Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo5
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Capítulo5

—Scalviati.

Quien la llamó era el hombre que estaba hablando antes con el forense.

Tenía la mirada penetrante y el pelo engominado como en uno de esos anuncios de coches deportivos de los años sesenta.

Era lo bastante alto como para sacarle a ella al menos veinte centímetros.

Llevaba un traje elegante y en el bolsillo de la chaqueta había enganchado la placa que lo calificaba como agente de la policía judicial. En la mano llevaba un expediente.

Aurora apartó la mirada de la escena del crimen, aunque tenía la mente abarrotada de preguntas. Deseaba poder aislarse por completo, ignorar a aquel incómodo interlocutor y concentrarse solo en las pistas.

Estaba confusa, alterada. Apenas sentía el suelo bajo sus pies.

Lo que acababa de ver no tenía explicación lógica aparente y la había desestabilizado por completo.

Porque era su nombre el que estaba en el pecho de aquel hombre, brutalmente asesinado y expuesto como un monumento al salvajismo humano.

El hecho de que estuviera dentro de un cementerio hacía que la situación fuera aún más surrealista.

Se aferró al lado racional para no dejarse engullir por la ansiedad.

—Inspector jefe De Robertis, supongo.

—En persona. —A De Robertis le acompañaba un hombre fornido, de rostro rubicundo y porte llamativo—. Este es mi colega, el subcomisario Paolacci.

—Ojalá pudiera decir que ha sido un placer —suspiró Aurora.

—Me doy cuenta de que las circunstancias no son particularmente agradables, pero imagino que no es la primera vez que se enfrenta a una escena del crimen particularmente sangrienta.

Nerviosa, Aurora hizo girar el anillo que llevaba en el pulgar.

—Eso no significa que esté acostumbrada.

—Por supuesto. —De Robertis pareció sopesarla con la mirada durante unos instantes—. Perdone que le haga una pregunta indiscreta. Mi mujer no deja de decirme que soy demasiado directo, pero me temo que es una deformación profesional... —y esbozó una sonrisa que pretendía parecer tranquilizadora.

—Le escucho.

—Sé que cuando estaba en Turín era una de las puntas de lanza de la brigada móvil. ¿Cómo acabó allí, en una aldea remota de la llanura emiliana?

—Veo que ha encontrado tiempo para hurgar en mi pasado —replicó Aurora, irónica.

—Si le soy sincero, eso es lo primero que he hecho en cuanto he visto la inscripción en el pecho del pobre tipo.

«¿Quién demonios es Aurora Scalviati?», me he preguntado.

Y no he sido solo yo, aquí no se habla de otra cosa que de la misteriosa mujer con el nombre tatuado en la víctima de un asesino.

No me imaginaba que fuera una mujer policía.

—Y, sin embargo, aquí estoy.

De Robertis se puso serio.

—Sigo esperando la respuesta a mi pregunta.

Aurora ya se había dado cuenta a primera vista de que De Robertis era un sabueso, aunque enmascarara su temperamento con modales amables.

Decidió, pues, poner buena cara. Por otra parte, ¿cómo podía explicar la presencia de su nombre en la escena de un crimen tan atroz?

A fin de cuentas, no había base para una polémica porque hubiera herido sus sentimientos.

Para ser sincera, esperaba que en cualquier momento el hombre empezara a lanzar acusaciones contra ella.

—¿Cómo acabé en Sparvara? —dijo casi para sí misma—. A veces yo también me lo pregunto. Creo que la respuesta es que las cosas no siempre salen como queremos.

La situación rozaba lo grotesco. Llevaba poco más de cuatro meses en Emilia. No conocía a nadie, salvo a sus compañeros de la comisaría, pero alguien había querido llamar su atención con un gesto tan teatral como inhumano.

—Sin embargo, su historial es muy impresionante.

Ha asistido a seminarios del FBI en Estados Unidos, tiene conocimientos y experiencia en el análisis de escenas del crimen.

Según mis colegas, una mujer policía con sus habilidades debería tener una cualificación mucho más alta que la de subinspectora jefe.

—¿Qué quiere que le diga? No es la primera vez que alguien me lo señala.

De Robertis se quedó pensativo.

—Mire —dijo unos segundos después—. Este no es un crimen como los demás. Y no solo por la violencia sin precedentes con la que se ha llevado a cabo. Esto es un mensaje.

—Sí —observó Aurora con amargura. Un mensaje dirigido a ella personalmente, a pesar de que nada la unía a aquel lugar, ni a la persona que había sido el cadáver que ahora tenía delante.

—Mírelo a la cara —le instó De Robertis.

Aurora se mordió el labio inferior.

—Ya he visto suficiente.

—¿Conoce a este individuo?

—No tengo ni idea de quién es.

De Robertis asintió y caminó con Paolacci en dirección a uno de los agentes.

Aprovechando su falta de atención, Aurora sacó el teléfono móvil del bolsillo del pantalón y lo puso en modo silencioso.

Con cuidado de no llamar la atención, activó la cámara y apuntó el objetivo en dirección al cadáver.

Era consciente de que no podía hacer fotos ya que, con tatuaje o sin él, no tenía ninguna competencia en el caso: al contrario, la presencia de aquella inscripción la ponía en una situación incómoda.

Pulsó el disparador varias veces, con ligeras variaciones en el ángulo, con la esperanza de que entre las muchas fotos hubiera alguna sobre la que pudiera razonar más tarde, cuando regresara a casa. Eso, si el diligente policía y su compañero no decidían detenerla para investigarla.

Todo dependía, ahora, de cómo decidieran afrontarlo. Desde luego, Aurora no esperaba un trato de favor. Después de todo, su historial estaba lejos de ser impecable.

El joven inspector jefe tenía aire de ser un tipo muy meticuloso y ya había demostrado que había preguntado por ella. Pero aún estaba por ver hasta dónde llegaría.

Los ecos del caso del Lobo Feroz de Sparvara hacía tiempo que se habían apagado, pero desde luego no se había olvidado de que Aurora había sido sometida a una detención forzosa, por lo general reservada a los sujetos considerados socialmente peligrosos.

El hecho de que la decisión de encerrarla en una institución psiquiátrica hubiera sido la artimaña de un asesino múltiple para obstruir la investigación ya no importaba.

La habían tratado como a una auténtica lunática y la impresión desde el exterior era que Aurora no era de fiar.

De Robertis volvió con un par de botellitas de agua. Le dio una a Aurora.

—Gracias.

—Ahora, si quiere seguirme... —e hizo ademán de ponerle una mano en la espalda, como para presionarla.

Aurora retrocedió nerviosa, dando un paso atrás.

—No sé qué idea tiene de mí, pero he dicho la verdad. No conozco a ese hombre.

De Robertis extendió los brazos, en un gesto de relajación.

—Eh, tranquila. Solo necesitamos ir a un lugar más tranquilo para hacerle unas preguntas.

—No me diga que mantenga la calma. ¿Cómo cree que me siento después de lo que he visto?

De Robertis se encogió de hombros.

—Creo que sabe muy bien cómo separar las emociones de la lógica.

—A la mierda las emociones. No hay nada lógico en esto.

—No hay necesidad de reaccionar así. Le aseguro que se trata de una pura formalidad. ¿Cómo se comportaría si estuviera en mi lugar?

Aurora bajó la mirada y echó a andar.

—Por aquí —le dijo De Robertis.

—¿A la morgue?

—A falta de algo mejor, me temo que tendremos que conformarnos.

Aunque no le convencían las palabras tranquilizadoras del joven inspector, Aurora le siguió por un largo pasillo, seguida por su otro colega, hasta una estrecha sala contigua a la de los cajones refrigerados donde se guardaban los cadáveres.

Quería llamar a Bruno, contarle lo que pasaba. No importaba que últimamente hubiera fricciones entre ellos. Siempre se habían entendido en los temas que importaban. Solo necesitaba una voz amiga que le dijera que aguantara.

Quién sabe dónde estaría ahora. Se lo imaginaba con su compañera, Elena, durante una velada como tantas otras, tal vez sentados a la mesa, charlando de esto y aquello, cómplices en una rutina diaria de gestos íntimos y pequeñas atenciones de las que ella estaba excluida.

No tenía ni idea de lo equivocada que estaba.