Capítulo 17
Jean Paul
No se podía ser más bonita que ella, tanto por dentro como por fuera. Como diría mi abuela, era una guapa reversible.
En cuanto que la vi, allí plantada, después de abrir la puerta, con esas mallas cortitas y esa camiseta que mostraba parte de su vientre y descalza, me pareció una de las mujeres más bellas que habían pasado por mi vida.
Bajamos hasta la casa de mis padres, donde ya nos estaban esperando todos, y mi madre, nada más verme, supo que algo me había pasado.
—Jean Paul, ¿eres tan amable de ayudarme con una cosa en la cocina, por favor?
—Por supuesto, mamá, dime qué es lo que necesitas.
Mi madre se enganchó de mi brazo y juntos nos fuimos hasta la cocina que, aunque estaba abierta al salón, tenía una parte en la que podríamos hablar con tranquilidad.
—Cariño, ¿qué te ha pasado en el trabajo?
—¿Cómo sabes que ha pasado algo?
—Primero, porque soy tu madre y conmigo no puedes tener secretos. En segundo lugar, porque me he encontrado a Samantha al salir de la peluquería.
Respiré hondo, aunque creo que, más bien, bufé, porque no me gustaban nada las confianzas que esa mujer había cogido con mi madre.
Estaba completamente seguro de que mi madre la había intentado esquivar, pero que ella había hecho todo lo posible para que no pudiera hacerlo.
—¿Qué te ha contado, mamá?
—Algo que sé que no es cierto, porque, como sabes, tan solo me hace falta mirar a los ojos a una persona para saber cómo es.
—Dímelo, no te guardes nada, te lo suplico.
—Me ha contado que estás liado con Tina y que, por eso, la has apartado de su trabajo, degradándola hasta el infinito.
—Es cierto, en parte.
—Explícate.
—Sí que es cierto que estoy con Tina, pero no liado. Para mí, un lío es algo que no pasa de la cama, del sexo, y a ella la quiero conocer.
—¿Y lo del trabajo? ¿Has apartado a Samantha de la colección exclusiva por un trato de favor hacia Tina?
—No, mamá. La he apartado porque sus diseños son todos iguales y las ventas han caído en picado.
—¿La tiene Tina?
—Sí, junto a Alain, y deberías ver los diseños que han presentado. Hacen un tándem perfecto, tanto para la empresa como para ellos mismos.
—También me ha dicho que Tina la ha agredido, y…
—Continúa, por favor.
—Que iba hacia el ginecólogo, porque estaba embarazada y, si al bebé le había pasado algo, no dudaría en denunciarla.
—Tina no la ha agredido, se ha defendido. Ella la tenía sujeta por el pelo, jalando, y Tina, después de advertirla, le ha hecho una llave para quitársela de encima.
—Con respecto al bebé…
—No lo sé, mamá. Pero si es mi hijo, me ocuparé de él, pero no de su madre; eso lo tengo claro.
—Es tu vida, y sé que harás lo que sea mejor para todos; no tengo la menor duda.
—Venga, vamos a la mesa, o se pensarán que estamos tramando algo, y ya sabes cómo se pone mi padre si piensa algo.
Le di un beso a mi madre y salimos hasta el salón, llevando una botella de refresco de cola y una jarra de agua, y nos sentamos a comer.
Me sentía tan bien con Tina a mi lado que me imaginé cómo sería vivir una Navidad en familia, con ella y los suyos, a nuestro lado.
—Alain, tengo que preguntarte algo —le pregunté en cuanto que terminamos de cenar.
—No me asustes, Jean Paul, que cuando pones esa cara y usas ese tono, es porque es algo importante.
—Y lo es, pero no es malo, al menos bajo mi punto de vista.
—Venga, no le des más rodeos y ve al grano, por favor.
—He visto los diseños que habéis hecho Tina y tú para la colección exclusiva…
—Los diseños son suyos; yo tan solo les he dado un toque.
—No, Alain, los hemos hecho entre los dos, ni uno más ni uno menos —le dijo Tina.
—Eso dice mucho de ti como persona, Tina —le dijo mi padre.
—Es lo justo, no quiero oír más que tengo buen corazón, que soy humilde, porque no van por ahí los tiros. Me gusta trabajar en equipo, pero siempre y cuando los méritos no vayan en una sola dirección —le contestó Tina.
Mi madre me miró y asintió con la cabeza. Sabía lo que me quería decir, pues pocas veces la había visto hacer eso, y me estaba dando la bendición, como decía mi abuela.
—Bueno, a lo que iba. Tina está de acuerdo porque ya se lo he preguntado esta mañana.
—De acuerdo, ¿con qué?
—Déjame terminar, si me interrumpes cada dos palabras, no te vas a enterar en la vida.
—Está bien, perdona. Dímelo.
—He pensado en crear una marca dentro de la firma; se llamará Durán y Penaut, y será el reflejo de vuestros diseños.
—¿Me estás diciendo que vamos a trabajar juntos?
—Eso mismo, y lo haréis en las dos colecciones, tanto en la de calle como en la exclusiva. Si tú estás de acuerdo, por supuesto.
—¿Cómo no voy a estarlo? Para mí es un sueño trabajar con una persona con tanto talento como ella.
—Compañero, el talento es de los dos y la experiencia es tuya; yo tan solo me dejo guiar —le aduló Tina.
—Sabes que seremos la envidia de todas las firmas con este tándem, ¿verdad? —preguntó mi hermana.
—Lo tengo claro, solo dos personas como ellos son capaces de hacer algo tan grande como lo que han creado.
—¿Tan buenos son esos diseños? —preguntó mi padre.
—Papá, buenos, no, mejores de todo lo que te puedas imaginar.
—Si quiere, puedo bajar mi portafolio, pues lo traía conmigo. Nunca me separo de él —dijo Tina.
—Pues sí, me gustaría mucho verlos.
—No hace falta que subas, Tina, los tengo aquí mismo —dijo Alain.
Mi cuñado se levantó y fue hasta donde había dejado su portátil, que estaba conectado con el de la empresa. Alain tenía pleno acceso a todas las colecciones, al igual que Tina. Eran las dos únicas personas a las que se lo había dado, porque confiaba en ellos plenamente.
En cuanto que mis padres vieron lo que habían creado juntos, tanto una colección como la otra, se quedaron con la boca abierta. Era algo novedoso, ponible y muy cómodo, pero sin perder un ápice de elegancia en cada diseño, que era lo que caracterizaba a nuestra firma.
—Tengo que daros mi enhorabuena, no os podía haber salido nada mejor —les dijo mi padre a ambos.
—Yo estoy de acuerdo con mi marido; es simplemente espectacular.
—Ahora, Alain, necesito tu ayuda —habló Tina.
—¿En qué puedo ayudarte? No dudes que lo haré.
—Necesito que le eches un vistazo al vestido de novia que he diseñado para mi cuñada y que le des tu toque, como has hecho con todo lo demás.
Tina entró en una de las carpetas que tenía en la intranet de la empresa y, cuando nos mostró a todos lo que había pensado, sí que no supimos qué decir.
Alain, que estaba tan sorprendido como nosotros, tan solo hizo un par de ajustes en el diseño para dejarlo todavía más bonito de lo que era.
Mi madre me miró a mí primero, luego a mi hermana y, por último, a mi padre, y todos supimos lo que nos quería decir.
—¿Estás pensando lo mismo que yo, Jean Paul?
—Me parece que sí, mamá, pero eso no lo podemos decidir nosotros, sino ellos, que son los artistas.
—¿De qué habláis? —preguntó Tina.
—¿Os veis capaces de diseñar una colección de novias? —preguntó mi hermana.
Tina empezó a ponerse nerviosa, mientras que Alain empezó a reír de los nervios, sin saber qué decir ni cómo actuar. Se miraron entre ellos; me pareció alucinante cómo sus mentes conectaban y se entendían sin decir una sola palabra.
—Sí, nos atrevemos, aunque eso nos llevará un poquito más de tiempo —dijo Alain.
—Entonces, lo mantendremos en secreto hasta que la colección esté terminada, que será el momento en el que daremos una rueda de prensa y lo contaremos todos —les dije, plenamente feliz.
Nos tomamos una copa para celebrarlo y, a eso de las nueve de la noche, nos fuimos cada uno para su casa.
Alain llevaba unos días viviendo con Jade, pues estaban cansados de ir maleta arriba, maleta abajo, y como mi cuñado vivía de alquiler, en cuanto que le venció el contrato, aceptó la propuesta de mi hermana.
Salíamos de casa de mis padres cuando nos encontramos con Jules, que venía con una mujer.
No paraba; era algo espectacular lo de este hombre. Mujer que se cruzaba en su camino y que le interesaba, mujer que, a los pocos días, estaba en su cama.
—Buenas noches, amigo… y compañía.
—Buenas noches, Jean Paul, Tina…
—Te veo muy bien acompañado.
—No menos que tú.
—Ya, pero lo mío es algo serio; ni se te ocurra fijarte en ella.
Tina nos miraba de uno al otro, mientras que la mujer que iba con Jules tan solo estaba pendiente de hacerle carantoñas a mi amigo.
—No se me pasaría ni por la imaginación, te lo aseguro.
—Eso espero. Ahora, me subo a mi casa, que tengo cosas mejores que hacer que verte la cara y charlar contigo.
Mi amigo soltó una carcajada y entró en su casa. Al final, como íbamos hablando, subimos por la escalera en vez de coger el ascensor, como sería lo normal.
—¿A qué ha venido eso que le has dicho a tu amigo?
—¿El qué?
—Eso de que no se le ocurriera mirarme.
—Porque el muy cabronazo, mujer que pone en su punto de mira, mujer que pasa por su cama.
—Vamos, que es un picaflor de los de toda la vida de Dios.
—Más o menos, pero ahora, dejemos el tema de Jules para mañana, que tengo mejores planes para nosotros.
Esta vez no fuimos a mi casa, sino a la suya, pero me daba igual. El final iba a ser el mismo, los dos enredados bajo sus sábanas disfrutando de nuestros cuerpos, al igual que hicimos la tarde anterior.
Tenía pensado llevarla a cenar el sábado y a enseñarle algo de París, que todavía no había visto nada más que los Campos Elíseos, pero antes, la llevaría a ver las estrellas, que era lo que más me gustaba del mundo.
—Esas mallas me traen loco desde que te las he visto puestas.
—Pues anda que a mí esa camiseta…
—¿Sí? Pues quítamela.
Tina metió las manos por debajo de mi camiseta y la sacó por encima de mi cabeza, mientras que dejaba un reguero de besos por mi torso.
Hasta ahora no había sido consciente de lo que me excitaba verla así, encima de mí, a horcajadas sobre mi regazo y sintiendo la dureza de mi miembro en su centro del placer.
Yo hice lo mismo con ella, desde donde estaba, a la vez que movía mis caderas, haciendo fricción, pero tan solo de manera suave, para que se fuera imaginando lo que le esperaría después.
En pocos minutos, estábamos ambos completamente desnudos, gozando de nuestros cuerpos y retándonos el uno al otro con la mirada, a ver quién era capaz de darle más placer al otro.
Nos volvimos locos, y los gemidos fueron la banda sonora de esa noche, en la que nos quedamos dormidos bien entrada la madrugada y después de haber tenido una maratón de sexo.
Tenía claro que, cuando sonara el despertador, nos íbamos a querer morir, pero lo bien que nos lo habíamos pasado, eso no nos lo quitaba nadie.