Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 30
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Capítulo 30

Jean Paul

Sabía que le había dicho a mi familia que no creía que Samantha pudiera hacer algo así, pero en el fondo de mi alma, tenía mis dudas.

Más bien, quería pensar que no llegaría tan lejos, porque mi subconsciente me decía que la culpa era de Tina, que ella era la que había vendido la colección.

El motivo era bien claro: si ese hijo que mi diseñadora llevaba en su vientre era mío, me negaba a pensar que ella le pudiera hacer algo así a su propio padre.

¿Qué valores les iba a inculcar a ese niño?

¿Que robar estaba bien? ¿Que la mentira estaba justificada, siempre y cuando fuera para conseguir tu objetivo?

Por primera vez en mi vida, me iba a poner en contacto con Mansini; tenía que escuchar de sus propios labios que había sido Tina la persona que le había vendido mi colección.

Sabía que me costaría trabajo que lo admitiera, porque entonces sería una especie de espionaje industrial; por eso, en vez de llamarlo por teléfono, lo visitaría en Milán.

Por otro lado, le diría a Samantha que llevara a confección esa primera prenda que había diseñado, que quería verla en un maniquí, para ver si tenía el efecto que estábamos buscando.

Sabía que me llevaría tiempo dar con la verdad, que no iba a ser algo fácil ni de un día para otro, pero lo iba a averiguar como Jean Paul Sartre que me llamaba.

Dejé el coche en el aparcamiento del edificio, ya que no pensaba moverlo más de ahí. Montarme en él me traía tantos recuerdos con Tina que me dolía, y me bajé dispuesto a subir a mi casa y encerrarme allí hasta el día siguiente.

—Buenas tardes, chaval, que vas como pollo sin cabeza.

—Buenas tardes, Jules, y perdona, no te había visto.

—Ya me he dado cuenta. ¿Algo importante que contarme?

—Uf, no sabría ni por dónde empezar.

—Pues vamos a hacerlo por irnos a comer fuera, tomarnos una copa tranquilamente en una terracita y hablar de todo.

—Te lo compro porque no me apetece, para nada, encerrarme en mi casa en estos momentos.

Mi amigo me hizo un gesto para que subiera a su coche, y eso hice: sentarme en el asiento del copiloto y dejar que me llevara donde le diera la gana.

Jules entendió a la primera, y sin que le dijera nada, que lo que necesitaba era salir fuera de la ciudad, alejarme de todo lo que me rodeaba, y por eso nos dirigimos a la autopista que nos llevaba a dejar la ciudad atrás.

Tardamos como una hora en llegar, pero merecía la pena porque era un pueblo precioso y tranquilo, que era lo más importante. No era la primera vez, ni sería la última, que nos perdíamos por este tipo de pueblos, por lo que sabíamos a la perfección los mejores lugares para comer.

En esta ocasión nos habíamos refugiado en Crécy-la-Chapelle , o la Venecia de la región de Brie, como la llamaban. Este era uno de esos pueblecitos que te hacían perderte en el tiempo, pues pasear por sus calles era como retroceder a la época medieval.

Dejamos el coche en el primer sitio habilitado para ello que vimos, y nos fuimos a la pequeña taberna en la que comíamos cada vez que veníamos aquí.

Una vez que estuvimos acomodados en una de las mesas de la terraza, con vistas a sus canales y con una cerveza en la mano, mi amigo me preguntó de nuevo.

—¿Me vas a decir ya lo que te ha pasado?

—Te voy a decir una de las expresiones de mi abuela, para que te ilustres. Si me meto a sombrerero, nacen los niños sin cabeza.

—Joder, tampoco será para tanto.

—Juzga tú mismo…

Empecé a relatarle lo que había sucedido, lo que me había dicho mi familia y la postura que habían tomado Alain y Tina.

—¿Crees que puede haber sido posible lo que ellos argumentan?

—No lo sé, Jules, de verdad. No puedo decir al cien por cien que esté seguro de que la razón la tenga uno y otro.

—Entonces, ¿por qué actuaste de esa manera tan impulsiva?

—Siendo sincero, yo también me pregunto lo mismo.

—Me parece que te precipitaste, que no debiste actuar de esa forma sin tener pruebas claras.

—Pero, además, eso no es todo.

—¿Hay más?

—Sí, le dije a mi madre que ella era la madre de mi hijo y que siempre la iba a defender.

—Lo dijiste para hacerle daño a Tina, sin medir las consecuencias, ¿me equivoco?

—Para nada, y al final, el que ha salido dañado he sido yo.

—Joder, Jean Paul, tienes por delante una buena papeleta. ¿Qué piensas hacer? Porque no creo que te dejes llevar por el orgullo y admitas, así como así, la paternidad de ese niño y lo que ello conlleva.

—Esa parte, Samantha la tiene más que asumida, hasta que no llegue ese documento que me diga que es mi hijo, no me implicaré.

—Ya te has implicado, Jean Paul, yendo con ella a esa revisión, saliendo a cenar y dejando que la prensa publique imágenes vuestras como si fuerais una pareja más.

—¿Tú también lo has visto?

—No solo eso, he escuchado las declaraciones que ha dado esta mañana a uno de los programas del corazón.

—¿Perdona?

—¿No lo has visto? ¿No sabías nada?

—No, salí temprano para recoger a mis padres, que venían de España y, cuando he vuelto, ha sido cuando te he visto en el aparcamiento.

—Espera, que ahora mismo te lo busco y lo escuchas por ti mismo.

Jules sacó su móvil y entró en la aplicación del canal, donde buscó el programa de esa misma mañana. Nada más entrar, el primer vídeo que salió fue el de ella, y Jules le dio al play y subió el volumen de su móvil, para que pudiera escucharlo bien.

— Señorita Field, qué bueno que la hemos encontrado. ¿Qué hay de cierto en esos rumores que la unen al señor Sartre, de nuevo?

— ¿De nuevo? Nunca nos hemos separado. De hecho, estamos mejor que nunca, tanto a nivel laboral como a nivel personal.

— ¿Habrá boda en breve?

— Habrá boda, os lo aseguro, pero no en breve. Primero, tiene que nacer nuestro primer hijo, que es un varón, el que continuará con el apellido Sartre, y que, estoy segura, nos unirá todavía más…

—Por lo que tú más quieras, quita esto que va a terminar dándome un infarto.

—¿Necesitas más confirmación que esta de que Samantha no es trigo limpio?

—Lo sé, no estoy ajeno a esto, pero… ¿como para llegar tan lejos?

—Como para llegar tan lejos y más.

—¿Crees que ella pudo haber sido la que se puso en contacto con Mansini?

—No sé si ella directamente, pero que ha tenido que ver en todo esto, te aseguro que sí.

Comimos en silencio, pues en mi cabeza estaba embotada por tanta información y lo que menos necesitaba en estos momentos era tener una conversación más. Mi amigo me conocía mejor que nadie y me daba el tiempo y el espacio que necesitaba, por lo que no se lo tomaba a mal.

Una vez que terminamos de comer y con una copa en la mano, eso sí, sin alcohol, porque teníamos que volver a París, verbalicé lo que mi mente había estado maquinando durante este tiempo.

—Tengo que viajar a Milán; necesito reunirme con Mansini.

—No creo que te atienda si no tienes una cita; tú no lo harías, mucho menos cuando sabes que la colección que ha sacado no ha salido de sus diseñadores.

—Lo sé, pero tampoco me resultará fácil que me dé esa cita.

—¿Qué piensas hacer, entonces?

—Voy a cogerlo de improviso; lo esperaré a la salida de su empresa, en el caso de que no me quiera atender.

—Veo que, en estos momentos, la colección te importa un carajo, que es algo más personal, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas. Si he echado de mi vida a la mujer de la que estoy enamorado y no ha tenido nada que ver en todo esto, no sé cómo reaccionaré, te lo juro.

—¿Cómo vas a reaccionar? Luchando por ella. Por cierto, yo también tengo que contarte algo.

—Si me vas a alegrar la tarde, por favor, no escatimes en detalles.

—No sé si te la va a alegrar, pero te vas a partir de la risa, te lo aseguro.

—A ver, empieza a hablar.

Jules empezó a contarme que Valeria le gustaba mucho, pero que le había dicho varias veces de invitarla a cenar, y le había dicho que no.

—Y me lo dice así, sin excusas, sin paños calientes, y me está matando, te lo juro.

—¿Ha llegado la mujer que ha conquistado tu corazón, amigo?

—No sé si ha conquistado mi corazón, lo que sí que tengo claro es que ha sido la primera en no caer rendida a mis pies, y eso me tiene malo.

—Ha derribado tu ego y me alegro. Ya era hora de que una mujer te pusiera los pies en el suelo, que te hiciera ver que tu fama de mujeriego no te lleva a ningún lado.

—Yo preferiría que los pies los pusiera en mi cama, pero bueno, seguiré insistiendo, no me pienso dar por rendido.

—Lo que yo te diga, por fin has caído, Jules.

—Es un reto, y lo que ella no sabe es que, a mí, los retos que me plantea la vida son los que me ayudan a seguir adelante.

—Uy, muy filosófico te has puesto tú.

Ambos nos miramos y soltamos una carcajada, mientras que seguimos hablando de Valeria. Me contaba que, cuando coincidían en el despacho o en la sala de descanso, mientras que las demás enfermeras y doctoras se morían porque les dijera algo, ella lo miraba por encima del hombro.

—El otro día escuché decir a una de sus compañeras que, si yo le decía de ir a cenar, iría sin bragas, para no perder el tiempo.

—Y seguro que ella no se quedó callada, por lo poco que la conozco.

—Pues no, la miró con cara de asco y le soltó que ella, si no tuviera más remedio que cenar conmigo, se pondría unas bragas de cuello vuelto, unos leotardos y un pantalón, para que desistiera en mi empeño al ver tanta ropa.

Esa era una frase típica de Valeria, y no pude evitar soltar una carcajada.

Volvimos a París hablando de todo eso y, de verdad que, cuando entré en mi casa, lo hice con otros ánimos, como más ligero.

En estos momentos no podía marcharme de París, pues teníamos que sacar la colección adelante y presentarla, o los percheros de nuestras tiendas tendrían que lucir prendas de otros años, como si fuera un outlet .

Pero no se me quitaba la idea de la cabeza, eso por descontado, aunque tardara un mes en hacerlo.

Me levanté al día siguiente con energías renovadas, y supe que la suerte se me pondría de cara, porque el cupo de calamidades de ese año ya lo tenía cubierto.

Efectivamente, nada más encender la televisión, se me pintó una sonrisa en los labios, pues Mansini estaría en la ciudad durante tres días para un evento de empresarios al que yo también tenía que asistir.

No me lo pensé y me fui a buscarlo al hotel donde sabía que estaba alojado. Por el camino iba nervioso, no lo iba a negar, porque de ese encuentro, de lo que él me dijera, dependía mi vida, no solo la profesional, sino también la personal.

Fue entrar en el hotel y, cuando me dirigía a la recepción para que lo avisaran, salía del ascensor con otro señor.

—Corrado, ¿podríamos hablar un momento?

—Claro, ¿te apetece un café?

—Solo si invito yo.

—Pues venga, nos los tomamos y hablamos tranquilamente.