Capítulo 24
Tina
Recogí todo y me largué de allí, dispuesta a dejar también aquella casa en menos de una hora. Pero antes, pasaría por el hospital para decirle a mi amiga que tendríamos que dormir en un hotel, al menos hasta que encontrara casa.
No me iba a rendir, y me juré a mí misma que triunfaría, así me fuera la vida en ello, y ya no solo por mí, sino también por Alain, que había confiado ciegamente.
Estábamos a punto de llegar al garaje cuando nos dimos de bruces con Jade, que nos miró sin entender lo que estábamos haciendo.
—¿Se puede saber a dónde vais?
—A buscar un sitio en el que trabajar —le contestó su chico.
—¿Qué pasa? ¿Hay algún problema en vuestro despacho o algo así?
—No, donde hay un problema es en la cabeza de tu hermano.
—Chicos, esto parece un galimatías. Si sois tan amables de contarme todo desde el principio y como si fuera tontita, os lo agradecería.
—Está bien, pero vamos a la cafetería, por favor —les dije, deseando de salir de aquí.
Tendría que llamar a un taxi porque el coche también era de la empresa y no me iba a ir en él, así que también dejé las llaves en recursos humanos para que se las dieran a Jean Paul.
Salimos de allí, pero antes dejamos todas las cosas en el coche de Alain, para que luego me llevara hasta el edificio en el que vivíamos, para recoger todo y buscar un hotel o algo en el que vivir mientras que no tuviéramos más remedio.
Nos sentamos en la cafetería en la que desayunábamos casi todas las mañanas y en la que Alain pidió unos refrescos y una bolsa de patatas chips.
No me entraba nada, pero tampoco podía estar sin tomar nada. Menos mal que en unos días volvía a España para la boda de mi hermano, porque me vendría de lujo para desconectar.
Le contamos a Jade todo lo que nos había pasado, desde el robo de la colección, del que encontramos uno de los diseños en el despacho de su hermano, hasta la acusación que me hizo de espionaje industrial.
—Jade, te juro por mi vida y por la de mi sobrino, que es lo que más quiero en el mundo, que ni siquiera sé quién es ese hombre o esa firma. No había oído hablar de ella en mi vida.
—Te creo, la maldad de las personas se ve en sus ojos, y tú tienes una mirada limpia y noble.
—¿Quién crees que ha sido? —le preguntó Alain.
—¿Todavía lo dudas? La única que puede sacar tajada de todo esto, en todos los aspectos, además.
—Me cago en la puta, Jade. No podemos dejar que hunda a tu hermano; eso será pan para hoy y hambre para mañana.
—Alain, si estás arrepentido de lo que has hecho y quieres volver a la empresa, lo entenderé perfectamente —le dije, convencida de que así sería.
—¿Estás loca? No pienso volver si no lo haces tú.
—Pues lo siento en el alma, porque yo no pienso volver a poner un pie en esa empresa. Me he propuesto ir en solitario, o contigo si es eso lo que quieres, y triunfaré en el mundo de la moda, aunque sea lo último que haga.
—Yo iré de tu mano, siempre, no lo dudes.
—Bueno, más vale que nos vayamos ya, porque tengo que buscar un hotel en el que dormir y avisar a mi amiga para que también recoja sus cosas.
—No me lo dices en serio, ¿verdad? —Me preguntó Jade, indignada.
—Por supuesto que lo digo en serio. También me ha echado de esa casa, pero aunque no lo hubiera hecho, tampoco iba a permanecer ahí.
—Dame un momento para que haga una llamada. No te muevas de aquí.
Vimos cómo Jade salía de la cafetería y se ponía a hablar por teléfono. Tan solo esperaba que no estuviera llamando a su hermano, porque lo último que quería dar era lástima.
Tenía dinero suficiente ahorrado como para alquilar una casa mientras que sacábamos la colección adelante; además, también contaba con la ayuda de mi amiga Valeria.
Como quince minutos después, Jade entró de nuevo en la cafetería, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Solucionado el problema de la casa. No vamos a permitir que durmáis en un hotel.
—¿Qué has hecho, Jade? No habrás hablado con tu hermano…
—No, con ese hablaré más tarde, pero ahora mismo, lo que tenemos que hacer es ir a buscar las cosas de la casa y llevarlas a esa otra.
—¿Qué otra? No tengo ni idea de lo que estás hablando, de verdad.
—Bien, he llamado a mi madre y me ha confirmado que tiene disponible la casa en la que vivíamos antes, aunque no está precisamente cerca de aquí.
—Mejor, cuanto más lejos, menos probabilidad de encontrarme con tu hermano.
—Eso sí, lleva años cerrada, por lo que tendremos que limpiarla a fondo.
—Mientras que tenga un techo y agua corriente, me vale. Hablaré con tu madre para que me ponga un alquiler.
—Uy, ya se hablará de eso. No te preocupes.
Salimos de esa cafetería y esperé fuera del garaje hasta que saliera Alain, pues entendía que necesitaban unos minutos a solas.
Mientras lo esperaba, pensaba en lo bonito que había sido todo al principio, pero cómo, en unos días, el sueño se había tornado pesadilla. Por suerte, el vestido de novia de mi cuñada lo había enviado mucho antes de que sucediera todo esto, y ya estaba en mi casa, colgado de una de las lámparas.
Al final, decidí que buscaría un vuelo para irme en cuanto pudiera y pasar así más tiempo de lo que tenía pensado con mi familia.
Por supuesto que todos seguían invitados a la boda, aunque algo me decía que Jean Paul no iría. Esperaba que no tuviera la poca vergüenza de acudir, aunque después de lo de hoy me podía esperar cualquier cosa.
No tardó en salir y en coger camino del edificio. Lo noté pensativo, e insistí en lo que le había dicho antes.
—Alain, de verdad que no tienes ningún compromiso de venirte conmigo, al fin y al cabo, son tu familia.
—Estoy del lado de la verdad, Tina, ya sea mi familia o el Papa.
—Entonces, ¿qué estabas pensando?
—Pues en la manera de tenderle una trampa a Samantha. Jade está de nuestra parte, y tengo claro que encontraremos la forma de hacerlo.
—¿Cómo vamos a hacer lo del trabajo?
—Conozco bien la casa en la que vivía Jade, y tiene un espacio en el que podemos trabajar cómodamente, tanto en verano como en invierno.
—¿Y el tema de la comercialización? Porque no quiero venderlas a ninguna firma, seremos nosotros, Penaut y Durán.
—No, amiga, seremos Alaintina , que es mucho más sonoro y comercial.
—¡Me encanta!
—Creo que tengo el local adecuado, pero antes de enseñártelo tengo que hablar con los propietarios para que nos lo alquilen.
—Perfecto, eso lo dejo en tus manos.
Como no sabía si mi amiga Valeria estaba disponible u ocupada, le envié un mensaje.
Tina: Amiga, en cuanto que puedas, llámame. Es urgente, te quiero.
No tardó ni un minuto en aparecer los dos tips azules, y en sonar mi móvil.
—¿Te ha pasado algo? ¿Necesitas venir al hospital?
—No, tranquila, no es nada de eso.
—Joder, Tina, me has asustado.
—Bueno, es un poquito preocupante, pero nada de salud.
Le conté así, brevemente, lo que había sucedido y que necesitaba que viniera lo antes posible a casa, para que recogiera sus cosas y saliéramos de allí.
—Menudo pedazo de cabrón.
—Ni que lo digas. Por favor, en cuanto que termine tu turno, te necesito aquí.
—No voy a esperar a que termine mi turno, hablo con Jules y en una hora, como mucho, estoy allí.
—Gracias, amiga. Sé que siempre puedo contar contigo.
—No lo dudes. Para todo, eres mi hermana.
Colgué la llamada y subí hasta mi casa. Alain me dijo que dejara todo en el coche, pues él sería el encargado de llevarme hasta allí. Metí toda mi ropa en mi maleta, dejando colgada allí la que me habían regalado de la empresa.
Las lágrimas caían por mi rostro, sin control, hasta que sonó el timbre de la casa, con lo que me las limpié con rabia. Pensé que sería Valeria, que ya había vuelto del trabajo, pero no, al abrir la puerta me encontré con Emma.
Me abrió los brazos y no pude evitar tirarme a ellos, llorando como si estuviera con mi madre, porque así me hacía sentir: como si fuera una hija más.
—¿Ya te has desahogado?
—Gracias, Emma. De verdad, por todo.
—No me las tienes que dar, no es necesario.
—Claro que sí, porque me estás tratando como nadie lo ha hecho nunca fuera de mi familia. Estás confiando en mí, por encima de todos, incluso de tu propio hijo.
—Confío en la verdad y en todo lo que esté en mi mano para que salga a la luz, para que no te hagan sentir de menos. No dudes que lo haré.
—Por cierto, me tienes que hacer el contrato de alquiler de la casa, que no quiero que me digan que vivo de okupa, que será lo próximo que me diga tu hijo.
—Que diga lo que quiera, porque, al igual que esta casa es suya y está a su nombre, la que vas a vivir tú es de mi propiedad y con ella hago lo que me dé la gana.
Recogimos todo lo más rápido posible y nos marchamos para la casa nueva. Alain nos llevó, pero Emma nos acompañó, pues decía que quería ver en el estado en el que se encontraba todo.
No os puedo mentir: aquella casa no solo era bonita, sino que no le faltaba ningún detalle. Lo único que teníamos que hacer era llamar a la empresa de telefonía para que nos pusieran el Wi‑Fi, porque se encontraba en estado de revista.
Tenía un jardín con piscina y una casita de invitados, que era donde Alain me dijo que podíamos trabajar con tranquilidad.
Aparte, la casa contaba con cinco habitaciones, un salón enorme y una cocina abierta al salón, un cuarto de lavado, dos cuartos de baño en suite y otro en el pasillo, además de un cuarto de aseo junto a la cocina.
Tanto a Valeria como a mí nos encantó la casa. Por la zona en la que estaba, que no era en el centro y, por lo tanto, era mucho más tranquila, como por la manera en la que estaba amueblada y decorada.
—Tengo que traer mi máquina industrial para la casita de invitados, así como todo lo que dejé en España para la confección de la ropa.
—Lo podemos traer todo en el avión de la empresa, cuando vengamos de la boda, suponiendo que la invitación siga en pie.
—Por supuesto que sigue en pie, pero yo me volveré en un vuelo comercial
—No, tú, al igual que todos, nos volveremos a París en el avión de la empresa, porque te recuerdo que todavía estoy viva y esa empresa es mi herencia, no de él ni de nadie.
Nos despedimos tanto de Alain como de Emma y nos pusimos a guardar nuestras cosas. Yo no tenía mucho que guardar, pero me lo traería de mi casa cuando viniera de vuelta.
Estaba pensando en ello cuando llamaron al timbre de la verja; no sabía quién podía ser, así que, antes de abrir, miré por el interfono. Se trataba de Jade, que venía con varias cajas y no dudé en abrir la puerta.
—¿Me puedes echar una mano?
—Perdona, claro, pero… ¿qué traes ahí?
—Tu ropa, la que has dejado en la casa.
—Esa ropa no es mía, es de la empresa, y no quiero que tu hermano tenga más cosas con las que hacerme daño.
—No, esta ropa no es de la empresa. Esta ropa es un regalo mío y, como regalo, la vas a tener en tu casa. Si luego no quieres usarla, ya eso es cosa tuya.
—Si no la quiere usar ella, no dudes que la usaré yo —le contestó Valeria.