Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 22
65%

Capítulo 22

Tina

El fin de semana pasó muy rápido y, aunque me lo pasé de lujo con mi madre y mis chicas, echaba muchísimo de menos a Jean Paul. Parecía increíble que, en tan poco tiempo, me hubiera sentido tan atraída por un hombre, cuando no me había pasado algo así en la vida.

Por lo menos, contaba con la compañía de Valeria, aunque hoy era su primer día de trabajo, por lo que, al no tener coche, se vendría conmigo en el mío, ya que su hospital estaba cerca de mi oficina.

Había dos hospitales en la zona, uno en el que trabajaría mi amiga y el otro, un poquito más lejos, pero que tampoco era una distancia enorme.

—Amiga, vámonos ya, que no quiero llegar tarde al primer día de trabajo.

—Ya voy, cojo mi bolso y mi maletín, y nos marchamos.

Eso hice, cogí todo, cerré mi casa con llave y les pedí a todos los santos del cielo que no me encontrara con Jean Paul en el descansillo.

Por suerte para mí, cuando salimos no había nadie y el ascensor estaba bajando, por lo que estaba claro que lo había cogido él tan solo un minuto antes.

Era nuestro turno y bajamos hasta el garaje, con tan mala suerte de que todavía no se habían marchado.

No tenía ninguna intención de pararme con ninguno de los dos, pues tan solo diría hola y poco más, pero, al parecer, mi amiga no tenía mis mismas intenciones, pues se frenó en seco, delante de ellos.

—No me lo puedo creer, ni que París fuera el pueblo de mi abuela —dijo mi amiga, negando con la cabeza.

—¿Eres tú? ¿De verdad? —dijo Jules, que soltó una carcajada.

—¿Me podéis explicar de qué os conocéis? Porque, que yo sepa, mi amiga nunca ha estado en París y, si tú te hubieras liado con ella en Barcelona, me habría enterado, entre otras cosas porque no salimos nunca la una sin la otra.

—¿Recuerdas que te dije que había conocido a mi nuevo jefe por videollamada?

—¡No!

—Sí.

—¿En serio?

—Te lo juro por Snoopy.

Empecé a reírme a carcajadas, porque lo que menos me podía imaginar era que el jefe tan buenorro del que me hablaba Valeria era Jules, el mejor amigo de mi jefe.

Qué raro me sonaba ahora decir eso: mi jefe, en vez de mi chico, como había dicho antes. En fin, los dejé allí hablando y me fui a subir en mi coche, ya que, al final, Jules dijo que se llevaría el suyo y así podría ir y venir con Valeria.

Recordé lo que me había dicho Jean Paul sobre su amigo y me anoté mentalmente que tendría que comentárselo a mi amiga para que no se lo pusiera demasiado fácil.

Jean Paul me miró, pero no me dijo ni una sola palabra, e hizo lo mismo que yo, saliendo disparado del aparcamiento.

Me encantaba escuchar música cuando iba conduciendo, y no lo dudé: conecté mi playlist a los altavoces del coche y le di a reproducción aleatoria, y salió una de mis canciones preferidas, aunque era del año de la polca.

Subí el volumen al máximo y me puse a cantar a pleno pulmón. Si él pensaba que me iba a mostrar amargada por lo que me había hecho, lo llevaba claro.

Otra cosa era lo que hiciera en privado, donde no me veía nadie, que era cuando lloraba lo más grande, por lo que pudo ser y no fue.

Nunca antes una canción me había hecho sentir tanto; nunca una letra había calado tan hondo en mí como esta. Y es que, sí, por mucho que pasaran los años, nunca me olvidaría de lo que había vivido y sentido con Jean Paul.

No me había dado cuenta, pero justo en el carril de mi derecha, estaba él, mirando cómo cantaba y con una sonrisa en los labios.

Me dolió que me mirara así, como si fuera alguien importante para él, cuando había demostrado que le importaba mi bienestar una mierda. Pero no me corté; seguí cantando como si le estuviera dando un concierto privado.

No es que yo cantara que era una delicia, pero se me podía escuchar; por eso ni siquiera bajé el volumen.

En cuanto el semáforo se puso en verde, a Jean Paul le faltó tiempo para acelerar y alejarse de mí, pero me dio igual.

Llegué y aparqué mi coche, pero mi plaza estaba ocupada por otro coche, lo que me molestó muchísimo. No me quedó otra que llamarlo para que me dijera dónde aparcar.

Cogí mi teléfono y marqué su número, pero no me contestó a la primera, por lo que me vi obligada a llamar a su secretaria.

—Marge, buenos días, soy Tina. ¿Me puedes pasar con Jean Paul, por favor?

—Buenos días, Tina. Si me das un segundo, creo que está subiendo en el ascensor porque a su despacho todavía no ha llegado.

—Vale, perfecto, espero.

Me mantuvo en línea unos segundos más, hasta que lo escuché llegar, riendo, para, a continuación, escuchar la voz de Samantha, y os prometo que me puso de una mala leche que no os podéis imaginar.

—Señor Sartre, es la señorita Tina; necesita hablar con usted. ¿Se la paso a su despacho?

—No, dame, hablo con ella aquí mismo. Ahora tengo una reunión y no la podré atender.

Escuchar que decía eso y que la persona con la que se iba a reunir era Samantha me dolió, no voy a negarlo, porque mi mente iba por libre e imaginó mil formas de reunirse con ella, creo que me entendéis.

—Dime, Tina. ¿Qué te ocurre?

—Jean Paul, hay un coche aparcado en mi plaza y no sé dónde puedo o no puedo aparcar.

—¿Para eso me llamas? Te creía más resolutiva, chica. Aparca donde te plazca, no puedo perder el tiempo con tonterías.

Me colgó, así de sencillo. Me dejó con la palabra en la boca y lo que me entró por el cuerpo me hizo hacer lo que se me pasó por la mente.

Aparqué, claro que sí, y como yo sabía que me marcharía después que él, porque tenía una comida de trabajo, lo pegué de tal manera que no podría entrar por la puerta del conductor.

El otro coche también estaba estacionado de tal manera que ni por la puerta del copiloto podría hacerlo, por lo que no tendría más remedio que llamar a uno de los dos, y le pedía al cielo que fuera a mí a quien llamara.

Entré en mi despacho, donde ya estaba Alain, mirándome con cara de tener que decir algo.

—Espero que eso que me tienes que decir sea algo bueno, porque me acabo de levantar, como aquel que dice, y ya tengo el día torcido.

—Pues, muy bueno no es, que digamos.

—Entonces, dale, sin anestesia.

—Alguien nos ha robado la colección de novias.

—¿Perdona? ¿Qué quieres decir con eso?

—Lo que has oído: que tan solo está el patronaje del vestido de tu cuñada; de los demás, ni rastro.

—Joder, ¿los has buscado bien? Lo mismo y ayer, cuando estuvimos trabajando, los guardamos en otra carpeta o los enviamos a otro lugar del programa.

—Nada de nada, y será mejor que subamos a decírselo al jefe.

—Pues no sé si nos va a querer atender; está reunido con Samantha.

—Me importa un huevo; esto es mucho más importante.

Nos levantamos y nos marchamos hasta el ascensor, dispuestos a subir hasta el despacho del jefe, cuando del mismo salía Samantha con una sonrisa en los labios.

—Tienes los días contados aquí, españolita.

No pude responder porque Alain me cogió del brazo y me metió en el ascensor, viendo que era capaz de cualquier cosa.

La sangre me hervía en las venas y, como me dijera algo, era capaz de saltarle a la yugular. Por eso, paré el ascensor y le di a la planta baja, donde estaba la cafetería.

—¿Qué haces, loca?

—Bajar a tomarme una tila, porque como me enfrente a Jean Paul ahora, no sé de lo que soy capaz.

Alain soltó una carcajada que retumbó en el ascensor, mientras que salíamos a la zona de la cafetería.

Pensé en pedirme un carajillo, pero recordé que no estábamos en España, sino en Francia, y lo cambié por una infusión de manzanilla. Estaba dándole el último sorbo y Alain apuraba su café, cuando entró Jean Paul por la puerta.

—Veo que estáis muy entretenidos. Pero tú y tú, en diez minutos en mi despacho.

—Íbamos para allá; tenemos que comentarte algo, pero antes hemos parado aquí a tomarnos una infusión, para aplacar el ataque de nervios que nos ha entrado.

—Ese ataque de nervios no será nada comparado con el que os va a entrar cuando hable con vosotros.

Cuando lo escuché decir eso, unido a lo que había soltado Samantha nada más salir del ascensor, me dejó claro que no me iba a gustar lo que tenía que decirnos.