Capítulo 33
Jean Paul
Tenía el teléfono boca abajo porque ya estaba harto de recibir mensajes de Samantha.
Lo había intentado todo; empezó enviando unos diciendo que me amaba, que no podía abandonarla así, que no encontraría a nadie que me quisiera como ella…
La segunda fase fue un poquito más fuerte, con frases como «te vas a arrepentir», «esto no va a quedar así» y demás.
Y ya, la última, y con la que llevaba un par de días, era de amenazas. Que me iba a hacer la vida imposible, que iría a la prensa y le diría que la había utilizado; me llegó a decir que le diría a todo el mundo que la había amenazado con quitarle el bebé.
Por eso, cuando vibró varias veces, no le hice caso y seguí tomándome esa cerveza que tenía entre mis manos, tranquilamente, mientras que disfrutaba de las vistas que tenía desde mi terraza.
Llegó un momento en el que no paraba, y lo cogí con la clara intención de decirle que me dejara en paz y que todo lo que estaba escribiendo ya estaba en manos de mi abogado.
El acoso era de tal magnitud que hasta había venido a buscarme a la empresa. Por supuesto, no la dejaron pasar, pues ya el personal de seguridad estaba advertido y montó el pollo correspondiente.
Al coger el móvil me quedé en blanco, porque los mensajes no eran de Samantha, bueno, no eran solo de ella. Había un montón de ellos en el grupo de la familia, y en el que incluimos a Tina en cuanto que llegó a París, incluso antes de que tuviéramos nada.
Nos citaba a todos en su casa el viernes por la tarde para contarnos algo. Primero preguntaban si le ocurría algo, pero ella no contestó a ninguno. Finalmente, todos confirmaron su asistencia.
Me moría de ganas de ir, sobre todo cuando ella misma había dicho que la invitación se hacía extensiva para todos los miembros del grupo, pero no sabía si lo había dicho por compromiso o no.
Tendría que pensarlo muy bien, porque no quería sentirme incómodo yo ni hacerla sentir incómoda a ella.
Justo cuando estaba pensando en ello, sonó el timbre de mi puerta. No sabía quién podía ser porque mis padres, desde aquel día, me enviaban la cena con mi hermana, y no me habían vuelto a hablar.
Cuando abrí la puerta, me encontré con mi abogado, que llevaba con el tema del apartado de correos desde entonces.
—Tengo noticias y son muy buenas.
—Dime que sabes a nombre de quién estaba ese apartado de correos.
—Por supuesto que lo sé, además, tengo las imágenes de la persona que recogió el cheque.
Las rodillas me flaquearon, y no tuve más remedio que ponerme en cuclillas en el suelo, pues me faltaba hasta el aire.
—¿Estás preparado para saber la verdad?
—No, no lo estoy, pero necesito saberlo antes que nadie.
—Está bien, pero llama a tu hermana; ella también debería de estar delante.
—¿A mi hermana? ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver ella en esto?
—Por favor, no me hagas contarte nada antes de que veáis las imágenes.
—Vale, vuelvo enseguida.
Bajé al piso de mi hermana, que me abrió de inmediato, con un pijama de verano y una toalla enrollada en la cabeza, como si hubiera salido de la ducha en ese momento.
—¿Estás sola?
—Sí, Alain no ha vuelto todavía.
—Bien, pues péinate y sube conmigo a mi casa, que nos espera mi abogado.
—¿Y qué pinto yo allí?
—No lo sé, pero me ha dicho que subas, por favor.
Mi hermana no me cuestionó nada más, se quitó la toalla, se puso otra ropa, pues decía que le daba vergüenza subir en pijama y se peinó.
No tardamos ni cinco minutos en entrar de nuevo por la puerta de mi casa, donde Michel, mi abogado, nos esperaba con el portátil encima de la mesa y encendido.
—Os adelanto que las imágenes que vais a ver son muy jodidas.
—¿Qué se ve en ellas? —preguntó mi hermana.
—No os voy a decir nada más que una cosa. El apartado de correos estaba a nombre de Alain Penaut. El resto, tendréis que verlo.
—¡Qué hija de puta! Ha querido meter a mi chico en todo esto. No se puede ser más mala que ella, de verdad.
—Jade, no adelantes acontecimientos, por favor, porque lo mismo, y te tienes que tragar tus propias palabras.
Cuando Michel le dio al botón del ordenador, nos quedamos completamente sin palabras.
Lo primero que se vio fue el vídeo de la oficina de correos en la que se encontraba el apartado de correos, y que era la que estaba en la misma calle de la oficina.
La persona que recogía el cheque al portador era Samantha, y no nos cogió por sorpresa, lo que sí lo hizo fue la persona que la estaba esperando fuera, y con la que se besó apasionadamente.
—Después de ver esto, he contratado a un detective privado para que los siguiera, a ambos.
—No me lo puedo creer… Ese cabrón ha estado durmiendo conmigo, besándome, ayudándome a ponerle una trampa, cuando estaba liado con ella.
—Eso no es todo, seguid mirando, por favor.
Le dio al vídeo para que continuara, y lo que vimos nos dejó todavía más sorprendidos que antes.
Por lo que pudimos comprobar, la relación venía de mucho tiempo atrás, y ese hijo que Samantha estaba esperando era fruto de esa relación, al juzgar por todo lo que estábamos viendo.
Fue Alain el que robó los diseños y el que planeó todo con ella, para que su persona no fuera sospechosa.
Cuando se enteró de la noticia del embarazo, primero se quiso desentender; después, la convenció para que fuera ella la que la vendiera y recogiera el cheque, pero no la ingresó en la cuenta de ella.
—¿Dónde está ese dinero que cobraron por la venta de la colección?
—En una cuenta en el extranjero a nombre de Alain. Hemos descubierto que la convenció para que lo hicieran así, argumentando que a él no lo investigarían.
—No se puede ser más cabrón, y seguro que ahora viene y me da un beso, como si nada.
—Le dijo que, en cuanto consiguiera casarse contigo o llegara al estrellato gracias a los diseños de la señorita Durán, estarían juntos para toda la vida.
—Claro, y mientras, me convencía a mí de que el hijo era mío, para que los mantuviera a los dos.
—Pues sí, lo tenían todo pensado, amigo.
—Ahora mismo pienso bajar a decirle cuatro cosas a ese cabronazo que tengo, o bueno, tenía por novio.
—No, tienes que aguantar hasta mañana.
—¿Hasta mañana, para qué?
—Pues muy sencillo, vamos a hacerles creer que no sabemos nada y, como estamos todos citados en casa de Tina, desvelaremos todo.
—Si hacemos eso, le daremos la oportunidad de escapar.
—No, porque ya está todo en manos de la policía —dijo Michel.
—Tendremos que avisarles de nuestro plan.
—Sí, no te preocupes, que ahora mismo llamo yo a mi amigo.
Mi hermana tenía que estar destrozada por todo lo que había sucedido, pero estaba ahí, aguantando el tirón, y, encima, le había pedido que durmiera una noche más con su enemigo.
—Jade…
—No, no digas nada, por favor.
—Sí que tengo que decirlo. Porque te estoy pidiendo mucho, lo sé, pero creo que es lo justo para Tina que lo desenmascaremos a los dos en ese momento.
—Tengo una idea…
—Dime, ¿de qué se trata?
—Sé que Tina me va a matar, pero… ¿por qué no invitas a Samantha a la barbacoa?
—No creo que sea lo apropiado.
—Sí que lo es, porque podremos enfrentarlos a los dos a la vez.
—Jade tiene razón, de escándalo coger a los dos juntos, y que no puedan echarse la culpa uno al otro.
—Está bien, pero advierte a Tina; no quiero que piense lo que no es. Yo llamaré a Samantha ahora, a ver qué me invento.
Mi hermana sacó su teléfono y marcó a Tina, pero no le contestó. Yo, por el contrario, tuve la mala suerte de que me lo cogiera a la primera.
—Jean Paul, menos mal que me llamas, tengo una angustia que no puedo ni respirar…—Samantha, te llamaba para invitarte mañana a una barbacoa familiar.
—¿Me lo dices en serio?
—Claro, al fin y al cabo, eres la madre de mi hijo y, aunque no estemos juntos, tendrás que estar presente, porque no pienso apartar al niño de ti, al menos en las fiestas importantes.
—Gracias, mi amor, te prometo que no te defraudaré.
—Te recogeré a las siete en tu casa.
—Estaré lista, no lo dudes.
Colgué ante la atenta mirada de Jade y de Michel. Mi hermana me miró con una sonrisa, pero en sus ojos no había el brillo que tenía antes de entrar en mi casa, y me dolió mucho por ella.
—Deseadme suerte. Creo que me voy a inventar que tengo trabajo pendiente para dormir en el sofá.
—Mucho mejor, dile que te he llamado yo para revisar una cosa, que no te espere despierto y duermes en mi casa.
—Gracias, Jean Paul, porque no descartaba que le diera una patada en los huevos simulando que estaba dormida.
Los tres soltamos una carcajada que resonó en el salón, y era la primera que me salía de verdad desde hacía mucho tiempo.