Capítulo 20
Tina
—Ya mismo estás cambiando esa cara, o te juro que embalo todas tus cosas y te llevo para España ahora mismo —me dijo mi madre.
—No lo entiendo, de verdad que no.
—Ahora, explícanos lo que te ha sucedido con él, al detalle, por favor.
Les conté, a todas, la conversación que habíamos tenido delante de la puerta del restaurante, y como había desconfiado de mis palabras, y por eso corté la relación o lo que tuviéramos, porque no sabía cómo calificarlo.
—Has hecho muy bien y se tendrá que tragar sus propias palabras —me dijo mi cuñada Carla.
—Hija, ¿estás segura de que no has hablado con ese hombre nunca?
—En mi vida, mamá. Es más, es que no sé ni quién es.
—¿Por qué le preguntas eso, suegra?
—No sé, porque lo mismo han hablado, aunque sea de otra cosa, y sin saber quién era, y han aprovechado para decir que estaba maquinando algo contra la empresa.
—Fuera de la oficina, con el único que hablo es con el dueño de la cafetería donde desayuno y el del restaurante donde hemos comido, y dudo mucho que ninguno de los dos se dedique a la moda.
—Bueno, pues nada, olvidado. Ahora, hablemos del vestido de novia, que no podía ser más bonito, por cierto.
—Ni haber plasmado tanto mi personalidad en él. Estoy segura de que tu hermano va a llorar cuando me vea vestida de novia.
—No lo dudes, porque estás preciosa, cariño —le dije, dándole un abrazo.
Estuvimos un buen rato más hablando de cómo lo llevaría hasta España, pero lo tuve claro: lo enviaría a través de una agencia de transportes, una semana antes, para que, cuando yo llegara, ya estuviera allí.
No me quería arriesgar a que me lo perdieran en el aeropuerto y, como equipaje de mano, no podía llevarlo pues las dimensiones eran superiores a las que estaban permitidas.
Por supuesto, el pedir que me llevara el avión de la empresa estaba completamente descartado, aunque seguía en mis trece de que estuvieran todos invitados a la boda.
—Mamá, con respecto a la boda, me gustaría comentaros algo.
—Dinos, ¿qué ocurre? Y espero que no sea que no puedes asistir, porque te llevo por los pelos —me dijo mi cuñada.
—Hija, qué agresiva te has vuelto con el embarazo —le dijo mi amiga Valeria, entre risas.
—No, no es eso. Lo que quería comentaros es que he invitado a toda la familia de Jean Paul a la boda.
—¿Estás segura de que quieres que estén allí?
—Sí, mamá, porque me han acogido como a una hija y están pendientes de mí.
—Pues, si eso es lo que quieres, ni tu hermano ni yo tenemos ningún inconveniente en que vengan.
Entre unas cosas y otras, al final nos fuimos a la cama temprano, porque todas estábamos muy cansadas, por un motivo o por otro.
Antes de hacerlo, y con lo que había en la nevera, mi madre improvisó una cena de tostas con huevo revuelto y pavo que estaban exquisitas.
Me levanté temprano y con una energía renovada. Estaba dispuesta a que pasáramos el día en la calle, concretamente en el parque, y así se lo hice saber a todas.
—Ay, hija mía, es que yo estoy ya muy mayor para eso.
—¿Qué dices, mamá? Si te cansas, pues te sientas, así de sencillo.
—¿Por qué no vais ustedes y yo me quedo aquí?
—Porque o vamos todas, o no vamos ninguna —dijo Carla.
—Esperadme, que tengo una idea.
Me puse unas zapatillas y, hasta con el pijama corto que llevaba puesto, bajé hasta la casa de los señores Sartre.
Gabriel me diría que no, pero estaba segura de que el resto se apuntaría a venir con nosotras al parque.
—Hola, mi niña, ¿vienes a desayunar con nosotros?
—Hola, Emma, no, no he venido a desayunar.
—¿Entonces?
—Vengo a proponeros que os vengáis con nosotras al parque temático. Han venido mi madre, mi amiga y mi cuñada.
—Yo me apunto, espera que les pregunte a estos, pero no dudes que dirán que sí.
Emma me invitó a entrar, mientras que ella iba corriendo hasta la cocina, donde estaban sus hijos y su marido, además de su yerno.
—Chicos, Tina ha venido para proponernos que pasemos el día con ella y con su familia en el parque. ¿Quién se viene con nosotros?
—Yo no puedo, que sigo con fiebre —dijo Alain, con pena. —Pero Jade que se vaya con vosotras.
—¿Cómo me voy a ir y dejarte así?
—No te preocupes por eso, hermana, que a mí no me apetece ir y yo me quedo con él.
—Yo tampoco voy; nos podemos quedar los tres aquí, viendo la televisión o algo —le dijo su padre.
Cuando Jean Paul dijo esas palabras, ni siquiera levantó la cabeza de la mesa, no tuvo los reaños para mirarme a la cara, y no os podéis imaginar lo que me dolió todo eso.
—Entonces, nos vamos todas las mujeres —dijo Emma.
—Voy a subir a cambiarme de ropa y nos vemos en una media hora. ¿Os parece bien?
—Claro que sí. Me encanta el plan. Hace años que no voy, desde que mis hijos eran pequeños.
—Tina, prepárate, porque mi madre es de las que se ponen en todas las colas para subirse a las atracciones, además de para conseguir los autógrafos.
—Sacaremos el pase VIP, así tendremos que esperar menos tiempo —dijo Emma.
Me despedí de todos y subí hasta mi casa, donde ya estaban todas cambiadas de ropa, vestidas de manera cómoda y fresquitas, pues el calor se hacía notar a base de bien.
Yo entré en mi habitación, saqué unos vaqueros cortos de la firma en la que trabajaba, así como una camiseta de tirantes anchos y unas zapatillas de deporte.
Me recogí el pelo en una coleta alta y cogí un bolso de bandolera que me había regalado Jade en España, y que también era de la firma.
Muy cómodo y fácil de llevar, metí en él mi teléfono, mi cartera y un bolígrafo, así como otro coletero por si se me partía el que llevaba, que ya me había pasado antes.
—Ya estoy lista. Vamos a bajar a buscar a Emma y a Jade.
—Hija, no sé si voy vestida adecuadamente para conocer a esa mujer, que es tan prestigiosa.
—Mamá, te aseguro que vas perfecta, porque la visión que tiene la gente de Emma no corresponde para nada con su manera de ser.
—Eso espero, porque me da un poquito de vergüenza.
—Para nada, te lo aseguro.
Fue ella misma la que nos abrió la puerta y, cuando mi madre la vio, no pudo cerrar la boca en un buen rato, al ver el atuendo que llevaba.
Emma, al igual que mi madre, tenían una figura envidiable, a pesar de la edad que tenían ambas.
Se había puesto unas mallas por debajo de la rodilla, una camiseta de tirantes anchos con un nudo en la cadera, las zapatillas y una gorra, bajo la que llevaba unas gafas de sol.
—Estás divina, Emma —le dije, sonriendo.
—¿Sí? ¿No es un poco atrevido?
—Para nada. Atrevido lo que estas niñas me han puesto a mí —le dijo mi madre.
—Emma, ellas son Cristina, mi madre; Carla, mi cuñada, que está embarazada; y Valeria, mi mejor amiga y como si fuera mi hermana.
—Encantada de conoceros. ¿Tú eres la que te casas?
—La misma, en menos de un mes.
—Tres semanas, exactamente —le dije yo.
—Nosotras somos Emma y mi hija, Jade.
—Me encanta ese nombre y, si es niña lo que estamos esperando, lo barajaré entre los preferidos —le dijo Carla.
Salimos de allí, pero no pude evitar girar la cabeza y fijarme en Jean Paul, que apretaba la mandíbula, como si quisiera decir algo y se estuviera mordiendo la lengua.
El trayecto hasta el parque fue de lo más divertido. Por suerte, mi coche era un cuatro por cuatro de seis plazas, con un nuevo diseño y en el que cabíamos todas, porque nos hubiéramos perdido estos momentos.
Emma empezó a contarnos la última vez que fue con sus hijos y en la que Jade se perdió.
—Os podéis imaginar el agobio que me entró, pues no aparecía por ninguna parte.
—¡Qué miedo!
—Nos fuimos corriendo a buscar al personal de seguridad; cerraron el parque porque, además, se barajó un secuestro por ser hija de quien era.
—¿Y dónde estaba? Porque es evidente que la encontrasteis.
—La señorita, como iba disfrazada de la Cenicienta y estaba a punto de empezar la cabalgata, se subió a una carroza y se escondió hasta que empezó a rodar.
—Me hacía ilusión saludar a las niñas desde la carroza. Salí de mi escondite y me puse al lado de la verdadera Cenicienta, saludando a todos —nos contó Jade.
—¿No la mataste? Porque yo lo hubiera hecho —le preguntó mi madre.
—No me faltaron ganas, te lo prometo, pero me contuve porque estábamos en público.
—Eso sí, me escondió todos los vestidos y todas las películas de las princesas durante mucho tiempo.