Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 19
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Capítulo 19

Jean Paul

Estábamos pasando una tarde fantástica, hasta que sonó mi teléfono. No iba a contestar porque era Samatha, pero como lo hizo desde el teléfono de la empresa, pensé que podía ser alguna emergencia.

Pedí disculpas para atender la llamada y me levanté de la mesa, salí fuera y contesté.

—Dime, Samantha, ¿qué te ocurre?

—Jean Paul, es sobre Tina Durán…

—Mira, no quiero oír más quejas. Haz lo que tengas que hacer y déjame en paz.

Iba a cortar la llamada, pero me insistió y se la veía algo angustiada, así que permanecí al teléfono.

—No, no, por favor, Jean Paul, no me cuelgues.

—Está bien, tienes un minuto; estoy en una comida importante y no puedo perder más el tiempo.

—Se ha puesto en contacto con Mansini, y le ha ofrecido sus diseños a cambio de dinero.

—¿Perdona? ¿Eso que me estás diciendo es cierto?

—Te lo juro por mi vida. Una cosa es que no esté en mi mejor momento como diseñadora, y otra muy diferente es que permita que se le haga daño a la empresa.

—Está bien, gracias por avisarme, intentaré averiguar lo que está pasando.

Corté la llamada y una oleada de rabia se apoderó de mí. No entré de inmediato porque si lo hacía en estos momentos, y de la manera en la que me encontraba, podría ser peor el remedio que la enfermedad.

Encendí un cigarrillo, me lo fumé de forma calmada, saboreando cada calada, que era la única manera en la que lograba relajarme.

Cuando se me había pasado el cabreo inicial, cuando era capaz de hablar de manera coherente y de controlar mis palabras, entré dentro del restaurante para hablar con Tina.

Le pedí, educadamente, si podíamos hablar fuera, a solas, y ella aceptó de inmediato.

No me lo pensé y fui directo al grano; no me gustaban los rodeos, sobre todo si era por algo importante.

—¿Has tenido algún contacto con “Mansini Modas” ?

—¿Quiénes son esos?

Os prometo que me repateó en el estómago que no fuera capaz de reconocerlo, que se hiciera la tonta. ¿Quién, dentro del mundo de la moda, no conocía una de las firmas de moda más reconocidas a nivel mundial?

Entendería que me dijera eso si fuera dentista, pero no siendo diseñadora.

Nos enzarzamos en una discusión que no tenía salida y, al final, lo que era un tema profesional terminó derivando en uno personal, en el que Tina me dejó claro que no iba a seguir conmigo.

Sabía que tenía razón en una cosa: nos habíamos limitado a tener sexo, nada más, sin hacer planes como podría hacer cualquier otra pareja.

La dejé marchar y llamé a Jules. Si no tenía ningún plan para esta noche, lo necesitaba a mi lado.

—¿Ya te has cansado de esa muñequita?

—No, más bien, ha sido ella la que se ha cansado de mí.

—¡No jodas! Te lo decía de coña.

—Pues de coña, nada. Y te necesito a mi lado, cogiendo una cogorza de campeonato.

—Eso está hecho, amigo. ¿Nos vemos en tu casa o en la mía? O, por el contrario, tienes pensado salir de marcha.

—No lo sé. ¿Qué te apetece a ti?

—Ya sabes que a mí me gusta más una fiesta que a un niño un caramelo, pero estoy dispuesto a adaptarme a ti.

—Entonces, nos vamos de fiesta. Te espero a las siete en mi casa y nos vamos a cenar.

Corté la llamada y me monté en el coche, viendo cómo las chicas se marchaban en el coche de Tina.

Ni siquiera entré a saludar a mis padres; me subí directamente a mi casa, donde tiré el maletín encima de la mesa y me metí a mi habitación.

Intentaba escuchar si las chicas habían llegado, pero no se oía nada. Por eso, me quité la ropa que llevaba, la dejé metida en la bolsa de la tintorería, porque mis trajes no los lavaba en casa, y abrí el grifo de la ducha.

Necesitaba que el agua cayera por mis hombros, por mi cabeza y se llevara con ella esa sensación de pesadez y agobio que sentía en mi cuerpo.

Salí de allí un poquito mejor, me puse un bóxer y me tumbé en la cama. No sé cuándo me quedé dormido, pero lo que sí sé es que, cuando abrí los ojos, faltaban veinte minutos para que llegara Jules a recogerme.

Por suerte, tan solo tenía que vestirme y tenía claro lo que me iba a poner. Fui hasta el vestidor y cogí un pantalón chino, en color verde militar clarito, una camisa blanca, con las mangas remangadas hasta el codo y unas zapatillas blancas.

Ya me había encargado de decirle a Jules que no iría demasiado arreglado. No me apetecía ir a ninguno de esos restaurantes de postín, sino que me apetecía algo más informal.

Después de eso, nos iríamos a tomar una copa a uno de los locales de moda, que para eso era viernes. Tampoco nos recogeríamos muy tarde, ya que Jules, al día siguiente, tenía guardia de veinticuatro horas y yo también necesitaba descansar.

Me estaba echando el perfume justo cuando llamaron a la puerta de mi casa. Sabía que era Jules, así que cogí mi cartera y, cuando fui a abrir la puerta, ya estaba listo para salir. Pero no, no era Jules, sino que era Samantha, que venía algo abrumada y que traía un sobre en la mano.

—Samantha… ¿Qué haces aquí?

—He venido a hablar contigo del bebé.

—¿Qué bebé?

—El que está creciendo en mi vientre.

—Está bien, pasa, pero no tengo mucho tiempo; he quedado con Jules para ir a cenar.

—Si no es mucha molestia para vosotros, puedo acompañaros; me vendrá bien salir un poco.

—Vale, pero entra y cuéntame eso para lo que has venido.

No sé por qué le dije eso, quizás fue que estaba tan dolido con Tina que no pensé en el daño que le podía causar con mi manera de actuar.

—Estoy embarazada de ocho semanas, de la última vez que estuvimos juntos, y aquí tienes la prueba que me pediste.

Me entregó el sobre que había sacado de su bolso y en el que, efectivamente, venía una imagen de una ecografía y un informe que explicaba todos los detalles del embarazo.

—Esto solo confirma que estás embarazada, pero no que yo sea el padre de ese bebé.

—Es cuestión de tiempo que lo puedas saber, tan solo hay que esperar a que nazca, porque la prueba para saberlo ahora es demasiado complicada, tanto para el niño como para mí.

—No te estoy pidiendo que lo hagas ahora, pero sí que, mientras que no tenga la confirmación, no pienso mover un dedo ni ejercer de padre.

—Eso lo tengo claro, pero quería que lo supieras, nada más.

—Perfecto, ahora, vamos a bajar para buscar a Jules, que se está retrasando y perderemos la reserva para la cena.

Salí de mi casa y cerré con llave, mientras que Samantha llamaba al ascensor. En cuanto que llegó, y dispuestos a entrar, le puse la mano en su espalda, pero la sorpresa fue quiénes salieron del ascensor en ese momento.

Sí, eran Tina con su madre y las chicas. Bajó la vista hasta donde reposaba mi mano y la levantó de inmediato, mirándome a los ojos.

No os puedo describir con palabras el dolor y la decepción que vi en ellos. Intenté abrir la boca, darle una explicación, pero levantó la mano, frenándome, como si lo que dijera no tuviera relevancia para ella, y eso me dolió en el alma.

—Tina, yo…

—Vamos, Jean Paul, no te rebajes más. Se ve que ella ya lo tiene claro —me dijo Samantha, que la miró con una sonrisa de maldad.

Ella entró en su casa, seguida de todas las demás, pero su madre se paró frente a mí, me miró a los ojos y me dijo algo que recordaré toda mi vida.

—Estás cometiendo el mayor error de tu vida, pero no seré yo la que te diga que no lo hagas. Eres lo suficientemente mayorcito como para saber elegir a la mujer que te acompañe el resto de tu vida.

Entró en la casa y cerró la puerta tras de ella, dejándome allí, con cara de tonto y mirando a esa puerta que nos separaba, y no me refería precisamente a la física.

—Creo que será mejor que te marches y que yo continúe con los planes que tenía inicialmente.

—¿Estás seguro de que es eso lo que quieres hacer, Jean Paul?

—Completamente seguro. Demasiados frentes abiertos tengo ya en mi vida como para enfrentarme a uno más.

—Pues nada, me marcho. Tan solo espero que no te arrepientas algún día de todo lo que estás perdiendo por una mujer como esa.

Se dio la vuelta y se marchó, mientras que Jules me miraba como si hubiera cometido un sacrilegio.

—No me mires así, que no he hecho nada de lo que estás pensando.

—Eso espero, porque sería tu fin, te lo aseguro.