Capítulo 28
Jean Paul
Cuando encendí la televisión al día siguiente y vi el vídeo en el que se nos veía a nosotros, a Samantha y a mí, como si fuéramos una pareja, me hirvió la sangre.
¿Había sido todo casualidad o los había llamado ella para corroborar su tesis? Esperaba que fuera la primera opción, porque como fuera la segunda, tendría que darle la razón a mi madre y a mi hermana.
No salí en todo el día de mi casa; no me apetecía y prefería quedarme allí, tranquilamente, pero no transcurrió el día tan tranquilo como yo me esperaba.
¿El motivo? Mi familia, que estaba en la televisión, en la boda de Álvaro, el hermano de Tina, luciendo diseños de ella, y dando declaraciones que no me dejaban en muy buen lugar.
Decidí que, en cuanto que llegaran al día siguiente, me iba a reunir con ellos, porque no podían hacer esas cosas.
En este caso, o estaban conmigo o estaban contra mí. No había más vueltas de hoja.
Apagué la televisión porque no quería seguir viendo estas cosas que me enervaban tanto. ¿Cómo se podía estar tan ciegos con esa mujer? ¿Tendrían razón o sería todo algo urdido por ella?
Me estaba volviendo loco. Por eso, me planté la ropa de deporte y me coloqué mis auriculares; correr por el paseo de los Campos Elíseos me vendría de maravilla.
Hice unos quince minutos de calentamiento porque no quería tener que lamentar una lesión.
Después de eso, y a pesar del calor que hacía, le di al play de mi móvil, puse mi lista de música que tenía preparada para hacer deporte, y me dispuse a quemar la adrenalina para ver si podía descansar algo más esta noche.
Llegué a mi casa completamente destrozado, me di una ducha y me preparé algo de cenar, antes de irme a la cama.
Mi familia llegaba al día siguiente, y no dudé en ir a recogerlos al hangar, porque iban todos en el avión privado. Sabía que, casi con total seguridad, Tina vendría con ellos, pero me daba igual, porque así, también ella se enteraría y le quedaría clara mi postura.
Efectivamente, a las diez y media estaba yo en el hangar privado de mi empresa, apoyado en mi coche y esperando a que llegaran.
Había cogido el coche que le regalé a Tina, que era de seis plazas, y en el que cabríamos mi familia y yo. Los demás, que se buscaran la vida como pudieran, aunque mis padres se enfadaran por ello.
Minutos después, estaba aterrizando el avión, de donde vi bajar a mis padres, en primer lugar, seguidos de mi hermana y mi cuñado, y cerrando la comitiva Tina y su amiga.
Me fijé en que el personal del avión no solo estaba bajando las maletas, sino que también estaban bajando varias cajas grandes y multitud de paquetes, y tuve claro que todo eso era de ella.
—Hijo, ¿qué estás haciendo aquí?
—Venir a buscaros, tenemos que hablar.
—¿De qué? —me preguntó mi padre, que hasta el momento se había mantenido en silencio.
—De todo, papá. Para empezar, no me han gustado las declaraciones que hizo ayer mi madre; me dejó a la altura del betún.
—Mira, Jean Paul, voy a ser clara contigo. Esa mujer te está manipulando, y no creo que ni siquiera esté embarazada…
—Sí que lo está; ayer mismo fui con ella al ginecólogo, y es un niño. Y con respecto a lo otro que has dicho, me está manipulando en la misma medida en la que ella lo está haciendo con vosotros —le respondí, señalando directamente a Tina.
—Te voy a preguntar algo, hermanito, y quiero que seas completamente sincero.
—Siempre lo soy; parece mentira que hasta ahí haya llegado la manipulación, a haceros creer que soy el peor del mundo.
—Chaval, a mí me dejas al margen, que yo ni siquiera pregunto por ti —me dijo Tina, enfadada.
—Permíteme que lo dude.
—Bueno, allá voy. ¿Te ha presentado Samantha, en estos días en que no hemos estado, algún diseño?
—Por supuesto que sí, pero ¿qué tiene que ver eso?
—¿Lo has pasado a confección? —Me preguntó Alain, con una sonrisa.
—No, todavía no, hasta que no termine la colección.
—Pues, cuando lo hagas, te vas a llevar una sorpresa —me dijo mi hermana, y la miré extrañada.
—No, se la va a llevar antes, pero tenemos que ir antes a coger mi portátil —le dijo Alain a mi hermana.
—Tina, ¿te importa que mi hermano vaya a tu casa para que le mostremos todo? —le preguntó mi hermana a Tina.
—Por supuesto que no. Eso sí, en el taller, a la casa, si me perdonáis, no quiero que entre.
—Es decisión tuya; eres tú la que vives allí; ninguno de nosotros —le dijo mi madre, y algo no me cuadró, pero no quise decir nada.
Mis padres se montaron conmigo en mi coche, mientras que mi hermana y mi cuñado se marcharon con ella en una furgoneta que habían alquilado y que los esperaba detrás de mi coche.
En cuanto que arranqué el coche, fue mi padre el que me miró fijamente y me habló. Nunca lo había escuchado hablar con tanta seguridad y vehemencia.
—Hijo, esa mujer no me gusta y, si tu hermana y tu cuñado pueden demostrar que es cierto lo que nos han contado, tendrás un problema.
—¿Qué problema, papá? Un problema ya he tenido cuando Tina ha vendido la colección.
—Tina no ha vendido nada, te lo aseguro. Su hermano ha pedido una evaluación de sus cuentas y no hay ningún ingreso desde que llegó a París.
—Pues la habría vendido antes, yo qué sé. Lo mismo y lo ha cobrado en criptomonedas.
—No, qué va, se lo han pagado en especies, y por eso lleva las cajas, para esconderlo debajo de las losas de su casa. ¿Eres así de tonto de nacimiento o lo has perfeccionado con los años? —Me dijo mi madre.
Salimos del aeropuerto y, como no sabía a dónde dirigirme, dejé que pasara la furgoneta delante, para poder seguirla y no tener que preguntar.
No hablé nada durante todo el trayecto, hasta que entramos en una urbanización que conocía bastante bien.
—No habrás sido capaz de…
—Sí, sí que he sido capaz y capataz. Es mi casa y se la dejo a quien a mí me dé la gana.
—¿Después de todo el daño que nos ha hecho?
—A mí no me ha hecho ninguno y, por lo que sé, a ti tampoco.
—¿Cómo que a mí no me ha hecho daño? Me ha utilizado, se ha acostado conmigo para no perder sus privilegios, y me ha hecho quedar como un idiota ante la competencia. ¿Te parece poco?
—Todo eso lo has dicho tú; no hay pruebas en su contra —me dijo mi padre.
—Mira. ¿Sabéis qué? Que, tal y como le dije a mi hermana, el tiempo y la verdad pone a todo el mundo en su sitio.
—Y a ti te va a poner en el infierno en cuanto que veas lo que tu hermana y tu cuñado te tienen que mostrar.
Entré detrás de la furgoneta y aparqué debajo del techado que mis padres construyeron para que los coches no estuvieran al sol. Tina ni siquiera me miró, se bajó de la furgoneta y empezó a bajar las cajas delante de la casa de invitados, que era, por lo visto, donde habían colocado el taller.
La casa ni siquiera la abrió, y eso me molestó de una manera que no os podéis imaginar. Miré a mi madre, por si le iba a decir algo, por si iba a dar la cara por mí, pero nada, como si no fuera con ella.
Alain, mi cuñado, me hizo un gesto para que lo siguiera, y lo hice, entrando con él en la casa de invitados.
No me podía creer cómo habían transformado aquello en un taller, y de los mejores, a juzgar por la maquinaria que estaban descargando, los expositores donde colocar los hilos y las piezas de tejidos de la mejor calidad que traían con ellos.
—No me mires así, que esta máquina me la regaló mi padre cuando terminé la carrera. Ahí tienes la factura de compra, por si tienes dudas.
—Yo no he dicho nada, y si miro así, es porque me sorprende lo poco que habéis tardado en montar todo esto.
—No, si te parece, vamos a estar llorando en un rincón hasta que a ti te dé la gana.
—No tienes que llorar en ningún rincón, ya ha quedado demostrado la clase de mujer que eres.
—Por supuesto, una que no permite que la pisoteen, que tiene el orgullo elevado a la enésima potencia y la cabeza muy alta, porque no ha hecho nada de lo que la has acusado, y se va a demostrar, más pronto que tarde, te lo aseguro.
—Sigue soñando, Tina, que lo mismo y, de tanto hacerlo, se te convierte en realidad.