Objetivo, poner un parisino en mi vida Capítulo 14
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Capítulo 14

Tina

¿Cómo podía ser tan tonta? ¿No iba a aprender nunca que los hombres, por regla general, siempre me mentían?

No es que todos los hombres lo hicieran, pero yo tenía la puntería de que, en los que yo me fijaba, sí, y siempre caía.

Si era vox populi que mantenía una relación con ella. No había nada oficial, pero sí que toda la prensa se había hecho eco de esa noticia.

Y voy yo, con mis santos ovarios, y me creo que entre ellos no había nada porque él me lo dice, sin pedirle pruebas ni nada por el estilo.

Sería muy inteligente y un hacha en el diseño, pero en lo que tocaba a mi vida personal, más vale que me lo hiciera mirar, porque me faltaba, mínimo, un hervor.

Llegué de nuevo a mi departamento y Alain, que me vio la cara, no me dejó ni que me sentara.

—Vamos, es hora de tomarnos un descanso.

—¿Qué descanso? Pero si yo todavía no he encendido ni el ordenador.

—Ya, pero esa cara que me traes es de necesitar un café doble y, si me apuras, hasta con coñac.

—No te lo voy a discutir, soy una gilipollas de manual. De esas que buscas la definición en el diccionario y aparece mi cara al lado, como documento gráfico.

Alain soltó una carcajada que sonó en toda la planta, haciendo que nuestros compañeros giraran la cara para mirarnos y, más de uno, pintara una sonrisa en sus labios.

Salimos del edificio y me llevó hasta una cafetería cercana, según él, porque hacían el mejor café del mundo y los mejores croissants, ya de paso.

Nos pedimos dos cafés y dos croissants, uno para cada uno, pero en el momento en el que vi la pinta que tenían, supe que, con uno, no tendría ni para una muela.

—Venga, cuéntame lo que te ocurre.

—Alain, te voy a hacer una pregunta y quiero que me digas toda la verdad.

—Dispara, si la sé, no dudes que te la contaré.

—¿Es cierto que Samantha y Jean Paul tienen una relación?

—No, no es cierto. Según me ha contado a mí Jade, tuvieron una noche loca y ella se ha obsesionado con él. Va contándole a todo el mundo que están juntos, que son una pareja, pero es mentira.

—¿Me prometes que es cierto?

—Te prometo que eso es lo que dicen todos, que es mentira. Y ahora, cuéntame qué has visto para llegar de ese modo.

—He visto a Samantha, desnuda, sentada en el regazo de Jean Paul, mientras que él intentaba levantarse. Ahora bien, no sé con qué intenciones quería hacerlo.

—¿Por qué no has pensado que, quizás, lo que quería era librarse de ella?

—Sí, puede ser, no lo niego.

—¿Qué has hecho tú?

—Decirle que no me tiene que dar explicaciones y salir corriendo del despacho.

—Siempre ocurre lo mismo; te contaré lo que me pasó a mí…

Alain me contó que, cuando entró, tuvo un amor a primera vista con Jade, pero que una de las compañeras se encaprichó con él. Un día, mientras estaba en el archivo esperando a Jade, pues ya estaban juntos y se veían ahí, a escondidas, estaba de espaldas y alguien le puso la mano en su miembro.

—Pensaste que era tu chica.

—Efectivamente, pero no lo era.

—Y Jade te pilló con ella.

—No hace falta ser adivino para saberlo, pero sí. Cuando escuché su voz, me quise morir.

—¿Qué hizo ella?

—Pues lo mismo que has hecho tú. Salió corriendo y, cuando fui a buscarla, se mostró de lo más fría, diciendo que lo nuestro había sido un error.

—¿Hasta cuándo estuvo con esa postura? Me refiero que cuándo se descubrió todo.

—Tres días más tarde, cuando me cogió gritándole que me dejara en paz, que me tenía harto y que, por su culpa, por su maldita obsesión, había perdido a la mujer de mi vida.

Estuvimos un buen rato más en esa cafetería, hasta que se nos terminó la media hora del descanso y tuvimos que subir de nuevo a nuestro puesto de trabajo.

Al llegar, me encontré un post-it con mis claves para entrar en el ordenador, así que me centré en mi trabajo y dejé que el día transcurriera de manera tranquila.

Tenía que subir a hablar con Jean Paul, pero, de momento, no me veía capaz de hacerlo, no tenía las suficientes fuerzas, y decidí que lo haría a la hora de la comida.

Alain estaba conmigo, a mi lado, pues como la colección exclusiva la tenía ya media lista, nos dedicamos a hacer los cambios necesarios en la colección de calle, como así la llamaban en la empresa.

—¿Me dejas que te haga alguna sugerencia con tu colección?

—Por supuesto. Tú tienes más experiencia que yo…

—Pero menos talento. Estos diseños son increíbles, te lo prometo. Cuando Jade me mostró el vestido de cóctel, me quedé prendado de él, de su textura, de su caída…

—Gracias, pero no me adules demasiado, que no me gusta; me hace sentir incómoda.

—Mira que eres tonta, cariño. Venga, saca el portafolio, que miramos lo que se puede hacer.

Estábamos revisando todo, primero en papel, haciendo allí los cambios para que resultaran mucho más llamativos, sin perder la elegancia, por supuesto.

Una vez que ya teníamos un diseño listo, lo escaneábamos y lo pasábamos tanto a la tableta de la empresa como a la carpeta de diseño.

—Si tú quieres que yo vaya contigo de la mano en la colección de calle, tú vendrás conmigo en esta.

—No me parece justo porque yo, tanto en una como en la otra, tan solo he modificado algunas cosas; el grueso del diseño es tuyo.

—Pero como somos un equipo, no hay nada más que hablar.

—Eres maravillosa, Tina.

—No menos que tú.

—Da gusto trabajar con gente así, humilde y con los pies en la tierra.

Estábamos riendo por esos comentarios cuando la vi venir hasta mí, como los toros de Miura, al igual que Alain, que no dudó en levantarse y cerrar la puerta en sus narices.

Lo miré, sin saber las consecuencias que eso podría traerme, y con miedo, no lo voy a negar, porque sería mentira.

—No me mires así; aquí se viene a trabajar, para lo demás, está la calle.

—No sé qué me da más miedo, que me monte el pollo aquí o que me lo monte en la calle.

—Sé que no eres de esas a las que les gusta la polémica, que huyes de los conflictos, Tina, pero a veces no tenemos más remedio que hacerles frente.

—Eso lo tengo claro, pero no me gustaría que eso fuera un impedimento en mi trabajo.

—¿Estás loca? ¿Sabes cuántas empresas se partirían la cara por tenerte entre sus filas?

—Ya, pero yo no quiero trabajar en otra empresa, lo que quiero es cumplir mi sueño, que es hacerlo aquí, para esta firma.

—Jean Paul no te va a despedir por lo que diga Samantha, te lo aseguro.

—Eso tendría que verlo, pero bueno, no perdamos más el tiempo con tonterías como estas. El tiempo lo dirá.

—El tiempo, lo que va a decir es que tenemos a una de las mejores diseñadoras del mundo, y todos caerán rendidos a tus pies.

Seguimos trabajando hasta que casi lo tuvimos todo. En este momento, lo que tocaba era subir al despacho de Jean Paul para que diera el visto bueno, pasarlo a patronaje y hacer los primeros prototipos de las colecciones.

Me sorprendió que no estuviera Samantha allí, en su mesa, pero supuse que se había marchado ya, pues ya había terminado su jornada laboral. Pero no, estaba equivocada, y lo descubrí cuando llegué hasta el despacho de mi jefe, y me la encontré allí, discutiendo con Marge, la secretaria.

—Señorita Field, ya le he dicho que el señor Sartre no ha autorizado su visita y no puedo hacer nada más.

—Y yo te he dicho que no puede ser, que tengo que hablar con él, que ha debido haber un error.

Marge levantó la cabeza, me vio y me hizo un gesto. No le hizo caso a Samantha, sino que escribió algo en su portátil, recibiendo una respuesta inmediata.

—Puedes pasar, Tina; el señor Sartre te espera.

—Gracias, Marge.

Al pasar por el lado de Samantha, no me esperaba lo que hizo; me cogió por la coleta y me jaló del pelo.

—Si te piensas que te vas a quedar con mi hombre y con mi trabajo, lo llevas claro, porque no pienso permitirlo.

—Suéltame ahora mismo, si no quieres perder los dientes.

Ella soltó una risotada, pero yo no me quedé quieta. Para algo mi padre me había apuntado de adolescente a defensa personal y, cuando se quiso dar cuenta, ya estaba en el suelo.

—Te pienso denunciar, puta.

—Hazlo, no podrás demostrar nada, porque tanto Marge como yo lo que hemos visto es que has tropezado.

Marge me miró sonriente, loca porque esa mujer desapareciera de la empresa.