Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 31
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Capítulo 31

Jean Paul

Nos sentamos en una de las mesas que se encontraban apartadas en la cafetería del hotel, unas de las que estaban detrás del biombo y que se utilizaban para temas de negocios, preservadas del resto de comensales.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Corrado, te voy a preguntar algo y quiero que seas completamente sincero. Te prometo que no tomaré medidas; se quedará como algo aislado, pero mi vida personal depende de lo que tú me contestes.

—Joder, te estás poniendo tan profundo que me estás asustando.

Tenía delante de mí a un hombre que no estaba demostrando temer nada; era como si fuera consciente de lo que había hecho y, por eso, fui directo al grano.

—¿Quién te vendió mi colección?

—¿Perdona? No era tu colección, al menos no me la vendieron como tal.

—¿Me puedes explicar cómo se sucedió todo, por favor?

—Jean Paul, me estás acusando de algo muy grave, que podría tener consecuencias nefastas si saliera a la luz.

—Te he dado mi palabra de honor de que no va a salir de aquí. Si hubiera querido acabar contigo, lo habría hecho público desde el primer momento para demostrar que era mi colección, pero no merecía la pena.

—Está bien, confiaré en ti, pero me podría costar muy caro.

Corrado me contó que había recibido una llamada a su despacho de alguien que decía ser una diseñadora novel que necesitaba dinero, y que por eso no regatearía con lo que le quisiera pagar.

También le dijo que estaba embarazada y que el padre de su bebé no se quería hacer cargo de él, que no tenía más familia y quería tener un colchoncito económico mientras que no pudiera trabajar.

—¿No quedaste nunca con ella?

—No, te lo juro. Me envió los diseños con un mensajero, todos con una marca de agua y un registro, para que no pudiéramos plagiarlos.

—¿Cómo le entregaste el dinero? Supongo que le harías una transferencia a una cuenta bancaria o algo así.

—Tampoco cobró de ese modo. La colección me pareció tan bonita y con tanta originalidad que le ofrecí medio millón de euros por ella, pues sabía que me iba a dar a ganar más del doble de lo que había pagado.

—¿Vino alguien a por el dinero?

—No, me dijo que le hiciera un cheque al portador y que lo enviara a un apartado de correos, que ella lo recogería allí.

—¡Joder!

—Jean Paul, te aseguro que si llego a saber que esa colección era tuya, no la hubiera comprado. Lo hice pensando en que podía ayudarme a reflotar la marca, que llevaba mucho tiempo estancada.

—Me ha quedado claro, compañero.

—Te prometo que, si en un futuro me vuelve a suceder algo parecido, lo primero que haré será llamarte.

—Una duda que tengo. ¿Por qué la sacaste antes de tiempo?

—Porque la persona que me la envió me dijo que, si no la veía publicitada en un plazo de quince días, iría a todos los medios a decir que la habíamos utilizado, y te juro que la vi capaz de hacerlo.

—Gracias, Corrado.

—Espero haber resuelto tus dudas.

—Pues, en realidad, no, pero ahora tengo un hilo de donde tirar. ¿Serías tan amable de pasarme el apartado de correos al que lo enviaste, por favor?

—Por supuesto que sí, dame cinco minutos para que hable con el departamento de contabilidad y lo tendrás en tu correo electrónico.

Me despedí de él y salí de allí con una idea clara en la cabeza: acorralar a Samantha. No podía demostrar que había sido ella la artífice de la venta, pero tampoco podía afirmar que no lo había sido.

Estaba en el mismo punto, pero esperaba que el apartado de correos me arrojara algo de luz sobre el asunto.

Puse rumbo a mi empresa, aparqué el coche y subí a mi despacho, pero antes pasé por la planta de diseño, donde estaba Samantha, mano sobre mano y dándoles órdenes a sus compañeros, como si fuera la jefa.

—Samantha, a mi despacho, por favor.

—Jean Paul, todo esto tiene una explicación, te lo prometo.

—Y me la darás, pero más tarde; ahora quiero hablar contigo de otra cosa.

—¿Es por las declaraciones que di ayer a la prensa?

—En mi despacho, no tiene por qué enterarse toda la empresa de mis asuntos, tanto personales como profesionales.

—Está bien, dame un minuto y enseguida subo.

—Por cierto, coge los diseños de la nueva colección, de la que me presentaste el otro día.

—Todavía no he concretado nada, tan solo tengo el primer diseño, como no había prisa…

—Muy bien, pues sube con él, y rápido, que tengo muchas cosas que hacer.

Me di la vuelta y entré en el ascensor, de nuevo, donde me di de cara con mi hermana, que ni siquiera me saludó.

—¿No piensas decirme ni hola?

—¿Te lo mereces?

—Jade, somos hermanos y siempre nos hemos llevado bien; no dejes que una tontería nos separe.

—Quizás para ti sea una tontería, para mí no lo ha sido.

—Está bien, lo siento. ¿Te vale con eso?

—No es conmigo con quien tienes que disculparte, pero bueno, aceptaré el pulpo como animal de compañía.

Le puse la mano en su hombro y la acerqué a mí, dándole un achuchón y dejando un beso en su cabeza.

Algo se me ocurrió y no me paré a pensarlo.

—¿Tú conoces cuál es el fallo del diseño que me ha presentado Samantha?

—Yo, y cualquiera que tenga un poquito de vista, porque se ve nada más mirar el diseño.

—Joder, pues yo tengo que estar ciego, porque no me di cuenta.

—Sí que lo estás, pero tu ceguera es de otro tipo. A ti te ha cegado la rabia.

—Puede ser, no lo voy a negar.

—Ven a mi despacho, por favor; quiero que Samantha me dé muchas explicaciones y te necesito a mi lado.

—Está bien, pero solo porque el fin de todo esto es acabar con la víbora esta.

Entramos a mi despacho y avisé a Marge de que Samantha vendría en unos minutos. Había pasado más de media hora y no había subido, por lo que volví a llamarla.

Subió a regañadientes, como si me estuviera haciendo un favor, en vez de tener que rendir cuentas sobre su trabajo.

—Te dije que subieras rápido.

—Ya, pero como te vi con tu hermana, pensé que estarías ocupado.

—Si lo hubiera estado, no te habría mandado llamar.

—Bueno, aquí estoy, es lo que querías.

—¿Has traído el diseño? Quiero que mi hermana le eche un vistazo; además, quiero que la jefa de confección suba también, para ver si es posible tener una prueba a lo largo del día.

—Si no lo hace, será porque tú no quieres, porque en el taller hay mucho vago. Eso sin contar con el departamento de diseño, a los que he tenido que ponerles las pilas.

Mi hermana soltó una carcajada que no pudo reprimir mientras la miraba como si fuera la reina y a Jade, como un insecto.

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—Ay, chica, como diseñadora estás acabada, pero como cómica, te auguro un futuro fantástico.

—Ya quisieras tú que estuviera acabada, pero me quedan todavía muchos años en esta empresa. Además, que en mi vientre llevo el futuro del imperio Sartre y lucharé por él con uñas y dientes.

Justo cuando iba a contestar, llamaron a la puerta; era la jefa del departamento de confección.

Minutos antes, mi hermana llamó a Alain y le dijo que nos enviara un vídeo explicando dónde estaba el fallo del diseño, pero no le dijimos nada a ella.

Todo dependía de lo que mi empleada dijera sobre lo que teníamos delante; si coincidía con mi cuñado, no dudaría en decirle a Samantha que recogiera sus cosas, que estaba despedida.

—Dígame, señor Sartre.

—Buenos días, Rogelia. Me gustaría que me dijera si habría alguna posibilidad de tener este diseño confeccionado hoy.

La mujer cogió el diseño, lo miró varias veces, desde diferentes ángulos, levantó la cabeza y fue tajante con lo que dijo.

—Señor Sartre, si el diseñador no cambia las medidas, no se podrá hacer. Tiene un error en el patronaje que desvirtuaría por completo la prenda.

—Eso no es cierto, lo que ocurre es que esta mujer es una vaga que no quiere trabajar —dijo Samantha, como si poseyera la verdad más absoluta.

—¿Cuál es exactamente ese fallo? —pregunté, ignorando lo que ella había dicho.

Rogelia nos explicó todo lo que, minutos antes, había grabado Alain, punto por punto, y demostró que todo lo que me habían contado mi hermana y mi cuñado el día anterior era cierto.

En cuanto que nos quedamos a solas, me levanté del sillón, fui hasta donde estaba ella rajando y la callé.

—Recoge tus cosas; estás despedida.

—No me puedes despedir, no he hecho nada, te demandaré…

—Hazlo, no tengo ningún miedo.

—Estoy esperando a tu hijo, no me lo puedes hacer…