Capítulo3
Las palabras del anciano conserje aún resonaban en la mente de Aurora mientras se dirigía al Séptimo Claustro. Fuera lo que fuese lo que pretendía decir, había conseguido inquietarla aún más, como si la inesperada convocatoria del inspector jefe De Robertis no fuera ya suficiente.
En cuanto pasó las columnas que marcaban la entrada, se encontró frente a una zona vallada con cinta de contención, custodiada por un par de agentes uniformados.
En el interior de la zona de seguridad había un enjambre de trajes blancos de forense que se dedicaban a inspeccionar.
Lo que estaban analizando, sin embargo, seguía sin estar claro por el momento.
Aurora no tenía una buena vista del lugar, ya que los numerosos monumentos funerarios obstruían su visión.
Pero había algo que se elevaba por encima de las estatuas, sobre las que brillaban dos focos con mucha intensidad.
Pudo reconocer las alas extendidas de un ángel que levantaba un dedo hacia el cielo como señalando el camino hacia la redención.
Pero había algo que no encajaba en aquella escultura.
Algo que Aurora era incapaz de definir en ese momento.
Era como si hubiera dos ángeles, uno frente al otro.
Y en uno de ellos no había nada tranquilizador.
En un lugar apartado, el forense mantenía una animada discusión con un hombre alto que vestía un traje oscuro.
Aurora se acercó a la zona demarcada, atrayendo la atención de uno de los agentes.
—Subinspectora Aurora Scalviati, de la comisaría de Sparvara —se presentó.
El agente abrió mucho los ojos y balbuceó algo incomprensible. Su mirada vagó unos instantes, como si buscara a alguien.
Aurora se quedó de piedra. El mero hecho de que se hubiera presentado parecía haberle puesto de los nervios.
—Tengo que hablar con el inspector jefe De Robertis —añadió, puntuando sus palabras.
—Sí, por supuesto, yo...
Se acercó un hombre de unos cuarenta años con el pelo negro, un fino bigote que recordaba a un caballero pasado de moda y un par de gafas graduadas de montura azul.
Llevaba al cuello una cadena con una insignia y vestía un abrigo de color claro.
La primavera estaba a la vuelta de la esquina, pero durante la noche las temperaturas bajaban bastante.
—Yo me ocupo —le dijo al agente. Luego tendió la mano a Aurora—. Comisario Calzolari. Encantado de conocerla por fin.
Aurora arrugó la frente, desconcertada.
—¿Qué quiere decir con «por fin»?
Calzolari sonrió, enigmático.
—¿Acaba de llegar?
—He venido lo más rápido que he podido, pero las carreteras de la Baja son lo que son.
—Por supuesto —murmuró Calzolari, casi hablando consigo mismo—.
Escúcheme. Tengo que volver a comisaría enseguida, pero la dejo en buenas manos.
El fiscal adjunto Gandolfi ya se ha marchado, pero el inspector jefe De Robertis y el subcomisario Paolacci saben lo que hacen.
—Hizo una pausa, en la que miró a los numerosos agentes de la ley presentes a su alrededor—.
Ah, mire, De Robertis es el del traje, el que está hablando con el forense.
Él le dirá... hum... cómo están las cosas.
—Disculpe, comisario, pero antes de marcharse ¿podría explicarme en dos palabras el motivo de mi presencia?
—Ha habido un asesinato, como bien puede imaginar. Pero, por favor, eche un vistazo usted misma. —Dio un paso en dirección a la salida—. Hasta luego, Scalviati.
Aurora estaba algo confusa. Allí parecían saberlo todo sobre ella.
Asintió al joven policía de guardia y pasó por debajo de la cinta de contención.
Con cuidado de no pisar ninguno de los puntos de interés forense, se acercó a la zona central.
Pero nada podría haberla preparado para lo que allí se esperaba.