Capítulo 27
Jean Paul
—Buenos días, Jean Paul, vengo a enseñarte un diseño en el que he estado trabajando toda noche, y que me gustaría que me aprobaras, para seguir con posibles diseños, partiendo de este —me dijo Samantha en cuanto que llegué a la empresa.
—Buenos días, señor Sartre. Tal y como usted me dijo, no he dejado pasar a nadie a su despacho hasta que no estuviera aquí —informó Marge.
—Perfecto, Marge, no hay ningún problema.
—Pues, a mí, me debería de haber dejado pasar, que llevo aquí un buen rato.
—Ella tan solo ha seguido mis indicaciones. Lo que deberías haber hecho, si no querías esperar, era haberle dicho que te avisara cuando llegara, y yo te hubiera llamado.
—Lo sé, pero es que estaba tan emocionada por mostrarte esto…
—Pues nada, pasa a mi despacho y lo vemos, pero algo ligero, que tengo una reunión a primera hora.
—Sí, sí, no tardo nada, te lo prometo.
Samantha entró en mi despacho, sacó una carpeta de su maletín y me mostró un diseño que era muy bueno, innovador y que no tenía nada que ver con sus trabajos anteriores.
—Es muy bueno.
—¿De verdad?
—Sí, y quiero que desarrolles una colección a partir de este diseño, pero que no sean muchas piezas. Unas cinco o así.
—Me pondré con ello ahora mismo.
El diseño que me mostró era un vestido asimétrico, con un hombro fuera y largo, tipo griego. De ese mismo diseño se podían sacar varias piezas, vestido corto, falda, blusa… me gustaba la idea.
Me encerré en mi trabajo, pensando en que si Tina no hubiera sido de ese modo, si no me hubiera traicionado de esa manera, ahora mismo podríamos estar en España, celebrando los preparativos de la boda de su hermano.
La ambición que mostró vendiéndole la colección a la competencia me demostró de qué pasta estaba hecha.
No quería que se reconociera su trabajo, por mucho que dijera que ese era su sueño, sino que lo único que quería era dinero.
Estaba pensando que, si me lo hubiera dicho, si me hubiese hablado claro y contado que quería más dinero, se lo hubiera ofrecido, sin ninguna duda, pero el simple hecho de que me hubiera mentido, eso me había dolido en el alma.
Aparte de eso, estaba también mi familia, y no solo Alain, que había decidido marcharse con ella, sino que mis padres y mi hermana se pusieron de su lado.
De hecho, cuando fui a hablar con ellos para contarles lo que había sucedido y cómo tendríamos miles de euros en pérdidas, porque nuestra colección ya estaba confeccionada y no podíamos sacarla si no queríamos tener problemas, mi madre fue muy tajante.
—Jean Paul, no quiero saber nada más; lo que sé es suficiente para decidir que no pienso dejarla abandonada.
—No me lo estarás diciendo en serio.
—Por supuesto que sí y, en vez de centrar tus miras en ella, más vale que lo hagas en otro sentido, porque el cáncer lo sigues teniendo dentro de la empresa.
—Mamá, ya sé que Samantha no es santo de tu devoción, pero en este caso está muy claro que lo ha hecho Tina y que ella no tiene nada que ver.
—Mira, hijo, dice el refrán que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Una vez que te he dicho esto, analiza cuáles son las pruebas que tienes en contra de Tina y comprueba si son lo suficientemente fuertes como para pensar así de ella.
Me fui porque hablar con ella de este tema era discutir y no tenía ganas, no me apetecía.
No sabía dónde se habían ido ella y su amiga; bueno, según mi hermana, ella estaba en España para la boda de su hermano.
—¿Vosotros también vais a ir?
—Por supuesto, la madre y la cuñada de Tina son ideales, nos caen genial y nos quedaremos en su casa.
—¿Cuándo os vais?
—El viernes por la mañana.
—¿No vas a venir a trabajar ese día? Te recuerdo que tenemos que preparar una campaña con la nueva colección, porque algo tendremos que sacar, digo yo.
—¿Desde cuándo te importa que no venga? Nunca has dudado de mi trabajo, y espero que no empieces ahora a dudar también de mí, porque por ahí sí que no paso.
—Tienes razón, lo siento. Siempre has cumplido con tu trabajo y sé que, si no estuviera ya todo listo, no te marcharías.
—Por supuesto que no lo haría, pero no es ese el problema que tienes.
—Ah… ¿no? ¿Cuál es el problema, según tú?
—Que no quieres que vayamos con Tina, que no quieres que le mostremos nuestro apoyo, pero lo siento, la verdad, nada más que tiene un camino, y no es el tuyo, precisamente.
—El tiempo y la verdad ponen a todos en su sitio, ya veremos quién tiene razón en todo esto.
—Exacto, ya lo veremos, lo que me temo es que será demasiado tarde para ti, tanto en lo profesional como en lo personal.
Mi hermana se dio la vuelta y me dejó allí, en mi despacho, y con una cara de tonto de esas que salen en los carteles de las películas.
Volví a la realidad y me dispuse a preparar todo lo de la reunión, que se predecía tortuosamente lenta y tediosa, por los temas que teníamos que tratar.
Cuando terminé la reunión, me sentía tan saturado que, como no había nada importante pendiente, decidí irme de la oficina.
—Marge, me marcho ya. Tú, si quieres, también puedes marcharte; no hay nada importante que tratar.
—Gracias, señor Sartre, me viene perfecto, porque mi marido tiene hoy turno doble y tenía que dejar al niño con la vecina.
—Marge, cuando te ocurra algo así, no dudes en decírmelo; creo que ya hay suficiente confianza entre nosotros como para pedirme salir unas horas antes.
Di un par de golpes en la mesa y tomé el ascensor. Al llegar a la segunda planta, se abrieron las puertas y ahí estaba Samantha esperando para bajar.
—¿Ya te vas?
—Sí, tengo cita con el ginecólogo para una ecografía de control de embarazo. Te lo dije el otro día.
—Perdona, pero es que tengo tantas cosas en la cabeza que no lo recordaba.
No sé por qué, pero pensé en acompañarla, y mi boca fue más rápida que mi cabeza, y lo solté, como quien pregunta si quiere agua.
—¿Vas sola?
—Claro, sabes que no tengo a nadie en Francia; toda mi familia está en Nueva Jersey, y no es que tenga mucho contacto tampoco.
—Si no te molesta, me gustaría acompañarte.
—¿De verdad? ¿Vendrías conmigo?
—Por supuesto, por eso te lo estoy diciendo.
Vi una alegría y una ilusión en su mirada que me acojonó un poquito, porque no quería que pensara lo que no era, pero me callé, no quise estropear el momento.
Fuimos andando, luego recogeríamos el coche, ya que el hospital en el que le estaban llevando el embarazo era en el que dirigía Jules, y estaba en la calle de atrás de la oficina.
Lo cierto es que, cuando escuchamos el latido de su corazón fue un momento de lo más emotivo y, por primera vez desde que la conocía, vi a Samantha vulnerable, con las lágrimas que corrían por sus mejillas, y no pude evitar cogerle la mano.
—¿Quieres saber el sexo, Samantha? —le preguntó la doctora.
—¿Ya lo podemos saber?
—Si queréis, sí.
No me gustó que me incluyera en esa pregunta porque, por mucho que la hubiera acompañado, seguía pensando en que, hasta que no pudiera comprobar que era mi hijo, no me iba a involucrar, pero, aun así, me callé y no dije nada.
—Pues, aquí dentro… ¡Tenemos a un príncipe!
—Un niño, Jean Paul, un pequeño que será igual que tú…
—Samantha…
—Lo siento, ha sido la emoción del momento.
No pensaba permitir que, mientras que no tuviera esa confirmación de ADN, me incluyera en la ecuación.
Salimos de allí y nos fuimos a comer, entre risas y bromas. Al salir del restaurante, me agaché a decirle algo al bebé.
—Tu madre está loca, así que, cuando nazcas, cuando salgas de ahí, no le hagas caso.
Samantha soltó una carcajada, y al mirarla a los ojos, se acercó a mí y me besó.
Me quedé sin saber que hacer o que decir, pero no la aparté, aunque tampoco le correspondí al beso.
No sé, fue una situación de lo más extraña, pero no desagradable, y eso no me gustó nada.
—Lo siento, ha sido un impulso.
—No te preocupes, no pasa nada. Eso sí, no lo vuelvas a repetir, por favor, o me veré obligado a rechazarte y no quiero que te sientas mal.
No lo dije con la seguridad que pretendía, y ella lo notó, pues me miró con una sonrisa que decía que eso no me lo creía ni yo.
Nos montamos en el coche y nos marchamos, dejándola en su casa de camino a la mía.