Capítulo 12
Tina
Para mí era algo increíble todo lo que estaba viviendo, pero no solo en el plano laboral, sino en el personal.
Ver la manera en la que Jean Paul me miraba, las cosas que me habían dicho en el pasillo de la que sería mi casa desde este momento, me hacían tener los vellos de punta.
Emma, la madre de Jean Paul y de Jade, insistió en que nos quedáramos a comer allí, en su casa.
En eso sí que tenía un problema, porque era un poquito delicada para comer. Por ejemplo, el queso no podía ni olerlo, al igual que la mantequilla, y no sabía lo que me iba a encontrar en esa mesa.
Pero tuve la enorme suerte de que los platos que se cocinaban en esta casa eran cocina española, en su máximo esplendor, además.
Emma puso encima de la mesa unas patatas guisadas con sepia que me supieron a gloria, pero su manera de cocinar me decía que no era del norte de España, por los condimentos que les ponía.
—Señora Sartre, ¿su madre de qué parte de España era?
—Del sur, de un pueblecito de costa que se llama Conil de la Frontera, en Cádiz.
—Me encanta ese pueblo; es acogedor, pequeñito y precioso. He ido en un par de ocasiones con mi amiga Valeria.
—Yo intento convencer a mi hijo de que lo conozca, pero como huye de toda localidad turística, todavía no lo he convencido. A ver si tú tienes más suerte y lo puedes llevar.
—Lo intentaré.
Recordé una cosa: mi madre me había metido un jamón deshuesado y loncheado, envasado al vacío, en mi maleta, y me levanté para ir a buscarlo.
—Si me perdonáis un momento, creo que tengo algo que os puede gustar.
—¿Dónde vas? —Me preguntó Jean Paul.
—A la que será mi casa, a coger algo de la maleta que he recordado que mi madre me había guardado, y que quiero compartir con vosotros.
—Te acompaño.
Jean Paul se levantó a la misma vez, mientras que sus padres nos miraban con una sonrisa, una que provocó que me pusiera roja como un tomate.
—No vayáis a tardar mucho, que el segundo plato ya está listo —dijo su madre, riendo.
—No, no tardamos; lo tengo localizado.
—Si no lo digo porque no lo encuentres, sino por lo que mi hijo quiera buscar…
Al salir de la casa, me fui a volver para decirle a Jean Paul que se cortara un poquito; cuando me lo encontré de golpe, pegado a mí.
Puso su mano en mi mejilla y me besó. No fue un beso dulce, sino apasionado, hambriento, que dejaba claro lo mucho que me deseaba.
—Lo siento, pero ahora he sido yo el que no he podido evitarlo.
—Yo también lo deseaba mucho.
Entramos en el ascensor y sentí cómo sus manos se posaban en mis nalgas y me apretaba contra él, con la clara intención de que notara lo que provocaba en su cuerpo.
Nos besamos de nuevo, pero esta vez no fue él quien lo inició, sino que lo hice yo, cogiéndolo por su camisa y atrayéndolo hasta mi boca, esa que devoré y permití que devorara la mía.
—Tina, podría hacértelo aquí mismo, de pie y en un segundo, pero no es eso lo que quiero.
—Joder, Jean Paul, no me puedes decir esas cosas y pretender que me quede impasible, que no soy de piedra.
—Yo tampoco, aunque pueda parecerlo por lo que estoy clavando en tu vientre, pero no te voy a dejar así.
En cuanto entramos en mi casa y cerramos la puerta, me aprisionó contra la puerta, empezó a besarme de nuevo y llevó sus dedos hasta mi sexo.
Apartó la braguita a un lado e introdujo sus dedos entre mis pliegues vaginales, teniendo acceso directo a mi clítoris.
Yo no sabía qué tenía ese hombre en esos dedos, pero me hizo alcanzar el orgasmo en poco menos de medio minuto. Si todo lo hacía así de bien, me lo iba a pasar de escándalo.
—Voy a lavarme las manos y a relajarme un poco mientras que coges lo que has venido a coger.
—Sí, no tardo nada.
Mi cara estaba roja como un tomate y mi respiración estaba entrecortada; hasta las piernas me temblaban de lo que me había hecho sentir antes. Jean Paul se dio cuenta y, cuando pasé por su lado, me jaló del brazo y me besó de nuevo.
—Si sigues así, no te vas a relajar en la vida.
—Estoy por llamar a mi madre y decirle que mande a la chica a recoger lo que sea, que no te voy a dejar salir de aquí.
—No, por favor, que ya he pasado bastante vergüenza.
—Pues espero que hayas gastado toda, porque cuando te tenga desnuda, entre mis brazos, la vergüenza la quiero fuera de mi casa.
Otra vez me tenía de la misma manera. Antes de entrar en el dormitorio, donde había dejado la maleta, pasé por el baño y me eché agua en el cuello, para calmar un poquito lo que este hombre me provocaba.
Dos minutos después, ya estábamos sentados de nuevo a la mesa. Cuando Emma y Gabriel vieron lo que les había llevado, se llevaron las manos a la cabeza.
—Esto es lo que más trabajo nos cuesta encontrar en París. Cuando nos apetece mucho, lo mandamos traer de España, pero tardan mucho en entregarlo —me dijo Emma.
—Pues, como tengo que volver a la boda de mi hermano en un mes, no dude que me traeré unos cuantos.
—Me encantaría volver a España, pero no sola, sino con alguien que me enseñe algo más de lo que todos los turistas conocen.
—¿Sabéis qué? Que estáis todos invitados a la boda y allí vais a conocer la verdadera versión de mi ciudad. Eso sí, no será una multitudinaria, porque tan solo estaremos la familia y los amigos cercanos.
—No queremos ponerte en un compromiso, Tina.
—No lo es; mis padres estarán encantados, os lo prometo.
Estuvimos un buen rato más, entre risas y bromas, sobre todo por parte de Jules, el amigo de Jean Paul. Con cada broma que me hacía, refiriéndose a mi físico, lo veía cómo se tensaba más.
No me podía creer que tuviera tanta inseguridad en sí mismo, con la percha y el poder que tenía, aunque quizás fuera por eso, precisamente.
Porque no podía detectar si las mujeres se acercaban a él por el interés o porque realmente se sentían atraídas por él como hombre, no como figura pública.
A media tarde, decidimos irnos cada uno para su casa, excepto yo, que me sentí arrastrada para la casa de Jean Paul, sin poder resistirme, aunque tampoco es que yo quisiera.
—Por fin tengo para mí a solas —me dijo, susurrando a mi oído.
Nos besamos de una manera salvaje y, cuando quise darme cuenta, me encontré delante de él, completamente desnuda, mientras que se despojaba de su ropa.
Me tumbó en la cama, mirándome como quien mira una obra de arte y, por muy raro y contradictorio que pareciera, por cómo era yo, por cómo era mi personalidad, no sentí el impulso de taparme.
Es más, me encantaba la forma en la que me miraba; me hacía sentir deseada como nunca ningún hombre me había hecho sentir.
Se situó entre mis piernas y empezó a recorrer mi cuerpo con sus labios, con su lengua, haciendo que me retorciera de placer, sobre todo cuando llegó a la altura de mis pechos. Decir que estaba disfrutando del sexo como nunca era quedarme demasiado corta. Jamás me había sentido así con nadie.
Fueron las mejores horas de mi vida las que pasé entre sus brazos, practicando sexo, pero no solo era eso, era algo más que no sabía cómo describir.
Mi cuerpo parecía que había sido diseñado para encajar a la perfección con el suyo.
El vaivén de nuestras caderas, moviéndose al unísono, era como la mejor escena de ballet, y, por un momento, sentí miedo.
Sentí miedo de que, por culpa de esto, todo por lo que había soñado y todo lo que había conseguido se fuera a la mierda. Pero quise dejar esos pensamientos a un lado; ya cruzaría ese puente cuando llegara, si es que lo hacía.
Ahora, me tenía que centrar en lo que realmente me ocupaba en estos momentos, y que no era otra cosa que sentir lo máximo posible.
Llegó un momento en el que estábamos tan agotados de practicar sexo que caímos rendidos en la cama, uno en los brazos del otro, y nos quedamos dormidos.
En cuanto abrí los ojos, me lo encontré allí, mirándome, con una sonrisa en los labios.
—Hola, preciosa. ¿Has descansado bien?
—Mejor que eso. Hacía tiempo que no dormía de este modo.
—Eso es bueno, porque son las siete de la mañana y es hora de ir a trabajar.
—No me lo puedo creer. ¿De verdad hemos dormido desde ayer por la tarde hasta ahora?
—Bueno, por la tarde, tampoco, que lo único que nos hemos saltado era la cena, porque estuvimos hasta bien entrada la noche, y todavía no he tenido suficiente.
Jean Paul se acercó a mí y me dio un beso que empezó de la manera más dulce y terminó de la manera más apasionada.
Se levantó de la cama y me cogió en brazos, llevándome así hasta la ducha, en la que nos volvimos a dejar llevar.
—Tengo que ir a mi casa para coger ropa.
—Espera, ponte el albornoz que, aunque no haya más vecinos en esta planta, Jules está a punto de subir y no quiero que vea a mi chica en cueros.
—¿Tu chica?
—Por supuesto. ¿No pensarías que esto era cosa de una noche?
—Más bien, de una tarde.
—Bueno, de lo que sea. Quiero conocerte, Tina, no dejar que todo se reduzca al sexo, y espero que tú estés dispuesta a lo mismo.
—Sí, Jean Paul, pero que esto no interfiera en nuestra relación laboral…
—Eso por descontado, Tina. Eres una gran diseñadora y brillarás bajo mi firma; eso te lo aseguro.
Salí del ático de Jean Paul, con el albornoz puesto, y entré en mi casa. No me había dado tiempo ni a sacar la ropa de la maleta.
Por suerte, Jade me había dejado todo tipo de ropa en el armario, hasta ropa interior, y me decía que, si necesitaba algo más, fuera al almacén, pues como no le pediría una funda de almohada…
Me vestí con un traje de dos piezas compuesto por un pantalón de pata ancha y una chaqueta, en azul marino, y que combiné con una camisa lencera en color celeste claro.
Me recogí la melena en una coleta alta y me calcé mis cuñas, con las que iría al fin del mundo. Mi portafolio, que metí en mi maletín, y salí al descansillo, donde ya estaban Jean Paul y Jules esperándome.
—¿Vas a coger tu coche nuevo o vienes con nosotros?
—No, me voy en mi coche, no quiero que la gente empiece a especular antes de conocerme.
—Tina, no puedes vivir pensando en lo que dirán los demás.
—Lo sé, pero entro en un sitio nuevo a trabajar y no quiero que me cuelguen la etiqueta de aprovechada desde el primer momento.
—Está bien, síguenos con tu coche y ten cuidado, no te vayas a perder.
—A mí se me da bien el manejo del GPS, no te preocupes. Tan solo tienes que decirme la dirección y llego, seguro.
Jules soltó una carcajada por la manera en la que lo dije y la cara de sorpresa que puso Jean Paul.
—Si no estuvieras tan buena, te mandaba a freír nabos —me dijo, y ahí la que no pudo aguantar la risa fui yo.
—Se dice a freír espárragos.
—Espárragos, nabos, qué más da. Todas son verduras.
En cuanto le conté lo que significaba un nabo en mi país, Jules se tronchaba; no podía ponerse ni derecho de la risa que le entró.