Capítulo2
Tres horas antes
La llamada pilló desprevenida a Aurora. Acababa de llegar a casa y lo único que necesitaba era una ducha caliente para quitarse de encima el cansancio.
La pantalla del móvil mostró un número desconocido.
—Scalviati —dijo, pulsando el botón verde.
—Soy el inspector jefe De Robertis, de la Jefatura de Policía de Bolonia. Acabo de llamar a su comisaría. Me han dicho que no estaba y me han dado este número.
—Buenas noches, Inspector. ¿A qué debo el placer?
—Es un tema un poco delicado. Preferiría hablarlo en persona. ¿Cree que podría acompañarme al Cementerio Monumental de la Cartuja?
—¿Al cementerio? ¿Es una broma?
—Al contrario. Hablo muy en serio.
—No sé qué le habrán dicho en comisaría, pero yo diría que se equivoca de persona.
—Le aseguro, Scalviati, que sabemos exactamente quién es usted.
¿Era una impresión o esa frase había sonado amenazadora?
—Acabo de salir de trabajar y estoy agotada. ¿Podemos dejarlo para mañana por la mañana?
—Yo diría que no —fue la respuesta. Antes de que Aurora pudiera poner objeciones, añadió—: ¿Sabe cómo llegar?
Siguió una larga pausa. Aurora miró a su alrededor, como si buscara una escapatoria a aquella molestia inesperada. Se tardaba casi una hora en llegar a Bolonia, y lo último que quería ahora era ponerse en camino.
—Utilizaré el navegador —suspiró, dando por finalizada la llamada.
Mientras conducía, no podía dejar de pensar en las palabras del inspector De Robertis. No es que hubiera sido grosero, pero su tono le había parecido presuntuoso, cuando no inquisitorial. Era como si se dirigiera a la sospechosa de un crimen, en lugar de a una colega de otro distrito.
Dadas las premisas, desde luego no esperaba una petición de consejo.
Hacía mucho tiempo que nadie aprovechaba sus habilidades.
Al fin y al cabo, sus estudios la convertían en un recurso excepcional.
Había sido la mejor de su promoción en Criminología y, durante su servicio en la unidad móvil de Turín, se había especializado en la elaboración de perfiles.
En aquella época, era habitual que los colegas le pidieran ayuda para elaborar un perfil psicológico-conductual de un sujeto no identificado (normalmente abreviado como sujeto NN) a partir de los delitos que había cometido.
El perfil ayudaba a estrechar el círculo de sospechosos, o al menos a proporcionar pistas sobre dónde centrar la búsqueda.
Un caso en particular fue emblemático, aquel que la prensa bautizó como «el asesino del confesionario».
Su manera de atraer a las víctimas, en su mayoría mujeres casadas de mediana edad, consistía en colarse en el confesionario de una iglesia de los suburbios fuera de las horas punta, haciéndose pasar por sacerdote.
Tras oír la confesión de la víctima elegida, la aturdía y la arrastraba a un lugar apartado, para después violarla y matarla, casi siempre por estrangulamiento.
Al principio, la investigación se centró en un voluntario de los servicios sociales porque tenía antecedentes de violencia doméstica.
Entre los sospechosos figuraban también la expareja de una de las mujeres asesinadas y el propietario de la funeraria que había organizado los funerales en dos de las parroquias implicadas.
Sin embargo, cuando las pruebas de ADN desmontaron el castillo de acusaciones, Aurora se vio implicada.
Tras analizar el modus operandi , la joven policía llegó a la conclusión de que se trataba de una persona que había sufrido abusos sexuales en la infancia por parte de un religioso.
Según su perfil, el sujeto padecía una forma de psicosis relacionada con los traumas infantiles, tenía menos de 40 años, carecía de empleo estable, nunca había conocido a su padre y aún vivía con su madre.
Esta última debía de ser empleada de una parroquia o representante del clero, lo que explica la familiaridad del asesino con los edificios religiosos, conocimientos que le permitieron cubrir fácilmente sus huellas.
La capacidad de camuflarse entre la gente corriente es típica de los psicópatas, hasta el punto de parecer miembros casi invisibles de la sociedad.
Según Aurora, el sujeto culpaba a su madre de no haber conocido nunca a su padre, que habría podido protegerle de los abusos de los que era objeto. El impulso homicida procedía, pues, de un deseo de castigarla, recordando los abusos sufridos en la infancia.
Aunque parecía elegir sus presas al azar, Aurora estaba convencida de que el asesino conocía a su primera víctima.
Precisamente esta intuición había sido crucial para la investigación.
En efecto, unos años antes, la víctima había rechazado las insinuaciones del hijo de una mujer que trabajaba al servicio de un prelado.
En el momento de la detención, el hombre no opuso resistencia. Había sonreído, mostrando una expresión vagamente petulante, como si hubiera alimentado durante mucho tiempo el deseo de ser descubierto y dejar que el mundo supiera de lo que era capaz. Al recordarlo, Aurora aún sentía escalofríos.
Sin embargo, los ecos del pasado eran como recuerdos de otra vida.
Habían pasado más de dos años desde el tiroteo en el que había muerto su superior, el inspector jefe Flavio Anversa, que también había sido su compañero.
Había ocurrido durante una operación para atrapar a un grupo de violadores en serie, y le había dejado un fragmento de bala en la cabeza, demasiado peligroso para que los cirujanos pudieran extraerlo.
Desde entonces, Aurora no había vuelto a ser la misma.
Ninguno de los psiquiatras que la habían tratado durante la rehabilitación pudo predecir los efectos a largo plazo de aquel fragmento de bala. Le diagnosticaron trastorno bipolar.
Tuvo que acostumbrarse a frecuentes migrañas, cambios de humor, depresión, estados de ansiedad y ataques de pánico, e incluso alucinaciones.
A veces, las voces en su cabeza eran tan claras que resultaban indistinguibles de la realidad.
Solo gracias a meses de tratamiento y a una gran tenacidad pudo recuperarse y ser readmitida en el servicio operativo.
Pero poco antes de su traslado a Sparvara, en la región de la Baja Emilia, las convulsiones habían vuelto.
Así, se había visto obligada a mentir sobre su estado y a luchar sola contra los fantasmas de su mente.
Lo cierto era que no podía imaginar otra vida que no fuera la de policía.
Sabía que aún podía contribuir. Se lo debía a Flavio, se lo debía a la joven y brillante Aurora de antaño.
Por supuesto, no podía reescribir el pasado, pero, después de que su carrera se viera tan comprometida, un traslado a otra ciudad podría haber sido una oportunidad para empezar de nuevo, si su reputación no la hubiera precedido.
No había sido fácil instalarse en una nueva comisaría, sobre todo cuando nadie, ni colegas ni superiores, había estado dispuesto a tomarla en serio.
Con una excepción: el Superintendente Bruno Colasanti.
Bruno había sido el único en no tratarla como a una extraterrestre y el primero en confiar en ella.
A pesar de ser un subordinado, en cierto modo la había protegido y animado cuando todo parecía ir mal.
Y aunque había intentado evitarlo por todos los medios, entre ellos surgió algo más.
Sin embargo, Aurora prefirió cortar la relación de raíz.
¿Había sido egoísmo o miedo? Se dijo a sí misma que lo había hecho por Elena, la compañera de Bruno. No quería ser el motivo de su ruptura.
La verdad era que no estaba preparada para relacionarse con alguien de su entorno laboral, el recuerdo de lo que había pasado con Flavio aún la atormentaba.
Tal vez por ello, durante algún tiempo Bruno había levantado una barrera entre ambos.
Trabajaban a pocos metros de distancia en la comisaría y, sin embargo, durante semanas apenas le había dirigido la palabra, y cuando ella intentaba dialogar, él respondía con monosílabos y esquivaba su mirada. Al final, quizá fuera lo mejor.
La voz del navegador la sacó de sus pensamientos.
Faltaba poco menos de un kilómetro para llegar al destino, pero, incluso desde esa distancia, Aurora pudo ver una serie de luces azules intermitentes que brillaban a través del follaje de los árboles que protegían el aparcamiento.
A juzgar por el despliegue de fuerzas de seguridad pública y de emergencias, debía de haber ocurrido algo muy grave.
Volvió a preguntarse por qué habría llamado el inspector jefe De Robertis. Si se trataba de la escena de un crimen, ¿qué tenía que ver con ella en una ciudad donde no tenía jurisdicción territorial?
A medida que se acercaba, se dio cuenta de que la zona estaba increíblemente abarrotada.
Además de coches patrulla y ambulancias, el aparcamiento estaba ocupado por numerosos vehículos particulares, como si se estuviera celebrando el funeral de una celebridad, lo cual era cuanto menos absurdo dada la hora del día.
Una pequeña multitud distribuida por la zona hacía que el aparcamiento fuera prácticamente intransitable.
Aurora tuvo que conducir con extrema precaución, ya que los transeúntes parecían bastante descuidados, y al final tuvo que resignarse a dejar el coche frente a un parterre junto a un camión de bomberos.
Se sentía invadida por una cierta impaciencia.
Las escenas del crimen siempre habían ejercido una fascinación magnética sobre ella, pero no por la razón por la que solían atraer a los curiosos, que se precipitaban a una escena sangrienta por el placer de lo macabro.
Para Aurora era un reto descifrar los detalles que delataban el modus operandi de un criminal, y enseguida buscaba pistas que pudieran conducir a una identificación o, al menos, proporcionar la base para construir un perfil.