Observador oscuro (Aurora Scalviati 2) Capítulo2 #2
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Capítulo2 #2

Su mentor había sido Isaak Stoner, un antiguo agente especial del FBI a cuyos seminarios había asistido en la sede del Bureau en Quantico, Virginia. Gracias a él, había aprendido a detectar elementos clave que incluso sus colegas forenses pasaban por alto.

Tenía que saber más, pero resistió la tentación de someter a un tercer grado a un par de paramédicos que charlaban sentados en la trasera de una ambulancia, y caminó con confianza hacia unos agentes uniformados que vigilaban la entrada.

Les rodeaba un nutrido grupo de periodistas, algunos con cámaras, pero la mayoría con tabletas en las que no paraban de teclear.

Algunos hablaban animadamente por teléfono móvil.

Otros estaban sentados en la acera y, con sus ordenadores portátiles, componían su artículo, probablemente con vistas a publicarlo en tiempo real en los portales en línea de los periódicos.

—Subinspectora Scalviati —dijo, mostrando su placa—. Necesito hablar con el inspector jefe De Robertis.

Uno de los policías le indicó que continuara por el camino de entrada al edificio.

—Lo encontrará en el Séptimo Claustro, más allá de la galería de los Ángeles.

—¿Perdón?

—Todo recto, subinspectora. Después de la iglesia, a la izquierda.

Aunque no muy convencida de haber entendido las indicaciones, Aurora caminó en la dirección que le había indicado el agente.

Su conocimiento del lugar se limitaba a unas pocas notas históricas.

Sabía que la Cartuja se había construido a principios del siglo xix, en unos terrenos ocupados por un antiguo convento de monjes cartujos, extramuros.

Era uno de los cementerios monumentales más antiguos de Europa, solo superado por el de Père Lachaise, en París.

Antes, los difuntos eran enterrados en el cementerio de su parroquia, lo que causaba bastantes problemas de salud pública.

Más allá del portal de entrada, se encontró en el interior de un patio porticado. Orientado por la torre de la iglesia, entró en un pasadizo a la izquierda. Recorrió una serie de pasillos y salió al interior de lo que debió de ser un claustro.

Se respiraba un ambiente de quietud, en marcado contraste con el bullicio y el caos del exterior. Incluso el aire parecía más enrarecido. En el espacio verde central, había numerosos monumentos funerarios, algunos de ellos fascinantes.

Aurora se quedó embelesada contemplando la estatua de una muchacha melancólica de rasgos suaves y mirada velada, sus ropas como movidas por un viento eterno y su piel de piedra acariciada por el brillo de la luna.

Las fechas de la lápida, bajo un poema de amor, eran muy cercanas. La vida de aquella muchacha, que se llamaba Adelina, se había consumido en el espacio de apenas veintinueve años. La misma edad que Aurora. Ella habría cumplido treinta este año, pero aún faltaba mucho para septiembre.

Quién sabe qué había sido de aquella joven, quién sabe cuáles habían sido sus aspiraciones, antes de que una muerte prematura se las llevara por delante.

Aurora miró la estatua y pensó que alguien que la quería mucho había querido rendirle homenaje, consignando su recuerdo a una especie de eternidad.

No pudo evitar reflexionar sobre el hecho de que estaba sola en el mundo. Hubo un tiempo en que creyó que lo tenía todo. Pero luego lo había perdido, en el espacio de una sola noche.

—Es preciosa, ¿verdad?

Aurora casi dio un respingo al oír la voz a su lado. Era un anciano bien vestido, con el pelo blanco perfectamente peinado hacia atrás y un inusual bastón con un pomo en forma de cabeza de perro.

La pregunta la pilló desprevenida y se limitó a balbucear algo parecido a un asentimiento.

—Mire a su alrededor, señorita —continuó—. ¿Alguna vez pensó que encontraría tanta belleza en un cementerio?

—Confieso que me siento un poco perdida.

El hombre levantó la mano con un gesto ampuloso para dar solemnidad a sus palabras.

—Hace casi dos siglos, comenzó una feroz competición entre las familias más influyentes de la ciudad para crear monumentos funerarios para sus seres queridos.

Se contrataba a los mejores artistas de la época y, a pesar de la crisis económica de la Italia posterior a la unificación, tenían suficiente para vivir.

Los días de los grandes encargos para la decoración de basílicas y catedrales habían quedado atrás, porque, como ve, ni siquiera a la Iglesia le iba tan bien en aquella época.

—No tenía ni idea.

—Ni siquiera los mecenas, creo, pensaron que estaban contribuyendo a un auténtico museo al aire libre.

—Y usted, ¿cómo sabe todo eso?

—Se podría decir que vivo aquí. Todo un disparate, ¿no? Vivir en la ciudad de los muertos. —Bajó la mirada un momento—. Soy un simple conserje, pero a veces tengo la impresión de que estas estatuas tienen más que decir que los habitantes de la ciudad de los vivos.

Aurora se recolocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Le doy las gracias por esa hermosa reflexión, señor...

—Bentivogli, a su servicio —e hizo una reverencia.

—Mucho gusto. Subinspectora Scalviati. Pero, verá, el caso es que creo que me he perdido. Esto parece un laberinto. Debo reunirme con mis colegas en el Séptimo Claustro, más allá de la Galería de los Ángeles, pero no tengo ni idea de dónde está y seguro que llego tarde.

—Por supuesto, no la entretengo más, subinspectora Scalviati —dijo Bentivogli con un deje de deferencia. Señaló un porche que se abría al fondo de la zona—. Ya casi ha llegado. Siga en esa dirección y encontrará a sus colegas.

—Gracias —dijo Aurora.

Bentivogli la miró por última vez.

—Parece una buena persona. No como algunos, que no respetan a los que descansan entre estos muros. Pero recuerde, hay diferentes tipos de ángeles, y algunos no tienen nada de celestiales. —Hizo una breve pausa—. El que encontrará allí es el ángel de la muerte.

—Lo recordaré —replicó Aurora, algo incómoda.

Se puso en marcha a paso ligero, con la clara sensación de que lo que le esperaba más allá de aquel pasadizo no sería de su agrado.

Cuando avanzaba, se le unió la voz de Bentivogli.

—No se debe perturbar el sueño de los muertos. —El tono era el de una apelación, más que el de una amenaza—. Dígaselo a sus colegas.