Capítulo 25
Tina
Dos días después, estaba montada en un avión de camino a mi ciudad, a mi casa, a mi gente, a las que me moría por abrazar.
Sabía que no me dejarían en paz hasta saber la verdad, pero era lo que menos me apetecía en estos momentos.
Se los contaría, pero no ahora, no en este preciso momento. Valeria no había podido venir conmigo; lo haría un día antes de la boda, junto con Emma y los demás.
Fue bajarme del avión y era como si hubiera dejado todo ahí arriba, entre las nubes, sobre todo cuando vi a mi hermano y a mi cuñada esperándome en el aeropuerto.
—Mi niña, estás preciosa —le dije a Carla.
—Tú sí que estás guapa.
—Ya será menos.
—¿Y a tu hermano no le dices nada?
—Mi hermano sigue tan buenorro como siempre, como diría Valeria.
—Por cierto, ¿no ha venido contigo?
—No, ella tiene que trabajar y no vendrá hasta el viernes de la semana que viene.
—Y tú, ¿no tienes trabajo?
—Sé que ya Valeria os ha contado todo y os ha puesto al día, pero de verdad que no me apetece hablar de ello ahora.
—Cuando tú quieras, hermanita. Sabes que estoy aquí, como hermano y como abogado.
—Como esta segunda figura, si quisiera comentarte algo, pero no hoy, no ahora, quizás mañana o pasado.
Salimos del aeropuerto y mi hermano puso rumbo a la casa de mis padres, donde me estaban esperando con la mesa puesta, pues llegué a las dos y media.
—Seguro que mamá ha hecho tu comida favorita —me dijo mi hermano.
—¿Lo dudas? Pero no te me pongas celoso, por favor, que tú la tienes todos los días.
—Jamás podría tener celos de ti, enana.
—Lo sé. Estoy deseando llegar y desconectar de todo.
—Bueno, de todo no, que me tienes que terminar el vestido.
—¿Has engordado mucho?
—No, tan solo un kilo desde la última vez que me lo probé, pero sí noto mi vientre más hinchado.
—Hija, hinchado no, que tiene que ir cogiendo forma, que lo que llevas ahí dentro es un niño, no una cama plegable.
Mi hermano y mi cuñada soltaron una carcajada. Sabía que ese era un buen momento para contarles lo que había sucedido, pero si lo hacía, corría el riesgo de arruinar la comida, y no estaba dispuesta a eso.
Mi madre estaba en la puerta, como si tuviera que hacer una recepción, y en cuanto me bajé del coche, vino corriendo para darme un abrazo.
—Mi niña, por fin estás en casa.
—Mamá, que no vengo de la guerra.
—Como si lo que estás pasando allí no fuera una batalla. ¿Tienes pensado volver?
—Por supuesto que voy a volver a demostrarles a todos lo equivocados que estaban conmigo. Bueno, a todos no, a Jean Paul nada más, que los demás están de mi parte.
—Hermanita, habla claro ya y cuéntanos lo que ha pasado, que quiero meterle mano al cabrón ese —me dijo Álvaro.
—Primero, vamos a comer. Después, en la sobremesa y con una tacita de café del bueno, os lo cuento todo, lo prometo.
Subimos la maleta y entramos en mi casa, donde mi padre me estaba esperando con una sonrisa.
—Papá, qué ganas tenía de verte.
—Y yo, mi vida, y yo. ¿Cómo te encuentras?
—He tenido tiempos mejores, no voy a decir que no, pero también sé que volveré a ser la que era.
—Eso espero, mi niña, que no permitas que nada ni nadie te apague la luz que tienes en los ojos.
Mi padre me dio un beso, que me supo a poco, y nos sentamos a la mesa, donde ya estaba mi comida preferida, como había dicho mi hermano.
Esa tortilla de patatas y esos filetes empanados con pimientos fritos me supieron a gloria. Todos me miraban con una sonrisa, pero mi cuñada lo hacía con una ceja levantada, como si se estuviera preguntando algo, pero la ignoré.
Cuando terminamos de comer, mi madre fue la primera en preguntarme qué era lo que había pasado. Respiré hondo y cogí una bocanada de aire, para darme las fuerzas que necesitaba para contarles todo, sin dejarme nada en el tintero.
Empecé por contarle el tema de Samantha y cómo se había tomado el que yo ocupara su puesto, además de que seguía enamorada de él, hasta llegar al momento en el que nos encontrábamos ahora.
—Ese tío es gilipollas, y le voy a sacar hasta la cerilla de los oídos —dijo mi hermano.
—No, no quiero mover un dedo. Prefiero tenderle una trampa a esa mujer, y Jade nos va a ayudar.
—¿No quieres limpiar tu nombre?
—Claro que quiero, y lo voy a hacer, pero no en un juzgado, sino en la vida real, y con el mayor de los éxitos profesionales, te lo aseguro.
—Entonces, ¿para qué me querías como abogado?
—Para el tema de la venta de mi colección, no he sido yo, y eso se puede demostrar, porque en mi cuenta no hay ningún ingreso. Quiero que averigües quién lo ha hecho y quién ha hablado en mi nombre, y que caiga sobre esa persona todo el peso de la ley.
—No dudes de que pondré a los mejores investigadores en ello.
—Gracias, hermanito.
—No me la tienes que dar, hermanita.
Mi hermano se levantó y me dio un abrazo, ante la atenta mirada de mis padres y de mi cuñada.
Mis padres tenían que bajar para abrir la tienda, y me fui con ellos. Álvaro volvió también al trabajo y mi cuñada bajó con nosotros, pues quedaban pocos días para el enlace y tenía que cerrar bien las costuras del vestido.
Cuando nos encerramos en el almacén, Carla se acercó a mí, me tomó del brazo y me preguntó algo que no olvidaré en mi vida.
—Tina, no te lo tomes a mal, pero te lo tengo que preguntar.
—Dime, cariño, por supuesto que no me lo tomaré a mal, nada de lo que tú me digas tendrá ese efecto en mí.
—¿Estás embarazada?
—¿Perdón?
—Me has oído bien, no me hagas repetir la pregunta, que me sabe muy mal.
—Que yo sepa, no. ¿Por qué lo dices? ¿Me ves más gorda o algo así?
—No, te veo comiendo como yo al principio, antes de saber que estaba esperando a mi primer hijo.
Me tuve que sentar porque me faltaba hasta el aire. Tenía que ponerme con la regla justo después de la boda, pero yo no notaba absolutamente nada.
—Espero que no, porque lo único que me faltaba era que también pensara que me había quedado embarazada para cazarlo.
—No dirá eso porque tu familia no se lo vamos a permitir. Si es cierto que estás embarazada, espero ser la primera en enterarme, pero, sobre todo, lo que quiero es que te lo tomes como una buena noticia.
—No sé cómo me lo tomaré, la verdad. Tú dices eso porque tienes a un buen hombre a tu lado, pero yo…
—Tú tienes los ovarios necesarios para sacar adelante a ese niño y a quince como él.
—Hija, estás hablando como si ya lo tuviera confirmado.
—No, no, pero me parece que no me voy a equivocar.
—Anda, vamos a dejar ese tema. Quiero terminar tu vestido antes de empezar a guardar la máquina y todo lo demás, para llevármelo a París.
—Te echaremos de menos otra vez.
—Estoy a una hora y media de aquí.
—Sí, pero en avión.
Negué con la cabeza y saqué el vestido de la bolsa en la que estaba guardado, para ayudar a mi cuñada a que se lo probara.
Cuando se lo vi puesto, no pude evitar emocionarme, porque estaba tan bonita con él puesto. No tuve que hacer muchos ajustes, tan solo tendría que cerrar las costuras laterales.
A última hora, en la parte del vientre y para que no se sintiera agobiada o apretada, pusimos un tejido elástico que se adaptaba a su figura, pero sin presionar, y que le hacía una silueta estupenda.
—¿Tienes ya pensado qué te vas a poner en la cabeza?
—Nada, voy a hacerme un semirrecogido informal, con unas pequeñas florecitas, pero nada más. Al igual que las joyas, que también serán minimalistas.
—Me parece perfecto. No necesitas nada más para brillar, cariño; ya lo haces por ti sola.
Después de ayudarla a quitárselo, entré en la sala donde estaba la máquina industrial, con la intención de terminarlo de una vez.
Una hora después, ya estaba planchándolo y colgándolo de nuevo en la percha.
—Será mejor que lo dejemos aquí, así no corre el riesgo de que lo vea tu hermano —dijo mi madre.
—No, no, me lo llevo a casa de mis padres, que será donde me vista y de donde salga vestida de novia —dijo mi cuñada, que empezaba a emocionarse.