Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 16
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Capítulo 16

Tina

Una vez que me dejó claro que esa mujer no tenía cabida en su vida, nos centramos en el plano laboral.

Habíamos terminado la colección, a la que tan solo hicimos algunos ajustes, para centrarme en el vestido de novia de mi cuñada.

Tenía claro que quería contar con la ayuda de Alain, porque, entre los dos, haríamos un diseño espectacular, que haría que Carla luciera mucho más bonita de lo que ya lo era.

—Estos diseños son espectaculares, Tina, te has lucido en tu primera colección.

—No son solo míos, Jean Paul. Alain también me ha ayudado muchísimo, y quiero que su nombre también aparezca.

—Mira, tendría que hablar antes con mi cuñado por si está dispuesto, pero no creo que me ponga ningún problema…

—¿Estás pensando en alto?

—Perdona, sí, pero bueno, te lo digo a ti también a ver si estás de acuerdo.

—¿El qué me tienes que decir? ¿A qué te estás refiriendo?

—¿Qué te parecería que trabajarais ambos en las dos colecciones?

—Me parecería algo magnífico, de verdad.

—Podríamos crear una marca propia dentro de la firma, algo así como Durán y Penaut. ¿Qué te parece?

—Que debería ser al revés, al fin y al cabo, él tiene más experiencia que yo.

—¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

—Claro que sí, ¿por qué lo dices?

—Eres la persona menos egocéntrica y más generosa que conozco, y eso, en este mundillo, es difícil de encontrar.

—Soy justa, nada más.

—Venga, vámonos y hablamos con él, que seguro que está en casa de mi hermana. Por cierto, ¿has comido algo?

—Siendo sincera, no. Nos hemos sumergido tanto en los diseños que no nos hemos dado cuenta.

—Pasaremos a por comida a algún restaurante antes de subir.

—¿Por qué no pasamos mejor por casa de tu madre y que nos dé un táper?

Jean Paul soltó una carcajada porque tuve que poner una cara que era para grabarla.

—Es que, aquí, todo lo cocinan con mantequilla y queso, y me da tanto asco, tanto lo uno como lo otro, que creo que me voy a tener que alimentar con suero.

—¿Por eso no has bajado a comer?

—Bueno, entre otras cosas…

—Anda, pasamos por el super y hacemos una compra. Has tenido suerte, me encanta cocinar.

—Eh, que a mí también se me da muy bien la cocina. Mañana me traigo el táper con albóndigas de bonito que voy a hacer, y voy a ser la envidia de toda la oficina.

—Esa receta no la sé; me la tendrás que dar, pero será otro día, porque esta noche no te pienso dejar cocinar, por mucho que te empeñes. Tengo otros planes para nosotros…

Estaba saliendo cuando me entró una videollamada de Valeria, que contesté de inmediato.

—Amiga, estamos de suerte.

—¿Qué ha pasado? ¿Te ha tocado la lotería?

—Mucho mejor que eso.

—¿Mejor que eso? Pues empieza a contar, que yo también tengo mucho que contarte, pero ahora no puedo.

—Si no puedes, ¿para qué me dices nada?

—Lo que te tiene que contar es que estamos juntos; somos pareja. Hala, ya lo sabe —dijo Jean Paul, que se asomó a la pantalla de mi teléfono.

—No… ¿De verdad?

—Sí, pero eso ya te lo contaré luego. Venga, cuéntame lo tuyo.

Valeria me contó que, esa mañana, cuando subió para hablar con su jefe para solicitar el traslado, lo encontró hablando con el gerente del hospital parisino.

Lo hacían en francés, por lo que su jefe pensó que no los estaba entendiendo. En esa conversación, su compañero le decía que necesitaba urgentemente a una enfermera pediátrica, pues una de las que tenía se había jubilado.

—Sin pensármelo dos veces, me ofrecí voluntaria. Me metí en la conversación, por toda la cara.

—¿Qué te dijo? ¿Cómo reaccionaron los dos?

—Al principio, desconcertados, porque le contesté en francés y no se esperaban que yo lo hablara así de fluido.

—¿Y luego?

—Luego se pusieron a pelearse porque los dos querían tenerme en su equipo. Al final, ganó el francés.

—¿Te vienes ya para París?

— Oui , llego el viernes a las siete de la tarde. ¿Me recogerás en el aeropuerto?

—Por supuesto, hasta con una pancarta que diga “Bienvenida a París”.

Mi amiga soltó una carcajada mientras que yo me montaba en mi coche; en el asiento del conductor, Jean Paul lo hacía en el del copiloto.

—¿Y tu coche?

—Se lo ha llevado Jules, que ha salido antes que yo.

—No entiendo cómo se viene contigo si no trabaja aquí.

—Pues muy sencillo, su hospital está justo en la calle de detrás, y es una tontería, cuando él tiene el turno de mañana, que es casi siempre, coger dos coches.

—Eh, que sigo aquí —dijo Valeria.

—Perdona, amiga, es que no me esperaba que Jean Paul fuera a venir conmigo en el coche.

—Ay, pero no te he contado lo mejor.

—¿Todavía hay algo mejor?

—Sí, y no te lo puedes ni imaginar.

—Venga, suéltalo ya, que tengo que arrancar el coche.

—Espera —me dijo Jean Paul, y conectó el teléfono al coche, por lo que la veíamos por una pantalla gigantesca que había en el salpicadero.

—Amiga, no te puedes imaginar cómo está de bueno el director francés.

Soltamos una carcajada porque lo que menos nos esperábamos era que soltara algo así. Yo qué sé, pensé que me diría algo del sueldo, o de lo emocionada que estaba por venir, pero nunca algo así.

—Bueno, pues ya tienes un motivo más para venir.

—Ojalá y a mí me pasara lo mismo que a ti, pero seguro que tengo la mala suerte de que está casado o, mucho peor, que es gay.

—Te dejo, que tengo que conducir; hablamos mañana.

—Sí, y llama a tus padres, que están que trinan contigo, pero dicen que, mientras que tú no los llames, ellos no te van a molestar.

Era cierto porque el día anterior, cuando llegamos, no los llamé y hoy tampoco lo había hecho cuando le prometí que lo hablaríamos todos los días.

—En cuanto que llegue a mi casa para cambiarme, tengo que hablar con mis padres.

—Sí, o terminarán echándome las culpas a mí y no me dejarán entrar en la familia.

—No se puede ser más tonto. Si te adoran, aunque te hayas llevado a su hija favorita.

—Los que te adoran son los míos. Miedo me da cuando mi madre se entere de que estamos juntos. En menos de seis meses, nos organiza la boda.

—Claro, sin anillo de pedida ni nada. Así como quien no quiere la cosa.

Nos reímos muchísimo porque, entre los dos, y en tan poco tiempo, se había creado una complicidad que llamaba mucho la atención.

Al final, su madre nos llamó para ver si tardábamos mucho, pues había hecho una tortilla de patatas y una ensalada, y nos estaban esperando para cenar.

Me tenía que acostumbrar a los nuevos horarios, pues, a esta hora y en España, como mucho te tomabas un refresco, eso en el caso de que hubieras merendado temprano.

—Tengo que subir a cambiarme; no puedo comer vestida así si no estoy en un restaurante; es como una manía que tengo.

—Venga, yo también me cambiaré, pero no tardes mucho, o mi madre nos cogerá por las orejas.

—Cinco minutos, no más.

Entré en mi casa y, mientras que lo hacía, mientras que me cambiaba de ropa, marqué el número de mi madre.

—Menos mal, pensé que se te había olvidado que tenías madre.

—No me seas dramática, mamá. Que nos vimos ayer por la mañana, y hoy he tenido mucho trabajo.

—¿Te has adaptado bien?

—Mucho, estoy encantada y mis compañeros son un amor.

Por supuesto, omití el tema de Samantha, pues estaba a muchos kilómetros y era una tontería preocuparla por nada.

Estuvimos unos minutos más hablando, hasta que llamaron a mi puerta.

—Mamá, te tengo que dejar; me esperan para cenar.

—¿A esta hora vas a cenar?

—Los horarios no son los mismos, mamá. Mañana te llamo en cuanto que salga del trabajo, te lo prometo, y hablamos más tranquilamente.

—Eso espero, o tendré que ir a París y cogerte por las orejas.

Cortamos la llamada y me acordé de que no le había dicho nada de los invitados a la boda de mi hermano, pero bueno, ya se lo diría cuando hablara con ella de nuevo.

Al abrir la puerta me encontré con Jean Paul y os prometo que me quedé con la boca abierta.

Llevaba un pantalón corto de algodón, caído sobre las caderas, y una camiseta blanca que le marcaba hasta las ojeras. No se podía estar más bueno que él. ¿A este hombre no le sentaba nada mal? Si guapo estaba vestido con ropa de calle, esto ya era un escándalo.

—¿Te gusta lo que ves?

—¿Perdón?

—Que si te gusta lo que ves, que te has quedado embobada.

—Pues mira, sí que me ha gustado, no lo voy a negar.

—A mí me fascina imaginar lo que hay debajo de esas mallas y de esa camiseta, pero ponte unos zapatos, ¿o pretendes ir descalza?

Bajé la mirada y me di cuenta de que no había cogido las zapatillas, por lo que salí corriendo para ir a por ellas.