Capítulo 13
Jean Paul
Había pasado una de las mejores tardes de mi vida, al igual que el despertar. Nunca pensé que dormir con una mujer a mi lado, abrazados, y amanecer con ella a mi lado, me iba a resultar tan reconfortante.
Y ahora íbamos camino al trabajo, ella detrás en su coche, Jules y yo, delante de ella, en el mío.
—¿Me vas a contar ya lo que ha pasado entre Tina y tú o tengo que adivinarlo?
—Como si tú no lo supieras ya.
—No lo sé, aunque me lo puedo imaginar.
—Pues eso, la conocí, me impactó de una manera brutal y, hasta que no he conseguido acostarme con ella, no he parado.
—Hijo, haciendo resúmenes eres de diez. Me recuerdas a Cris, una amiga que conocí en España.
—Me has preguntado, te he contestado. Si esperabas detalles, siento decepcionarte.
—No soy tan morboso, tan solo quiero que me expliques lo que sientes por ella, porque no es un simple polvo, que nos conocemos.
—Pues no, no es un simple polvo, como bien has dicho, porque ha sido espectacular.
—¡Qué cabronazo eres! Como diría tu abuela. No te cierres más y habla de una vez.
—Me gusta, Jules, pero me da miedo, mucho, además de que la cosa no salga bien y la pierda también como diseñadora.
—Ella no es Samantha, aunque si yo fuera tú, deberías advertir a Tina sobre ella, porque no se va a quedar de brazos cruzados.
—Ese es otro punto; en cuanto se entere de que Tina se encargará de las colecciones exclusivas, va a poner el grito en el cielo.
—¿No lo sabe?
—No, no he tenido la oportunidad de contárselo todavía.
—Madre mía, no me gustaría estar en tu pellejo cuando eso ocurra.
—Lo haré en cuanto entre y les presente a la nueva diseñadora a todo el equipo.
—Sí, piensa que es como una tirita; cuanto más rápido tires de ella, menos será el dolor.
Le hice un gesto a Tina para indicarle cuál sería su plaza de estacionamiento en el garaje, y aparqué en la mía.
—Amigo, valor y al toro.
—Ni que lo digas.
Nos bajamos del coche y nos dirigimos a la parte principal del edificio. Tina necesitaba su acreditación para poder moverse libremente por toda la empresa, ya que algunas de las zonas eran inaccesibles para el resto de los empleados, y las puertas se abrían con esa identificación.
—Hola, René, esta es Tina Durán, la nueva diseñadora; necesito que le des la acreditación temporal con acceso ilimitado, hasta que le envíen la suya de recursos humanos, que supongo que lo harán a lo largo del día de hoy.
—Encantada, señorita Durán. Ahora mismo se la preparo, señor Sartre; deme un minuto.
—Llámeme Tina, por favor, me sentiría más cómoda —le pidió ella, sonriente.
—Por supuesto, como usted desee, Tina.
Sabía por lo que lo había hecho. El día que hice lo mismo con Samantha, ella se atrevió a llamarla por su nombre, como hacía con el resto de los diseñadores, y ella la corrigió, de manera muy arrogante.
Pero, como bien decía Jules, Tina no era como ella; tenía los pies en la tierra y era de lo más humilde.
Una vez que tuvo su acreditación, subimos al ascensor que nos llevaría, en primer lugar, a la planta de diseño, donde le presentaría a sus compañeros. Después de eso, le enseñaría todo el resto de la empresa, para que supiera dónde estaba cada cosa.
Nada más abrir la puerta del ascensor, en el que íbamos riendo por una anécdota que nos sucedió en casa de mi madre el día anterior, nos dimos de bruces con Samantha, que la miró de arriba abajo y con mala cara.
—Veo que te lo pasas muy bien mientras que los demás nos partimos la cara por esta empresa —me dijo, como si todo fuera suyo.
—Por supuesto que me lo paso bien; una cosa no está reñida con la otra. Por cierto, te presento a Tina Durán, la nueva diseñadora de la empresa.
Tina alargó la mano para estrechársela con la suya, pero Samantha la ignoró por completo, dando otra muestra más de toda su altivez.
—¿Otra diseñadora? No son necesarios más diseñadores; si no fueras tan permisivo con los que hay en nómina, otro gallo cantaría.
—Primero, lo que es o no necesario en "mi" empresa lo decido yo; y sí, tienes razón: la primera con quien no debería ser tan permisivo eres tú, que no tienes ni una pizca de educación.
—A mí no me puedes decir que no a nada, amor, sé muy bien cómo convencerte.
Miró a Tina como si estuviera viendo un parásito, como si le molestara su presencia. Bueno, el cómo sobra, porque era evidente que le molestaba que estuviera aquí.
—Vamos a ver, ya no sé en qué idioma decirte que lo que hubo entre nosotros tan solo fue un polvo. Ni soy tu amor ni lo seré en la vida. Y ahora, ponte a trabajar, que te quiero en una hora en mi despacho.
Samantha pintó una sonrisa en su boca, haciéndole creer a Tina que todo lo que había dicho yo era tan solo de cara a la galería, y vi el desconcierto en su mirada, como si no supiera qué creer.
En cuanto que nos quedáramos a solas, le contaría todo, le explicaría que no quería nada con ella, y que no le hiciera caso a lo que soltara por su boca.
La segunda persona con la que nos encontramos fue Alain, que vino corriendo, con una sonrisa en los labios, y la cogió en brazos, girando con ella, mientras que los tres reíamos.
—¡Qué ganas tenía de verte! Tenemos que hablar, porque tengo unas ideas cojonudas para esos diseños tuyos, para hacerlos más versátiles y asequibles.
—Estoy loca por escucharlas. Toma, te dejo mi portafolio y ve anotando los cambios que creas, mientras que yo no vuelvo.
—¿Le vas a enseñar la empresa, Jean Paul?
—Pues sí, quiero que sepa dónde está todo antes de empezar a trabajar y que pueda moverse cómodamente —le respondí.
—Entonces, no te veré por aquí hasta dentro de una hora, por lo menos.
Continuamos con nuestro recorrido y, efectivamente, casi una hora después entraba por el departamento de diseño, con una sonrisa en los labios y dispuesta a comerse el mundo.
—Nos vemos luego, preciosa.
—Hasta después.
Le guiñé un ojo y me fui directamente a mi despacho, donde ya me estaría esperando Samantha, pues era la hora en la que habíamos quedado y, si algo bueno tenía, era que llevaba la puntualidad por bandera.
—Buenos días, Marge —le dije a mi secretaria.
—Buenos días, señor Sartre. La señorita Field ha insistido en esperarlo dentro de su despacho, pues decía que tenía una cita con usted. No ha habido manera de frenarla.
—No te preocupes, sí que tenía una cita con ella.
—Uf, menos mal, pues pensé que se lo estaba inventando y que me iba a llevar una buena bronca.
Sonreí, negando con la cabeza, pero la sonrisa se me cortó de golpe en cuanto que abrí la puerta de mi despacho.
Sí que me estaba esperando, pero no os podéis imaginar de la guisa que estaba.
Se había desnudado por completo y había cogido una de mis corbatas, de las que guardaba en el armario, junto a otro traje y otra camisa, por si tenía alguna cita importante o había tenido algún percance.
No sería la primera ni la última vez que me derramaba algo encima, como un café o un refresco, y tenía que salir corriendo a mi casa para cambiarme.
—¿Se puede saber qué haces?
—Esperarte, tal y como tú me habías dicho.
—Eso no es cierto, te dije que te vería en una hora en mi despacho, pero para hablar de asuntos laborales.
—No especificaste nada, cariño.
—Deja los apelativos para otros, que a mí ni me hacen falta ni los quiero. Y vístete, que puede entrar alguien.
—¿Alguien o la nueva diseñadora? Por favor, qué básico eres, te la estabas comiendo con la mirada…
—Me la como con lo que me dé la gana. Y te he dicho que te vistas, que tenemos que hablar.
—¿No prefieres que hagamos algo antes?
Yo ya me había sentado en mi sillón y no la vi venir. Cuando quise darme cuenta, ya la tenía encima, sentada en mi regazo y cogiendo mi cara entre sus manos.
—Te he dicho que te vistas de una puta vez.
Intentaba levantarme para quitármela de encima, pero, justo en ese momento, la puerta se abrió y me encontré con Tina, que me miraba, asombrada, como si no se pudiera creer lo que estaba viendo.
—Tina, esto no es lo que parece.
—A mí no me tiene que dar explicaciones, Jean Paul. Venía porque no se me han facilitado las claves para poder entrar en el programa de la empresa, pero vendré luego.