Capítulo 23
Jean Paul
Me encontré a Samantha abajo, en el aparcamiento, que había dejado el coche en la plaza de Tina, pero no le dije absolutamente nada.
—Jean Paul, he estado trabajando todo el fin de semana y me gustaría mostrarte algo.
—Venga, vamos a mi despacho y allí hablamos.
—Sé que, a lo mejor, te piensas que es una locura, pero algo me dijo que debía hacerlo. Si tú no la quieres, pues la venderé a cualquier otra firma.
—Te recuerdo que sigues trabajando para DeSartre .
—Y lo sé, por eso vas a ser tú el primero en verlo. No puedo tirar por la borda todos mis años de diseño y relegarlo a una colección deportiva.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, vamos a ver qué es lo que quieres proponerme.
Salimos del ascensor y me iba riendo por algo que me había dicho, cuando Marge me paró para decirme que Tina me llamaba.
La conversación fue absurda, aunque yo sabía que la tendría, puesto que Tina no hablaba por no ofender, mucho menos iba a aparcar en un sitio que no era el que tenía asignado.
En cuanto terminé de hablar con ella, entramos en mi despacho y le dije a Marge que no me molestara nadie, porque tenía una reunión con Samantha.
Me daba miedo que quisiera tenderme una trampa, como la última vez, pero no fue nada de eso.
La vi sacar su portátil, ponerlo sobre la mesa y abrir una carpeta con el título «diseños novia Samantha Field».
—He pensado que se podría añadir una colección de novias, pero que no fuera de las convencionales, sino unas un poco más actuales.
—Quiero ver esos diseños.
—Toma. Aquí están todos.
El trabajo era muy bueno, excepcional. Había vuelto la Samantha de siempre, y era una buena diseñadora antes de que se acomodara en el puesto.
No me parecía justo, tampoco para ella, que se tuviera que conformar con el diseño de ropa deportiva; sería desperdiciar su talento, porque acababa de demostrarme que lo tenía.
Justo cuando estaba mirando todo, al detalle, pues me gustaba mucho, ella se levantó y se acercó a mí. Pensé que sería algo incómodo, pero no, respetó mi espacio y tan solo lo hizo para explicarme algunos detalles.
—He pensado esta colección para bodas civiles o religiosas, pero para quienes no quieran ser una novia más. ¿Qué te parece?
—Me parece una colección preciosa, Samantha. Enhorabuena.
—¿La vamos a sacar adelante?
—No lo dudes. Ya tenía en mente sacar una colección así, y te has adelantado a mi propuesta.
No le dije que ya se lo había encargado a Tina y a Alain porque no quería que se sintiera menospreciada. Si ellos querían hacer otra un poco más clásica, adelante, si no, con esta teníamos más que suficiente.
Al final, no habíamos acudido a la presentación de la colección de Mansini porque, después de hablar con algunos de mis compañeros de profesión, pensamos que ellos nunca venían a las nuestras y que era algo absurdo.
Estábamos hablando de todo eso cuando Samantha recibió un mensaje con un vídeo. Era la presentación de la colección exclusiva de Mansini y, cuando me la mostró, os prometo que se me bajó hasta la tensión.
—¿Qué cojones significa esto?
—Pues es muy sencillo: que tu queridísima española te la ha jugado, y bien, dicho sea de paso.
—¿Perdona?
—Son sus diseños, Jean Paul, con unos ligeros cambios. Está claro que ella ha jugado con un arma de doble filo y se los ha vendido a ellos.
El color de mi cara desapareció, y me tuve que agarrar a la silla en la que me encontraba sentado, porque hasta mareo me entró.
—Déjame solo, Samantha.
—¿Estás seguro? No te veo muy bien para quedarte solo.
—Sí, por favor, necesito procesar todo esto que está pasando.
—Está bien, pero le diré a Marge que esté pendiente de ti.
—Cierra la puerta al salir.
Samantha se levantó, recogió sus cosas y se dispuso a salir de mi despacho cuando la llamé.
—Samantha…
—Dime.
—Gracias.
—No hay de qué. Espero que eso te sirva para confiar en las personas adecuadas.
No sé el tiempo que estuve allí sentado, sin poder moverme ni articular palabra, hasta que algo en mi interior me dijo que tenía que sacar a esa mujer de mi empresa, antes que nada.
Bajé a su despacho, pero no la encontré, ni a ella ni a mi cuñado, por lo que supe que estarían en la cafetería.
Nada más bajarme del ascensor, los vi, en completo silencio, como si estuvieran maquinando algo, al menos ella. No me lo pensé y me acerqué a ellos, con toda la ironía del mundo. Si Tina se pensaba que me iba a joder haciendo esto, no sabía con quién había topado.
—Veo que estáis muy entretenidos. Pero tú y tú, en diez minutos en mi despacho.
—Íbamos para allá; tenemos que comentarte algo, pero antes hemos parado aquí a tomarnos una infusión, para aplacar el ataque de nervios que nos ha entrado.
—Ese ataque de nervios no será nada con lo que os va a entrar cuando hable con vosotros.
Los dejé allí y me di la vuelta, no sin antes decirle a la chica de la cafetería que me subiera un café solo y sin azúcar, que era como me gustaba tomarlo cuando estaba cabreado.
Volví a subir en el ascensor y, en cuanto llegué a mi planta y pasé por el escritorio de Marge, me paré.
—Marge, en cuanto lleguen Alain y Tina, que pasen; no es necesario ni que los anuncies.
—Perfecto, señor Sartre, los haré pasar de inmediato.
Esos diez minutos se me hicieron eternos, no paraba de dar vueltas en mi despacho, de un lado a otro, hasta el punto de que ni siquiera fui consciente de que me habían dejado el café encima de mi escritorio.
En cuanto que lo vi, lo cogí y me lo bebí de un sorbo, apurándolo y sin importarme lo caliente que estaba.
Puse la taza encima del platito cuando llamaron a mi puerta. Eran los dos, así que les di paso.
—Adelante.
—Jean Paul, queríamos hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre la colección de novias, alguien la ha robado de nuestro ordenador.
—No me vengáis con tonterías; nadie sabe vuestras claves. ¿De qué ordenador ha desaparecido?
—Del mío —me dijo Alain, y una sonrisa irónica se pintó en mi cara.
—Claro, y seguro que tu compañera tenía las claves, ¿no es así?
—Por supuesto, al igual que yo sé las suyas.
—Ya, pero la diferencia es que tú no te atreverías a venderla.
—¿Estás insinuando que la he robado yo para venderla a otra firma?
—No lo estoy insinuando, lo estoy afirmando.
—Eso que estás diciendo es muy fuerte, y lo tendrás que demostrar —me dijo Tina, que se veía de lo más desconcertada.
Se veía que era una muy buena actriz, porque actuaba como si no supiera nada, como si se estuviera enterando de todo por primera vez.
—Por desgracia, eso no puedo demostrarlo, pero sí que puedo hacerlo con la colección exclusiva y de calle.
—¿Qué quieres decir, Jean Paul? —Me preguntó mi cuñado.
—Seré breve e iré al grano.
—Y te lo agradeceremos, no lo dudes.
—Tina está fuera de la empresa. Pasa por recursos humanos para que te firmen y paguen el finiquito, y no se te ocurra denunciarme por despido improcedente, no, al menos si quieres seguir trabajando en esto.
—¿Perdona? ¿Me estás amenazando?
—No, te estoy advirtiendo. Has vendido a Mansini las colecciones, tanto la exclusiva como la de calle, y las acaban de sacar al público, con los consiguientes perjuicios para la empresa.
—Yo no he vendido nada y lo puedo demostrar, al igual que no tengo la colección de novias.
—Lo demostrarás en un juzgado, porque si sigues insistiendo en eso, no dudaré en demandarte.
—Hazlo, ahora mismo. Llama a tus abogados y muéstrales las pruebas.
—Está claro que has sido tú, porque Alain está completamente descartado.
—Hace unos días, cuando llegué a la oficina, la carpeta de las colecciones no estaba en mi ordenador; había desaparecido. Por eso entré en el de Alain y me lo envié por correo electrónico para seguir trabajando.
—¿Esa es tu excusa?
—No es ninguna excusa, es la verdad.
—Bueno, me da igual. Ya he visto de lo que eres capaz y, por eso, te quiero fuera antes de que termine el día. Por supuesto, no te podrás llevar nada de la empresa.
—Me llevaré mis diseños, esos que todavía no te había enseñado, y no, no los voy a vender; los haré yo misma. Crearé mi firma, como hice antes de que tú aparecieras.
—Si ella se va, yo lo haré con ella —me dijo Alain, y eso sí que no me lo esperaba.
—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?
—Sí, porque sé que ella no ha hecho nada y que vas a terminar arrepintiéndote.
—De lo único que me arrepiento es de haberle dado la oportunidad de venir conmigo a París, sin contar con que la metiera en mi casa y en mi cama.
—Estás siendo muy cruel, Jean Paul.
—Déjalo, Alain, el tiempo pone todo en su sitio y, cuando lo ponga a él, ya será demasiado tarde.
—Ni que decir tiene que tendrás que salir de la casa en la que vives y que es de mi propiedad.
—No me quedaría ahí, ni muerta. Si lo siento es por tus padres y tu hermana, a los que les he cogido demasiado cariño.
—Pues más vale que te olvides también de ellos, porque no pienso permitir que te acerques a ellos.
—Tanto ellos como yo somos ya demasiado mayorcitos como para que nadie nos dirija la vida. ¿No te parece?
Se levantó de la mesa y, cuando estaba a punto de marcharse, algo llamó la atención de Alain, que cogió un folio que había en el suelo.
—¿Quién te ha dado esto?
—Eso no es asunto tuyo.
—Claro que lo es, si no quieres que te demande por apropiación de algo que no te pertenece.
—¿Ahora me vas a decir que esto es vuestro?
—Y tanto que lo es. Forma parte de nuestra colección de novias informales.
—Eso es mentira, porque es uno de los diseños de una de vuestras compañeras.
Para nada le dije de quién se trataba, porque entonces encontrarían la excusa perfecta para justificar sus fechorías.
—Ese diseño es nuestro —dijo Tina.
—¿Podéis demostrarlo?
—¿Cómo vamos a demostrarlo si te estamos diciendo que nos la han robado?
—Entonces, os ruego que salgáis de mi despacho y recojáis vuestras cosas lo antes posible. Ah, y entregad vuestras acreditaciones en Recursos Humanos, por favor.
Los vi salir y, si me dolía todo esto, era por Alain, mi cuñado, que había depositado su confianza en la persona equivocada, y que se iba a dar de bruces con un muro de hormigón cuando viera la realidad del asunto.
A pesar de todo, no me terminaba de encontrar bien; era como si mi mente se negara a admitir lo que había sucedido, como si me estuviera advirtiendo de que me estaba equivocando, pero ignoré ese sentimiento.
Me centré en el trabajo y así pasé buena parte de la mañana, hasta que recibí una llamada de recursos humanos.
—Buenas tardes, señor Sartre. Le llamaba para decirle que el señor Penaut y la señorita Durán ya han firmado la documentación.
—Me parece perfecto. Haced el ingreso de lo que le corresponda lo antes posible, por favor.
—Ese es el problema. La señorita Durán se niega a firmar el finiquito; dice que no lo quiere para nada, que…
—Habla, cuéntame lo que te ha dicho.
—Sus palabras textuales, y en español, han sido algo así como «que lo meta en huevo y que lo disfrute».
No pude evitar soltar una carcajada porque sabía lo que me había dicho, y escucharlo de la boca de una francesa, y encima mal, era para eso y mucho más.