Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 32
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Capítulo 32

Tina

Habían pasado ya dos semanas desde que volvimos de la boda de mi hermano, y no, no me había bajado la regla.

El tema de la comida seguía igual, aparte de la manía que le había cogido al café.

No había vomitado ni sentía ningún síntoma de los que se suponía que tenía que sentir, tan solo eso, y por ese motivo no había acudido al médico todavía. Pero ese día, en cuanto que Valeria volvió del hospital, se encerró conmigo en el baño.

—De aquí no salimos hasta que no te hagas la prueba.

—¿Qué dices, loca? Desde ya te digo que has tirado el dinero, porque no estoy embarazada.

—Claro, tú no estás embarazada y yo no estoy loca por mi jefe, no te jode.

—¿Te gusta Jules?

—¿A quién no le gustaría un hombre así? Tendría que estar ciega para que no me gustara, pero eso lo hablamos después; ahora toca hacer pis en el palito.

—Desde luego, hija mía, qué cansina eres cuando te da la gana.

Lo hice, pero más por callarle la boca que por otra cosa. Mientras tanto, le conté lo que Alain me había comentado por la mañana.

Al parecer, Samantha se había descubierto por sí sola y Jean Paul la había despedido. Estaba detrás de averiguar si también era ella la que había vendido la colección.

—¿Te ha preguntado si quieres volver a la empresa?

—Para nada, porque no pienso hacerlo.

—Ni siquiera va a venir a hablar contigo ni a darte una explicación de todo.

—No, pero tampoco es que lo necesite, la verdad.

Miré de reojo el palito de la prueba y casi me caí de espaldas. Se veían las dos rayitas rojas como si las hubiera pintado con un rotulador indeleble.

—Hala, la que no estaba embarazada.

—Joder, ¿qué voy a hacer ahora?

—Cuidarte y tenerlo, que no le faltará ni cariño ni nada material.

—¿Se lo tengo que decir a su padre y a su familia?

—Hombre, sería lo lógico, pero no te voy a decir yo lo que tienes que hacer.

En ese momento, entró Alain para decir que se iba y, cuando me vio la cara, se acercó, preocupado.

—¿Qué te pasa, Tina?

—Estoy embarazada —y lo solté sin pensar a quién se lo estaba diciendo.

—¡No me jodas! No sé si darte la enhorabuena o el pésame, tú me dices.

—Lo que te voy a decir es que no le digas nada a nadie, ni siquiera a Jade, ¿entendido?

—A Jade no puedo mentirle, Tina.

—No es una mentira porque ella no lo sabe.

—Eso es algo que no se puede ocultar. En un par de meses, saldrá todo a la luz y quedaré como un mentiroso, porque lo primero que hará será preguntarme si yo lo sabía.

—Está bien, pero no digas nada del padre. Si te pregunta, le dices que yo no lo sé.

—Te piensas que ella es tonta, Tina —me dijo Valeria, negando con la cabeza.

—Me da igual, será su palabra contra la mía.

—Está bien, mira, hagamos una cosa. Este fin de semana hacemos una barbacoa con todos, les das la noticia y ya ellos que pregunten lo que quieran —dijo Alain.

—No es mala idea. El franchuti piensa de vez en cuando…

No sé por qué, pero la primera persona en la que pensé fue Carla y en lo que me dijo el día de su boda.

Lo primero que haría sería llamarla en cuanto me quedara a solas, pero ni siquiera me dio tiempo a pensarlo cuando mi teléfono sonó y era ella.

—Dime que no te ha pasado nada —me dijo mi hermano.

—No. ¿Por qué lo preguntas?

—Carla estaba sentada en el sofá y ha dado un respingo. Me ha dicho: «Llama a tu hermana porque he soñado con ella y ya sabes lo que eso significa».

Mi cuñada tenía como un sexto sentido para las cosas y llegaba a saberlas antes incluso de que pasaran.

—Bueno, lo mismo y es que tenía que hablar con ella. ¿Me la pasas?

—Tengo el altavoz puesto, así que puedes hablar todo lo que quieras, porque te está oyendo.

—Sí, cariño, estoy aquí —me dijo ella.

Cogí aire porque no sabía cómo le iba a sentar a mi hermano la noticia, pero, al fin y al cabo, era mi vida y él no tenía que opinar nada.

—¿Recuerdas aquella conversación que tuvimos el día antes de tu boda?

—A la perfección.

—Pues estabas en lo cierto, tenías más razón que un santo.

Escuché a mi cuñada gritar y saltar, y a mi hermano preguntar qué era lo que estaba sucediendo.

—O me dices qué está pasando, o mañana mismo me planto en París y no me muevo hasta que no me lo cuentes.

—Bueno, si me dices eso, lo mismo me callo y no te lo cuento, así te vería antes.

—En cuanto que tengamos un hueco, te prometo que iremos a verte, pero no me dejes con la incertidumbre, por favor, te lo pido.

—Alvarito, vas a ser tío.

—¿Cómo? ¿Me estás insinuando qué…?

—No estoy insinuando, te lo estoy afirmando, hermanito.

Mi hermano empezó a llorar y me partió el alma no poder estar allí con él, para que me refugiara en sus brazos, como cuando era pequeña.

—Esta noticia no se les puede dar a unos abuelos por teléfono; voy a preparar todo para ir este fin de semana. ¿Te viene bien?

—Todo lo que tenga que ver con mi familia me viene bien, hermano, eso no tienes ni que preguntarlo.

—Entonces, mañana por la tarde estamos allí, pero no tienes que venir a buscarnos, que ya cogemos nosotros un taxi.

—Ni pensarlo, chaval, así tenga que alquilar un autobús para que cupiéramos todos.

Toda la sensación de incertidumbre que me invadió cuando vi las dos rayitas en la prueba de embarazo se había diluido después de hablar con mi hermano y con mi cuñada.

Ese niño sería mi alegría; no lo voy a discutir con nadie, estuviera su padre o no presente en su vida.

Tenía claro que no lo iba a obligar. Se lo diría, sí, porque mi hijo tenía derecho a tener un padre y, si no quería estar en su día a día, que no me pudiera echar la culpa a mí de que yo no lo informé.

Por eso, no lo dudé ni un instante y envié un mensaje en el grupo de WhatsApp que teníamos y en el que él también estaba.

Quería que estuviera presente cuando diera la noticia a todos, y que hiciera lo que quisiera después de eso.

Tina: Me gustaría que vinierais todos el viernes por la noche a mi casa y, cuando digo todos, me refiero a todos los integrantes de este grupo, aunque no pienso obligar a nadie a hacerlo. Tengo algo importante que contaros.

Después de eso, un aluvión de mensajes llegó a mi teléfono, uno tras otro, primero preguntando lo que me ocurría, y luego, confirmando su asistencia.

Todos, excepto él, que lo ignoró por completo. Algo se me retorció por dentro, pero, tal y como había dicho en el mensaje, no iba a obligar a nadie.

—Si te preguntan, tú no digas nada del motivo de la reunión, o no tendrá gracia —le advertí a Alain.

—Tenemos que comprar todo para dar la noticia; además, dentro de una hora tienes cita con el ginecólogo, pues te has comido todo el primer trimestre, chata.

—¿Eso qué significa? ¿Le pasará algo a mi bebé?

—No, bonita, pero la matrona tendrá que hacer malabares para cuadrar todas las analíticas y demás que necesitas.

—Me visto y nos vamos.

Que me dijera que me había saltado el primer trimestre del embarazo me acojonó sobremanera, porque si a mi hijo le había pasado algo por mi culpa, me moriría de miedo.

Era cierto que algo me decía que me cuidara un poquito más de la cuenta, y dejé de beber alcohol.  Tampoco es que tuviera yo una adicción y me bebiera dos botellas todos los días, pero una copita de vino comiendo o una cervecita cuando salíamos, sí que me tomaba.

Valeria no se había cambiado de ropa, así que estaba lista y solo me estaba esperando a mí.

Me vestí como las balas y bajé las escaleras como si hubiera fuego. Para mí, unos minutos más o menos iban a suplir los tres meses que me había saltado, pero bueno, las personas somos así, ¿qué le vamos a hacer?

—Ya estoy lista.

—Pues venga, que os llevo yo al hospital —nos dijo Alain, que traía su coche.

Todavía no había ido a mirar ninguno, porque como no me tenía que mover de casa para ir a trabajar, y a Valeria la recogía y la traía Jules, pues tampoco había tenido necesidad.

Eso sí, en este estado, mañana mismo iría a mirar uno, que fuera seguro y familiar, porque mi bebé estaba por encima del dinero y de todo lo demás.