Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 15
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Capítulo 15

Jean Paul

En el momento en el que vi la cara de decepción de Tina cuando me vio con Samantha, la rabia y la furia se apoderaron de mí.

—Tienes dos segundos para vestirte, si no quieres que te eche al pasillo tal y como estás.

—¿Estás liado con ella? ¿Te estás acostando con esa mosquita muerta?

—Lo que yo haga con mi vida privada no es asunto tuyo.

—Nos iba bien; no entiendo qué es lo que ha pasado; yo te amo, Jean Paul…

—¿Que nos iba bien? No podía irnos ni bien ni mal, pues entre nosotros no había nada, nunca lo ha habido ni nunca lo habrá, aunque no quieras enterarte.

—¿Que no había nada entre nosotros? Pues siento decirte que lo siento por ti, pero sí que lo hay y lo habrá, porque estoy embarazada.

La miré y solté una carcajada, no sabía si era de nervios, de incredulidad o de qué coño era, pero hasta las lágrimas me salían de los ojos.

—No puedes estar diciendo eso en serio; la única vez que lo hicimos usé protección.

—Todos los métodos fallan, querido, y yo llevo en mi vientre a tu hijo.

—Cuando me lo confirme un médico, el que yo elija, me lo creeré. Si es mi hijo, por supuesto que me haré cargo de él, pero para nada cargaré contigo.

—Vamos en un pack, o los dos, o ninguno.

—Pues lo siento por ti, entonces, tendrás que criarlo sola. Si me llevas a juicio, no tendré ningún problema en pasarle a mi hijo la cantidad que le corresponda económicamente, pero hasta ahí.

Esta conversación la tuvimos mientras que se vestía y todavía no había abordado la más complicada, que era la del trabajo.

Estaba a punto de hacerlo cuando me entró una videollamada del gerente de una de nuestras tiendas, por lo que le pedí que se marchara y volviera en un par de horas, ya que la conversación iría para largo, pues teníamos muchos temas que tratar.

—Dime, Françoise, ¿qué ocurre?

—Buenos días, Jean Paul, te llamaba para comentarte los temas del mes, como hago siempre.

—Es verdad, tienes razón, se me había olvidado por completo el día en el que vivo. Cuéntame.

Esa conversación nos llevó una hora y media, así que tenía tiempo de bajar hasta el despacho de Tina y dejarle las claves que me había pedido.

Eran personales e intransferibles, y las generaba yo, y nadie más, por lo que, en un periquete, las tenía generadas y las anoté en un post-it.

Cuando bajé, Tina no estaba y uno de sus compañeros me dijo que había bajado con Alain a desayunar. Si no llega a ser mi cuñado, del que me constaba que estaba completamente enamorado de mi hermana, hubiera bajado a buscarla y la hubiera cargado al hombro como si fuera un neandertal.

Le dejé el papel en el que lo llevaba anotado pegado a la pantalla del ordenador, y volví a mi despacho, donde me tendría que enfrentar a Samantha, que no se iba a tomar muy bien lo que tenía que decirle.

—Marge, en cuanto que suba la señorita Field, hágala pasar, por favor.

—No se preocupe, señor Sartre, que así lo haré.

Estaba mi secretaria terminando de decir eso cuando se abrió el ascensor y salió ella como si fuera una diva.

—Aquí estoy, ¿qué es lo que me tienes que decir?

—Vamos a mi despacho. Marge, que no me moleste nadie. Si viene alguien, me avisas por la aplicación interna, si eres tan amable.

—Perfecto, señor Sartre. Pierda cuidado, que no permitiré que pase nadie.

Con ella también tenía que hablar. A partir de ahora, y para que no hubiera más sorpresas desagradables como la de esta mañana, cuando yo no estuviera, mi despacho permanecería cerrado bajo llave, y no entraría nadie sin mi expreso consentimiento.

Le di paso a Samantha a mi despacho y cerré la puerta detrás de mí.

—Toma asiento, por favor.

—Déjate de rodeos y dime ya lo que tengas que decirme.

—Samantha, a partir de este momento no te vas a ocupar de la colección exclusiva; eso lo hará Tina; tú te dedicarás al diseño de la línea deportiva y de baño que vamos a sacar.

—No estarás hablando en serio.

—Por supuesto que sí…

—No me vas a quitar el diseño de vestidos de fiesta para ponerme a diseñar un chándal; no lo pienso permitir. Eso sería degradarme en el trabajo y estoy dispuesta a llevarlo hasta la última instancia, si hace falta.

—Llévalo donde te plazca, pero aquí, el que manda y reparte el trabajo, soy yo, mirando por el bien de la empresa.

—No, mirando por el bien de la empresa, no, mirando por esa mujer a la que te estás tirando.

—¿Quieres que te muestre las gráficas de las ventas de la colección exclusiva?

—No me hace falta que lo hagas, porque mis diseños son fantásticos.

—No, tus diseños son todos iguales, lo único que cambia es el tejido y los adornos, nada más, y las ventas han bajado en un cuarenta por ciento.

—¡Qué casualidad! Y justo te das cuenta cuando aparece ella.

—No, me había dado cuenta mucho antes, pero como no tenía a nadie que cogiera las riendas asegurándome el éxito, no lo había hecho antes.

—Esto no se va a quedar así, te lo aseguro.

Salió de mi despacho, dando un portazo, y lo primero que se me vino a la cabeza era que intentaría entrar en la colección exclusiva, por lo que bloqueé su acceso desde mi ordenador.

Me centré en el trabajo hasta que Marge, mi secretaria, me envió un mensaje por la aplicación interna, comunicándome que Samantha quería verme.

Jean Paul Sartre: Ni se le ocurra dejarla pasar. Dígale que estoy ocupado y que no puedo atenderla.

Marge Beuolop: Se lo he dicho ya, por activa y por pasiva, pero no se preocupe, que no la dejaré pasar.

Seguí a lo mío, revisando contratos con proveedores que estaban a punto de vencer, fijando reuniones que no se podían aplazar más, hasta que otro mensaje me saltó en la pantalla.

Iba a ignorarlo, pero algo en mi interior me dijo que no lo hiciera, por lo que levanté la mirada y vi que era mi secretaria.

Marge Beulop: La señorita Tina Durán se encuentra aquí; me dice que necesita mostrarle algo.

Jean Paul Sartre: Hágala pasar, que no espere.

Marge Beulop: Ahora mismo, señor Sartre.

Me extrañó que Tina no hubiera entrado ya, pues desde la mesa de mi secretaria hasta la puerta de mi despacho no había más de unos cuantos pasos.

Cuando me levantaba para abrir la puerta, escuché un estruendo, como si alguien se hubiera caído, y los gritos de Samantha.

Suspiré, cogí fuerzas, pues no sabía lo que me iba a encontrar en cuanto que abriera esa puerta, pero no tenía más remedio que hacerlo, para eso era mi responsabilidad.

—¿Alguien me cuenta qué está pasando aquí?

—Esta zorra, que me ha hecho una llave y me ha tirado al suelo. O la despides, o denuncio a la empresa por permitir acoso y agresiones en el entorno laboral —me dijo Samantha, desde el suelo y mirándome con cara de odio.

—Señor Sartre, lo que está contando la señorita Field no es cierto. Ella ha resbalado y se ha caído de culo.

—Las cámaras están para algo; puedes mirar las imágenes.

—Si miran las imágenes de esa cámara, me parece que vas a salir peor tú que yo, cariño, pues si es que yo te he tocado, puedo alegar que ha sido en defensa propia.

Samantha se levantó del suelo, se sacudió su pantalón y salió de allí furiosa. Antes de entrar en el ascensor, se volvió hacia mí, con cara de odio, para dirigirme unas palabras.

—Me voy ahora mismo al médico. Reza para que a tu hijo no le haya pasado nada.

—Ya te he dicho que, mientras que no vea un documento que diga que es mi hijo, yo no tengo nada que ver en eso.

Tina me miraba con una mezcla de miedo y decepción que me dolió en el alma.

—Si quieres que vuelva luego o mañana, no tengo problemas.

—No, pasa, que necesito hablar contigo y no solo de trabajo.

—Está bien, hablemos.

Entramos en mi despacho y, tal y como cerré la puerta, no pude evitar atraerla hasta mí y besarla.

—Jean Paul, quiero que me cuentes todo, sin mentiras, por favor. ¿Está Samantha embarazada? ¿Ese niño es tu hijo?

—No sé si está embarazada, como tampoco puedo afirmar que ese hijo sea o no mío. Si te doy mi opinión personal, creo que todo es mentira, que lo único que pretende es obligarme a estar con ella, pero no lo va a conseguir.

—¿Y si es cierto que está esperando un hijo tuyo?

—Entonces, me haré cargo de mi hijo, pero para nada lo haré de ella; eso no tiene nada que ver.