Capítulo 21
Jean Paul
Cuando la vi que llamaba a la puerta de la casa de mis padres, en pijama y despeinada, para proponerle a mi madre que se fueran con ellas al parque temático, os prometo que un nudo se me formó en la garganta.
No me atrevía ni a mirarla, pues, tan cerca como la tenía, era capaz de cargarla al hombro, encerrarla en mi casa y no dejarla salir en todo el fin de semana, y no era eso lo que ella me había dicho que quería.
Mi madre, en cuanto que ella se marchó, y con su habitual perspicacia de siempre, se plantó delante de mí, con las manos en la cintura, y me miró como cuando era pequeño y me había ido lejos en la playa.
—¿Se puede saber qué coño ha pasado entre Tina y tú?
Agaché la cabeza, intentando buscar la manera de explicarle todo a mi madre, pero Jules no me dio la oportunidad de hacerlo y habló por mí.
—Emma, tu hijo, que es medio gilipollas y ha creído en lo que le ha dicho Samantha sobre Tina.
—¿Qué fue eso, exactamente?
Le conté los rumores que me habían llegado y la manera en la que la había enfrentado, sin cotejar nada, así como lo que me había respondido ella.
—Y ha hecho muy requetebién. Si yo fuera ella, lo hubiera hecho todavía peor —dijo mi madre.
—Yo también, mamá. Para empezar, me hubiera llevado todas mis colecciones y las hubiera sacado adelante yo sola, porque ovarios no le faltan para hacerlo —contestó mi hermana.
—Eso va en la calidad de la persona, y Tina tiene tan buen corazón que es difícil que lo haga. No hay más que ver lo que ha hecho conmigo —sentenció Alain.
—Bueno, ya hablaremos de esto a la vuelta, porque no pienso dejarlo olvidado, que lo sepas. Ahora, vamos a vestirnos, Jade.
—Cariño, ¿vas a ir a casa a cambiarte? ¿Me puedes traer mi portátil? Voy a ver si trabajo un poco y así no me aburro.
—Está bien, ahora mismo te lo traigo.
Mi madre tardó entre cero y nada en volver ya vestida y, cuando mi padre la vio, soltó una carcajada.
—¿De qué te has disfrazado? ¿Te has pensado que tienes quince años de nuevo y vas al concierto de tu cantante favorito? —le dijo él, entre risas.
—Más quisieran muchas de veinte tener el cuerpo y el estilo que yo tengo, chaval. Y no, no voy a ningún concierto; voy cómoda para poder montarme en todas las atracciones.
Minutos después, entró mi hermana, con un estilismo muy parecido al de mi madre, y ahí sí que los tres soltamos una carcajada.
—¡Viva la elegancia y el estilo, sí, señor! —exclamó mi cuñado.
—¿Qué pasa? Voy cómoda y preparada para el día de hoy, que después me duelen los pies y no soy capaz ni de moverme.
—De verdad, parecéis que os habéis escapado de una excursión de instituto —les dije yo, sin parar de reír.
—Pues serán las repetidoras, porque años tienen las dos para dar y para regalar —soltó mi padre.
A estas alturas de la película, hasta las lágrimas me caían de la risa, pero hasta que llamaron a la puerta y la volví a ver. Dios, ¿se podía estar más guapa que ella? No llevaba nada extravagante, ni siquiera un vestido o unos pendientes que llamaran la atención; ella lo hacía por sí sola.
Se había puesto un pantalón vaquero corto, tipo short, y una camiseta de tirantes, nada más, pero lo que en mi madre o en mi hermana resultaban ridículos, en ella ocurría todo lo contrario.
Hicieron las presentaciones oportunas y se dispusieron a marcharse cuando, sin poder evitarlo, miré hacia Tina, que me devolvió la mirada.
Fue una cuestión de segundos, nada más, pero lo suficiente para notar lo mucho que nos deseábamos y me dije que estaría dispuesto a recuperarla, me costara lo que me costase.
Yo también abrí mi portátil; quería revisar algunas cosas que se me quedaron pendientes el día anterior por la mañana, pero me encontré con una enorme sorpresa.
—Mansini acaba de enviar un correo para la presentación de su colección para la semana que viene.
—Un poco pronto, ¿no crees?
—Quizás es que quiere adelantarse a nosotros, intentar que la suya salga antes para que haya más ventas.
—No sé, algo no me cuadra, pero confirmaré la asistencia para salir de dudas.
—Si quieres, yo te puedo acompañar.
—Sí, me vendría bien tu compañía. Tú sabes de esto mucho más que yo.
Mi padre nos miraba, como si no supiera o no encontrara la manera de decirme lo que estaba pensando.
—Suéltalo, papá, no te lo guardes para ti, que es peor.
—Todo esto me huele mal. Mansini no es de esos que juegan limpio; nunca lo ha hecho, al igual que su padre o su abuelo.
—Yo también estoy escamado…
De momento, una idea se me pasó por la cabeza. No, no podía ser, porque entonces, no solo se me vendría abajo la idea de la diseñadora, sino que también se me escaparía la de la mujer de la que me estaba enamorando.
—Ahora eres tú el que estás pensando —me dijo mi cuñado.
—Sí. ¿Y si es verdad eso de que Tina se ha puesto en contacto con Mansini? ¿Y si le ha dado nuestra colección a cambio de dinero o prestigio?
—Eso no puede ser cierto, Jean Paul. Tengo claro que Tina no es así, por mucho que tú te empeñes en verlo de esa manera.
—Está bien, no le demos más vueltas; lo comprobaremos la semana que viene en Milán.
Tanto Alain como yo estuvimos de acuerdo en eso y nos pusimos a trabajar durante un buen rato más. Cuando quisimos darnos cuenta, ya era la hora de la comida y decidimos que pediríamos algo a domicilio.
Mi madre se había ido y no había dejado nada hecho; la chica de servicio libraba los fines de semana y a ninguno de los tres nos apetecía cocinar nada.
Mi padre, con su gran sentido del humor, no tuvo otra ocurrencia que pedir comida italiana, y cuando llegó el chico de la trattoria y Alain le abrió la puerta, ninguno pudo reprimir la risa.
—De verdad, papá, esto solo se te ocurre a ti.
—¿Qué ha pasado? Tengo que aprovechar que tu madre no está, que ya sabes que no me deja comer pizza, por lo de las analíticas.
—Suegro, pero con todo lo que tenemos encima con Mansini, y a ti se te ocurre pedir comida italiana, es para matarte.
Mi padre, cuando se dio cuenta de lo que pasaba, también empezó a reír, dejando claro que lo había hecho sin ninguna intención.
—Joder, también es puntería la mía.
—Ni que lo digas, papá. Ni que lo digas.
Le dejamos la propina al chico, que nos miraba como si estuviéramos hablando en chino, mientras que negaba con la cabeza, pues no se estaba enterando de nada.
Estoy seguro de que era la primera vez que alguien, al recibir un pedido de estos, se descojonaba en la cara. Debía pensar que éramos idiotas o algo parecido, pero lo que nos reímos no tenía precio, os lo aseguro.
Después de comer, cada uno se marchó para su casa. En mi caso, estaba loco por acostarme, pues la juerga con Jules se alargó más de la cuenta, y mi amigo se había tenido que levantar temprano para desayunar antes de ir a trabajar, despertándome a mí también.
Menos mal que no me desperté con una mujer metida en mi cama, sino con Jules, completamente vestido y bocabajo, señal inequívoca de lo que cogimos la noche anterior.
Normalmente, cuando iba a beber de esa manera, lo hacía en mi casa, lejos de los objetivos de los periodistas, pero se nos fue la cosa de las manos. Por eso, le pedía al cielo que no me hubiera reconocido nadie, o sería portada de revistas hasta el año siguiente.
Caí rendido y, cuando abrí los ojos, ya era noche cerrada. Me levanté, me di una ducha, me preparé un sándwich y me acosté de nuevo, durmiendo hasta el día siguiente, en el que no pensaba moverme de mi casa.
A mi cabeza volvió otra vez todo el tema de Mansini, de la colección y de lo que me había contado Samantha el día anterior, pero me obligué a olvidarlo, o no volvería a pegar ojo en toda la noche.
Mañana sería otro día y esperaba que fuera mucho mejor que los dos anteriores, o iba a terminar volviéndome loco, os lo prometo.
Me desperté temprano y, como me había duchado la noche anterior, tan solo me senté a desayunar, solo, pues no tenía el cuerpo ni la cabeza para lidiar con nada ni con nadie más.