Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 26
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Capítulo 26

Tina

Tres días habían pasado ya desde que llegué, y ese día llegaban los demás, por lo que cogí el coche de mi padre, que también era de siete plazas para ir a recogerlos.

Estaba de lo más nerviosa porque me moría de ganas por saber si ya le habían tendido la trampa a Samantha y conocer la manera en que lo habían hecho.

Como se trataba de un vuelo privado y habían autorizado la matrícula de mi coche, me dejaron pasar hasta el hangar.

En cuanto que Emma bajó del avión, no dudó en abrazarme. Lo hizo de una manera que me llegó al alma.

Después, todos los demás también pasaron por mis brazos, y me sentí de lo más querida, os lo juro.

—Vamos, que mi madre ya os está esperando con una comida de las buenas.

—Ay, Tina, no sabes las ganas que tengo de comer comida española, pero de las de verdad, no de los sucedáneos que encuentro en París.

—Pues ella ha hecho ensaladilla rusa y carrillera al vino tinto.

—¿De verdad? Se me está haciendo la boca agua, Tinita —me dijo Gabriel, sonriente.

Llegamos a mi casa en pocos minutos y, una vez que dejé a mis inquilinos en la puerta, me dispuse a buscar aparcamiento.

El edificio de mis padres era precioso; tenía una ubicación ideal, pero no tenía garaje. Todo no se podía tener en la vida; ¿qué le vamos a hacer?

Subí pocos minutos después, y allí estaban todos sentados en el salón y esperando a que yo llegara, para sentarnos a la mesa a comer.

Ni siquiera les pregunté por Jean Paul, porque me hacía un daño horrible saber que ni siquiera pensaba en mí.

Por tener algo de fondo, pusimos la televisión en el primer canal que salió y en el que, en ese momento, estaban echando un programa de esos de corazón.

Fue un instante en el que todos nos quedamos callados y levantamos la vista hasta la televisión, pues no me podía creer lo que estábamos viendo.

«El millonario y referente de la moda, Jean Paul Sartre, considerado el soltero de oro de París, parece que ha sentado la cabeza de una vez por todas.

La afortunada es la renombrada diseñadora de su firma Samantha Field, quien siempre ha estado en todos los mentideros como su pareja, aunque no hubiera nada oficial.

Fuentes cercanas a la pareja nos cuentan que están esperando su primer hijo y que ambos están como locos con la noticia y deseosos de verle la carita a su retoño.

Después de eso, será muy raro que no veamos a la diseñadora con un anillo en su mano y vestida de blanco.

Desde aquí, les damos nuestra más sincera enhorabuena y les deseamos lo mejor».

Me tuve que sentar porque mientras que la chica iba hablando y contando todo, en la pantalla se mostraba un video de ellos dos saliendo de un restaurante, riendo.

Se veía cómo él le ponía la mano en el vientre a Samantha y cómo, después de eso, se daban un beso.

—Esa se vestirá de blanco cuando se apunte a kárate, porque en mi familia no la quiero y haré todo lo posible para que no se case con mi hijo —dijo Emma.

—No, Emma, es su vida y tú, como madre, se la tienes que facilitar. Si no te gusta, te callas y te esperas ahí, hasta que sea él quien se dé cuenta y venga a llorar en tu hombro —le dijo mi madre.

—Tiene razón mi madre, Emma. Primero de todo, es tu hijo y si él es feliz con esa mujer, no puedes ni debes hacer nada —le respondí.

—Pero es que esa mujer es mala, no tiene buen corazón —dijo Jade.

—Ni siquiera creo que esté embarazada —habló Gabriel.

Ahora sí que me atreví a preguntar lo que me estaba rondando en la cabeza desde que fui a recogerlos.

—¿Habéis hecho lo que pensabais?

—Por supuesto que sí, y ha caído como una idiota.

—¿Cómo lo habéis llevado a cabo?

Jade me contó que Alain había cogido uno de los diseños que había desechado de los que tenía, y se lo había dejado a ella en el interior del bolso.

Para que Jean Paul no dijera que era mentira, le había puesto una marca en el folio que tan solo se veía bajo una luz azul y, además, había cometido un error garrafal en las medidas, de manera que, si querían confeccionarlo, no sería posible, ya que tendría una manga más larga que otra.

—Sois únicos, de verdad.

—Tendrías que haber visto su cara; era como si le hubiera tocado la lotería.

—Pero… ¿Cómo lo hiciste?

—Pues mira, lo dejé caer en el suelo justo cuando ella pasaba y la llamé para decirle que se le había caído un diseño.

—¡No! ¿Lo cogió?

—Por supuesto, y tuvo la cara de decirme que había estado toda la noche trabajando en ese diseño, que sería uno de los modelos de la siguiente colección.

—¿Sabes si se lo ha mostrado a tu hermano?

—No, todavía no, aunque no dudo que lo hará en estos días, cuando yo no esté allí.

—Vamos, que vas a abordar a tu hermano en cuanto vuelvas.

—Más o menos, no inmediatamente, voy a esperar a que me diga algo para darle la estocada de gracia, como decía mi abuela.

Y así, día tras día, llegó el momento de la boda. Yo, por supuesto, al igual que mi madre y Valeria, llevaríamos un vestido de mi colección, de aquellos que dejé en la tienda para que mi madre los vendiera.

Emma y Jade también insistieron en llevar uno, por lo que el día anterior bajamos, eligieron los que más les gustaban y les hice los arreglos que necesitaban.

—Espero que no os moleste, pero he llamado a la prensa para que cubra la boda —dijo Emma mientras que se probaba el vestido.

—¿Nosotros? ¿En la prensa? —preguntó Carla, mi cuñada.

—Claro, mi niña. Les he contado que se casaba el hermano de una de las mejores diseñadoras del país; tenemos que darle vidilla al asunto.

Mi madre soltó una carcajada porque lo que realmente quería Emma era que su hijo me viera, y que, de paso, las viera a ellas también, y no con vestidos de su firma, sino de la mía.

Cuando llegamos al hotel, ya estaba allí la prensa, esperándonos. En realidad, a quienes esperaban era a la familia Sartre, así como a Ana Galán, a la que también invité, por supuesto.

Las preguntas se fueron sucediendo una tras otra, hasta que llegó a la que todo el mundo estaba esperando.

—Señora Sartre, ¿qué opina de que su hijo esté esperando su primer bebé con su pareja?

—En primer lugar, y hasta donde yo sé, mi hijo y esa diseñadora no tienen ninguna relación, así como tampoco tengo constancia de que estén esperando un bebé.

—¿Nos insinúa que todo es mentira?

—Hijo, yo no estaba en medio de la cama; no puedo afirmar ni insinuar nada. Si queréis saber más, podéis preguntarle a él, que seguro que os atiende de maravilla.

—¿Esos vestidos son de la nueva colección?

—Para nada. Estos vestidos son de una diseñadora novel , que se ha unido al que sí que es mi yerno, Alain Penaut, y que tengo claro que llegarán muy alto.

—¿Alain Penaut ya no diseña para vuestra firma?

—No, ya he dicho que han formado una firma nueva. Si me dejáis que lo pregunte, os digo el nombre, porque lo veréis muchísimo.

Emma se giró y nos hizo un gesto para que fuéramos hasta donde estaba ella. Jade fue la primera en hablar.

—La nueva firma se llamará Alaintina y os garantizo que sus diseños serán un bombazo.

—Señorita Sartre, ¿eso significa que usted también abandonará la firma familiar?

—Para nada, eso lo levantó mi abuela y no pienso permitir que una diseñadora que se cree una diva acabe con ella, pero sí que apoyaré al cien por cien la firma de mi chico y de su amiga.

—Bueno, ahora, si nos perdonáis, nos esperan para celebrar una boda. Por cierto, el vestido de la novia también es un diseño de ellos; estad atentos porque es una joya.

Entramos al hotel y nos sentamos junto al resto de los invitados. Mi hermano iba del brazo de mi madre, que lucía divina, pero él mucho más, al que le brillaban los ojos de la emoción.

Carla, por su parte, iba del brazo de su padre. Cuando mi hermano se giró en el altar y la vio vestida de novia, no pudo contener las lágrimas, que mi madre le limpió, como cuando era pequeño y se caía, con todo el amor del mundo.

La ceremonia fue una preciosidad, emotiva y cercana, que culminó con el típico beso de los novios.