Capítulo 18
Tina
Había llegado el viernes, y le pedí a Jean Paul que saliéramos un poquito antes, ya que quería ir a buscar a mi amiga al aeropuerto, pues su vuelo había cambiado y, en vez de llegar a las siete como me había dicho, llegaba a las tres.
—No tienes ningún problema, además, así aprovechas y pasas la tarde con ella.
—Gracias, gracias, no sabes lo que esto significa para mí.
—Claro que lo sé, y por eso lo hago, para que seas completamente feliz.
Le dejé un beso y me dispuse a ir a mi despacho, bueno, a nuestro despacho, porque Alain se había trasladado conmigo, puesto que era más grande que el suyo.
Mi compañero no había ido hoy a trabajar, pues llamó a Alain, que se encontraba con fiebre, y mi chico le dijo que se quedara en casa.
Al encender el ordenador, vi algo que no me cuadró, pero no le quise dar importancia. Había enviado el vestido de novia de mi cuñada a patronaje, para que empezaran a confeccionarlo.
Había quedado con Carla en que lo llevaría yo cuando fuera, que lo haría tres días antes, con las costuras sin cerrar, por si había que hacer alguna modificación por la barriguita del embarazo.
Estaría de unos tres meses, y por eso no creía que su figura hubiera cambiado mucho de la suya inicial.
Entré en la carpeta de la colección exclusiva y me quedé blanca. Todo había desaparecido; era como si alguien hubiera entrado y la hubiera borrado.
No quería parecer una psicópata y por eso decidí encender el portátil de Alain.
Tanto él como yo conocíamos las claves de los dos, por si, en algún momento, ocurría algo y teníamos que acceder a él.
Por suerte, tan solo se había borrado de mi ordenador, así que lo copié y lo envié a mi correo electrónico.
Sería algún problema con mi drive o algo así.
A las dos de la tarde, y una vez que dejé todo apagado y cerrado, salí de mi despacho y me bajé hasta el garaje. No me despedí de Jean Paul porque, como subiera a su despacho, mi amiga tendría que coger un taxi para llegar hasta casa.
Llegué al aeropuerto Charles de Gault quince minutos antes de que el avión aterrizara, y me pareció una eternidad.
Tenía tantas ganas de ver a mi amiga, de darle un abrazo, que parecía que las manillas del reloj no corrían.
Y por fin llegó el momento, pero no solo vi salir por la puerta a mi amiga, sino que también venían mi cuñada y mi madre, que pasarían el fin de semana con nosotras.
—¡Mamá!¡Carla! No os esperaba aquí —les dije, con lágrimas en los ojos.
—Teníamos que venir y aprovechamos que venía Valeria para darte la sorpresa.
—Y me la habéis dado, de verdad que sí.
Nos abrazamos las tres y salimos al aparcamiento, donde dejé mi coche. Cuando mi madre lo vio, se llevó las manos a la boca porque la verdad es que era precioso.
—¿Te has comprado un coche?
—No, mamá, me lo ha puesto la empresa para que tenga independencia y me pueda mover fácilmente.
—Pues descalza no vas a ir, porque vaya cochazo.
—Venga, a ver si encontramos algo para comer, que tengo un hambre voraz —dijo mi cuñada.
—Tú, desde que estás embarazada, siempre tienes hambre, cariño.
—Este niño va a terminar siendo el protagonista de una película de miedo; me va a devorar por dentro cualquier día.
—“El devorador de entrañas” —dijo Valeria, poniendo cara de asesina.
Todas empezamos a reírnos, mientras que yo arrancaba el coche y ponía rumbo al único restaurante que conocía, pues no había tenido mucho tiempo para salir.
—Manda huevos, Tina —me dijo mi madre.
—¿Qué pasa?
—Hija, ¿qué va a pasar? Que venimos a París y nos traes a comer a un restaurante español.
—Lo siento, pero aquí todo lo cocinan con mantequilla y queso, y no hay nada que me dé más asco que ambas cosas.
Mi cuñada empezó a reírse, porque era conocedora de mi fobia, y también de una cosa que me pasó estando de viaje con ellos.
—¿Recuerdas…?
—Sí, por supuesto que lo recuerdo, no hace falta que digas nada, si no quieres que vomite como aquel día.
Pero eso no significa que no os vaya a contar a vosotras lo que nos pasó en aquel viaje. Bueno, más bien lo que me pasó a mí, porque los demás no tuvieron ningún problema.
Un verano, decidimos ir a conocer el Mont Saint Michelle y la Normandía francesa. Lugares preciosos y que recomiendo a todo el mundo que vaya a conocerlos, por cierto.
Bueno, a lo que iba. Entramos en un restaurante que nos aconsejaron en la agencia de viajes y que era tipo bufé libre.
Yo, que soy la tonta de las patatas, ya que me gustan en cualquier estado y forma, vi una bandeja con algo que parecía puré, y no me lo pensé.
Cogí mi plato y me serví una buena cantidad, porque tenía un hambre descomunal, y me senté a la mesa con los demás. Cuando me metí la primera cucharada de “puré” en la boca, no vomité el primer biberón que me dio mi madre de milagro.
Era mantequilla, pura y dura, que los del restaurante ponían así para los clientes que quisieran que la comida tuviera más sabor.
¿El resultado? Pues que me llevé todo el viaje comiendo hamburguesas de esa cadena de comida rápida tan famosa y que tenía establecimientos por todo el mundo, la del payaso.
—Mamá, tienes dos opciones: o comemos aquí, que hay aceite de oliva y comida española, o comemos en una hamburguesería.
—También tenemos la opción de comer en tu casa, porque digo yo que tendrás algo en la nevera.
—Pues no, no tengo nada más que lo imprescindible para los desayunos, pues la comida la hago en el trabajo y la cena en casa de los padres de Jean Paul y Jade.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, cenamos todos juntos, tanto sus hijos como la pareja de Jade, que es mi compañero, el amigo de su hijo y yo.
—¿Su hijo es gay?
Cuando mi madre preguntó eso, Valeria ya no pudo aguantar más la risa y no podía seguir andando para llegar hasta la entrada del restaurante.
—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —le preguntó mi madre a mi amiga, mientras que yo le hacía gestos para que no dijera nada.
—Ay, Cristina, es que has hecho la pregunta perfecta a la persona más indicada.
—Bueno, pues como ella no me cuenta nada… me lo vas a contar tú.
—Mamá, verás, es que yo…
Justo cuando iba a hablarle, cuando intentaba encontrar las palabras adecuadas, sonó mi teléfono. Sí, como la serie aquella de los noventa, salvada por la campana. Al sacarlo del bolso, vi que era Jean Paul y no dudé en cogerlo.
—Hola, cariño. ¿Ha llegado ya tu amiga?
—Hola…—no sabía cómo llamarlo, porque mi madre tenía la antena puesta y estaba pendiente de todo.
—¿Te ocurre algo?
—No, no, es que no ha venido Valeria sola, sino que la han acompañado mi madre y Carla, mi cuñada.
—Oh, eso es fantástico. ¿Dónde estáis?
—Pues en el restaurante español que está cerca de la oficina…
—Esperadme en la puerta, que estoy doblando la esquina. Me disponía yo también a comer, que la última reunión se me ha alargado un poquito.
No me dio tiempo a decirle nada más porque cortó la llamada justo cuando lo vi entrar por la calle.
Jean Paul llegó hasta nosotras y lo primero que hizo, después de saludar a todas, fue acercarse a mí y darme un beso en los labios.
Mi madre me miró, lo miró a él y empezó a reírse, mientras que Jean Paul la miraba un tanto desconcertado.
—Olvida la pregunta de antes; ahora sé el motivo de la risa de Valeria.
—Sí, suegra, creo que la respuesta la tenías delante —le dijo Carla, que también había empezado a reírse.
Entramos en el restaurante, pero Jean Paul se quedó detrás conmigo y supe lo que me iba a preguntar.
—¿Qué pregunta te ha hecho tu madre? ¿A qué han venido esas risas?
—Ay, cariño, no sé ni cómo decírtelo.
—Pues directamente, sin dobleces.
—Le estaba contando que no tenía comida en casa porque cenábamos en casa de tu madre. Le había dicho quiénes íbamos y, al nombrar a Jules como tu amigo, me ha preguntado si eras gay.
Jean Paul me miró, primero sorprendido por la pregunta, pero luego, divertido por la manera en la que mi madre se había enterado de lo nuestro, y soltó una carcajada.
—Suegra, no soy gay; tu hija lo puede corroborar —le dijo a mi madre, mientras que yo le daba un golpe en el brazo.
—Ya, ya, yerno, me ha quedado claro.
Comimos todos juntos y, cuando estábamos a punto de marcharnos, el móvil de Jean Paul empezó a sonar.
—Disculpadme un momento, que tengo que atender esta llamada.
—No te preocupes, vamos saliendo —le dije.
Vi cómo la cara de Jean Paul iba cambiando de color y cómo me miraba de reojo, por lo que supe que algo había sucedido en la empresa.
—Tina, ¿puedes venir un momento, por favor?
—Claro, ahora vuelvo, chicas.
Me levanté y salí del restaurante con Jean Paul, apartándonos para que nadie pudiera oírnos.
—¿Has tenido algún contacto con “Mansini Modas” ?
—¿Quiénes son esos?
—Vamos, no te hagas la tonta. Todo el mundo conoce a nuestro principal competidor italiano.
—Pues mira, a lo mejor es que soy tonta, porque no los conozco de nada, ni siquiera de oídas.
—No me mientas, por favor.
—No te estoy mintiendo, y si dudas de mí, ahí tienes mi móvil, para que lo mires de arriba abajo, no tengo nada que esconder.
—Eso no es lo que me acaban de decir. Me han dicho que tienes una cita concertada con Corrado Mansini el lunes a primera hora.
—Y yo te digo que quien te ha informado lo ha hecho mal. No conozco a ese hombre ni tengo nada de qué hablar con él.
—Si descubro que es cierto, si compruebo que estás jugando conmigo, que me estás utilizando…
—No lo estoy haciendo, no tendrás que comprobar nada, pero yo sí que he comprobado una cosa, que no confías en mí, y no estoy dispuesta a seguir acostándome con alguien que no me tiene confianza.
—Tina, yo…
—Tú, ¿qué, Jean Paul?
—Que lo nuestro no es solo sexo.
—Claro que no, no ves que no salimos a cenar, que no hemos conocido toda la ciudad, y ahora entiendo el motivo. No eres capaz de tener nada más que eso con una mujer.
Me di la vuelta y fui a buscar a mis chicas. Ahora, más que nunca, iba a vivir el fin de semana de mis sueños y aprovecharía para ir a la empresa y que se probara el vestido.
Iba a pasar de él olímpicamente. En un momento, decidí que el sábado lo pasaríamos en el parque del ratón, ese tan famoso y que ninguna conocíamos.
—¿Te ocurre algo?
—Sí, pero no pienso permitir que me amargue el fin de semana que tenemos por delante.
—Tina, si necesitas…
—Lo único que necesito es vivir este fin de semana a tope, que se me olvide hasta mi nombre.
—Pues eso tendrás, hija mía. Y si no te encuentras a gusto aquí, siempre puedes volver a tu casa.
—Ah, eso sí que no. Nadie va a impedir que llegue todo lo alto que pueda. Una cosa es lo personal y otra muy diferente, lo profesional.
—¡Esa es mi cuñada! Con dos ovarios, sí, señora.
—Venga, que te vas a hacer la primera prueba de tu vestido de novia, ese que ni tan siquiera sabes cómo es y que espero que te guste, porque no tenemos tiempo de cambiar el diseño.
—Vamos, que o te gusta o te casas con un pantalón vaquero —le dijo Valeria y empezamos a reírnos todos.