Objetivo, poner un parisino en mi vida Epílogo
100%

Epílogo

Tina

Tres años después…

Nos encontrábamos a punto de celebrar nuestra boda, sí, la de Jean Paul y la mía, pero, antes de llegar hasta aquí, habíamos tenido que dar muchas vueltas.

Todo empezó en la famosa barbacoa, a la que mi futuro marido se presentó con Samantha, esa mujer que me había hecho la vida imposible desde que llegué a París.

La tarde anterior había acudido al hospital, donde ya me esperaban el ginecólogo y la matrona, para hacerme todos los estudios que me tendría que haber hecho en el primer trimestre.

Estaba nerviosa, pero cuando me dijeron que todo iba perfecto y que, si quería saber el sexo del bebé, también me lo podían decir, respiré tranquila.

Entré en aquella consulta sin saber si todo iba bien, y salí de allí sabiendo que lo que llevaba en mi vientre era una niña, que estaba de lo más sana y que empezaría a dar guerra en breve.

Valeria lo preparó todo para dar las dos noticias a la vez. Mi hermano había confirmado que Carla esperaba un niño, que llevaría por nombre Diego, que era uno que les gustaba a los dos.

Cuando mi familia llegó aquella tarde, me abracé a todos, llorando, pero en especial a mi cuñada, que se había dado cuenta de lo que pasaba, incluso antes que yo.

Con mi madre tampoco me hizo falta más, pues en cuanto se fijó bien, negó con la cabeza y no dudó en decírmelo en cuanto estuvimos a solas.

—A mí no me tienes que decir nada, que ya lo sé.

—¿Qué sabes, mamá?

—Que me vas a hacer abuela.

—¡Álvaro! Desde luego, no se puede ser más chivato que tú…

—¿Qué ocurre? —dijo mi hermano, que vino corriendo.

—Tu hermano no me ha dicho nada; lo he sabido en cuanto que te he visto. Te recuerdo que yo también soy mujer y he estado embarazada.

—Te juro por la vida de mi hijo que no se lo he dicho a nadie —se justificó mi hermano.

—Vale, pues aquí nadie dice nada más, que quiero que lo sepan todos a la vez.

Minutos después, se abrió la verja y entraron los demás. Jade me había advertido la noche anterior que Jean Paul vendría con Samantha, pero que no dijera nada, que era primordial para que todo saliera a la luz.

No entendía nada, pero tampoco protesté; preferí dejar pasar el día como pudiera y no prestarle la menor atención, ni a ella ni a él. Si lo había invitado, era para no tener que enfrentarme a la noticia a solas con él.

Entré en la cocina para sacar los aperitivos que faltaban y, cuando me di cuenta, lo tenía detrás, muy cerca de mí.

—Tina…

—¿Te alejas, por favor?

—Déjame que te explique, no quiero que te lleves un susto ni nada por el estilo.

—Preocúpate de tu mujer, y a mí me dejas en paz.

—Ella no es mi mujer ni lo será nunca. Pero, quizás, será mejor que hablemos cuando todo se descubra.

Salí de la cocina sin entender absolutamente nada, pero lo hice con mi mejor sonrisa, pues no quería que nadie se diera cuenta de lo que me dolía toda esta situación con Jean Paul.

—Antes de que Tina nos anuncie el motivo por el que nos ha reunido aquí, me gustaría decir unas palabras —dijo Jade.

Me fijé en cómo su hermano la miraba con una sonrisa, como si le estuviera dando ánimos por algo que tan solo supieran ellos.

—¡Esa es mi chica! —exclamó Alain.

—Bueno, quiero darle las gracias a mi hermano, por haberme abierto los ojos, porque, de no haberlo hecho, no sé la vida que me hubiera esperado.

—¿A qué se está refiriendo? —Me preguntó mi cuñada.

—No tengo ni la más remota idea, la verdad.

—Creo que, mejor que yo no diga nada, será mejor que pongamos unas imágenes que lo expliquen todo —continuó Jade.

Michel, el abogado, también estaba ahí; acababa de llegar, pero ninguno de nosotros se había dado cuenta. En cuanto él le dio al botoncito y empezaron a salir imágenes, todos nos quedamos ojipláticos, porque ninguno nos lo esperábamos.

—Cariño, te juro que todo esto tiene una explicación —le dijo Alain, que se fue directamente hasta donde estaba Jade, pero el abogado no le dejó acercarse.

—Por supuesto que la tiene, y no es otra que los dos sois unos sinvergüenzas de cuidado, que habéis aprovechado la llegada de Tina a nuestras vidas para creeros invencibles.

—A mí no me metas en esto. Yo estoy enamorada de tu hermano; he sido una marioneta en manos de Alain —le dijo Samantha.

—No te voy a discutir eso, porque este embaucador ha sido un encantador de serpientes, pero se le terminó el rollo.

—Y en cuanto a que estás enamorada de mí, permíteme que lo dude; tú de lo que estás enamorada es de mi posición social, de todo lo que le podía dar a ese niño, que tiene otro padre.

—¡No, su padre eres tú, te lo prometo!

Justo en ese momento, llegaron los policías, que los detuvieron al instante, por espionaje industrial, robo y no sé cuántos delitos más que fueron acusados.

Según nos dijo Michel, el abogado, le esperaban muchos años a la sombra.

Del único que me daba pena era de ese niño, que se había quedado sin madre y sin padre de una sola estocada.

Después de que todo se aclarara, me tocó el turno a mí, pues quería que ese día fuera especial, que se nos quitara el mal sabor de boca que nos habían dejado.

Como os podéis imaginar, la noticia fue una bomba, pero esta vez de alegría. Vi cómo Jean Paul se tiraba al suelo, de rodillas, llorando como un niño pequeño y prometiéndome que, desde ese momento, tan solo viviría para hacernos felices.

No fue una reconciliación en ese mismo momento, pues yo necesitaba saber que confiaba en mí, y no iba a dar un paso en falso nunca más.

Pero nació nuestra hija, que se llama Noah, y que es una fotocopia de su padre, salvo en el color de ojos, que los tenía verdes, como yo.

Ese fue nuestro punto de inflexión, pero no solo el nuestro, sino el de muchos de los que estaban a nuestro alrededor.

Voy a empezar por contaros lo de mi familia.

Mi madre decía que no era justo que tuviera a una nieta en un país y a un nieto en otro, por eso, mi chico les propuso algo.

Mi hermano y mi cuñada empezaron a trabajar en la empresa, llevando el tema legal, junto a Michel, y se mudaron a París, instalándose en el ático en el que yo pasé mis primeros días.

Mis padres vendieron la tienda y el piso lo pusieron en alquiler, por si algún día queríamos ir de vacaciones o algo, puesto que lo alquilaban a estudiantes, de septiembre a junio, y también se mudaron.

Ellos ocuparon el ático de Jean Paul porque nosotros decidimos quedarnos a vivir en la casa con jardín, donde Noah podría correr a gusto.

Con respecto a Jade, se había enamorado de Michel y formaban una bonita pareja. En estos momentos estaba embarazada de su primer hijo, un niño que llevaría el nombre de su tío, Jean Paul, pues su madre decía que le había salvado la vida.

Pero, en realidad, quien le salvó la vida a su pareja fue Valeria, una mañana, en la cafetería del hospital, cuando se dio cuenta de que Jules estaba sufriendo un ictus.

Gracias a su rápida intervención, no le quedaron secuelas; eso sí, tuvo que abandonar su consulta y dedicarse tan solo a la gestión administrativa del hospital.

Desde ese día, no se habían vuelto a separar y tenían dos hijos, mellizos. Una niña, que se llamaba Cristina, y un niño, que se llamaba Jules, como su padre, que tenían un añito.

Con respecto a nosotros, mi futuro marido me ofreció volver a la empresa, pero no quise. Quería triunfar por mí misma, y lo logré.

Seguí con la firma que habíamos creado, pero le cambié el nombre; ahora se llamaba “Spagnotina” y estaba situada entre las mejores firmas de trajes de novia.

Sí, decidí que no le haría la competencia a mi marido, y como había descubierto que esa faceta de la moda me apasionaba, no dudé en tirar por ahí.

Seguía teniendo mi taller en mi casa, pero tan solo para los diseños de los míos; todo lo demás se realizaba en el local en el que empecé y que terminé comprando el año anterior.

El vestido que llevaba este día era un diseño mío, pero exclusivo, y que no había visto absolutamente nadie, pues yo misma lo confeccioné.

Nos casábamos en Notre Dame , en una boda multitudinaria, ya que mi marido tenía una posición y unos compromisos que no podía eludir. Pero me daba igual; la mejor de las noticias se la daría yo en cuanto que saliéramos de la iglesia.

La ceremonia no pudo ser más bonita y emotiva, con nuestra Noah, que tenía dos añitos, llevándonos los anillos.

—No puedes estar más bonita, pero veo un brillo en tus ojos que tan solo te lo he visto en una ocasión.

—Ah, ¿sí? ¿En qué momento, en concreto?

—Cuando dijiste que estabas embarazada de Noah.

—Pues nada, saca tus propias conclusiones…

Mi marido me miró con una mezcla de miedo, amor e ilusión que me hizo soltar una carcajada.

—¿De verdad? ¿Estás embarazada?

—Sí, me enteré hace unos días, pero he preferido decírtelo hoy, como mi regalo de bodas.

—Y es el mejor regalo que me podrías dar, te lo prometo.

—Papi, papi, ¿me coges? —le preguntó Noah, jalando de su pantalón.

—Claro que sí, mi vida.

Nos miramos y mi marido me dio un beso.

—Siempre has tenido un objetivo y lo has logrado.

—Sí, mi objetivo era poner un parisino en mi vida.