadena con el pastillero de plata que llevaba al cuello. Estaba vacío, lo sabía. Aunque había decidido dejar la medicación que le estabilizaba el ánimo, aún lo llevaba como una especie de amuleto. Como si el mero hecho de tocarlo pudiera ayudarla a mantener a raya su ansiedad.

Miró en dirección a la puerta, se esforzó por captar otros fragmentos de la discusión, pero el tono se había nivelado a un volumen imperceptible. Esperó con la respiración contenida para asegurarse de que los dos no estuvieran a punto de volver a entrar.

Luego se inclinó hacia la cámara y ajustó la inclinación lo justo para evitar ser encuadrada.

Después activó su teléfono móvil y empezó a desplazarse por las imágenes.

Un par de fotos de la escena eran especialmente nítidas, e hizo zoom en la cara de la víctima.

De ninguna manera, esa cara no le decía nada.

Acercó el zoom a la zona del tatuaje y decidió centrarse en él. Volvió a leer su nombre estilizado, como si fuera un extracto de un códice iluminado.

Sabía que entre los artistas del tatuaje no es raro utilizar caracteres arcaicos, a veces ajenos a la lengua de origen.

Había gente que se tatúa el nombre de su madre o de un ser querido en japonés, o frases de sus canciones favoritas en una bella caligrafía cursiva.

No era una experta en la materia —ella tenía la piel inmaculada, aunque en sus tiempos de instituto una amiga había intentado convencerla por todos los medios de que se hiciera un tatuaje como el suyo—, pero en el pasado había investigado casualmente un salón de tatuajes por un caso de asesinato, y había reunido bastante información al respecto.

Sabía que era una tradición antigua, en boga incluso entre romanos y griegos.

En ciertas culturas tribales, los tatuajes se utilizaban para honrar a un guerrero, intimidar a los adversarios en la batalla o celebrar historias de guerra.

Entre los antiguos sajones, eran una forma de afirmar la pertenencia a un clan, y aún hoy, más allá de las modas y la estética, incluso en la cultura occidental son a menudo una indicación de pertenencia a un grupo, como en las bandas de moteros, por ejemplo, o en ciertos círculos relacionados con la música.

Miró el tatuaje de la víctima durante unos instantes. ¿Podría ser que aquel desconocido anduviera por ahí con su nombre estampado en el pecho?

Al examinarla más de cerca, vio que la tinta era muy oscura, que el tatuaje había sido realizado hacía muy poco.

«Por supuesto», se dijo Aurora. Los tenues halos rojizos alrededor de las letras sugerían que el corazón ya había dejado de bombear sangre en el momento de la ejecución.

Ese tatuaje se había hecho post mortem .

Aurora se comprometió a pedir la opinión del forense de Sparvara, pero no cabía duda, o era un mensaje dirigido directamente a ella, o una manera de meterla en serios problemas con sus colegas de Bolonia, porque de esa manera había sido lanzada al centro de la investigación. Sí, pero ¿por qué?

Esa era la pregunta más difícil de responder. ¿Era acaso un despiste banal?

Aurora volvió a pensar en el tercer grado de De Robertis, buscando alguna información con la que pudiera obtener ventaja.

Entre la medianoche de ayer y las cinco de la madrugada, había dicho, refiriéndose al intervalo de tiempo estimado en que se había cometido el crimen.

Probablemente era de eso de lo que estaba hablando ahora con el forense.

Cinco horas habían sido más que suficientes para matar al hombre, casi seguro en otro lugar, ya que los escasos rastros de sangre en la escena sugerían que el cadáver solo había sido colocado allí más tarde.

Y en cinco horas el asesino había tenido la oportunidad de imprimir el nombre de Aurora en la piel de la víctima mediante una máquina de tatuar común y corriente.

La ejecución era limpia, no había manchas.

Debía de tener una mano firme y un buen conocimiento del procedimiento.

¿Habría utilizado un cómplice para llevarlo a cabo, tal vez un profesional en la materia?

Para saberlo, sería necesario analizar las huellas del suelo, pero se trataba de un lugar público, ¿cuánta gente lo pisaba a diario?

En cualquier caso, Aurora no sería informada de los resultados de las averiguaciones. Los colegas boloñeses nunca compartirían información sobre el caso, no solo por competencia territorial, sino sobre todo porque la sombra de la sospecha se había proyectado sobre ella con esa estratagema.

La puerta se abrió de golpe y Aurora se apresuró a esconder su teléfono móvil. Ambos policías entraron de nuevo en la sala, acompañados por el técnico de antes. Este último se dirigió con paso firme hacia la cámara y empezó a desmontar el equipo de vídeo.

—Su situación es delicada, Scalviati —comenzó De Robertis.

—Dejémonos de juegos y vayamos al grano —protestó Aurora.

De Robertis esbozó una sonrisa.

—No hay necesidad de calentarse. No permanecerá detenida más tiempo. El fiscal adjunto no tiene intención de solicitar la prisión preventiva.

—Eso esperaba.

El hombre de la carpeta le dirigió una mirada envenenada.

—No se equivoque, la vigilaremos. Al parecer, el fiscal considera que en este momento la detención de un policía sería una muy mala publicidad para la prensa.

—Yo más bien creo que en este momento pretende centrar sus recursos en encontrar al verdadero culpable, en lugar de perder el tiempo con teorías descabelladas.

—Bueno, espero que no tenga planeado salir de viaje, porque tendrá que quedarse —dijo De Robertis en un tono calmado mientras ordenaba los papeles en la carpeta.

—Hasta otra, colegas —dijo Aurora al levantarse.

Al salir, se le unió De Robertis, que la cogió del brazo y la retuvo.

—Suéltame —estalló ella, apartándose.

—Vaya, ahora me hablas de tú. ¿Es un intento de establecer contacto emocional?

—Vete a la mierda, De Robertis. Te sientes fuerte con tu traje de ejecutivo, tus educados modales y la placa tras la que te escondes. Que conste en acta también, si te parece.

El otro se rio.

—Mejor así, dejémonos de formalidades. —Dijo, y enseguida se puso serio—. ¿Qué hacías con el móvil? —le preguntó mirándola a los ojos.

—Nada que te concierna.

—Al contrario, si vas a obstruir la investigación.

—¿Quién es la víctima? —preguntó ella a bocajarro.

De Robertis se entretuvo antes de responder.

—Creía que ibas a decírnoslo tú.

—¿Quieres decir que aún no lo habéis identificado?

—No se me permite hablar de ello —dijo el joven inspector jefe mientras se encogía de hombros.

—¡Oh, vamos! Alguien acaba de estampar una diana en mi espalda. Desde luego, no puedo fingir que no me afecta.

—¿Vas a iniciar una investigación privada?

Aurora se mordió el labio inferior.

—No —suspiró—. Pero alguien, capaz de hacer eso, ha escrito mi nombre en el cadáver de un perfecto desconocido. ¿Cómo te sentirías en mi lugar?

—¿De verdad no sabes quién es?

—No me hagas repetirlo. Yo no miento.

De Robertis se acarició la barbilla, pensativo. Era evidente que se debatía entre continuar con la línea dura o compartir la información que poseía, tal vez en un intento de que Aurora bajara la guardia.

—De acuerdo —anunció por fin—. La identificación sigue en curso.

No figura entre las personas desaparecidas recientemente en la zona y sus huellas dactilares no están archivadas en la base de datos nacional.

Hemos enviado un boceto de la víctima a todos los distritos, pero aún no hay coincidencias.

Como suele decirse, ahora mismo andamos a tientas en la oscuridad.

—Mierda.

—Ahora te toca a ti, Scalviati. —Aurora lo miró, interrogante—. He sido sincero contigo —continuó—. Ahora te toca a ti demostrarme que... ¿qué has dicho?... Ah, sí, que tú no mientes.

—En realidad no tengo nada que demostrar —dijo Aurora con una sonrisa desafiante.

—¿Estás segura? Si es cierto que no tienes nada que ver con la víctima, eso significa que tu mente ya ha empezado a especular.

Desde luego no eres de las que se quedan de brazos cruzados, Scalviati.

No ante de una escena del crimen como la que has visto ahí fuera.

Si no, no habrías elegido especializarte en criminología.

—Hizo una pausa—. O no habrías tenido tanta prisa por volver al campo después de lo ocurrido en el antiguo matadero.

—De Robertis habló mirándola a los ojos.

Los suyos brillaban con una luz nueva, a la que Aurora no pudo poner nombre.

¿La estaba provocando? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? ¿Creía que podría sonsacarle algún detalle que la relacionara con la víctima, con las cámaras apagadas? ¿O realmente quería su opinión?

La cuestión es que tenía toda la razón. Porque el único lugar del que Aurora nunca sería capaz de alejarse era la escena de un crimen.

Tras un momento de vacilación, Aurora sintió que su voz vibraba, como si hubiera un mecanismo en su interior que hubiera cobrado vida, independientemente de su propia voluntad.

—¿A qué hora fue encontrado el cadáver? —se sorprendió a sí misma preguntando.

—Esta mañana, unos minutos después de las nueve, nos llamó uno de los conserjes, un señor mayor que caminaba con un bastón. Fue él quien lo encontró.